El corazón de las tinieblas·Episodio 04

Capítulo I · IV

~14 min · 2716 palabras

Al día siguiente dejé por fin aquella estación, con una caravana de sesenta hombres, para una caminata de doscientas millas.

—De poco sirve contarles mucho sobre aquello. Senderos, senderos por todas partes; una red hollada de senderos que se extendía sobre la tierra vacía, a través de la hierba alta, de la hierba quemada, de los matorrales; bajando y subiendo por barrancos helados, subiendo y bajando por colinas pedregosas al rojo vivo de calor; y una soledad, una soledad... nadie, ni una cabaña. La población se había marchado hacía mucho tiempo. Bueno, si una partida de misteriosos negros armados con toda suerte de armas espantosas se dedicase de pronto a viajar por el camino entre Deal y Gravesend, atrapando palurdos a diestro y siniestro para obligarles a cargar fardos pesados, me imagino que cualquier granja o casita de los alrededores no tardaría en quedarse vacía. Solo que aquí las viviendas también habían desaparecido. Aun así, pasé por varias aldeas abandonadas. Hay algo patéticamente infantil en las ruinas de las paredes de hierba. Día tras día, con el rumor y el arrastrar de sesenta pares de pies descalzos a mi espalda, cada par bajo una carga de sesenta libras. Acampar, cocinar, dormir, levantar el campamento, marchar. De vez en cuando, un porteador muerto en plena faena, en reposo entre la hierba alta junto al sendero, con una calabaza vacía y su largo bastón tendidos a su lado. Un gran silencio alrededor y por encima. Quizá, en alguna noche apacible, el temblor de tambores lejanos, menguando, creciendo, un temblor vasto, tenue; un sonido extraño, atrayente, sugerente y salvaje... y tal vez con un significado tan profundo como el tañido de las campanas en un país cristiano. Una vez, un hombre blanco con el uniforme desabrochado, acampado en el sendero con una escolta armada de enjutos zanzibaríes, muy hospitalario y festivo, por no decir borracho. Cuidaba del mantenimiento del camino, según declaró. No puedo decir que viera camino alguno ni mantenimiento, a menos que el cadáver de un negro de mediana edad, con un tiro en la frente, con el que tropecé de lleno tres millas más adelante, pueda considerarse una mejora permanente. Llevaba también un compañero blanco, no mal tipo, pero demasiado entrado en carnes y con la exasperante costumbre de desmayarse en las laderas ardientes, a millas de la menor brizna de sombra o de agua. Molesto, ya saben, tener que sostener el propio abrigo a modo de sombrilla sobre la cabeza de un hombre mientras vuelve en sí. No pude evitar preguntarle una vez qué demonios se le había perdido allí. «A hacer dinero, por supuesto. ¿Qué cree usted?», dijo con desdén. Luego le dio la fiebre, y hubo que llevarlo en una hamaca colgada de una pértiga. Como pesaba más de cien kilos, tuve un sinfín de disputas con los porteadores. Se resistían, huían, se escabullían con sus cargas al amparo de la noche... un auténtico motín. De modo que, una tarde, pronuncié un discurso en inglés acompañado de gestos, ninguno de los cuales se perdió para los sesenta pares de ojos que tenía delante, y a la mañana siguiente despaché la hamaca en cabeza sin contratiempos. Una hora después me topé con todo el tinglado destrozado contra un matorral: hombre, hamaca, gemidos, mantas, un espanto. La pesada pértiga le había desollado su pobre nariz. Tenía un empeño feroz en que yo matase a alguien, pero no quedaba ni la sombra de un porteador cerca. Me acordé del viejo médico: «Sería interesante para la ciencia observar sobre el terreno las alteraciones mentales de los individuos». Sentí que me estaba volviendo científicamente interesante. Sin embargo, nada de eso viene al caso. Al decimoquinto día divisé de nuevo el gran río y entré cojeando en la Estación Central. Se hallaba en un remanso rodeado de maleza y bosque, con una bonita orla de fango hediondo a un lado, y cerrada por los otros tres por una disparatada cerca de juncos. Una descuidada brecha era toda la puerta que tenía, y la primera ojeada al lugar bastaba para comprender que el diablo fofo gobernaba aquel tinglado. Hombres blancos con largas varas en la mano fueron apareciendo lánguidamente de entre los edificios, acercándose con desgana para echarme un vistazo, y luego se retiraron de la vista hacia alguna parte. Uno de ellos, un tipo corpulento y nervioso de bigotes negros, me informó con gran locuacidad y abundantes digresiones, en cuanto le dije quién era, de que mi vapor estaba en el fondo del río. Me quedé estupefacto. ¿Qué, cómo, por qué? ¡Ah, todo estaba «bien»! El «propio director» estaba allí. Todo de lo más correcto. «¡Todos se habían portado espléndidamente, espléndidamente!». «Debe usted —dijo con agitación— ir a ver al director general de inmediato. ¡Le está esperando!»

—No comprendí de inmediato el verdadero significado de aquel naufragio. Me figuro que lo veo ahora, pero no estoy seguro... en absoluto. Desde luego, el asunto era demasiado estúpido —cuando lo pienso— para resultar del todo natural. Y sin embargo... Pero en aquel momento se presentó sencillamente como una maldita molestia. El vapor estaba hundido. Habían zarpado dos días antes a toda prisa río arriba con el director a bordo, al mando de un patrón voluntario, y antes de cumplir tres horas de travesía le desgarraron el fondo contra las piedras, y se fue a pique cerca de la orilla sur. Me pregunté qué iba a hacer yo allí, ahora que mi barco se había perdido. En realidad, tuve de sobra en qué ocuparme pescando mi mando en las aguas del río. Tuve que ponerme a ello al día siguiente. Eso, y las reparaciones cuando llevé las piezas a la estación, me llevó algunos meses.

Mi primera entrevista con el director fue curiosa. No me invitó a sentarme después de mi caminata de veinte millas de esa mañana. Era vulgar de tez, de facciones, de modales y de voz. Era de estatura mediana y complexión ordinaria. Sus ojos, del azul acostumbrado, eran tal vez notablemente fríos, y sin duda sabía dejar caer sobre uno una mirada tan cortante y pesada como un hacha. Pero incluso en esos momentos el resto de su persona parecía desmentir tal intención. Por lo demás, solo había una indefinible y tenue expresión en sus labios, algo furtivo —una sonrisa, no una sonrisa—; la recuerdo, pero no la puedo explicar. Era inconsciente, esa sonrisa lo era, aunque justo después de decir algo se intensificaba por un instante. Aparecía al final de sus frases como un sello estampado sobre las palabras para hacer que el sentido de la expresión más común pareciera absolutamente inescrutable. Era un simple comerciante, empleado en aquellos parajes desde su juventud, nada más. Se le obedecía y, sin embargo, no inspiraba ni amor ni temor, ni siquiera respeto. Inspiraba desasosiego. ¡Eso era! Desasosiego. No una desconfianza concreta, solo desasosiego, nada más. No tienen idea de lo eficaz que puede ser semejante... semejante... facultad. No tenía ningún talento para organizar, para la iniciativa o siquiera para el orden. Aquello era evidente en cosas tales como el estado deplorable de la estación. No tenía instrucción ni inteligencia. Había alcanzado su puesto... ¿por qué? Quizá porque jamás caía enfermo... Había cumplido allí tres periodos de tres años... Porque una salud triunfante en la derrota general de las naturalezas es una especie de poder en sí misma. Cuando iba a su país con permiso, se entregaba a los excesos a gran escala, pomposamente. Un marinero en tierra —con una diferencia—, solo en lo externo. Esto podía deducirse de sus charlas casuales. No originaba nada; sabía mantener la rutina en marcha, eso era todo. Pero era grande. Era grande por esa pequeñez de que resultaba imposible saber qué podía controlar a semejante hombre. Jamás reveló ese secreto. Quizá no hubiera nada en su interior. Semejante sospecha hacía reflexionar a cualquiera, pues allá afuera no había frenos externos. Una vez, cuando varias enfermedades tropicales hubieron postrado a casi todos los «agentes» de la estación, se le oyó decir: «Los hombres que vienen aquí no deberían tener entrañas». Selló la frase con aquella sonrisa suya, como si hubiera sido una puerta que se abría a una oscuridad puesta bajo su custodia. Uno se imaginaba haber visto cosas... pero el sello estaba puesto. Cuando a las horas de comer le molestaban las constantes disputas de los blancos sobre la precedencia, mandó hacer una inmensa mesa redonda para la cual hubo que construir una casa especial. Ese era el comedor de la estación. Donde él se sentaba era el primer lugar; los demás no estaban en ninguna parte. Se sentía que esta era su inalterable convicción. No era ni cortés ni descortés. Era callado. Permitía que su «muchacho» —un joven negro de la costa, sobrealimentado— tratara a los blancos, ante sus propios ojos, con insolencia provocadora.

Empezó a hablar en cuanto me vio. Yo había tardado mucho en el camino. No podía esperar. Había tenido que partir sin mí. Había que socorrer a las estaciones río arriba. Ya se habían producido tantas demoras que no sabía quién estaba muerto y quién vivo, ni cómo se las arreglaban... y demás, y demás. No prestó atención a mis explicaciones y, jugando con una barra de lacre, repitió varias veces que la situación era «muy grave, muy grave». Había rumores de que una estación importantísima corría peligro y de que su jefe, el señor Kurtz, estaba enfermo. Esperaba que no fuera verdad. El señor Kurtz era... Me sentía cansado e irritable. «Al diablo con Kurtz», pensé. Lo interrumpí diciendo que había oído hablar del señor Kurtz en la costa. —¡Ah! ¿Conque hablan de él allá abajo? —murmuró para sí—. Luego volvió a empezar, asegurándome de que el señor Kurtz era el mejor agente que tenía, un hombre excepcional, de la mayor importancia para la Compañía; por tanto, yo podía comprender su ansiedad. Estaba, según dijo, «muy, muy intranquilo». Ciertamente se removió bastante en su silla, exclamó: «¡Ah, señor Kurtz!», partió la barra de lacre y pareció quedarse estupefacto por el percance. A continuación quiso saber «cuánto tiempo llevaría»... Lo interrumpí de nuevo. Con el hambre que tenía, ya saben, y teniéndome además de pie, me estaba poniendo furioso. —«¿Cómo voy a saberlo? —dije—. Ni siquiera he visto aún los restos del naufragio; algunos meses, sin duda—. Toda aquella charla me parecía tan fútil. —¿Algunos meses? —dijo—. Bueno, digamos tres meses antes de que podamos ponernos en marcha. Sí. Con eso debería bastar para el asunto—. Salí de su choza (vivía completamente solo en una choza de barro con una especie de galería), murmurando para mis adentros mi opinión sobre él. Era un idiota parlanchín. Más tarde me retracté cuando comprendí de pronto, con asombro, con qué extrema precisión había calculado el tiempo necesario para el «asunto».

Me puse a trabajar al día siguiente, dándole, por así decirlo, la espalda a esa estación. Solo de esa manera me parecía que podía aferrarme a las realidades redentoras de la vida. Aun así, a veces hay que mirar alrededor; y entonces veía esa estación, a aquellos hombres paseando sin rumbo bajo el sol del patio. A veces me preguntaba qué significaba todo aquello. Vagaban de aquí para allá con sus absurdos y largos bastones en la mano, como un montón de peregrinos sin fe hechizados dentro de una cerca podrida. La palabra «marfil» resonaba en el aire, se susurraba, se suspiraba. Cualquiera diría que le rezaban. Una racha de imbécil rapacidad soplaba a través de todo ello, como la vaharada de algún cadáver. ¡Por Júpiter! Jamás he visto nada tan irreal en mi vida. Y afuera, la selva silenciosa que rodeaba aquella mota roturada en la tierra se me antojaba algo grandioso e invencible, como el mal o la verdad, esperando pacientemente la desaparición de aquella invasión fantástica.

¡Ay, aquellos meses! Bueno, no importa. Sucedieron varias cosas. Una noche, un cobertizo de paja lleno de percal, indianas de algodón, cuentas de vidrio y no sé qué más, ardió tan repentinamente que habríase pensado que la tierra se había abierto para dejar que un fuego vengador consumiera toda aquella basura. Yo fumaba mi pipa tranquilamente junto a mi vapor desmantelado, y los veía a todos dando cabriolas a la luz, con los brazos en alto, cuando el hombre corpulento de bigote bajó corriendo a toda prisa hacia el río con un cubo de hojalata en la mano, me aseguró que todo el mundo se estaba «portando espléndidamente, espléndidamente», recogió cerca de un litro de agua y regresó a la carrera. Me fijé en que había un agujero en el fondo de su cubo.

—Me acerqué con paso pausado. No había prisa. Ya ven, aquello había ardido como una caja de cerillas. Había sido un caso perdido desde el primer momento. La llamarada se había alzado muy alta, haciendo retroceder a todos, iluminándolo todo... y se vino abajo. El cobertizo era ya un montón de brasas que ardían con furor. Muy cerca estaban azotando a un negro. Decían que de algún modo él había provocado el fuego; fuese como fuese, chillaba de la manera más espantosa. Más adelante lo vi durante varios días, sentado en un retazo de sombra, con aspecto de estar muy enfermo y tratando de reponerse; después se levantó y se marchó, y la selva, sin emitir un solo sonido, volvió a acogerlo en su seno. Al acercarme al resplandor desde la oscuridad, me encontré detrás de dos hombres que hablaban. Oí pronunciar el nombre de Kurtz y luego las palabras: «aprovechar este desafortunado accidente». Uno de los hombres era el director. Le di las buenas noches. «¿Había visto alguna vez algo semejante, eh? Es increíble», dijo, y se alejó. El otro hombre se quedó allí. Era un agente de primera clase, joven, distinguido, un tanto reservado, con una barbita bífida y nariz aguileña. Se mostraba distante con los demás agentes, y estos, por su parte, decían que era el espía que el director tenía sobre ellos. En cuanto a mí, apenas si había cruzado palabra con él antes. Nos pusimos a conversar y poco a poco nos fuimos alejando de las ruinas siseantes. Luego me invitó a su habitación, que estaba en el edificio principal de la estación. Encendió una cerilla y advertí que aquel joven aristócrata no solo poseía un neceser con guarniciones de plata, sino también una vela entera solo para él. Por aquel entonces, se suponía que el director era el único con derecho a tener velas. Unas esteras indígenas cubrían las paredes de arcilla; una colección de lanzas, azagayas, escudos y cuchillos colgaba a modo de trofeos. La labor encomendada a este individuo era la fabricación de ladrillos —según me habían informado—; pero no había ni un fragmento de ladrillo en toda la estación, y él llevaba allí más de un año... esperando. Al parecer, no podía fabricar ladrillos sin algo, no sé qué... paja, tal vez. De todos modos, allí no se encontraba, y como no era probable que se la enviasen desde Europa, no me quedaba nada claro qué esperaba. Un acto de creación especial, tal vez. Sin embargo, todos ellos —los dieciséis o veinte peregrinos— estaban esperando algo; y a fe mía que no parecía una ocupación desagradable, a juzgar por cómo se lo tomaban, aunque lo único que les llegaba jamás eran enfermedades, por lo que alcanzaba a ver. Mataban el tiempo murmurando e intrigando unos contra otros de una manera insensata. Había un aire de conspiración en aquella estación, pero de allí no salía nada, por supuesto. Era tan irreal como todo lo demás: como la farsa filantrópica de toda la empresa, como sus charlas, como su gobierno, como su simulacro de trabajo. El único sentimiento real era el deseo de ser destinados a un puesto comercial donde hubiera marfil, para poder cobrar comisiones. Intrigaban, calumniaban y se odiaban solo por eso... pero en cuanto a mover un solo dedo de manera eficaz, ¡oh, no! ¡Por el cielo! Después de todo, hay algo en el mundo que permite a un hombre robar un caballo mientras que a otro ni siquiera se le permite mirar un cabestro. Robar un caballo a las claras. Muy bien. Lo ha hecho. Quizá sepa montar. Pero hay una forma de mirar un cabestro capaz de arrancar una patada al más caritativo de los santos.

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