Capítulo III · V
~3 min · 647 palabras
—¡No! —gritó ella—. Es imposible que todo esto se pierda, que una vida semejante haya sido sacrificada para no dejar nada... salvo dolor. Usted sabe qué vastos planes tenía. Yo también los conocía; tal vez no pudiera comprenderlos..., pero otros sí los conocían. Algo tiene que quedar. Sus palabras, al menos, no han muerto.
—Sus palabras quedarán —dije.
—Y su ejemplo —susurró para sí—. Los hombres lo admiraban... Su bondad brillaba en cada uno de sus actos. Su ejemplo...
—Cierto —dije—; su ejemplo también. Sí, su ejemplo. Lo había olvidado.
—Pero yo no. No puedo... no puedo creerlo..., todavía no. No puedo creer que nunca volveré a verlo, que nadie volverá a verlo, nunca, nunca, nunca.
—Extendió los brazos como tras una figura que se alejaba, extendiéndolos negros y con pálidas manos entrelazadas a través del brillo tenue y estrecho de la ventana. ¡No volver a verlo! Yo lo vi con bastante claridad entonces. Veré a ese elocuente fantasma mientras viva, y la veré a ella también, una Sombra trágica y familiar, que se asemejaba en este gesto a aquella otra, trágica también y adornada con amuletos impotentes, que extendía los brazos cobrizos y desnudos sobre el brillo de la corriente infernal, la corriente de las tinieblas. De pronto, ella dijo en voz muy baja: «Murió como vivió».
—Su fin —dije, sintiendo que una sorda cólera se agitaba en mí— fue en todos los sentidos digno de su vida.
—Y yo no estaba con él —murmuró. Mi cólera se aplacó ante un sentimiento de infinita piedad.
—Todo lo que se pudo hacer... —mascullé.
—¡Ah, pero yo creía en él más que nadie en la tierra... más que su propia madre, más que... él mismo! ¡Me necesitaba! ¡A mí! Yo habría atesorado cada suspiro, cada palabra, cada signo, cada mirada.
—Sentí como una garra fría en el pecho. «Basta», dije con voz apagada.
—Perdóneme. Yo... he guardado luto tanto tiempo en silencio... en silencio... ¿Estuvo usted con él... hasta el final? Pienso en su soledad. Nadie cerca para comprenderlo como yo lo habría comprendido. Quizá nadie para escuchar...
—Hasta el mismísimo final —dije, con voz temblorosa—. Oí sus mismísimas últimas palabras... —Me detuve, asustado.
—Repítalas —dijo con tono desgarrado—. Necesito... necesito... algo... algo... con... con lo que vivir.
—Estuve a punto de gritarle: «¿No las oye?». La penumbra las repetía en un susurro persistente a todo nuestro alrededor, en un susurro que parecía crecer amenazador como el primer rumor de un viento naciente. «¡El horror! ¡El horror!»
—Su última palabra... para vivir con ella —murmuró—. ¿No comprende que lo amaba..., que lo amaba..., que lo amaba?
—Me dominé y hablé despacio.
—La última palabra que pronunció fue... su nombre.
—Oí un leve suspiro, y luego se me detuvo el corazón, paralizado de golpe por un grito de júbilo y terrible, por el grito de un triunfo inconcebible y de un dolor indecible. «¡Lo sabía!... ¡Estaba segura!...». Ella lo sabía. Estaba segura. La oí llorar; se había cubierto el rostro con las manos. Me pareció que la casa se derrumbaría antes de que pudiera escapar, que los cielos se desplomarían sobre mi cabeza. Pero no ocurrió nada. Los cielos no se desploman por semejante pequeñez. ¿Se habrían desplomado, me pregunto, si le hubiese hecho a Kurtz la justicia que se merecía? ¿Acaso no había dicho que sólo quería justicia? Pero no pude. No pude decírselo. Habría sido demasiado oscuro..., del todo demasiado oscuro...
Marlow calló y se quedó sentado aparte, indistinto y silencioso, en la postura de un Buda meditabundo. Nadie se movió durante un tiempo. —Hemos perdido el principio del reflujo —dijo de pronto el Director. Levanté la cabeza. El horizonte marino estaba cerrado por un negro banco de nubes, y la plácida vía de agua que conducía a los confines de la tierra fluía sombría bajo un cielo encapotado... parecía conducir al corazón de unas inmensas tinieblas.
Fin del Episodio 14 · de 14
Capítulo III · V
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