El corazón de las tinieblas·Episodio 13

Capítulo III · IV

~13 min · 2580 palabras

No, no me enterraron, aunque hay un período que recuerdo vagamente, con un estremecido asombro, como un tránsito por algún mundo inconcebible en el que no había esperanza ni deseo. Me encontré de vuelta en la ciudad sepulcral, resentido al ver a la gente apresurándose por las calles para sisarse un poco de dinero unos a otros, para devorar sus infames guisos, para engullir su cerveza malsana, para soñar sus sueños insignificantes y tontos. Allanaban mis pensamientos. Eran intrusos cuyo conocimiento de la vida me resultaba una farsa irritante, porque estaba plenamente seguro de que no podían saber las cosas que yo sabía. Su porte, que no era sino el porte de individuos vulgares entregados a sus quehaceres con la certeza de una perfecta seguridad, me resultaba ofensivo, como el escandaloso alarde de la insensatez ante un peligro que es incapaz de comprender. No tenía un deseo especial de iluminarlos, pero me costaba trabajo contenerme para no reírme en sus caras, tan llenas de estúpida importancia. Debo decir que por entonces yo no me encontraba muy bien. Deambulaba vacilante por las calles —había diversos asuntos que arreglar— sonriendo con amargura a personas perfectamente respetables. Admito que mi comportamiento era inexcusable, pero por aquellos días mi temperatura rara vez era normal. Los esfuerzos de mi querida tía por «restablecer mis fuerzas» parecían del todo desencaminados. No eran mis fuerzas lo que requería cuidados, era mi imaginación la que necesitaba sosiego. Guardé el fajo de papeles que me había entregado Kurtz, sin saber con exactitud qué hacer con él. Su madre había muerto hacía poco, atendida, según me dijeron, por su Prometida. Un hombre afeitado al ras, de modales burocráticos y con gafas de montura de oro, vino a verme un día e hizo indagaciones, al principio con rodeos y luego suavemente apremiantes, sobre lo que tuvo a bien denominar ciertos «documentos». No me sorprendió, pues allá había tenido dos disputas con el administrador a ese respecto. Me había negado a entregar la más mínima brizna de aquel paquete, y adopté la misma actitud con el hombre de las gafas. Al final se volvió sombríamente amenazador y arguyó con acaloramiento que la Compañía tenía derecho a toda información relativa a sus «territorios». Y dijo: —El conocimiento que el señor Kurtz poseía de las regiones inexploradas debía de ser necesariamente extenso y peculiar, dadas sus grandes capacidades y las deplorables circunstancias en que se había encontrado; por consiguiente...—. Le aseguré que el conocimiento del señor Kurtz, por extenso que fuese, no atañía a los problemas del comercio o de la administración. Invocó entonces el nombre de la ciencia: —Sería una pérdida incalculable si...—, etcétera, etcétera. Le ofrecí el informe sobre la «Supresión de las costumbres salvajes», con el postscrito arrancado. Lo tomó con avidez, pero acabó olisqueándolo con aire de desprecio. —Esto no es lo que teníamos derecho a esperar —señaló—. —No espere ninguna otra cosa —dije—. Solo hay cartas privadas. Se retiró con alguna amenaza de acciones legales y no volví a verlo; pero otro sujeto, que decía ser primo de Kurtz, se presentó dos días después, ansioso por conocer todos los pormenores de los últimos momentos de su querido pariente. De paso me dio a entender que Kurtz había sido esencialmente un gran músico. —Allí había madera para un éxito inmenso —dijo aquel hombre, que según creo era organista, con un lacio cabello gris que le caía sobre el grasiento cuello de la levita. No tenía motivos para dudar de su afirmación; y hasta el día de hoy soy incapaz de decir cuál era la profesión de Kurtz, si es que alguna vez tuvo alguna, o cuál era el mayor de sus talentos. Lo había tomado por un pintor que escribía en los periódicos, o bien por un periodista que sabía pintar; pero ni siquiera el primo (que tomó rapé durante la entrevista) supo decirme qué había sido con exactitud. Era un genio universal; en ese punto coincidí con el vejestorio, que acto seguido se sonó ruidosamente en un gran pañuelo de algodón y se retiró con agitación senil, llevándose consigo algunas cartas familiares y memorandos sin importancia. Por último apareció un periodista deseoso de saber algo sobre el destino de su «querido colega». Aquel visitante me informó de que la verdadera esfera de Kurtz debió de haber sido la política, «del lado popular». Tenía cejas rectas y pobladas, cabello erizado y rapado, un monóculo sujeto por una ancha cinta y, mostrándose comunicativo, confesó su opinión de que Kurtz en realidad no sabía escribir nada: —¡Pero, cielos, cómo hablaba aquel hombre! Electrizaba a las grandes asambleas. Tenía fe, ¿no lo comprende?, tenía la fe. Podía llegar a convencerse de cualquier cosa, de cualquier cosa. Habría sido un líder espléndido para un partido extremista—. —¿Qué partido? —pregunté—. —Cualquier partido —respondió el otro—. Era un... un extremista. ¿No pensaba yo lo mismo? Asentí. ¿Sabía yo —preguntó con un repentino destello de curiosidad— «qué era lo que le había inducido a marcharse allá»? —Sí —dije, y al punto le entregué el famoso informe para que lo publicara, si lo creía oportuno. Lo hojeó a toda prisa, murmurando sin cesar, dictaminó que «serviría» y se marchó con aquel botín.

—Así me quedé por fin con un delgado paquete de cartas y el retrato de la muchacha. Me pareció hermosa... quiero decir que tenía una hermosa expresión. Sé bien que a la luz del sol también se la puede hacer mentir; sin embargo, uno sentía que ninguna manipulación de la luz y de la pose habría podido imprimir ese delicado matiz de veracidad sobre aquellos rasgos. Parecía dispuesta a escuchar sin reservas mentales, sin sospechas, sin un solo pensamiento para sí misma. Llegué a la conclusión de que iría a devolverle su retrato y aquellas cartas en persona. ¿Curiosidad? Sí; y acaso también algún otro sentimiento. Todo cuanto había sido de Kurtz había salido de mis manos: su alma, su cuerpo, su estación, sus proyectos, su marfil, su carrera. Solo quedaban su memoria y su Prometida... y en cierto modo también quería entregar eso al pasado; rendir personalmente cuanto de él me quedaba a ese olvido que es la última palabra de nuestro destino común. No me defiendo. No tenía una percepción clara de lo que en verdad deseaba. Quizá fuera un impulso de inconsciente lealtad, o el cumplimiento de una de esas necesidades irónicas que acechan en los hechos de la existencia humana. No lo sé. No sabría decirlo. Pero fui.

Creía que su recuerdo era como los otros recuerdos de los muertos que se acumulan en la vida de todo hombre: una vaga huella en el cerebro dejada por sombras que habían caído sobre él en su paso raudo y definitivo; pero ante la puerta alta y pesada, entre las casas altas de una calle tan silenciosa y decorosa como una alameda bien cuidada de un cementerio, tuve una visión de él en la camilla, abriendo la boca con voracidad, como para devorar toda la tierra con toda su humanidad. Vivía entonces ante mí; vivía tanto como jamás había vivido: una sombra insaciable de apariencias espléndidas, de realidades espantosas; una sombra más oscura que la sombra de la noche y noblemente envuelta en los pliegues de una elocuencia magnífica. La visión pareció entrar en la casa conmigo: la camilla, los portadores fantasmales, la multitud salvaje de adoradores obedientes, la penumbra de los bosques, el brillo del tramo de río entre los recodos turbios, el batir del tambor, regular y sordo como los latidos de un corazón, el corazón de una tiniebla conquistadora. Era un momento de triunfo para la selva, una acometida invasora y vengativa que, según me parecía, tendría que contener yo solo para la salvación de otra alma. Y el recuerdo de lo que le había oído decir allá a lo lejos, con las figuras cornudas agitándose a mi espalda, al resplandor de las hogueras, en el seno de los bosques pacientes... aquellas frases entrecortadas volvían a mí, se oían de nuevo en su ominosa y aterradora simplicidad. Recordé sus súplicas abyectas, sus abyectas amenazas, la escala colosal de sus viles deseos, la mezquindad, el tormento, la tempestuosa angustia de su alma. Y más tarde me pareció ver sus modales sosegados y lánguidos, cuando un día dijo: «Este lote de marfil ahora es realmente mío. La Compañía no pagó por él. Lo recogí yo mismo con un grandísimo riesgo personal. Me temo, sin embargo, que intentarán reclamarlo como suyo. Hum. Es un caso difícil. ¿Qué cree que debería hacer: resistirme? ¿Eh? No quiero más que justicia»... No quería más que justicia... nada más que justicia. Toqué el timbre ante una puerta de caoba en el primer piso y, mientras esperaba, pareció mirarme fijamente desde el panel vidriado: mirar con esa mirada dilatada e inmensa que abarcaba, condenaba y aborrecía todo el universo. Me pareció oír el grito susurrado: «¡El horror! ¡El horror!»

Caía el crepúsculo. Tuve que esperar en un salón de techos altos con tres largos ventanales del suelo al techo que eran como tres columnas luminosas cubiertas de cortinajes. Las curvadas patas y respaldos dorados de los muebles brillaban en curvas indefinidas. La alta chimenea de mármol tenía una blancura fría y monumental. Un piano de cola se erguía macizo en un rincón, con oscuros destellos en las superficies lisas como un sarcófago sombrío y pulido. Una puerta alta se abrió... se cerró. Me levanté.

Avanzó, vestida enteramente de negro, con la pálida cabeza flotando hacia mí en la penumbra. Llevaba luto. Hacía más de un año de su muerte, más de un año desde que llegó la noticia; parecía como si fuera a recordarlo y llorarlo para siempre. Tomó mis dos manos entre las suyas y murmuró: «Había oído que vendría». Noté que no era muy joven; quiero decir que ya no era una muchachita. Tenía una madura capacidad para la fidelidad, para la fe, para el sufrimiento. La habitación parecía haberse vuelto más oscura, como si toda la triste luz del atardecer nublado se hubiera refugiado en su frente. Aquellos cabellos rubios, aquel rostro pálido, aquella frente pura parecían rodeados por un halo ceniciento desde el cual me miraban los ojos oscuros. Su mirada era inocente, profunda, segura y confiada. Llevaba la cabeza afligida como si estuviera orgullosa de ese dolor, como si quisiera decir: «Yo... solo yo sé llorarlo como él se merece». Pero mientras todavía nos estrechábamos las manos, una expresión de tan espantosa desolación asomó a su rostro que comprendí que era una de esas criaturas que no son juguete del Tiempo. Para ella había muerto apenas ayer. ¡Y, por Júpiter!, la impresión fue tan poderosa que para mí también pareció haber muerto apenas ayer... es más, en este mismo minuto. Los vi a ella y a él en el mismo instante de tiempo: la muerte de él y el dolor de ella; vi el dolor de ella en el momento mismo de la muerte de él. ¿Lo entienden? Los vi juntos; los oí juntos. Ella había dicho, con un hondo ahogo en la respiración: «He sobrevivido»; mientras mis tensos oídos parecían oír con claridad, mezclado con su tono de desesperada aflicción, el susurro recapitulador de su condena eterna. Me pregunté qué estaba haciendo allí, con una sensación de pánico en el corazón como si me hubiera adentrado por error en un lugar de misterios crueles y absurdos no aptos para ser contemplados por un ser humano. Me indicó una silla. Nos sentamos. Dejé con cuidado el paquete sobre la mesita y ella puso la mano encima... —Lo conoció bien —murmuró, tras un momento de luctuoso silencio.

—Allí la intimidad surge pronto —dije—. Lo conocí tan bien como es posible que un hombre conozca a otro.

—Y lo admiraba —dijo ella—. Era imposible conocerlo y no admirarlo. ¿Verdad?

—Era un hombre extraordinario —dije, vacilante. Luego, ante la fijeza suplicante de su mirada, que parecía aguardar más palabras en mis labios, continué—: Era imposible no...

—Amarlo —completó ella con avidez, reduciéndome a un silencio sobrecogido—. ¡Qué verdad! ¡Qué verdad! ¡Pero pensar que nadie lo conoció tan bien como yo! Tuve toda su noble confianza. Fui quien mejor lo conoció.

—Fue quien mejor lo conoció —repetí. Y tal vez fuese así. Pero con cada palabra pronunciada la estancia se volvía más oscura, y solo su frente, lisa y blanca, permanecía iluminada por la luz inextinguible de la fe y el amor.

—Usted era su amigo —continuó ella—. Su amigo —repitió, un poco más alto—. Tuvo que haberlo sido, si le dio esto y lo envió a mí. Siento que puedo hablar con usted... ¡y oh, debo hablar! Quiero que usted, usted que ha oído sus últimas palabras, sepa que he sido digna de él... No es orgullo... ¡Sí! Me enorgullece saber que lo comprendí mejor que nadie en la tierra; él mismo me lo dijo. Y desde que murió su madre no he tenido a nadie... a nadie... para... para...

Escuché. La oscuridad se hizo más profunda. Ni siquiera estaba seguro de si me había dado el legajo correcto. Más bien sospecho que quería que cuidase de otro lote de sus papeles que, tras su muerte, vi al administrador examinar a la luz de la lámpara. Y la muchacha hablaba, aliviando su dolor en la certidumbre de mi simpatía; hablaba como beben los hombres sedientos. Había oído decir que su compromiso con Kurtz no había sido del agrado de su familia. No era lo bastante rico o algo así. Y ciertamente no sé si no habría sido un indigente toda su vida. Me había dado motivos para deducir que fue su impaciencia ante una relativa pobreza lo que lo arrojó allá.

—... ¿Quién que lo hubiera oído hablar una vez no era su amigo? —decía ella—. Atraía a los hombres por lo mejor que había en ellos. —Me miró con intensidad—. Es el don de los grandes —continuó, y el sonido de su voz baja parecía tener el acompañamiento de todos los demás sonidos, llenos de misterio, desolación y tristeza, que jamás hubiera oído: el murmullo del río, el susurro de los árboles mecidos por el viento, el rumor de las muchedumbres salvajes, el débil resonar de palabras incomprensibles gritadas a lo lejos, el susurro de una voz que hablaba desde más allá del umbral de una tiniebla eterna—. ¡Pero usted lo ha oído! ¡Usted lo sabe! —exclamó.

—Sí, lo sé —dije con algo parecido a la desesperación en el corazón, pero inclinando la cabeza ante la fe que había en ella, ante esa grande y salvadora ilusión que brillaba con un resplandor sobrenatural en la oscuridad, en la triunfante oscuridad de la que no habría podido defenderla— de la que ni siquiera podía defenderme a mí mismo.

—¡Qué pérdida para mí... para nosotros! —se corrigió con hermosa generosidad; luego añadió en un murmullo—: Para el mundo. A los últimos resplandores del crepúsculo pude ver el brillo de sus ojos, llenos de lágrimas... de lágrimas que se negaban a caer.

—He sido muy feliz... muy afortunada... muy orgullosa —continuó—. Demasiado afortunada. Demasiado feliz por un breve tiempo. Y ahora soy infeliz para... para toda la vida.

Se puso en pie; su cabello rubio parecía recoger toda la luz restante en un destello de oro. Yo me levanté también.

—Y de todo esto —continuó, desolada—, de todas sus promesas y de toda su grandeza, de su mente generosa, de su noble corazón, no queda nada... nada más que un recuerdo. Usted y yo...

—Siempre lo recordaremos —dije apresuradamente.

Fin del Episodio 13 · de 14

Capítulo III · IV

Siguiente Episodio 14~3 minCapítulo III · V“—¡Ah, pero yo creía en él más que nadie en la tierra... más que su propia madre, más que... él mismo!”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.