El corazón de las tinieblas·Episodio 05

Capítulo I · V

~17 min · 3458 palabras

No tenía la menor idea de por qué quería mostrarse tan sociable, pero mientras charlábamos allí dentro se me ocurrió de pronto que aquel individuo intentaba sonsacarme algo; de hecho, me estaba tanteando. Aludía constantemente a Europa, a la gente que se suponía que yo conocía allí, haciéndome preguntas capciosas sobre mis conocidos en la ciudad sepulcral, y demás. Sus ojillos brillaban como discos de mica —de curiosidad—, aunque intentaba mantener cierto aire de desdén. Al principio me quedé atónito, pero muy pronto me picó una curiosidad tremenda por ver qué lograría averiguar de mí. No podía imaginarme en absoluto qué tenía yo que pudiera compensar su empeño. Resultaba muy entretenido ver cómo se desconcertaba a sí mismo, pues en verdad mi cuerpo estaba lleno de escalofríos y en mi cabeza no había más que aquel desdichado asunto del vapor. Era evidente que me tomaba por un embustero de lo más desvergonzado. Al final se enfadó y, para disimular un gesto de furioso fastidio, bostezó. Me levanté. Entonces advertí un pequeño boceto al óleo, sobre una tabla, que representaba a una mujer, vestida con amplios drapeados y con los ojos vendados, que portaba una antorcha encendida. El fondo era sombrío, casi negro. El porte de la mujer era majestuoso, y el efecto de la luz de la antorcha sobre su rostro resultaba siniestro.

—Aquello me detuvo, y él permaneció cortésmente a mi lado, sosteniendo una botellita de champán (para uso médico) con una vela clavada en el cuello. A mi pregunta, respondió que el señor Kurtz la había pintado allí mismo, en aquella mismísima estación, hacía más de un año, mientras esperaba los medios para marchar a su puesto comercial. «Dígame, por favor —pregunté—, ¿quién es este señor Kurtz?».

—«El jefe de la Estación Interior» —respondió en tono seco, apartando la mirada—. «Muy agradecido» —dije, echándome a reír—. «Y usted es el fabricante de ladrillos de la Estación Central. Todo el mundo lo sabe». Guardó silencio un momento. «Es un prodigio» —dijo al fin—. «Es un emisario de la piedad, y de la ciencia, y del progreso, y del diablo sabe cuántas cosas más. Para la guía de la causa que Europa nos ha confiado, por así decirlo —empezó a declamar de pronto—, necesitamos una inteligencia superior, una amplia empatía, una absoluta firmeza de propósitos». «¿Quién dice eso?» —pregunté—. «Muchos» —respondió—. «Algunos incluso lo escriben; y por eso él ha venido aquí, un ser especial, como usted bien debería saber». «¿Por qué debería saberlo yo?» —interrumpí, verdaderamente sorprendido. No me hizo caso—. «Sí. Hoy es jefe de la mejor estación, el año que viene será subdirector, dos años más y... pero me atrevo a decir que usted ya sabe lo que será dentro de dos años. Usted es de la nueva pandilla, la pandilla de la virtud. La misma gente que lo envió especialmente a él lo recomendó también a usted. ¡Oh, no lo niegue! Confío en mis propios ojos». Se me hizo la luz. Las influyentes relaciones de mi querida tía estaban causando un efecto imprevisto en aquel joven. Estuve a punto de soltar una carcajada. «¿Acaso lee usted la correspondencia confidencial de la Compañía?» —pregunté. No supo qué decir. Resultaba muy divertido—. «Cuando el señor Kurtz —proseguí con severidad— sea director general, ya no tendrá ocasión de hacerlo».

—Apagó la vela de un soplido repentino y salimos al exterior. La luna se había alzado. Unas figuras negras paseaban con desgana, vertiendo agua sobre los rescoldos, de donde brotaba un siseo; el vapor ascendía a la luz de la luna, y el negro apaleado gemía en alguna parte. «¡Vaya escándalo que arma el bruto!» —dijo el infatigable hombre de los bigotes, apareciendo a nuestro lado—. «Bien merecido se lo tiene. Falta, castigo: ¡zas! Sin piedad, sin piedad. Es la única manera. Esto evitará toda conflagración en el futuro. Justo se lo estaba diciendo al director...». Reparó en mi acompañante y se quedó cortado de repente. «¿Todavía no se ha acostado? —dijo con una especie de servil cordialidad—. Es de lo más natural. ¡Ja! Peligro, agitación». Se esfumó. Avancé hacia la orilla del río y el otro me siguió. Oí un mordaz susurro a mi oído: «Panda de inútiles... váyanse al cuerno». Se distinguían los peregrinos en corros, gesticulando, discutiendo. Varios aún tenían los bastones en la mano. De veras creo que se llevaban aquellos garrotes a la cama. Más allá de la empalizada, el bosque se erguía espectral a la luz de la luna, y a través de la vaga agitación, a través de los tenues ruidos de aquel lamentable patio, el silencio de la tierra llegaba hasta el mismísimo corazón: su misterio, su grandeza, la asombrosa realidad de su vida oculta. El negro herido gemía débilmente en algún lugar cercano y luego lanzó un profundo suspiro que me hizo aligerar el paso para alejarme de allí. Sentí que una mano se deslizaba bajo mi brazo. «Mi querido señor —dijo el individuo—, no quisiera que se me malinterpretara, y menos usted, que verá al señor Kurtz mucho antes de que yo pueda tener ese placer. No me gustaría que se formase una falsa idea de mi disposición...».

—Le dejé seguir hablando, a aquel Mefistófeles de papel maché, y me pareció que, si lo intentara, podría atravesarlo con el dedo índice y no encontrar dentro nada más que un poco de tierra suelta, tal vez. Él, ¿no lo veis?, había estado planeando convertirse con el tiempo en subdirector a las órdenes del actual titular, y me di cuenta de que la llegada de ese Kurtz los había perturbado no poco a entrambos. Hablaba precipitadamente y yo no traté de detenerlo. Tenía los hombros apoyados contra los restos de mi vapor, varado en la pendiente como el cadáver de algún gran animal fluvial. ¡El olor del fango, de un fango primigenio, por Júpiter!, me llenaba las narices; la alta quietud del bosque primigenio estaba ante mis ojos; había manchas brillantes en la negra ensenada. La luna había extendido sobre todo una fina capa de plata: sobre la hierba bravía, sobre el fango, sobre el muro de espesa vegetación que se alzaba más alto que el muro de un templo, sobre el gran río que yo alcanzaba a ver a través de una brecha sombría centelleando, centelleando, mientras discurría anchuroso sin un murmullo. Todo aquello era grandioso, expectante, mudo, mientras el hombre parloteaba sobre sí mismo. Me pregunté si la quietud en la faz de la inmensidad que nos miraba a los dos pretendía ser una llamada o una amenaza. ¿Qué éramos nosotros, que nos habíamos extraviado allí dentro? ¿Podríamos manejar aquella cosa muda, o nos manejaría ella a nosotros? Sentí lo grande, lo espantosamente grande que era aquella cosa que no podía hablar y que tal vez fuera también sorda. ¿Qué había allí dentro? Veía salir de allí un poco de marfil, y había oído decir que el señor Kurtz estaba allí dentro. ¡Y Dios sabe que había oído bastante sobre el asunto! Sin embargo, de algún modo no me evocaba imagen alguna, no más que si me hubieran dicho que allí dentro había un ángel o un demonio. Lo creía del mismo modo que cualquiera de vosotros podría creer que hay habitantes en el planeta Marte. Conocí una vez a un velero escocés que estaba seguro, rematadamente seguro, de que había gente en Marte. Si le pedías alguna idea de qué aspecto tenían y cómo se comportaban, se volvía tímido y murmuraba algo de que «andaban a cuatro patas». Con que tan solo sonrieras, se ofrecía —a pesar de ser un hombre de sesenta años— a liarse a golpes contigo. Yo no habría llegado al extremo de pelearme por Kurtz, pero por él estuve a punto de mentir. Ya sabéis que odio, detesto y no puedo soportar la mentira, no porque sea más recto que los demás, sino sencillamente porque me horroriza. Hay un resabio de muerte, un sabor a mortalidad en las mentiras... que es con exactitud lo que odio y detesto en el mundo, lo que quiero olvidar. Me hace desdichado y me da náuseas, igual que morder algo podrido. Temperamento, supongo. Bien, pues estuve a punto de hacerlo al dejar que aquel joven insensato creyera cuanto quisiera imaginar sobre mi influencia en Europa. Me convertí en un instante en una farsa tan grande como el resto de los hechizados peregrinos. Y esto simplemente porque tuve la noción de que de algún modo le serviría de ayuda a aquel Kurtz a quien por entonces yo no veía..., ya me entendéis. Para mí no era más que una palabra. No veía al hombre tras el nombre más de lo que lo veis vosotros. ¿Lo veis a él? ¿Veis la historia? ¿Veis algo? Me parece que estoy tratando de contaros un sueño... haciendo un intento vano, porque ningún relato de un sueño puede transmitir la sensación del sueño, esa mezcla de absurdo, sorpresa y desconcierto en un estremecimiento de rebelión agónica, esa noción de estar cautivo de lo increíble que constituye la esencia misma de los sueños...

Guardó silencio durante un rato.

—... No, es imposible; es imposible transmitir la sensación viva de una época cualquiera de la existencia de uno... aquello que constituye su verdad, su significado, su esencia sutil y penetrante. Es imposible. Vivimos como soñamos: solos...

Hizo una nueva pausa, como reflexionando, y luego añadió: —Por supuesto, en esto vosotros veis más de lo que yo podía ver entonces. Me veis a mí, a quien conocéis...

Había oscurecido tanto que nosotros, los oyentes, apenas podíamos vernos los unos a los otros. Desde hacía ya un buen rato él, sentado aparte, no había sido para nosotros más que una voz. Nadie pronunció una palabra. Los demás tal vez estuvieran dormidos, pero yo estaba despierto. Escuchaba, escuchaba al acecho de la frase, de la palabra que me diera la clave de la tenue inquietud inspirada por aquella narración que parecía tomar forma sin labios humanos en el aire pesado de la noche sobre el río.

—... Sí, le dejé seguir hablando —reanudó Marlow—, y pensar lo que quisiera sobre los poderes que me respaldaban. ¡Vaya si lo hice! ¡Y no había nada detrás de mí! No había nada más que aquel desdichado, viejo y destrozado barco de vapor contra el que me apoyaba, mientras él hablaba con fluidez de «la necesidad de que todo hombre prospere». «Y cuando uno viene aquí fuera, compréndalo usted, no es para contemplar la luna». El señor Kurtz era un «genio universal», pero incluso a un genio le resultaría más fácil trabajar con «herramientas adecuadas: hombres inteligentes». Él no fabricaba ladrillos... ¡vamos, si se interponía una imposibilidad física!, como yo bien sabía; y si hacía labores de secretario para el director, era porque «ningún hombre sensato rechaza a la ligera la confianza de sus superiores». ¿Que si lo comprendía? Lo comprendía. ¿Qué más quería yo? Lo que yo de verdad quería eran remaches, ¡por el cielo! Remaches. Para proseguir el trabajo, para tapar el agujero. Remaches era lo que quería. Los había a cajas abajo en la costa... cajas... ¡apiladas... reventadas... rotas! Se tropezaba uno con un remache suelto a cada paso en el patio de aquella estación en la ladera. Los remaches habían rodado hasta la arboleda de la muerte. Podías llenarte los bolsillos de remaches con solo tomarte la molestia de agacharte... y no se encontraba un solo remache donde hacía falta. Teníamos planchas que servirían, pero nada con qué sujetarlas. Y cada semana el mensajero, un negro solitario con el saco de la correspondencia al hombro y un bastón en la mano, partía de nuestra estación hacia la costa. Y varias veces a la semana llegaba una caravana de la costa con mercancías de trueque: un percal satinado espantoso que hacía estremecerse con solo mirarlo, cuentas de vidrio que valían alrededor de un penique el cuarto de galón, malditos pañuelos de algodón con lunares. Y ni un remache. Tres porteadores habrían podido traer todo lo necesario para poner a flote aquel barco de vapor.

Se estaba volviendo confidencial, pero me imagino que mi actitud impasible debió de exasperarlo al fin, pues juzgó necesario informarme de que no temía a Dios ni al diablo, y menos aún a un simple mortal. Le contesté que lo veía a la perfección, pero que lo que yo necesitaba era una cierta cantidad de remaches..., y remaches era lo que de verdad necesitaba el señor Kurtz, si lo hubiera sabido. Por entonces salían cartas hacia la costa todas las semanas... —¡Mi querido señor —gritó—, yo escribo al dictado! Exigí remaches. Había una forma... para un hombre inteligente. Cambió de actitud; se volvió muy frío y, de pronto, se puso a hablar de un hipopótamo; se preguntó si al dormir a bordo del vapor (yo no me apartaba de mi tarea de rescate ni de noche ni de día) no me molestaban. Había un viejo hipopótamo que tenía la mala costumbre de subir a la orilla y rondar de noche por el recinto de la estación. Los peregrinos solían salir en masa y vaciar sobre él cuanto rifle caía en sus manos. Algunos incluso habían pasado noches en vela esperándolo. Toda esa energía, sin embargo, fue en vano. —Ese animal tiene una vida invulnerable —dijo—; pero eso solo se puede decir de las bestias en este país. Ningún hombre —¿me comprende?—, ningún hombre goza aquí de una vida invulnerable. Se quedó allí un momento a la luz de la luna, con su delicada nariz aguileña un poco torcida y sus ojos de mica brillando sin un solo parpadeo; luego, con un seco «Buenas noches», se alejó a grandes zancadas. Pude ver que estaba inquieto y bastante perplejo, lo que me hizo concebir más esperanzas de las que había tenido en días. Fue un gran alivio apartarme de aquel sujeto para volver a mi influyente amigo, aquel vaporucho de hojalata abollado, retorcido y desvencijado. Trepé a bordo. Resonaba bajo mis pies como una lata vacía de galletas Huntley & Palmer pateada a lo largo de una cuneta; su fábrica no tenía nada de sólida y su forma era aún menos agraciada, pero yo había invertido en él suficiente trabajo duro como para cobrarle cariño. Ningún amigo influyente me habría servido mejor. Me había dado la oportunidad de valerme por mí mismo, de descubrir lo que era capaz de hacer. No, no me gusta el trabajo. Prefiero holgazanear y pensar en todas las cosas hermosas que pueden hacerse. No me gusta el trabajo —a nadie le gusta—, pero me gusta lo que hay en el trabajo: la posibilidad de encontrarse a uno mismo. Tu propia realidad —para ti mismo, no para los demás—, lo que ningún otro hombre podrá saber jamás. Ellos solo alcanzan a ver la mera apariencia, y nunca sabrán lo que de verdad significa.

No me sorprendió ver a alguien sentado a popa, en la cubierta, con las piernas colgando sobre el barro. Verán, yo había hecho buenas migas con los pocos mecánicos que había en aquella estación, a quienes los demás peregrinos, como es natural, despreciaban... a causa de sus imperfectos modales, supongo. Este era el capataz —calderero de oficio—, un buen trabajador. Era un hombre enjuto, huesudo, de rostro amarillento y grandes ojos intensos. Tenía un aspecto preocupado y la cabeza tan calva como la palma de mi mano; pero el pelo, al caerse, parecía haberse pegado a su barbilla y haber prosperado en su nueva ubicación, pues la barba le colgaba hasta la cintura. Era viudo, con seis hijos pequeños (los había dejado al cuidado de una hermana suya para venir hasta aquí), y la pasión de su vida era la colombofilia. Era un entusiasta y un entendido. Deliraba con las palomas. Terminada la jornada laboral, a veces venía desde su choza para hablar de sus hijos y de sus palomas; en el trabajo, cuando tenía que arrastrarse por el fango bajo el fondo del vapor, se ataba aquella barba suya con una especie de servilleta blanca que había traído para ese propósito. Tenía unas presillas para pasárselas por las orejas. Al atardecer, se le podía ver en cuclillas en la orilla, enjuagando aquel envoltorio en el estero con gran esmero, para luego extenderlo solemnemente sobre un arbusto a fin de que se secara.

Le di una palmada en la espalda y grité: —¡Tendremos remaches!—. Se puso en pie de un salto exclamando: —¡No! ¿Remaches?—, como si no pudiera dar crédito a sus oídos. Luego, en voz baja: —¿Usted... eh?—. No sé por qué nos comportamos como locos. Me puse el dedo a un lado de la nariz y asentí con aire de misterio. —¡Bien por usted! —gritó, e hizo restallar los dedos sobre la cabeza, levantando un pie. Yo intenté una giga. Dimos brincos sobre la cubierta de hierro. De aquel casco salió un estrépito espantoso, y la selva virgen en la otra orilla del estero lo devolvió en un retumbo atronador sobre la estación dormida. Debió de hacer que algunos de los peregrinos se incorporaran en sus covachas. Una figura oscura tapó el vano iluminado de la choza del director, desapareció y, un segundo después, el propio vano desapareció también. Nos detuvimos, y el silencio que el pataleo de nuestros pies había ahuyentado refluyó de nuevo desde los confines de la tierra. La gran muralla de vegetación, una exuberante y enmarañada masa de troncos, ramas, hojas, ramajes y festones, inmóvil a la luz de la luna, era como una desenfrenada invasión de vida silenciosa, una ola creciente de plantas, encumbrada, coronada, lista para desplomarse sobre el estero y barrer a cada uno de nosotros, pobres hombrecillos, de su pequeña existencia. Y no se movía. Un sordo estallido de formidables chapoteos y resoplidos nos llegó de lejos, como si un ictiosaurio se estuviera dando un baño de destellos en el gran río. —Después de todo —dijo el calderero en tono razonable—, ¿por qué no habríamos de recibir los remaches? ¡Por qué no, desde luego! Yo no conocía ninguna razón por la que no debieran llegar. —Vendrán dentro de tres semanas —dije con aplomo.

Pero no llegaron. En lugar de remaches vino una invasión, un azote, una plaga. Llegó por secciones a lo largo de las tres semanas siguientes, cada sección encabezada por un asno que llevaba a un hombre blanco con ropa nueva y zapatos de color canela, inclinándose desde aquella elevación a derecha e izquierda ante los impresionados peregrinos. Una pendenciera comitiva de negros huraños y con los pies deshechos pisaba los talones a los asnos; una multitud de tiendas de campaña, sillas de tijera, cajas de hojalata, cajones blancos y fardos marrones eran arrojados en el patio, y el aire de misterio se espesaba un poco más sobre el desbarajuste de la estación. Llegaron cinco remesas semejantes, con su absurdo aire de desordenada huida con el botín de innumerables tiendas de pertrechos y almacenes de provisiones que, pensaría uno, arrastraban hacia la espesura tras una incursión para un reparto equitativo. Era un amasijo inextricable de cosas en sí decentes, pero que la insensatez humana hacía parecer el botín de un latrocinio.

Aquella devota banda se hacía llamar la Expedición Exploradora de Eldorado, y creo que habían hecho juramento de secreto. Su charla, sin embargo, era la de sórdidos bucaneros: era temeraria sin arrojo, codiciosa sin audacia y cruel sin valentía; no había un átomo de previsión ni de intención seria en toda aquella ralea, y no parecían conscientes de que tales virtudes se precisan para la obra del mundo. Arrancar tesoros de las entrañas de la tierra era su anhelo, sin más propósito moral detrás de ello que el de unos ladrones que revientan una caja fuerte. Quién pagaba los gastos de tan noble empresa, no lo sé; pero el tío de nuestro director era el cabecilla de aquella tropa.

En su aspecto exterior recordaba a un carnicero de barrio pobre, y sus ojos tenían un aire de soñolienta astucia. Paseaba su oronda panza con ostentación sobre sus cortas piernas, y durante el tiempo en que su banda infestó la estación no habló con nadie más que con su sobrino. Se podía ver a esos dos merodeando todo el día con las cabezas juntas en un conciliábulo interminable.

—Había dejado de preocuparme por los remaches. La capacidad de uno para esa clase de locuras es más limitada de lo que podríais suponer. Dije: «¡Al diablo!» —y dejé correr las cosas. Disponía de mucho tiempo para meditar y, de cuando en cuando, pensaba un poco en Kurtz. No es que me interesara gran cosa. No. Aun así, sentía curiosidad por ver si aquel hombre, que había venido equipado con ideas morales de alguna índole, llegaría a la cima después de todo, y cómo acometería su trabajo una vez allí.

Fin del Episodio 5 · de 14

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