El corazón de las tinieblas·Episodio 08

Capítulo II · III

~15 min · 2973 palabras

No creía que fueran a atacar, por varias razones obvias. La espesa niebla era una de ellas. Si salían de la orilla en sus canoas se perderían en ella, como nos ocurriría a nosotros si intentáramos movernos. Además, yo había considerado que la selva de ambas orillas era del todo impenetrable... y, sin embargo, había ojos en ella, ojos que nos habían visto. Los matorrales de la orilla eran sin duda muy densos; pero la maleza que se extendía detrás resultaba a todas luces penetrable. Con todo, durante el breve despeje no había visto canoas por ninguna parte en aquel tramo del río, desde luego ninguna a la altura del vapor. Pero lo que me hacía inconcebible la idea de un ataque era la naturaleza de aquel estruendo, de los gritos que habíamos oído. No tenían ese carácter feroz que presagia una inmediata intención hostil. Por inesperados, salvajes y violentos que hubiesen sido, me habían producido una irresistible impresión de pesadumbre. La visión fugaz del vapor, por alguna razón, había llenado a aquellos salvajes de un dolor incontenible. El peligro, si es que lo había —les expuse—, provenía de nuestra proximidad a una gran pasión humana desatada. Incluso el dolor extremo puede acabar desahogándose en violencia... pero lo más común es que adopte la forma de la apatía...

—¡Tendríais que haber visto cómo me miraban los peregrinos! No tenían ánimo para sonreír con sorna, ni siquiera para increparme; pero creo que me tomaron por loco... de miedo, tal vez. Les solté un auténtico sermón. Queridos muchachos, de nada servía preocuparse. ¿Estar ojo avizor? Bueno, os podéis figurar que yo vigilaba la niebla en busca de señales de que levantara como un gato vigila a un ratón; pero para cualquier otra cosa nuestros ojos no nos servían más que si hubiéramos estado enterrados a kilómetros de profundidad bajo un montón de algodón en rama. Se sentía así, además: sofocante, cálido, asfixiante. Por lo demás, todo lo que dije, aunque sonara extravagante, se ajustaba por completo a la realidad. Lo que después denominamos un ataque fue en verdad una tentativa de rechazo. Aquella acción estaba muy lejos de ser agresiva; ni siquiera era defensiva en el sentido habitual: se había emprendido bajo el agobio de la desesperación y en su esencia era puramente protectora.

—Se desencadenó, diría yo, dos horas después de que se levantara la niebla, y su comienzo tuvo lugar, a grandes rasgos, aproximadamente a una milla y media aguas abajo de la estación de Kurtz. Acabábamos de doblar penosa y torpemente un recodo, cuando vi un islote, un mero montículo de hierba de un verde brillante, en mitad de la corriente. Era lo único de esa clase; pero a medida que se nos abría el tramo del río, advertí que era la cabecera de un largo banco de arena, o más bien de una cadena de bajos que se prolongaban por el centro del río. Eran de color desvaído, apenas a flor de agua, y todo el conjunto se distinguía justo bajo la superficie, con la misma exactitud con que se distingue la columna vertebral de un hombre que le recorre la espalda bajo la piel. Ahora bien, según alcanzaba a ver, podía ir por la derecha o por la izquierda de aquello. No conocía ninguno de los dos canales, por supuesto. Las orillas parecían bastante semejantes, la profundidad parecía la misma; pero como me habían informado de que la estación estaba en la margen occidental, enfilé con naturalidad hacia el paso del oeste.

—Apenas nos hubimos adentrado de lleno en él, me percaté de que era mucho más estrecho de lo que había supuesto. A nuestra izquierda se extendía el largo e ininterrumpido bajo, y a la derecha una orilla alta y escarpada, densamente cubierta de matorrales. Por encima de los matorrales, los árboles se alzaban en apretadas filas. El ramaje colgaba espeso sobre la corriente y, de trecho en trecho, el grueso brazo de algún árbol se proyectaba con rigidez sobre el agua. Caía ya la tarde, el semblante del bosque era sombrío y una ancha franja de sombra se había proyectado ya sobre el agua. Por esa sombra remontamos el río a vapor... muy despacio, como os podéis imaginar. Llevé el barco bien pegado a la orilla, pues el agua era más profunda junto a la margen, según me indicaba la vara de sondar.

—Uno de mis hambrientos y pacientes amigos echaba la sonda a proa, justo debajo de mí. Aquel barco de vapor era idéntico a una barcaza con cubierta. Sobre la cubierta había dos casetas de madera de teca, con puertas y ventanas. La caldera estaba a proa y la maquinaria justo a popa. Por encima de todo había un techo ligero, sostenido por puntales. La chimenea sobresalía a través de ese techo, y delante de la chimenea una pequeña caseta construida con tablas ligeras servía de timonera. Contenía un diván, dos taburetes de tijera, un fusil Martini-Henry cargado y apoyado en una esquina, una mesita y la rueda del timón. Tenía una puerta ancha delante y un postigo amplio a cada lado. Todo ello permanecía siempre abierto de par en par, por supuesto. Yo me pasaba los días encaramado allí arriba, en el extremo de proa de aquel techo, delante de la puerta. Por la noche dormía, o intentaba dormir, en el diván. Un negro atlético que pertenecía a alguna tribu de la costa, y a quien había instruido mi pobre predecesor, era el timonel. Lucía un par de pendientes de latón, llevaba un lienzo azul envuelto de la cintura a los tobillos y se tenía en grandísima estima. Era la clase de necio más voluble que jamás hubiera visto. Llevaba el timón con una insolente fanfarronería mientras estabas a su lado; pero en cuanto te perdía de vista, caía al instante presa de un pánico abyecto y dejaba que aquel cascajo de vapor se le fuera de las manos en un minuto.

—Miraba hacia abajo, hacia la pértiga de sondeo, sintiéndome muy molesto al ver que en cada intento sobresalía un poco más fuera del río, cuando vi que el hombre de la pértiga abandonaba de pronto la faena y se tendía cuan largo era sobre la cubierta, sin tomarse siquiera la molestia de recoger la pértiga. La sostenía, con todo, y se arrastraba por el agua. Al mismo tiempo el fogonero, a quien también podía ver debajo de mí, se sentó de golpe ante su horno y agachó la cabeza. Me quedé atónito. Luego tuve que mirar al río a toda prisa, porque había un tronco sumergido en el canal navegable. Volaban palos, pequeños palos por todas partes, tupidos: silbaban ante mis narices, caían a mis pies, chocaban a mis espaldas contra la timonera. Durante todo este tiempo el río, la orilla, la selva, estuvieron muy silenciosos, perfectamente silenciosos. Solo alcanzaba a oír el pesado y chapoteante golpe de la rueda de popa y el golpeteo de aquellas cosas. Sorteamos con torpeza el obstáculo. ¡Flechas, por Júpiter! ¡Nos estaban disparando! Entré con rapidez para cerrar el postigo del lado de tierra. Aquel insensato del timonel, con las manos en los radios, levantaba mucho las rodillas, pataleaba, mascaba en vacío con la boca como un caballo enfrenado. ¡Maldito sea! Y nosotros íbamos dando bandazos a menos de tres metros de la orilla. Tuve que asomarme bien afuera para empujar el pesado postigo, y vi un rostro entre el follaje a la misma altura que el mío, mirándome con ferocidad y fijeza; y luego, de pronto, como si me hubiesen quitado un velo de los ojos, distinguí, en lo profundo de la enmarañada penumbra, pechos desnudos, brazos, piernas, ojos desorbitados...; la maleza bullía de miembros humanos en movimiento, relucientes, de color bronce. Las ramitas se sacudían, oscilaban y susurraban, las flechas salían disparadas de entre ellas, y entonces el postigo se cerró. —Gobierna derecho —le dije al timonel—. Mantuvo la cabeza rígida, de cara al frente; pero ponía los ojos en blanco, no dejaba de levantar y posar los pies con suavidad, y echaba un poco de espuma por la boca—. ¡Quédate quieto! —le dije enfurecido. Lo mismo me habría dado ordenarle a un árbol que no se meciera con el viento. Salí como una flecha. Debajo de mí hubo un gran tropel de pasos sobre la cubierta de hierro; exclamaciones confusas; una voz chilló: —¿Puede dar media vuelta? Distinguí la forma de una estela en uve en el agua, más adelante. ¿Qué? ¡Otro tronco! Se desató un tiroteo bajo mis pies. Los peregrinos habían abierto fuego con sus Winchesters y se limitaban a escupir plomo contra aquella maleza. Se levantó una condenada humareda que avanzó lentamente hacia proa. Eché pestes contra ella. Ahora ya no podía ver la estela ni tampoco el tronco. Me quedé en el umbral, escudriñando, y las flechas caían en enjambres. Podían haber estado envenenadas, pero tenían aspecto de no poder matar ni a un gato. La maleza empezó a aullar. Nuestros cortadores de leña lanzaron un alarido de guerra; el estampido de un rifle justo a mi espalda me ensordeció. Miré por encima del hombro, y la timonera aún estaba llena de estrépito y humo cuando me abalancé sobre la rueda. El negro estúpido lo había soltado todo para abrir el postigo de par en par y disparar aquel Martini-Henry. Estaba de pie ante la ancha abertura, con los ojos desorbitados, y le grité que retrocediera mientras yo corregía el brusco viraje del vapor. No había espacio para virar aunque hubiese querido; el tronco estaba en algún punto muy próximo por delante, entre aquel maldito humo; no había tiempo que perder, de modo que pegué el barco a la orilla, justo contra la orilla, donde sabía que el agua era profunda.

—Avanzamos despacio desgarrando los matorrales que colgaban sobre el agua, en medio de un torbellino de ramas rotas y hojas volantes. El tiroteo de abajo cesó en seco, tal como había previsto que ocurriría cuando se vaciaran las jeringas. Eché la cabeza hacia atrás ante un zumbido reluciente que cruzó la timonera, entrando por el orificio de un postigo y saliendo por el otro. Mirando más allá de aquel enloquecido timonel, que sacudía el rifle vacío y le gritaba a la orilla, vi formas vagas de hombres que corrían doblados por la cintura, saltando, deslizándose, nítidos, incompletos, evanescentes. Algo grande apareció en el aire ante el postigo, el rifle cayó por la borda y el hombre dio un rápido paso atrás, me miró por encima del hombro de un modo extraordinario, profundo, familiar, y cayó a mis pies. El costado de su cabeza golpeó dos veces la rueda del timón, y el extremo de lo que parecía una larga caña repiqueteó alrededor y derribó un pequeño taburete de campaña. Parecía como si, tras arrebatársela a alguien en la orilla, hubiese perdido el equilibrio en el esfuerzo. El tenue humo se había disipado, habíamos librado el tronco y, mirando hacia delante, pude ver que en unas cien yardas más o menos estaría libre para desviar el rumbo, alejándome de la orilla; pero sentí los pies tan calientes y húmedos que tuve que mirar abajo. El hombre había rodado sobre su espalda y me miraba fijamente hacia arriba; ambas manos aferraban aquella caña. Era el asta de una lanza que, arrojada o asestada a través de la abertura, lo había alcanzado en el costado, justo debajo de las costillas; la hoja había penetrado hasta desaparecer, tras abrir una herida espantosa; mis zapatos estaban anegados; un charco de sangre yacía muy inmóvil, brillando con un rojo oscuro bajo la rueda; sus ojos relucían con un brillo asombroso. El tiroteo se reanudó. Me miró con ansiedad, aferrando la lanza como algo precioso, con aire de temer que fuera a intentar quitársela. Tuve que hacer un esfuerzo para apartar mis ojos de su mirada y atender al timón. Con una mano busqué a tientas sobre mi cabeza la cuerda del silbato de vapor y le di un tirón tras otro, haciéndolo chillar precipitadamente. El tumulto de alaridos furiosos y guerreros se detuvo al instante, y luego, desde las profundidades del bosque, brotó un lamento tan trémulo y prolongado, de fúnebre temor y absoluta desesperanza, como el que cabría imaginar que acompaña a la huida de la última esperanza de la faz de la tierra. Hubo una gran conmoción en la maleza; la lluvia de flechas cesó, unos pocos disparos aislados restallaron secamente... y luego el silencio, en el que el lánguido compás de la rueda de popa llegó con claridad a mis oídos. Metí el timón todo a estribor en el momento en que el peregrino del pijama rosa, sofocado y muy agitado, apareció en la puerta. —El director me envía... —comenzó en tono oficial, y se detuvo en seco—. ¡Santo Dios! —exclamó, clavando los ojos en el herido.

—Los dos blancos nos quedamos de pie sobre él, y su mirada brillante e inquisitiva nos envolvió a ambos. Declaro que parecía como si fuera a hacernos de un momento a otro alguna pregunta en un lenguaje comprensible; pero murió sin proferir un sonido, sin mover un miembro, sin contraer un solo músculo. Solo en el mismísimo último instante, como en respuesta a alguna señal que no pudimos ver, a algún susurro que no pudimos oír, frunció profundamente el ceño, y aquel ceño confirió a su negra máscara mortuoria una expresión inconcebiblemente sombría, meditabunda y amenazadora. El brillo de la mirada inquisitiva se desvaneció con rapidez en una vidriosa vacuidad. —¿Sabe gobernar el timón? —le pregunté con presteza al agente. Parecía muy indeciso; pero lo agarré del brazo y comprendió al instante que mi intención era que llevara el timón tanto si quería como si no. A decir verdad, sentía un ansia morbosa por cambiarme de zapatos y calcetines—. Está muerto —murmuró el individuo, hondamente impresionado—. No cabe duda —dije yo, tirando como un loco de los cordones de los zapatos—. Y, a propósito, supongo que a estas alturas el señor Kurtz también habrá muerto.

—Por el momento ese era el pensamiento dominante. Había una sensación de extrema decepción, como si hubiera descubierto que había estado esforzándome por algo carente por completo de sustancia. No habría podido sentirme más asqueado si hubiese viajado todo este trayecto con el único propósito de hablar con el señor Kurtz. Hablar con... Arrojé un zapato por la borda y me di cuenta de que eso era exactamente lo que había estado anhelando: una charla con Kurtz. Hice el extraño descubrimiento de que nunca me lo había imaginado actuando, ya saben, sino disertando. No me dije: «Ahora ya no lo veré nunca», o: «Ahora ya nunca le estrecharé la mano», sino: «Ahora ya no lo oiré nunca». Aquel hombre se me presentaba como una voz. No es que no lo relacionase, desde luego, con algún tipo de acción. ¿Acaso no me habían dicho con todos los tonos de la envidia y la admiración que había recolectado, trocado, estafado o robado más marfil que todos los demás agentes juntos? Ese no era el quid. El quid estaba en que era una criatura dotada de dones, y que de todos sus dones el que destacaba de manera eminente, el que llevaba consigo una sensación de presencia real, era su capacidad para hablar, sus palabras... el don de la expresión, lo desconcertante, lo iluminador, lo más exaltado y lo más despreciable, la corriente palpitante de luz o el flujo engañoso procedente del corazón de una oscuridad impenetrable.

—El otro zapato salió volando hacia el dios-demonio de aquel río. Pensé: «¡Por Júpiter! Todo ha terminado. Llegamos demasiado tarde; se ha desvanecido... el don se ha desvanecido por obra de alguna lanza, flecha o maza. Después de todo, nunca oiré hablar a ese individuo»... y mi dolor tuvo una extravagancia de emoción asombrosa, semejante incluso a la que había advertido en el aullante pesar de aquellos salvajes en la maleza. En cierto modo, no habría podido sentir una desolación más solitaria si me hubieran despojado de una creencia o si hubiera malogrado mi destino en la vida... ¿Por qué suspira alguien de esa manera tan repugnante? ¿Absurdo? Bueno, absurdo. ¡Santo Dios! ¿Acaso no puede un hombre jamás...? Tomen, denme un poco de tabaco...

Hubo una pausa de profunda quietud; luego chisporroteó una cerilla y apareció el rostro enjuto de Marlow, fatigado, demacrado, con pliegues caídos y párpados entornados, con un aspecto de concentrada atención; y mientras daba vigorosas chupadas a su pipa, su faz parecía retirarse y avanzar saliendo de la noche al compás del parpadeo regular de la diminuta llama. La cerilla se apagó.

—¡Absurdo! —exclamó—. Esto es lo peor de intentar contarlo... Aquí están todos ustedes, cada cual amarrado a dos buenas direcciones, como un pontón con dos anclas, una carnicería a la vuelta de una esquina, un policía a la vuelta de la otra, excelentes apetitos y una temperatura normal... ¿oyen?... normal de un extremo al otro del año. Y dicen: «¡Absurdo!». ¡Al cuerno con lo absurdo! ¡Absurdo! Mis queridos amigos, ¿qué pueden esperar de un hombre que, por puro nerviosismo, acababa de arrojar por la borda un par de zapatos nuevos? Ahora que lo pienso, es asombroso que no derramara lágrimas. En conjunto, estoy orgulloso de mi entereza. Me sentía herido en lo vivo ante la idea de haber perdido el inestimable privilegio de escuchar al talentoso Kurtz. Desde luego, me equivocaba. El privilegio me estaba esperando. ¡Ah, sí, oí más que suficiente! Y también tenía razón. Una voz. No era mucho más que una voz. Y oí... a él... aquello... esa voz... otras voces... todas ellas eran tan poco más que voces... y el recuerdo de aquel tiempo aún perdura a mi alrededor, impalpable, como la agonizante vibración de un inmenso parloteo, disparatado, atroz, sórdido, salvaje o simplemente vil, carente de todo sentido. Voces, voces... incluso la muchacha misma... ahora...

Fin del Episodio 8 · de 14

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