Capítulo I · II
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Lamento confesar que empecé a importunarlos. Eso ya era algo totalmente nuevo para mí. No estaba acostumbrado a conseguir las cosas de esa manera, ya saben. Siempre iba por mi propio camino y con mis propias piernas adonde se me antojaba ir. Jamás lo habría creído de mí mismo; pero, en fin —ya ven—, sentía de algún modo que debía llegar allí como fuera, por las buenas o por las malas. Así que los importuné. Los hombres decían: «Mi querido amigo», y no hacían nada. Entonces —¿se lo creerían?— recurrí a las mujeres. Yo, Charlie Marlow, puse a trabajar a las mujeres... para conseguir un empleo. ¡Válgame Dios! Bueno, ya ven, la idea me obsesionaba. Tenía una tía, una criatura entrañable y entusiasta. Me escribió: «Será delicioso. Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa, lo que sea por ti. Es una idea gloriosa. Conozco a la esposa de un altísimo personaje de la Administración, y también a un hombre que tiene muchísima influencia sobre...», etcétera, etcétera. Estaba resuelta a armar un alboroto interminable para que me nombraran capitán de un vapor fluvial, si tal era mi capricho.
—Obtuve mi nombramiento, por supuesto; y lo obtuve muy rápido. Al parecer, la Compañía había recibido noticias de que uno de sus capitanes había muerto en una refriega con los nativos. Esta era mi oportunidad, y me hizo desear aún más partir. Fue solo meses y meses después, cuando intenté recuperar lo que quedaba del cadáver, cuando me enteré de que la disputa original se había debido a un malentendido por unas gallinas. Sí, dos gallinas negras. Fresleven —tal era el nombre del tipo, un danés— se creyó de algún modo perjudicado en el trato, de modo que bajó a tierra y empezó a aporrear al jefe de la aldea con un bastón. ¡Oh, no me sorprendió en absoluto oír esto, y que me dijeran al mismo tiempo que Fresleven era la criatura más mansa y tranquila que jamás hubiera caminado sobre dos piernas! Sin duda lo era; pero ya llevaba un par de años allá afuera dedicado a la noble causa, ya saben, y probablemente sintió al fin la necesidad de hacer valer su amor propio de alguna manera. Por consiguiente, molió a palos al viejo negro sin piedad, mientras una gran multitud de su gente lo observaba atónita, hasta que un hombre —según me dijeron, el hijo del jefe—, desesperado al oír gritar al anciano, lanzó una tímida estocada con una lanza contra el hombre blanco... y, por supuesto, entró con suma facilidad entre los omoplatos. Entonces toda la población huyó al bosque, esperando que sobrevinieran toda suerte de calamidades, mientras que, por otra parte, el vapor que capitaneaba Fresleven zarpó también presa de un pánico atroz, al mando del maquinista, según creo. Después nadie pareció preocuparse mucho por los restos de Fresleven, hasta que llegué yo y ocupé su lugar. Yo no podía dejar las cosas así, sin embargo; pero cuando al fin se me presentó la oportunidad de encontrarme con mi predecesor, la hierba que crecía entre sus costillas era lo bastante alta como para ocultar sus huesos. Estaban todos allí. El ser sobrenatural no había sido tocado tras su caída. Y la aldea estaba desierta; las chozas bostezaban negras, pudriéndose, desvencijadas dentro de las empalizadas caídas. Una calamidad había caído sobre ella, desde luego. La gente se había esfumado. Un loco terror los había dispersado —hombres, mujeres y niños— por la maleza, y jamás habían regresado. Lo que fue de las gallinas tampoco lo sé. Supongo que la causa del progreso se quedó con ellas, de todos modos. Sea como fuere, gracias a este glorioso asunto obtuve mi nombramiento, antes incluso de que hubiera empezado a albergar fundadas esperanzas.
—Me moví como un loco para prepararme, y antes de cuarenta y ocho horas estaba cruzando el Canal para presentarme ante mis patrones y firmar el contrato. En muy pocas horas llegué a una ciudad que siempre me hace pensar en un sepulcro blanqueado. Prejuicio, sin duda. No tuve ninguna dificultad para encontrar las oficinas de la Compañía. Era lo más importante de la ciudad, y todos con quienes me cruzaba estaban imbuidos de ello. Iban a dirigir un imperio de ultramar y a amasar una infinidad de dinero mediante el comercio.
—Una calle estrecha y desierta en profunda penumbra, casas altas, innumerables ventanas con persianas venecianas, un silencio sepulcral, hierba brotando entre los adoquines, imponentes portales cocheros a derecha e izquierda, inmensas puertas de dos hojas pesadamente entreabiertas. Me deslicé por una de aquellas rendijas, subí por una escalera barrida y desprovista de adornos, tan árida como un desierto, y abrí la primera puerta con la que di. Dos mujeres, una gorda y la otra delgada, estaban sentadas en sillas con asiento de paja, tejiendo lana negra. La delgada se levantó y caminó directamente hacia mí —sin dejar de tejer con la mirada baja— y, justo cuando empezaba a pensar en apartarme de su camino, como se haría ante un sonámbulo, se detuvo y alzó los ojos. Su vestido era tan sencillo como la funda de un paraguas; dio media vuelta sin decir palabra y me precedió hasta una sala de espera. Di mi nombre y miré a mi alrededor. Una mesa de pino en el centro, sillas sencillas a lo largo de las paredes, en un extremo un gran mapa brillante, marcado con todos los colores del arcoíris. Había una gran cantidad de rojo —agradable de ver en cualquier momento, porque uno sabe que allí se hace un trabajo de verdad—, una barbaridad de azul, un poco de verde, manchas de naranja y, en la costa oriental, un parche púrpura, para mostrar dónde los alegres pioneros del progreso beben la alegre cerveza rubia. Sin embargo, yo no iba a ninguno de esos. Yo iba al amarillo. Justo en el centro. Y el río estaba allí: fascinante, mortífero, como una serpiente. ¡Uf! Se abrió una puerta, asomó una cabeza de secretario de pelo blanco, pero con una expresión compasiva, y un índice esquelético me hizo señas para que entrara en el santuario. La luz era tenue y un pesado escritorio se acuclillaba en medio. De detrás de aquella estructura surgió la impresión de una oronda palidez vestida con levita. El gran hombre en persona. Mediría cinco pies y seis pulgadas, según calculé, y tenía en su puño las riendas de una infinidad de millones. Me estrechó la mano, creo recordar, murmuró vagamente, quedó satisfecho con mi francés. Bon voyage.
—En unos cuarenta y cinco segundos me encontré de nuevo en la sala de espera con el compasivo secretario, quien, lleno de desolación y condolencia, me hizo firmar un documento. Creo que me comprometí, entre otras cosas, a no revelar ningún secreto comercial. Bueno, no pienso hacerlo.
—Empecé a sentirme ligeramente inquieto. Ya saben que no estoy acostumbrado a tales ceremonias, y había algo ominoso en la atmósfera. Era como si me hubieran iniciado en una conspiración... no sé..., algo que no estaba del todo bien; y me alegré de salir. En la antesala, las dos mujeres tejían lana negra febrilmente. Llegaba gente, y la más joven iba y venía haciéndolos pasar. La vieja seguía sentada en su silla. Sus zapatillas planas de paño descansaban sobre un calientapiés, y un gato reposaba en su regazo. Llevaba en la cabeza una especie de tocado blanco almidonado, tenía una verruga en una mejilla y unos lentes con montura de plata le colgaban en la punta de la nariz. Me miró por encima de los lentes. La rápida e indiferente placidez de aquella mirada me turbó. Dos jóvenes de semblante risueño y bobalicón estaban siendo conducidos hacia adentro, y ella les dirigió la misma mirada rápida de despreocupada sabiduría. Parecía saberlo todo sobre ellos y también sobre mí. Me invadió una extraña sensación de desasosiego. Parecía siniestra y fatídica. A menudo, allá a lo lejos, pensé en aquellas dos, guardando la puerta de las Tinieblas, tejiendo lana negra como para un cálido paño mortuorio: la una haciendo pasar, haciendo pasar sin cesar hacia lo desconocido; la otra escudriñando los rostros alegres y bobos con viejos ojos indiferentes. ¡Ave! Vieja tejedora de lana negra. Morituri te salutant. No muchos de aquellos a quienes miró volvieron a verla jamás; ni la mitad, ni mucho menos.
Faltaba todavía una visita al médico. —Una simple formalidad —me aseguró el secretario, con aire de tomar una parte inmensa en todas mis aflicciones. En consecuencia, un muchacho que llevaba el sombrero sobre la ceja izquierda —algún oficinista, supongo; debía de haber oficinistas en el negocio, aunque la casa estaba tan silenciosa como una casa en una ciudad de muertos— bajó de algún lugar del piso de arriba y me guio hacia afuera. Iba desaliñado y descuidado, con manchas de tinta en las mangas de la chaqueta, y su corbata era ancha y vaporosa, bajo una barbilla con forma de puntera de bota vieja. Era un poco temprano para el médico, de modo que propuse tomar algo, y a partir de ese momento dio muestras de una vena de jovialidad. Mientras estábamos sentados ante nuestros vermús, puso por las nubes los negocios de la Compañía, y poco a poco le expresé de pasada mi sorpresa de que no fuera él allá. Se volvió muy frío y sereno de repente. —No soy tan tonto como parezco, dijo Platón a sus discípulos —dijo con tono sentencioso, apuró su copa con gran determinación y nos pusimos en pie.
El viejo médico me tomó el pulso, pensando evidentemente en otra cosa mientras tanto. —Bueno, bueno para allá —masculló, y luego, con cierto afán, me preguntó si le permitiría medirme la cabeza. Bastante sorprendido, le dije que sí, ante lo cual sacó una cosa parecida a un compás de calibres y tomó las dimensiones por delante, por detrás y en todas direcciones, anotando con cuidado. Era un hombrecillo sin afeitar, con un abrigo raído parecido a una gabardina, con los pies en zapatillas, y me pareció un tonto inofensivo. —Siempre pido permiso, por el interés de la ciencia, para medir el cráneo de los que van allá —dijo. —¿Y también cuando vuelven? —pregunté. —¡Oh, a esos no los veo nunca! —observó—; y, además, los cambios se producen por dentro, ya sabe. Sonrió, como ante una broma secreta. —Así que va usted allá. Magnífico. Interesante también. —Me dirigió una mirada escrutadora y tomó otra nota—. —¿Ha habido alguna vez locura en su familia? —preguntó con la mayor naturalidad. Me sentí muy molesto. —¿Esa pregunta es también por el interés de la ciencia? —Sería —dijo, sin hacer caso de mi irritación— interesante para la ciencia observar los cambios mentales de los individuos sobre el terreno, pero... —¿Es usted alienista? —interrumpí. —Todo médico debería serlo... un poco —respondió imperturbable aquel tipo original—. Tengo una pequeña teoría que ustedes, messieurs, los que van allá, deben ayudarme a demostrar. Esta es mi parte en las ventajas que mi país cosechará de la posesión de tan magnífica colonia. La mera riqueza se la dejo a otros. Perdone mis preguntas, pero es usted el primer inglés sometido a mi observación... Me apresuré a asegurarle que no era en absoluto típico. —Si lo fuera —dije—, no estaría hablando así con usted. —Lo que dice es bastante profundo, y probablemente erróneo —dijo con una risa—. Evite la irritación más aún que la exposición al sol. Adieu. ¿Cómo dicen ustedes los ingleses, eh? Good-by. ¡Ah! Good-by. Adieu. En los trópicos hay que mantener la calma por encima de todo... —Levantó un índice admonitorio—... Du calme, du calme. Adieu.
Quedaba una cosa más por hacer: despedirme de mi excelente tía. La encontré triunfante. Tomé una taza de té —la última taza de té decente en muchos días— y, en una habitación que con el mayor sosiego tenía el aspecto exacto que uno esperaría del salón de una dama, tuvimos una larga y tranquila charla junto a la chimenea. En el curso de estas confidencias me quedó muy claro que me habían presentado ante la esposa del alto dignatario, y sabe Dios ante cuántas personas más, como una criatura excepcional y dotada: una bendición para la Compañía, un hombre de los que no se encuentran todos los días. ¡Santo cielo! ¡Y yo que iba a hacerme cargo de un vaporcillo fluvial de tres al cuarto con un pito de hojalata incorporado! Parecía, sin embargo, que yo era también uno de los Trabajadores, con mayúscula... ya me entienden. Algo así como un emisario de la luz, algo así como una suerte inferior de apóstol. Por aquella época se había desatado una gran cantidad de semejante patraña en la prensa y en las conversaciones, y la excelente mujer, que vivía en pleno torbellino de toda esa farsa, se había dejado arrastrar. Habló de «apartar a esos millones de ignorantes de sus horribles costumbres», hasta que, palabra de honor, me hizo sentir francamente incómodo. Me aventuré a insinuar que la Compañía funcionaba para obtener beneficios.
—Olvidas, querido Charlie, que el obrero es digno de su salario —dijo con vivacidad. Es curioso lo alejadas de la realidad que están las mujeres. Viven en un mundo propio, y jamás ha existido nada semejante, ni podrá existir jamás. Es demasiado hermoso en su conjunto, y si llegaran a levantarlo se haría pedazos antes de la primera puesta de sol. Algún maldito hecho con el que los hombres hemos convivido plácidamente desde el día de la creación saltaría de pronto y lo derribaría todo.
Después de esto me abrazó, me encomendó que usara ropa de franela, que me asegurara de escribir a menudo y demás cosas por el estilo, y me marché. En la calle —no sé por qué— me invadió la extraña sensación de que era un impostor. Curiosa cosa que yo, que solía marcharme a cualquier parte del mundo con un aviso de veinticuatro horas, pensándolo menos de lo que la mayoría de los hombres piensa al cruzar una calle, tuviera un momento —no diré de vacilación, pero sí de pausa sobrecogida— ante aquel asunto tan corriente. La mejor manera que tengo de explicárselo es decirles que, durante un segundo o dos, sentí como si, en lugar de ir al centro de un continente, estuviera a punto de partir hacia el centro de la tierra.
—Partí en un vapor francés, y este hizo escala en todos los malditos puertos que tienen por allí con el único propósito, por lo que pude ver, de desembarcar soldados y aduaneros. Yo contemplaba la costa. Contemplar una costa mientras desfila junto al barco es como pensar en un enigma. Ahí está ante uno: sonriente, ceñuda, tentadora, grandiosa, mezquina, insípida o salvaje, y siempre muda, con un aire de susurrar: «Ven y averígualo». Esta carecía casi de rasgos, como si aún estuviera haciéndose, con un aspecto de monótona adustez. El linde de una selva colosal, de un verde tan oscuro que parecía casi negro, orlada de rompientes blancas, corría recta, como trazada a regla, allá a lo lejos, a lo largo de un mar azul cuyo brillo quedaba empañado por una niebla rastrera. El sol era implacable, la tierra parecía relucir y gotear vapor. Aquí y allá asomaban motas blancuzcas y grisáceas, apiñadas tras la blanca resaca, tal vez con una bandera ondeando sobre ellas. Asentamientos de varios siglos de antigüedad y todavía no mayores que cabezas de alfiler en la extensión virgen de su fondo. Avanzábamos a golpes de máquina, nos deteníamos, desembarcábamos soldados; seguíamos, desembarcábamos dependientes de aduanas para cobrar peajes en lo que parecía un yermo dejado de la mano de Dios, con un cobertizo de chapa y un asta de bandera perdidos en él; desembarcábamos más soldados —para cuidar de los aduaneros, presumiblemente—. Algunos, según oí, se ahogaban en las rompientes; pero, se ahogaran o no, a nadie parecía importarle en demasía. Se les arrojaba allí, sencillamente, y nosotros continuábamos viaje. Día tras día la costa parecía la misma, como si no nos hubiésemos movido; pero dejamos atrás varios lugares —factorías comerciales— con nombres como Gran Bassam o Pequeño Popo, nombres que parecían pertenecer a alguna farsa sórdida representada ante un telón siniestro. La ociosidad de un pasajero, mi aislamiento entre todos aquellos hombres con los que no tenía ningún punto de contacto, el mar aceitoso y lánguido, la uniforme lobreguez de la costa, parecían apartarme de la verdad de las cosas, dentro del afán de un engaño lúgubre y absurdo. La voz de la resaca, que se oía de vez en cuando, era un auténtico placer, como las palabras de un hermano. Era algo natural, que tenía su razón de ser, que tenía un significado. De cuando en cuando, una barca llegada de la orilla le proporcionaba a uno un contacto momentáneo con la realidad. La bogaban unos muchachos negros. Desde lejos se distinguía el brillo del blanco de sus ojos. Gritaban, cantaban; el sudor les corría por el cuerpo; tenían rostros como máscaras grotescas —aquellos tipos—; pero tenían hueso, músculo, una vitalidad salvaje, una intensa energía de movimientos que era tan natural y verdadera como la resaca a lo largo de su costa. No necesitaban disculpa alguna para estar allí. Mirarlos era un gran consuelo. Durante un tiempo me sentía como si perteneciera todavía a un mundo de hechos cabales; pero la sensación duraba poco. Algo surgía para ahuyentarla. Una vez, recuerdo, dimos con un buque de guerra anclado frente a la costa. Allí no había ni un cobertizo, y el navío cañoneaba la maleza. Parece ser que los franceses tenían una de sus guerras en marcha por aquellos pagos. Su pabellón caía lacio como un trapo; las bocas de los largos cañones de ocho pulgadas asomaban a lo largo del bajo casco; el oleaje grasiento y viscoso lo mecía perezosamente arriba y abajo, haciendo oscilar sus delgados mástiles. En la vacía inmensidad de tierra, cielo y agua, allí estaba, incomprensible, disparando contra un continente. «¡Pum!», hacía uno de los cañones de ocho pulgadas; un fogonazo brotaba y se desvanecía, un poco de humo blanco desaparecía, un proyectil minúsculo soltaba un débil chirrido... y no ocurría nada. Nada podía ocurrir. Había un toque de locura en tal proceder, una sensación de fúnebre comicidad en el espectáculo; y no la disipó el que alguien a bordo me asegurara con toda seriedad que había un campamento de indígenas —¡los llamó enemigos!— escondido de la vista en alguna parte.
Fin del Episodio 2 · de 14
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