Capítulo II · IV
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Guardó silencio durante mucho tiempo.
—Al final conjuré el fantasma de sus dones con una mentira —empezó de repente—. ¡Una muchacha! ¿Cómo? ¿He mencionado a una muchacha? Oh, ella está al margen de todo esto... por completo. Ellas —las mujeres, quiero decir— están al margen... deberían estarlo. Debemos ayudarlas a permanecer en ese hermoso mundo suyo, no sea que el nuestro empeore. Oh, ella tenía que estar al margen. Deberían haber oído al cuerpo desenterrado del señor Kurtz decir: «Mi prometida». Habrían percibido directamente entonces cuán completamente al margen estaba. ¡Y el altivo hueso frontal del señor Kurtz! Dicen que a veces el pelo sigue creciendo, pero este... ejem, espécimen, era imponentemente calvo. La espesura le había dado una palmada en la cabeza y, ¡miren!, era como una bola... una bola de marfil; lo había acariciado y —¡he aquí!— se había marchitado; lo había tomado, lo había amado, abrazado, se le había metido en las venas, había consumido su carne y sellado su alma a la suya mediante las inconcebibles ceremonias de alguna diabólica iniciación. Era su favorito consentido y mimado. ¿Marfil? ¡Ya lo creo! Montones de marfil, pilas enteras. La vieja choza de barro reventaba de marfil. Uno pensaría que no quedaba ni un solo colmillo ni encima ni debajo de la tierra en todo el país. «Fósil en su mayor parte», había comentado despectivamente el director. No era más fósil de lo que lo soy yo; pero lo llaman fósil cuando lo desentierran. Parece que estos negros a veces entierran los colmillos..., pero es evidente que no pudieron enterrar este lote a suficiente profundidad como para salvar al talentoso señor Kurtz de su destino. Llenamos el vapor con él y tuvimos que apilar una gran cantidad en la cubierta. Así él podía ver y disfrutar mientras pudiera ver, porque el aprecio por este favor permaneció con él hasta el final. Deberían haberle oído decir: «Mi marfil». Oh, sí, le oí. «Mi prometida, mi marfil, mi estación, mi río, mi...», todo le pertenecía. Me hizo contener la respiración a la espera de oír a la espesura estallar en una prodigiosa carcajada que hiciera temblar a las estrellas fijas en sus puestos. Todo le pertenecía..., pero eso era una minucia. La cuestión era saber a qué pertenecía él, cuántos poderes de las tinieblas lo reclamaban como suyo. Esa era la reflexión que le ponía a uno la carne de gallina por todo el cuerpo. Era imposible —tampoco era bueno para uno— intentar imaginarlo. Había ocupado un asiento eminente entre los demonios de la tierra..., y lo digo literalmente. No pueden entenderlo. ¿Cómo iban a poder?... Con el pavimento sólido bajo los pies, rodeados de amables vecinos dispuestos a vitorearlos o a abalanzarse sobre ustedes, caminando con tiento entre el carnicero y el policía, con el santo temor al escándalo, a la horca y al manicomio... ¿Cómo pueden imaginar a qué región particular de las edades primitivas pueden llevar a un hombre sus pasos desatados por el camino de la soledad —la soledad absoluta, sin un policía—, por el camino del silencio, del silencio absoluto, donde no puede oírse la voz de advertencia de ningún amable vecino que susurre sobre la opinión pública? Esas pequeñeces marcan toda la gran diferencia. Cuando desaparecen, hay que recurrir a la propia fuerza innata, a la propia capacidad de fidelidad. Por supuesto, uno puede ser demasiado tonto para extraviarse... demasiado obtuso incluso para saber que está siendo asaltado por los poderes de las tinieblas. Supongo que ningún tonto ha pactado jamás su alma con el diablo: el tonto es demasiado tonto, o el diablo demasiado diablo... no sé cuál de las dos cosas. O bien pueden ser una criatura tan estrepitosamente exaltada como para estar del todo sorda y ciega a cualquier cosa que no sean visiones y sonidos celestiales. Entonces la tierra es para ustedes sólo un apeadero..., y si ser así redunda en su pérdida o en su ganancia no pretendo decirlo. Pero la mayoría de nosotros no somos ni lo uno ni lo otro. Para nosotros la tierra es un lugar donde vivir, donde tenemos que aguantar visiones, sonidos y también olores, ¡por Júpiter!...; respirar hipopótamo muerto, por así decirlo, y no contaminarse. Y ahí, ¿no lo ven?, es donde entra su fuerza, la fe en su habilidad para cavar hoyos poco ostentosos donde enterrar esas porquerías..., su capacidad de devoción, no hacia ustedes mismos, sino hacia un oficio oscuro y demoledor. Y eso ya es bastante difícil. Fíjense bien, no intento disculpar ni siquiera explicar..., intento darme cuenta a mí mismo de... de... del señor Kurtz... del espectro del señor Kurtz. Este espectro iniciado de los confines de Ninguna Parte me honró con su asombrosa confidencia antes de desvanecerse por completo. Se debió a que podía hablarme en inglés. El Kurtz original se había educado en parte en Inglaterra y —como él mismo tuvo la bondad de decir— sus simpatías estaban en el lugar correcto. Su madre era medio inglesa, su padre medio francés. Toda Europa contribuyó a la formación de Kurtz; y con el tiempo me enteré de que, muy adecuadamente, la Sociedad Internacional para la Supresión de las Costumbres Salvajes le había encomendado la redacción de un informe para su futura orientación. ¡Y vaya si lo había escrito! Lo he visto. Lo he leído. Era elocuente, vibrante de elocuencia, pero demasiado exaltado, creo yo. ¡Diecisiete páginas de apretada escritura para las que había encontrado tiempo! Pero esto debió de ser antes de que sus... digamos... nervios, se desquiciaran y le hicieran presidir ciertas danzas de medianoche que concluían con ritos inconfesables, los cuales —según deduje de mala gana por lo que oí en varias ocasiones— se le ofrecían a él... ¿entienden?, ¡al mismísimo señor Kurtz! Pero era una hermosa pieza de escritura. El párrafo inicial, sin embargo, a la luz de informaciones posteriores, me parece ahora siniestro. Comenzaba con el argumento de que nosotros, los blancos, por el punto de desarrollo que habíamos alcanzado, «debemos necesariamente parecerles [a los salvajes] seres sobrenaturales; nos acercamos a ellos con el poder de una divinidad», etcétera, etcétera. «Mediante el simple ejercicio de nuestra voluntad podemos ejercer un poder para el bien prácticamente ilimitado», etcétera, etcétera. A partir de ese punto se elevó y me llevó consigo. La peroración era magnífica, aunque difícil de recordar, ya saben. Me produjo la noción de una Inmensidad exótica gobernada por una augusta Benevolencia. Me hizo estremecer de entusiasmo. Este era el poder sin límites de la elocuencia..., de las palabras..., de ardientes y nobles palabras. No había indicaciones prácticas que interrumpieran la mágica corriente de las frases, a no ser que una especie de nota al pie de la última página, garabateada evidentemente mucho después, con mano temblorosa, pueda considerarse la exposición de un método. Era muy simple, y al final de aquel conmovedor llamamiento a todos los sentimientos altruistas resplandecía ante uno, luminosa y aterradora, como un relámpago en un cielo sereno: «¡Exterminad a todas las bestias!». Lo curioso era que al parecer había olvidado por completo esa valiosa posdata, porque más adelante, cuando en cierto sentido volvió en sí, me suplicó repetidamente que cuidara bien de «mi folleto» (como lo llamaba), pues de seguro tendría en el futuro una buena influencia en su carrera. Yo tenía cumplida información sobre todas estas cosas y, además, según resultó, habría de quedar al cuidado de su memoria. He hecho bastante por ella como para tener el derecho indiscutible de arrojarla, si quiero, a un descanso eterno en el basurero del progreso, entre todos los desperdicios y, hablando en sentido figurado, todos los gatos muertos de la civilización. Pero claro, ya ven, no puedo elegir. No será olvidado. Fuera lo que fuese, no era un hombre común. Tenía el poder de hechizar o aterrorizar a almas rudimentarias hasta llevarlas a una exacerbada danza de brujería en su honor; también podía llenar las mezquinas almas de los peregrinos de amargos recelos: tuvo al menos un amigo devoto, y había conquistado a un alma en el mundo que no era ni rudimentaria ni estaba manchada de egoísmo. No; no puedo olvidarlo, aunque no estoy dispuesto a afirmar que aquel sujeto valiera exactamente la vida que perdimos para llegar hasta él. Eché terriblemente de menos a mi difunto timonel...; lo eché de menos incluso mientras su cuerpo yacía todavía en la cabina de mando. Quizá les parezca harto extraño este pesar por un salvaje que no tenía más importancia que un grano de arena en un Sahara negro. Bueno, ¿no lo ven?, él había hecho algo, había llevado el timón; durante meses lo tuve a mi espalda... una ayuda... un instrumento. Era una especie de sociedad. Él timoneaba para mí... yo tenía que cuidar de él, me preocupaba por sus deficiencias, y así se había creado un lazo sutil, del que sólo fui consciente cuando se rompió de improviso. Y la íntima profundidad de esa mirada que me lanzó cuando recibió su herida permanece hasta hoy en mi memoria... como la reivindicación de un lejano parentesco afirmado en un momento supremo.
—¡Pobre insensato! Si tan solo no hubiera tocado aquel postigo. No tenía moderación, ninguna moderación... igual que Kurtz... un árbol mecido por el viento. En cuanto me hube puesto un par de zapatillas secas, lo arrastré afuera, después de haberle arrancado de un tirón la lanza del costado, operación que confieso haber realizado con los ojos bien cerrados. Sus talones saltaron juntos sobre el pequeño umbral; sus hombros estaban apretados contra mi pecho; lo abracé por detrás con desesperación. ¡Oh, pesaba, pesaba!; más que cualquier hombre sobre la tierra, me imagino. Luego, sin más preámbulos, lo arrojé por la borda. La corriente se apoderó de él como si hubiera sido una brizna de hierba, y vi el cuerpo dar dos vueltas antes de perderlo de vista para siempre. Todos los peregrinos y el director estaban entonces congregados en la cubierta del toldo, alrededor de la timonera, parloteando entre sí como una bandada de urracas agitadas, y hubo un murmullo escandalizado ante mi despiadada prontitud. Para qué querían retener aquel cadáver por allí, no me lo imagino. Embalsamarlo, tal vez. Pero también había oído otro murmullo, y muy siniestro, en la cubierta inferior. Mis amigos los leñadores estaban igualmente escandalizados, y con mejor apariencia de razón, aunque admito que la razón misma era del todo inadmisible. ¡Oh, del todo! Había decidido que, si mi difunto timonel había de ser comido, solo los peces debían quedarse con él. Había sido un timonel de muy segunda clase en vida, pero ahora que estaba muerto podía haberse convertido en una tentación de primera clase y causar, posiblemente, algún problema alarmante. Además, estaba impaciente por tomar el timón, pues el hombre del pijama rosa demostraba ser un perfecto inútil en aquel oficio.
—Esto fue lo que hice no bien terminó el sencillo funeral. Íbamos a media marcha, manteniéndonos justo en medio de la corriente, y yo escuchaba la charla a mi alrededor. Habían dado por perdido a Kurtz, habían dado por perdida la estación; Kurtz estaba muerto y la estación había sido incendiada... y así sucesivamente, y así sucesivamente. El peregrino pelirrojo estaba fuera de sí ante la idea de que al menos el pobre Kurtz había sido debidamente vengado. —¡Oiga! Debemos de haber hecho una gloriosa carnicería con ellos en la maleza. ¿Eh? ¿Qué le parece? ¿Oiga? —Positivamente bailaba, aquel sanguinario briboncillo pelirrojo. ¡Y casi se había desmayado cuando vio al herido! No pude evitar decir: —De todos modos, armaron una humareda gloriosa—. Había visto, por la forma en que las copas de los matorrales se sacudían y volaban, que casi todos los disparos habían ido demasiado altos. No se puede acertar a nada a menos que se apunte y se dispare desde el hombro; pero aquellos tipos disparaban desde la cadera con los ojos cerrados. La retirada, sostuve yo —y tenía razón—, había sido provocada por el chirrido del silbato de vapor. Ante esto se olvidaron de Kurtz y se pusieron a aullarme con indignadas protestas.
—El director permanecía junto al timón murmurando confidencialmente sobre la necesidad de alejarse bien río abajo antes de que oscureciera a toda costa, cuando vi a lo lejos un claro en la orilla del río y los perfiles de una especie de edificio. —¿Qué es esto? —pregunté. Dio una palmada de asombro—. ¡La estación! —gritó. Me arrimé a la orilla de inmediato, aún a media marcha.
—A través de mis prismáticos vi la ladera de una colina salpicada de árboles dispersos y perfectamente limpia de maleza. Un edificio largo y ruinoso en la cima estaba medio sepultado en la hierba alta; los grandes agujeros del tejado a dos aguas bostezaban negros desde lejos; la selva y el bosque formaban el fondo. No había ningún cercado ni valla de ninguna clase; pero al parecer la había habido, pues cerca de la casa quedaban media docena de postes delgados en hilera, toscamente desbastados y con sus extremos superiores adornados con bolas redondas talladas. Los travesaños, o lo que hubiese habido entre ellos, habían desaparecido. Por supuesto, el bosque rodeaba todo aquello. La orilla del río estaba despejada, y en la ribera vi a un hombre blanco bajo un sombrero como una rueda de carro que hacía señas con insistencia con todo el brazo. Examinando el borde de la selva río arriba y río abajo, estuve casi seguro de ver movimientos: formas humanas que se deslizaban aquí y allá. Navegué prudente de largo, luego paré las máquinas y dejé que el barco fuera a la deriva río abajo. El hombre de la orilla empezó a gritar, instándonos a desembarcar. —¡Nos han atacado! —chilló el director. —Ya lo sé, ya lo sé. Todo va bien —gritó el otro en respuesta, tan alegre como se pueda imaginar—. Vengan. Todo va bien. Me alegro.
—Su aspecto me recordó algo que había visto, algo cómico que había visto en alguna parte. Mientras maniobraba para atracar al costado, me preguntaba: «¿A qué se parece este tipo?». De pronto lo comprendí. Parecía un arlequín. Sus ropas estaban hechas de alguna tela que probablemente fuera holandilla parda, pero estaba completamente cubierta de parches, de parches brillantes, azules, rojos y amarillos: parches en la espalda, parches en el pecho, parches en los codos, en las rodillas; ribetes de colores alrededor de la chaqueta, un vivo escarlata en el bajo de los pantalones; y la luz del sol le daba un aspecto en extremo alegre y maravillosamente pulcro a la vez, porque se podía ver con qué primor se había hecho todo aquel remiendo. Un rostro barbilampiño, infantil, muy blanco, sin rasgos destacables, con la nariz pelada, ojillos azules, y sonrisas y ceños fruncidos persiguiéndose mutuamente en aquel semblante abierto como la luz del sol y la sombra en una llanura barrida por el viento. —¡Cuidado, capitán! —gritó—; anoche se clavó aquí un tronco sumergido. ¡Cómo! ¿Otro tronco? Confieso que solté una palabrota vergonzosa. Por poco le abro una vía de agua a mi tullido cascarón, para rematar aquel viaje encantador. El arlequín de la orilla alzó hacia mí su pequeña nariz respingona. —¿Es usted inglés? —preguntó, todo sonrisas. —¿Lo es usted? —grité desde el timón. Las sonrisas se desvanecieron y sacudió la cabeza como si lamentara mi decepción. Luego se reanimó. —¡No importa! —gritó con tono alentador. —¿Llegamos a tiempo? —pregunté. —Está allá arriba —respondió, con un movimiento de cabeza hacia la colina, y volviéndose sombrío de repente. Su rostro era como el cielo de otoño, encapotado en un momento y radiante al siguiente.
—Cuando el director, escoltado por los peregrinos, todos ellos armados hasta los dientes, se hubo dirigido a la casa, aquel tipo subió a bordo. —Mire, esto no me gusta. Esos nativos están en la maleza —dije. Me aseguró con gravedad que no había problema. —Son gente sencilla —añadió—; en fin, me alegro de que hayan venido. Me costó todo mi tiempo mantenerlos a raya. —Pero usted dijo que todo iba bien —exclamé. —Oh, no tenían malas intenciones —dijo; y mientras yo lo miraba fijamente, se corrigió—: No exactamente. —Luego, con vivacidad—: ¡A fe mía, su timonera necesita una buena limpieza! —A renglón seguido me aconsejó que mantuviera suficiente vapor en la caldera para hacer sonar el silbato en caso de cualquier contratiempo—. Un buen chillido hará más por ustedes que todos sus fusiles. Son gente sencilla —repitió. Parloteaba a tal velocidad que me abrumó por completo. Parecía tratar de compensar montones de silencio, y de hecho insinuó, riendo, que tal era el caso. —¿No habla usted con el señor Kurtz? —dije. —Con ese hombre no se habla: se le escucha —exclamó con severa exaltación—. Pero ahora... —Agitó el brazo y en un abrir y cerrar de ojos quedó sumido en la más profunda de las desolaciones. En un instante volvió a animarse de un salto, se apoderó de mis dos manos y las sacudió sin cesar, mientras farfullaba—: Hermano marino... honor... placer... deleite... presentarme... ruso... hijo de un arcipreste... gobernación de Tambov... ¿Qué? ¡Tabaco! Tabaco inglés; ¡el excelente tabaco inglés! Eso sí que es fraternal. ¿Fuma? ¿Dónde hay un marinero que no fume?
—La pipa lo calmó, y poco a poco fui comprendiendo que se había escapado de la escuela, que se había hecho a la mar en un barco ruso; se había escapado de nuevo; había servido algún tiempo en barcos ingleses; ahora se había reconciliado con el arcipreste. Insistió en este punto. —Pero cuando uno es joven debe ver mundo, acumular experiencia, ideas; ensanchar la mente. —¡Aquí! —interrumpí. —¡Nunca se sabe! Aquí he conocido al señor Kurtz —dijo, con juvenil solemnidad y tono de reproche. Después de aquello me callé. Al parecer había persuadido a una casa comercial holandesa de la costa para que le suministrara provisiones y mercancías, y había partido hacia el interior con el corazón alegre y sin más idea de lo que le ocurriría que una criatura. Llevaba vagando por aquel río casi dos años, solo, aislado de todo y de todos. —No soy tan joven como parezco. Tengo veinticinco años —dijo—. Al principio, el viejo Van Shuyten me mandaba al diablo —relató con vivo regocijo—; pero me pegué a él, y hablé y hablé, hasta que al final temió que acabara mareando a su perro favorito, de modo que me dio algunas cosas baratas y unos cuantos fusiles, y me dijo que esperaba no volver a ver mi cara jamás. Buen viejo holandés, Van Shuyten. Le envié un pequeño lote de marfil hace un año, para que no pueda llamarme ladronzuelo cuando regrese. Espero que lo haya recibido. Y en cuanto al resto, no me importa. Tenía un poco de leña apilada para ustedes. Esa era mi antigua casa. ¿La vio?
—Le entregué el libro de Towson. Hizo ademán de besarme, pero se contuvo. —¡El único libro que me quedaba, y creía que lo había perdido! —dijo, mirándolo con éxtasis—. Le ocurren tantos percances a un hombre que va solo por ahí, ya sabe. A veces las canoas zozobran... y a veces uno tiene que poner pies en polvorosa cuando la gente se enfada. Hojeó las páginas. —¿Hizo anotaciones en ruso? —pregunté. Asintió con la cabeza—. Creí que estaban escritas en clave —dije. Se echó a reír, y luego se puso serio—. Me costó mucho trabajo mantener a raya a esta gente —dijo—. —¿Querían matarlo? —pregunté. —¡Oh, no! —exclamó, y se contuvo—. —¿Por qué nos atacaron? —insistí. Vaciló, y luego dijo avergonzado—: No quieren que se vaya. —¿Ah, no? —dije con curiosidad. Asintió con un gesto lleno de misterio y sabiduría—. ¡Le digo —exclamó— que este hombre ha ensanchado mi mente! Abrió los brazos de par en par, mirándome fijamente con sus ojillos azules, completamente redondos.
Fin del Episodio 9 · de 14
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