Capítulo I · III
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Le entregamos sus cartas (oí decir que los hombres de aquel barco solitario morían de fiebre a razón de tres al día) y proseguimos. Hicimos escala en algunos lugares más con nombres ridículos, donde la alegre danza de la muerte y el comercio continúa en una atmósfera inmóvil y terrosa como de catacumba recalentada; a lo largo de toda esa costa informe bordeada de un rompiente peligroso, como si la Naturaleza misma hubiera tratado de mantener a raya a los intrusos; entrando y saliendo de ríos, corrientes de muerte en vida, cuyas orillas se pudrían convertidas en fango, cuyas aguas, espesadas en cieno, invadían los retorcidos manglares, que parecían contorsionarse hacia nosotros en el colmo de una impotente desesperación. En ningún sitio nos detuvimos lo suficiente para obtener una impresión detallada, pero la sensación general de un vago y opresivo asombro fue adueñándose de mí. Era como una fatigosa peregrinación entre indicios de pesadillas.
—Pasaron más de treinta días antes de que viese la desembocadura del gran río. Fondeamos frente a la sede del gobierno. Pero mi trabajo no comenzaría hasta unas doscientas millas más adelante. Así que tan pronto como pude partí hacia un lugar situado treinta millas río arriba.
—Hice la travesía en un pequeño vapor de alta mar. El capitán era sueco y, al reconocerme como marino, me invitó al puente. Era un hombre joven, enjuto, rubio y taciturno, de pelo lacio y andar vacilante. Al alejarnos del miserable muellecillo, sacudió la cabeza con desdén hacia la orilla. —¿Ha vivido allí? —preguntó. Yo dije: —Sí. —Buena calaña estos tipos del gobierno, ¿no cree? —continuó, hablando en inglés con gran precisión y no poca amargura—. Es curioso lo que algunas personas hacen por unos pocos francos al mes. Me pregunto qué será de esa ralea cuando sube hacia el interior. Le dije que esperaba verlo pronto. —¡A-a-ah! —exclamó. Se cruzó arrastrando los pies, sin perder de vista la proa—. No esté tan seguro —continuó—. El otro día recogí a un hombre que se ahorcó en el camino. También era sueco. —¡Ahorcarse! Pero ¿por qué, en nombre de Dios? —exclamé. Él continuó oteando con atención—. ¿Quién sabe? Demasiado sol para él, o el país, quizá.
—Al fin embocamos un tramo recto. Apareció un acantilado rocoso, montículos de tierra removida junto a la orilla, casas en una colina, otras, con techos de chapa, en medio de un desparrame de excavaciones o aferradas a la pendiente. Un continuo estruendo procedente de los rápidos de más arriba flotaba sobre esta escena de devastación habitada. Mucha gente, en su mayoría negra y desnuda, se movía de un lado a otro como hormigas. Un muelle se proyectaba en el río. Una luz solar cegadora lo anegaba todo a ratos en un repentino recrudecimiento del resplandor. —Ahí está la factoría de su Compañía —dijo el sueco, señalando hacia tres estructuras de madera semejantes a barracones en la ladera rocosa—. Haré subir sus cosas. ¿Cuatro cajas, dijo? Bien. Adiós.
—Me topé con una caldera que se revolcaba en la hierba, luego encontré un sendero que subía por la colina. Se desviaba para esquivar peñascos y también una pequeña vagoneta de ferrocarril que yacía allí bocarriba, con las ruedas al aire. Le faltaba una. Aquella cosa parecía tan muerta como el cadáver de algún animal. Encontré más piezas de maquinaria deshecha, una pila de raíles oxidados. A la izquierda, un grupo de árboles formaba un rincón sombrío donde cosas oscuras parecían moverse débilmente. Parpadeé; el sendero era empinado. Un cuerno sonó a la derecha y vi correr a los negros. Una detonación pesada y sorda sacudió el suelo, una bocanada de humo brotó del acantilado, y eso fue todo. Ningún cambio apareció en la faz de la roca. Estaban construyendo un ferrocarril. El acantilado no estorbaba el paso ni nada parecido; pero aquellas voladuras sin objeto eran todo el trabajo que se estaba haciendo.
—Un leve tintineo a mi espalda me hizo volver la cabeza. Seis hombres negros avanzaban en fila, subiendo penosamente por el sendero. Caminaban erguidos y lentos, balanceando sobre la cabeza pequeños cestos llenos de tierra, y el tintineo marcaba el compás de sus pasos. Llevaban andrajos negros ceñidos a los lomos, y los extremos cortos colgaban por detrás meneándose como colas. Podía contarles cada costilla; las coyunturas de sus miembros eran como nudos en una cuerda; cada uno llevaba una argolla de hierro al cuello, y todos estaban unidos entre sí por una cadena cuyas combas oscilaban entre ellos, tintineando rítmicamente. Otro estampido procedente del acantilado me hizo pensar de pronto en aquel buque de guerra que había visto disparar contra un continente. Era el mismo tipo de voz ominosa; pero a aquellos hombres, ni con el mayor esfuerzo de imaginación, se les podía llamar enemigos. Se les llamaba criminales, y la ley ultrajada, al igual que los proyectiles que estallaban, había llegado hasta ellos como un misterio insoluble desde el otro lado del mar. Todos sus pechos enjutos jadeaban al unísono, las aletas de la nariz, violentamente dilatadas, temblaban, los ojos miraban fijamente, como piedras, colina arriba. Pasaron a escasos centímetros de mí, sin mirarme, con esa indiferencia completa y cadavérica de los salvajes desdichados. Detrás de esta materia prima, uno de los redimidos, producto de las nuevas fuerzas en acción, caminaba indolente, sosteniendo un fusil por la mitad del cañón. Llevaba una guerrera de uniforme a la que le faltaba un botón y, al ver a un blanco en el sendero, se echó el arma al hombro con presteza. Era simple prudencia, pues los blancos se parecen tanto a la distancia que no podía saber quién era yo. Pronto se tranquilizó y, con una amplia y blanca sonrisa pícara y una mirada hacia los que custodiaba, pareció hacerme partícipe de su excelsa encomienda. Al fin y al cabo, yo también formaba parte de la gran causa de tan elevados y justos procedimientos.
—En vez de subir, di media vuelta y bajé hacia la izquierda. Mi idea era dejar que aquella cuadrilla de encadenados se perdiera de vista antes de trepar por la colina. Ya sabéis que no soy especialmente blando; he tenido que golpear y que parar golpes. He tenido que resistir y a veces que atacar —que no es más que otra forma de resistir— sin pararme a calcular el coste exacto, según las exigencias de la clase de vida en la que me había metido a ciegas. He visto al demonio de la violencia, y al demonio de la codicia, y al demonio del deseo ardiente; pero ¡por todas las estrellas!, aquellos eran demonios fuertes, vigorosos, de ojos rojos, que dominaban y arrastraban a los hombres... ¡a hombres, os digo! Pero, de pie en aquella ladera, presentí que bajo el sol cegador de aquella tierra llegaría a conocer a un demonio fofo, farsante y de ojos miopes, propio de una locura rapaz y despiadada. Cuán insidioso podía llegar a ser, no obstante, sólo lo descubriría varios meses después y mil millas más lejos. Durante un instante me quedé espantado, como ante una advertencia. Al final descendí por la colina, en sentido oblicuo, hacia los árboles que había visto.
—Evité un enorme foso artificial que alguien había estado cavando en la ladera, cuyo propósito me resultó imposible de adivinar. No era una cantera ni un arenal, en todo caso. No era más que un hoyo. Quizá estuviera relacionado con el filantrópico deseo de darles algo que hacer a los criminales. No lo sé. Luego estuve a punto de caer en un barranco muy estrecho, apenas algo más que una cicatriz en la ladera. Descubrí que habían arrojado allí un montón de tubos de desagüe importados para el asentamiento. No quedaba ni uno solo que no estuviese roto. Era un destrozo deliberado. Al fin me puse al cobijo de los árboles. Mi propósito era pasear un momento por la sombra; pero apenas hube entrado, me pareció haber puesto el pie en un sombrío círculo de algún Infierno. Los rápidos estaban cerca, y un estruendo continuo, uniforme, impetuoso y precipitado llenaba la lúgubre quietud de la arboleda, donde ni un soplo de aire se agitaba, ni una hoja se movía, con un sonido misterioso... como si la carrera vertiginosa de la tierra lanzada al espacio se hubiera vuelto de pronto audible.
—Figuras negras estaban agachadas, yacían, se sentaban entre los árboles, apoyadas en los troncos, aferradas a la tierra, medio emergiendo, medio borradas en la penumbra, en todas las posturas del dolor, el abandono y la desesperación. Otra mina estalló en el acantilado, seguida por un leve temblor del suelo bajo mis pies. El trabajo proseguía. ¡El trabajo! Y aquel era el lugar al que algunos de los ayudantes se habían retirado a morir.
Morían lentamente; resultaba del todo evidente. No eran enemigos, no eran criminales, ya no eran nada terrenal: no eran sino sombras negras de enfermedad e inanición, tendidas en confusa dispersión en la penumbra verdosa. Traídos de todos los rincones de la costa con toda la legalidad de los contratos temporales, perdidos en un entorno inhóspito, alimentados con una comida desconocida, habían enfermado, se habían vuelto inservibles y entonces se les había permitido arrastrarse hasta allí para descansar. Aquellas formas moribundas eran libres como el aire... y casi tan tenues. Empecé a distinguir el brillo de unos ojos bajo los árboles. Luego, al bajar la mirada, vi un rostro cerca de mi mano. La negra osamenta yacía cuan larga era, con un hombro apoyado en el árbol, y lentamente los párpados se alzaron y los ojos hundidos me miraron, enormes y vacíos, con una suerte de ciego y blanco parpadeo en el fondo de las cuencas, que se fue extinguiendo poco a poco. El hombre parecía joven —casi un muchacho—, pero ya saben que con ellos resulta difícil saberlo. No se me ocurrió otra cosa que ofrecerle uno de los bizcochos de barco de mi buen sueco que llevaba en el bolsillo. Los dedos se cerraron despacio sobre él y lo sostuvieron; no hubo ningún otro movimiento ni otra mirada. Se había atado al cuello un cabo de estambre blanco. ¿Por qué? ¿De dónde lo había sacado? ¿Era una insignia, un adorno, un amuleto, un acto propiciatorio? ¿Había alguna idea vinculada a aquello? Resultaba sobrecogedor alrededor de su cuello negro, aquel trozo de hilo blanco venido de allende los mares.
Cerca del mismo árbol, otros dos fardos de ángulos agudos estaban sentados con las piernas encogidas. Uno, con la barbilla apoyada en las rodillas, miraba a la nada de un modo intolerable y espantoso; su hermano fantasma apoyaba la frente, como vencido por un inmenso cansancio; y alrededor otros estaban esparcidos en toda suerte de posturas de contorsionado desfallecimiento, como en el cuadro de una matanza o una peste. Mientras permanecía allí horrorizado, una de aquellas criaturas se alzó sobre manos y rodillas y avanzó a cuatro patas hacia el río para beber. Bebió a lengüetazos en la palma de la mano, luego se sentó al sol, cruzando las canillas ante sí, y al cabo de un rato dejó caer la cabeza lanuda sobre el esternón.
No quise demorarme más en la sombra y me apresuré hacia la estación. Cerca ya de los edificios me topé con un hombre blanco, vestido con una elegancia tan inesperada que en un primer momento lo tomé por una especie de visión. Vi un cuello alto y almidonado, puños blancos, una chaqueta ligera de alpaca, pantalones níveos, una corbata clara y botas de charol. Sin sombrero. El cabello con la raya al medio, cepillado y abrillantado, bajo una sombrilla forrada de verde sostenida por una gran mano blanca. Resultaba pasmoso, y llevaba un portaplumas detrás de la oreja.
Le estreché la mano a aquel milagro y supe que era el jefe de contabilidad de la Compañía, y que toda la contabilidad se llevaba en aquella estación. Había salido un momento, según dijo, «para tomar un poco de aire fresco». La expresión sonaba asombrosamente extraña, con su evocación de vida sedentaria de oficina. No les habría mencionado a aquel sujeto para nada, si no fuera porque de sus labios oí por primera vez el nombre del hombre que tan indisolublemente está ligado a los recuerdos de aquella época. Además, respetaba a aquel individuo. Sí; respetaba sus cuellos, sus puños enormes, su pelo cepillado. Su aspecto era, desde luego, el de un maniquí de peluquería; pero en medio de la gran desmoralización de aquella tierra, él mantenía las apariencias. Eso es entereza. Sus cuellos almidonados y sus pecheras primorosas eran triunfos del carácter. Llevaba allí casi tres años; y más adelante no pude evitar preguntarle cómo se las arreglaba para lucir semejante ropa blanca. Se ruborizó apenas y dijo con modestia: —Le he estado enseñando a una de las mujeres nativas de la estación. Fue difícil. Sentía aversión hacia el trabajo—. Aquel hombre había logrado algo de verdad. Y estaba consagrado a sus libros, que se encontraban en perfecto orden.
Todo lo demás en la estación era un embrollo: cabezas, cosas, edificios. Hileras de negros polvorientos y de pies planos llegaban y partían; una corriente de artículos manufacturados, algodones de pacotilla, cuentas de vidrio y alambre de latón se enviaba a las profundidades de las tinieblas, y a cambio llegaba un hilillo precioso de marfil.
Tuve que esperar diez días en la estación —una eternidad—. Vivía en una choza en el patio, pero para escapar del caos a veces me metía en la oficina del contable. Estaba construida con tablones horizontales, y tan mal ensamblada que, cuando él se inclinaba sobre su alto pupitre, quedaba cruzado del cuello a los talones por estrechas franjas de luz solar. No hacía falta abrir el gran postigo para ver. Hacía calor allí también; unas moscas enormes zumbaban diabólicamente, y no picaban, sino que apuñalaban. Por lo general yo me sentaba en el suelo, mientras él, de apariencia intachable (e incluso ligeramente perfumado), encaramado en un taburete alto, escribía y escribía. A veces se ponía de pie para hacer ejercicio. Cuando metieron allí un catre con un enfermo (algún agente lisiado del interior), mostró un suave disgusto. —Los gemidos de este enfermo —dijo— distraen mi atención. Y sin ellos ya resulta en extremo difícil evitar los errores de pluma en este clima.
Un día comentó, sin levantar la cabeza: —En el interior conocerá usted sin duda al señor Kurtz—. Al preguntarle yo quién era el señor Kurtz, dijo que era un agente de primera; y al ver mi decepción ante aquella información, añadió despacio, soltando la pluma: —Es una persona muy notable—. A más preguntas mías averigüé que el señor Kurtz estaba por entonces a cargo de un puesto comercial, uno muy importante, en el verdadero país del marfil, «allá en el fondo de todo. Envía tanto marfil como todos los demás juntos...». Empezó a escribir de nuevo. El enfermo estaba demasiado grave para gemir. Las moscas zumbaban en una gran paz.
De pronto se produjo un creciente murmullo de voces y un fuerte pataleo. Había llegado una caravana. Un violento balbuceo de sonidos ásperos estalló al otro lado de los tablones. Todos los porteadores hablaban a la vez, y en medio del alboroto se oyó la voz lastimera del agente principal «dándose por vencido» entre sollozos por vigésima vez aquel día... Se levantó lentamente. —¡Qué escándalo tan espantoso! —dijo. Cruzó la habitación con suavidad para mirar al enfermo y, al regresar, me dijo—: No oye. —¿Cómo? ¿Muerto? —pregunté, sobresaltado. —No, todavía no —respondió con gran aplomo. Luego, aludiendo con una sacudida de cabeza al tumulto del patio de la estación—: Cuando uno tiene que hacer asientos correctos, acaba por odiar a esos salvajes... odiarlos a muerte. —Se quedó pensativo por un momento—. Cuando vea al señor Kurtz —prosiguió—, dígale de mi parte que todo aquí —miró hacia el pupitre— marcha de manera muy satisfactoria. No me gusta escribirle... con esos mensajeros nuestros nunca se sabe quién puede interceptar la carta... en esa Estación Central. —Me miró fijamente un instante con sus ojos mansos y saltones—. ¡Ah, llegará lejos, muy lejos! —empezó de nuevo—. No tardará en ser alguien en la Administración. Los de arriba... el Consejo en Europa, ya sabe... tienen la intención de que lo sea.
Volvió a su trabajo. El ruido de fuera había cesado y, al poco rato, al salir, me detuve en la puerta. En el zumbido constante de las moscas, el agente que esperaba regresar a la patria yacía enrojecido e insensible; el otro, inclinado sobre sus libros, hacía asientos correctos de transacciones perfectamente correctas; y a cincuenta pies bajo el umbral, yo podía ver las copas inmóviles de los árboles de la arboleda de la muerte.
Fin del Episodio 3 · de 14
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