El corazón de las tinieblas·Episodio 12

Capítulo III · III

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Di con él y, si no me hubiera oído llegar, habría tropezado también con él, pero se levantó a tiempo. Se alzó, vacilante, largo, pálido, indistinto, como un vapor exhalado por la tierra, y se balanceó ligeramente, brumoso y silencioso ante mí; mientras a mi espalda las hogueras se vislumbraban entre los árboles y el murmullo de muchas voces salía de la selva. Le había cortado el paso con habilidad; pero, al enfrentarme a él de verdad, pareció que recobraba el juicio, vi el peligro en su justa proporción. No había pasado en absoluto todavía. ¿Y si se ponía a gritar? Aunque apenas podía tenerse en pie, aún le quedaba mucho vigor en la voz. —Márchese... escóndase —dijo en aquel tono profundo. Fue espantoso. Miré hacia atrás. Estábamos a menos de treinta yardas del fuego más cercano. Una figura negra se levantó, avanzó a grandes zancadas sobre largas piernas negras, agitando largos brazos negros a través del resplandor. Tenía cuernos —cuernos de antílope, creo— en la cabeza. Algún hechicero, algún brujo, sin duda: tenía un aspecto bastante diabólico. —¿Sabe lo que está haciendo? —susurré. —Perfectamente —respondió, alzando la voz para esa única palabra: me sonó lejana y a la vez potente, como una llamada a través de un megáfono—. Si arma un escándalo, estamos perdidos —pensé para mis adentros. Aquel no era, desde luego, un caso para liarse a puñetazos, aun prescindiendo de la muy natural aversión que sentía a golpear a aquella Sombra... a aquella cosa errante y atormentada—. Estará perdido —dije—, completamente perdido. A veces a uno le llega un destello de inspiración semejante, ¿saben? Dije lo correcto, aunque en verdad él no podía haber estado más irremediablemente perdido de lo que estaba en aquel preciso momento, cuando se echaban los cimientos de nuestra intimidad... para perdurar... para perdurar... incluso hasta el fin... e incluso más allá.

—Tenía planes inmensos —murmuró irresoluto. —Sí —dije—; pero si intenta gritar le romperé la cabeza con... —No había cerca ni un palo ni una piedra—. Lo estrangularé definitivamente —me corregí. —Estaba en el umbral de grandes cosas —suplicó con voz anhelante, con una melancolía de tono que me heló la sangre—. Y ahora, por culpa de este estúpido canalla... —Su éxito en Europa está asegurado en cualquier caso —afirmé con firmeza. Yo no quería tener que estrangularlo, ¿comprenden?, y en verdad habría servido de muy poco para cualquier fin práctico. Intenté romper el hechizo —el pesado y mudo hechizo de la selva— que parecía atraerlo hacia su seno despiadado mediante el despertar de instintos olvidados y brutales, mediante el recuerdo de pasiones satisfechas y monstruosas. Solo esto, estaba convencido, lo había empujado hasta el borde del bosque, hasta la maleza, hacia el resplandor de las hogueras, el latido de los tambores, el zumbido de extraños encantamientos; solo esto había seducido su alma ilícita más allá de los límites de las aspiraciones permitidas. Y, ¿no lo ven?, el terror de la situación no radicaba en recibir un golpe en la cabeza —aunque también tenía una noción muy viva de ese peligro—, sino en esto: en que tenía que vérselas con un ser al que no podía apelar en nombre de nada elevado o bajo. Tuve, al igual que los negros, que invocarlo a él: a él mismo, a su propia exaltada e increíble degradación. No había nada ni por encima ni por debajo de él, y yo lo sabía. Se había desprendido de la tierra a patadas. ¡Maldito sea! Había hecho pedazos a patadas la tierra misma. Estaba solo, y yo, ante él, no sabía si pisaba el suelo o flotaba en el aire. Les he estado contando lo que dijimos —repitiendo las frases que pronunciamos—, pero ¿de qué sirve? Eran palabras cotidianas y corrientes, los sonidos familiares y vagos que se intercambian en cualquier día de vigilia. Pero ¿y qué? Tenían detrás, a mi parecer, la aterradora sugestión de las palabras oídas en sueños, de las frases pronunciadas en pesadillas. ¡Un alma! Si alguien ha luchado alguna vez con un alma, ese soy yo. Y tampoco estaba discutiendo con un lunático. Créanme o no, su inteligencia era perfectamente lúcida; concentrada, es cierto, sobre sí mismo con una intensidad horrible, pero lúcida; y en eso residía mi única oportunidad, descontando, claro está, el matarlo allí mismo, lo cual no era muy conveniente debido al ruido inevitable. Pero su alma estaba loca. Al encontrarse sola en la selva, había mirado en su propio interior y, ¡por el cielo!, les digo que se había vuelto loca. Tuve —por mis pecados, supongo— que pasar por el suplicio de mirar en ella yo mismo. Ninguna elocuencia habría podido ser tan demoledora para la fe de uno en la humanidad como aquel estallido final de sinceridad. Él también luchaba consigo mismo. Lo vi, lo oí. Vi el inconcebible misterio de un alma que no conocía freno, ni fe, ni miedo, y que sin embargo luchaba a ciegas consigo misma. Mantuve la cabeza bastante fría; pero cuando por fin lo tuve tendido en el camastro, me enjugué la frente, mientras las piernas me temblaban como si hubiera cargado media tonelada a la espalda colina abajo. Y, sin embargo, solo lo había sostenido, con su brazo huesudo rodeándome el cuello, y no pesaba mucho más que un niño.

Cuando al mediodía del día siguiente partimos, la multitud, de cuya presencia tras la cortina de árboles había sido agudamente consciente todo el tiempo, volvió a salir de los bosques, llenó el claro y cubrió la pendiente con una masa de cuerpos de bronce, desnudos, palpitantes y estremecidos. Avancé río arriba un poco a vapor, luego viré corriente abajo, y dos mil ojos siguieron las evoluciones del fiero demonio del río, que chapoteaba y golpeaba batiendo el agua con su terrible cola y exhalando humo negro en el aire. Delante de la primera fila, a lo largo del río, tres hombres, embadurnados de tierra roja brillante de la cabeza a los pies, se pavoneaban de un lado a otro sin descanso. Cuando nos pusimos a su altura de nuevo, se volvieron hacia el río, dieron patadas en el suelo, sacudieron sus cabezas coronadas de cuernos, balancearon sus cuerpos escarlatas; agitaron hacia el fiero demonio del río un manojo de plumas negras, una piel sarnosa con una cola colgante, algo que parecía una calabaza seca; gritaban periódicamente y a coro sartas de palabras asombrosas que no se parecían a ningún sonido del lenguaje humano; y los profundos murmullos de la multitud, interrumpidos de pronto, eran como la respuesta de alguna letanía satánica.

Habíamos llevado a Kurtz a la timonera: allí había más aire. Tendido en el camastro, miraba fijamente por el postigo abierto. Hubo un remolino en la masa de cuerpos humanos, y la mujer de cabeza con tocado de yelmo y mejillas cobrizas corrió hasta la misma orilla de la corriente. Extendió las manos, gritó algo, y toda aquella turba salvaje coreó el grito en un rugiente clamor de expresiones articuladas, rápidas y anhelantes.

—¿Entiende esto? —pregunté.

Siguió mirando hacia afuera más allá de mí con ojos ardientes y anhelantes, con una expresión en la que se mezclaban la melancolía y el odio. No respondió, pero vi una sonrisa, una sonrisa de significado indefinible, aparecer en sus labios descoloridos, que un momento después se crisparon convulsivamente. —¿Que si no lo entiendo? —dijo con lentitud, jadeando, como si las palabras le hubieran sido arrancadas por un poder sobrenatural.

Tiré de la cuerda del silbato, y lo hice porque vi a los peregrinos en cubierta sacar sus rifles con aire de anticipar una divertida juerga. Ante el repentino chillido se produjo un movimiento de abyecto terror a través de aquella apretada masa de cuerpos. —¡No! ¡No los espante! —gritó alguien en cubierta, desconsolado. Tiré de la cuerda una y otra vez. Se dispersaron y echaron a correr, dieron brincos, se agacharon, se desviaron, esquivaron el terror volante del sonido. Los tres tipos rojos habían caído de bruces en la orilla, como si los hubieran matado a tiros. Solo la bárbara y soberbia mujer ni siquiera pestañeó, y tendió trágicamente sus brazos desnudos tras nosotros sobre el sombrío y reluciente río.

Y entonces aquella turba de imbéciles de la cubierta comenzó su pequeña diversión, y ya no pude ver nada más a causa del humo.

La corriente parda corría veloz desde el corazón de las tinieblas, arrastrándonos hacia el mar con el doble de velocidad que en nuestro viaje río arriba; y la vida de Kurtz también se escapaba velozmente, menguando, menguando desde su corazón hacia el mar del tiempo inexorable. El director estaba muy plácido, ya no tenía inquietudes vitales, nos abarcó a ambos con una mirada comprensiva y satisfecha: el «asunto» había salido tan bien como cabía desear. Vi acercarse el momento en que me quedaría solo en el bando del «método poco sensato». Los peregrinos me miraban con malos ojos. Estaba, por así decirlo, contado entre los muertos. Es extraño cómo acepté esta imprevista alianza, esta elección de pesadillas que se me impuso en la tenebrosa tierra invadida por aquellos espectros mezquinos y codiciosos.

Kurtz disertaba. ¡Una voz! ¡Una voz! Resonó profunda hasta el último instante. Sobrevivió a sus fuerzas para ocultar en los magníficos pliegues de la elocuencia la estéril oscuridad de su corazón. ¡Oh, cómo luchó! ¡Cómo luchó! Los páramos de su cerebro exhausto estaban poblados ahora de imágenes sombrías: imágenes de riqueza y fama que giraban servilmente en torno a su inextinguible don de noble y elevada expresión. «Mi prometida, mi factoría, mi carrera, mis ideas»: tales eran los temas para aquellas manifestaciones ocasionales de elevados sentimientos. La sombra del Kurtz original rondaba la cabecera de aquella farsa vacía, cuyo destino era ser enterrada en breve en el mantillo de la tierra primordial. Pero tanto el diabólico amor como el odio sobrenatural hacia los misterios que había penetrado se disputaban la posesión de aquella alma saciada de emociones primitivas, ávida de fama mendaz, de falsas distinciones, de todas las apariencias de éxito y poder.

A veces era despreciablemente infantil. Deseaba que los reyes salieran a recibirlo a las estaciones de ferrocarril a su regreso de alguna espantosa Ninguna Parte, donde se proponía llevar a cabo grandes cosas. —Demuéstrales que tienes en ti algo verdaderamente provechoso —solía decir—, y no habrá límites para el reconocimiento de tu talento. Desde luego, siempre hay que cuidar los motivos... los motivos correctos—. Los largos tramos que parecían uno y el mismo tramo, los monótonos meandros exactamente iguales, desfilaban junto al vapor con su multitud de árboles seculares que contemplaban con paciencia aquel mugriento fragmento de otro mundo, el precursor del cambio, de la conquista, del comercio, de las matanzas, de las bendiciones. Yo miraba hacia adelante, pilotando. —Cierre el postigo —dijo de pronto Kurtz un día—; no soporto mirar esto—. Lo hice. Se hizo el silencio. —¡Ah, pero aún he de estrujarte el corazón! —le gritó a la invisible espesura.

Tuvimos una avería —como yo había previsto— y tuvimos que atracar para hacer reparaciones junto a la cabecera de una isla. Este retraso fue lo primero que hizo tambalear la confianza de Kurtz. Una mañana me entregó un fardo de papeles y una fotografía, todo ello atado con el cordón de un zapato. —Guárdeme esto —dijo—. Este necio dañino —refiriéndose al director— es capaz de fisgar en mis cajas cuando no esté mirando—. Por la tarde fui a verlo. Estaba tendido de espaldas con los ojos cerrados, y me retiré en silencio, pero lo oí murmurar: «Vivir con rectitud, morir, morir...». Escuché. No hubo nada más. ¿Ensayaba algún discurso en sueños o era el fragmento de una frase de algún artículo periodístico? Había estado escribiendo para los periódicos y pensaba volver a hacerlo, «para la difusión de mis ideas. Es un deber».

La suya era una oscuridad impenetrable. Lo miraba como se mira hacia abajo a un hombre tendido en el fondo de un precipicio donde jamás brilla el sol. Pero no tenía mucho tiempo para dedicarle, pues estaba ayudando al maquinista a desmontar los cilindros que goteaban, a enderezar una biela doblada y en otros asuntos por el estilo. Vivía en un desbarajuste infernal de herrumbre, limaduras, tuercas, pernos, llaves inglesas, martillos, taladros de trinquete... cosas que abomino, porque no me llevo bien con ellas. Cuidaba la pequeña fragua que afortunadamente teníamos a bordo; faenaba penosamente en un miserable montón de chatarra, a menos que los temblores de la fiebre fueran tan fuertes que no me permitieran tenerme en pie.

Una noche, al entrar con una vela, me sobresaltó oírle decir con un leve temblor: —Estoy aquí tendido en la oscuridad, esperando la muerte—. La luz estaba a menos de un pie de sus ojos. Me obligué a murmurar: —¡Bah, tonterías!— y permanecí de pie junto a él como paralizado.

Algo que siquiera se aproximara a la transformación que se operó en sus facciones no lo había visto nunca antes, y espero no volver a verlo jamás. ¡Oh, no me conmovió! Me fascinó. Fue como si se hubiera desgarrado un velo. Vi en aquel rostro de marfil la expresión de un sombrío orgullo, de un poder implacable, de un pavor cobarde... de una desesperación intensa e irremediable. ¿Acaso revivió su vida en cada detalle de deseo, tentación y capitulación durante aquel instante supremo de conocimiento absoluto? Gritó en un susurro ante alguna imagen, ante alguna visión... gritó dos veces, un grito que no fue más que un aliento—

—¡El horror! ¡El horror!

Apagué la vela y salí del camarote. Los peregrinos estaban cenando en el comedor y ocupé mi sitio frente al director, que levantó la vista para lanzarme una mirada inquisitiva que ignoré por completo. Se recostó, sereno, con esa peculiar sonrisa suya sellando las profundidades inexpresadas de su mezquindad. Una lluvia incesante de pequeñas moscas caía en tropel sobre la lámpara, sobre el mantel, sobre nuestras manos y nuestros rostros. De pronto, el sirviente del director asomó su insolente cabeza negra por la puerta y dijo con un tono de mordaz desprecio—

—El señor Kurtz... él muerto.

Todos los peregrinos salieron corriendo a ver. Yo me quedé y continué con mi cena. Creo que me consideraron brutalmente insensible. Sin embargo, no comí mucho. Allí dentro había una lámpara —luz, ¿saben?—, y afuera estaba tan espantosa, tan atrozmente oscuro. No volví a acercarme al hombre extraordinario que había pronunciado un juicio sobre las aventuras de su alma en esta tierra. La voz se había extinguido. ¿Qué otra cosa había habido allí? Pero sé perfectamente, desde luego, que al día siguiente los peregrinos enterraron algo en un agujero de fango.

Y luego, poco faltó para que me enterraran a mí.

—Sin embargo, como veis, no fui a unirme a Kurtz en ese preciso momento. No lo hice. Me quedé para soñar la pesadilla hasta el final y para demostrar una vez más mi lealtad a Kurtz. El destino. ¡Mi destino! Curiosa cosa es la vida: esa misteriosa disposición de lógica despiadada para un propósito fútil. Lo más que se puede esperar de ella es cierto conocimiento de uno mismo —que llega demasiado tarde—, una cosecha de pesares inextinguibles. He luchado con la muerte. Es la contienda más desprovista de emoción que pueda imaginarse. Se libra en una grisura impalpable, sin nada bajo los pies, sin nada alrededor, sin espectadores, sin clamor, sin gloria, sin el gran anhelo de la victoria, sin el gran temor a la derrota, en una atmósfera enfermiza de tibio escepticismo, sin gran fe en el propio derecho y menos aún en el del adversario. Si tal es la forma de la suprema sabiduría, entonces la vida es un enigma mayor de lo que algunos de nosotros creemos. Estuve a un pelo de la última oportunidad para pronunciarme, y descubrí con humillación que probablemente no tendría nada que decir. Esta es la razón por la que afirmo que Kurtz era un hombre extraordinario. Tenía algo que decir. Y lo dijo. Como yo mismo me había asomado al borde, comprendo mejor el significado de su mirada, que no podía ver la llama de la vela, pero era lo bastante amplia para abarcar el universo entero, lo bastante penetrante para traspasar todos los corazones que laten en las tinieblas. Había hecho balance; había juzgado. «¡El horror!». Era un hombre extraordinario. Después de todo, aquello era la expresión de una suerte de fe; tenía franqueza, tenía convicción, tenía una vibrante nota de rebelión en su susurro, tenía el rostro aterrador de una verdad vislumbrada: la extraña mezcla de deseo y de odio. Y no es mi propia agonía lo que mejor recuerdo —una visión de grisura informe colmada de dolor físico y un desdén indolente por la evanescencia de todas las cosas, incluso de ese mismo dolor—. ¡No! Es su agonía la que me parece haber vivido. Cierto, él había dado esa última zancada, había franqueado el borde, mientras que a mí se me había permitido retirar mi pie vacilante. Y tal vez en esto radique toda la diferencia; tal vez toda la sabiduría, y toda la verdad, y toda la sinceridad, estén condensadas en ese inapreciable instante en que cruzamos el umbral de lo invisible. ¡Tal vez! Me gusta pensar que mi balance no habría sido una palabra de indolente desprecio. Mejor su grito, mucho mejor. Fue una afirmación, una victoria moral pagada con innumerables derrotas, con terrores abominables, con abominables satisfacciones. ¡Pero fue una victoria! Por eso he permanecido leal a Kurtz hasta el final, e incluso más allá, cuando mucho tiempo después volví a escuchar, no su propia voz, sino el eco de su magnífica elocuencia arrojado hacia mí desde un alma tan translúcidamente pura como un acantilado de cristal.

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