El corazón de las tinieblas·Episodio 11

Capítulo III · II

~13 min · 2652 palabras

Algunos de los peregrinos que iban detrás de la camilla llevaban sus armas: dos escopetas, un pesado rifle y una ligera carabina revólver; los rayos de aquel lastimoso Júpiter. El director se inclinaba sobre él murmurando mientras caminaba junto a su cabeza. Lo acostaron en uno de los pequeños camarotes: apenas espacio para un camastro y una o dos banquetas plegables, ya saben. Habíamos traído su correspondencia atrasada, y un montón de sobres rotos y cartas abiertas cubría su cama. Su mano vagaba con debilidad entre aquellos papeles. Me impresionó el fuego de sus ojos y la serena languidez de su expresión. No era tanto el agotamiento de la enfermedad. No parecía sentir dolor. Aquella sombra tenía un aspecto saciado y tranquilo, como si por el momento se hubiera hartado de todas las emociones.

Hizo crujir una de las cartas y, mirándome de frente a la cara, dijo: —Me alegro—. Alguien le había estado escribiendo acerca de mí. Aquellas recomendaciones especiales reaparecían de nuevo. El volumen de voz que emitió sin esfuerzo, casi sin tomarse la molestia de mover los labios, me dejó asombrado. ¡Una voz! ¡Una voz! Era grave, profunda, vibrante, cuando el hombre no parecía capaz ni de un susurro. Sin embargo, le quedaban suficientes fuerzas —ficticias, sin duda— para estar a punto de acabar con nosotros, como oirán enseguida.

El director apareció en silencio en el vano de la puerta; salí de inmediato y él corrió la cortina tras de mí. El ruso, a quien los peregrinos miraban con curiosidad, contemplaba fijamente la orilla. Seguí la dirección de su mirada.

A lo lejos se distinguían oscuras formas humanas que cruzaban confusamente contra el sombrío lindero de la selva, y cerca del río dos figuras de bronce, apoyadas en altas lanzas, permanecían bajo la luz del sol con fantásticos tocados de pieles moteadas, guerreras e inmóviles en su reposo estatuario. Y de derecha a izquierda, a lo largo de la orilla iluminada, se desplazaba la aparición salvaje y magnífica de una mujer.

Caminaba con paso mesurado, envuelta en telas a rayas y con flecos, pisando la tierra con orgullo, entre el leve tintineo y el destello de bárbaros adornos. Llevaba la cabeza erguida; el cabello peinado en forma de casco; tenía polainas de latón hasta la rodilla, brazales de alambre de latón hasta el codo, una mancha carmesí en su mejilla leonada, innumerables collares de cuentas de vidrio alrededor del cuello; objetos extravagantes, amuletos, regalos de hechiceros que colgaban sobre ella, relucían y temblaban a cada paso. Debía de llevar encima el valor de varios colmillos de elefante. Era salvaje y soberbia, de ojos feroces y magnífica; había algo ominoso y majestuoso en su pausado avance. Y en el silencio que de pronto había caído sobre toda aquella tierra afligida, la inmensa selva, el cuerpo colosal de la vida fecunda y misteriosa parecía mirarla, pensativo, como si contemplara la imagen de su propia alma tenebrosa y apasionada.

Llegó a la altura del vapor, se detuvo y se volvió hacia nosotros. Su larga sombra caía hasta el borde del agua. Su rostro tenía un aspecto trágico y fiero de salvaje pesadumbre y de mudo dolor, mezclado con el temor de una resolución incipiente y trabajosa. Permaneció mirándonos sin moverse, como la selva misma, con aire de meditar sobre un designio inescrutable. Pasó un minuto entero, y luego dio un paso adelante. Se produjo un tenue tintineo, un destello de metal amarillo, un balanceo de ropajes con flecos, y se detuvo como si le hubiera fallado el corazón. El muchacho a mi lado gruñó. Los peregrinos murmuraron a mis espaldas. Nos miró a todos como si su vida dependiera de la inquebrantable fijeza de su mirada. De pronto abrió sus brazos desnudos y los levantó rígidos sobre su cabeza, como impulsada por un incontenible deseo de tocar el cielo, y al mismo tiempo veloces sombras se proyectaron sobre la tierra, barrieron el río y envolvieron el vapor en un abrazo sombrío. Un silencio formidable gravitó sobre la escena.

Dio media vuelta con lentitud, siguió andando a lo largo de la orilla y se internó en la maleza hacia la izquierda. Solo una vez relucieron sus ojos hacia nosotros en la penumbra de los matorrales antes de desaparecer.

—Si hubiera hecho ademán de subir a bordo, creo de veras que habría intentado dispararle —dijo el hombre de los remiendos, con nerviosismo—. Me he jugado la vida a diario durante las dos últimas semanas para mantenerla fuera de la casa. Un día se metió y armó un escándalo por esos míseros harapos que recogí del almacén para remendarme la ropa. Decía que no era decente. Al menos debió de ser por eso, porque le habló a Kurtz como una furia durante una hora, señalándome de cuando en cuando. No entiendo el dialecto de esta tribu. Por suerte para mí, me figuro que Kurtz se sentía demasiado enfermo aquel día como para preocuparse, o habría habido una desgracia. No entiendo... No, esto es demasiado para mí. En fin, ahora ya todo ha terminado.

En ese momento oí la profunda voz de Kurtz detrás de la cortina: —¡Sálveme a mí!... Quiere decir que salve el marfil. No me venga con ésas. ¡Salvarme a mí! ¡Si he tenido que salvarlos a ustedes! Ahora está interrumpiendo mis planes. ¡Enfermo! ¡Enfermo! No tan enfermo como a usted le gustaría creer. No importa. Llevaré a cabo mis ideas de todos modos... Volveré. Le demostraré lo que se puede hacer. Usted con sus mezquinas ideas de tendero... se está entrometiendo en mi camino. Volveré. Yo...

El director salió. Me hizo el honor de tomarme del brazo y llevarme a un lado. —Está muy débil, muy débil —dijo. Consideró necesario suspirar, pero descuidó mostrarse consecuentemente afligido—. Hemos hecho todo lo que podíamos por él, ¿no es verdad? Pero no se puede ocultar la realidad: el señor Kurtz le ha hecho más daño que bien a la Compañía. No vio que aún no había llegado el momento para una acción enérgica. Con cautela, con cautela: ese es mi principio. Todavía debemos ser cautos. La región nos queda vedada por un tiempo. ¡Deplorable! En conjunto, el comercio se resentirá. No niego que hay una cantidad notable de marfil, en su mayor parte fósil. Debemos salvarlo de cualquier modo, pero fíjese qué precaria es la situación... ¿y por qué? Porque el método es defectuoso. —¿Llama usted —dije yo, mirando hacia la orilla— «método defectuoso» a esto? —Sin duda —exclamó con acaloramiento—. ¿Acaso usted no?... —Ningún método en absoluto —murmuré al cabo de un momento. —Exactamente —se regocijó—. Ya me lo esperaba. Demuestra una absoluta falta de juicio. Es mi deber señalarlo a las instancias debidas. —Oh —dije yo—, ese tipo... ¿cómo se llama?... el fabricante de ladrillos le redactará un informe muy presentable. Pareció desconcertado por un momento. Me pareció que nunca había respirado una atmósfera tan vil, y me volví mentalmente hacia Kurtz en busca de alivio; francamente, en busca de alivio. —Sin embargo, creo que el señor Kurtz es un hombre extraordinario —dije con énfasis. Se sobresaltó, me lanzó una mirada fría y pesada, dijo con gran sosiego: —Lo era—, y me dio la espalda. Mi hora de gracia había terminado; me vi metido en el mismo saco que Kurtz como partidario de métodos para los que el tiempo aún no estaba maduro: ¡yo era defectuoso! ¡Ah, pero al menos era algo poder elegir entre dos pesadillas!

En realidad me había vuelto hacia la selva, no hacia el señor Kurtz, quien, estaba dispuesto a admitirlo, estaba prácticamente enterrado. Y por un momento me pareció como si yo también estuviera enterrado en una vasta fosa llena de secretos inconfesables. Sentí un peso intolerable oprimiéndome el pecho, el olor de la tierra húmeda, la presencia invisible de la corrupción victoriosa, las tinieblas de una noche impenetrable... El ruso me tocó en el hombro. Le oí murmurar y tartamudear algo sobre «un hermano marinero... no podía ocultar... conocimiento de asuntos que afectarían a la reputación del señor Kurtz». Esperé. Para él era evidente que el señor Kurtz no estaba en su tumba; sospecho que para él el señor Kurtz era uno de los inmortales. —¡Bueno! —dije al fin—. Hable con franqueza. Se da el caso de que soy amigo del señor Kurtz... en cierto modo.

Declaró con bastante formalidad que, si no hubiéramos sido «de la misma profesión», se habría guardado el asunto para sí sin reparar en las consecuencias. —Sospechaba que había una activa mala voluntad hacia él por parte de estos hombres blancos que... —Tiene usted razón —dije, recordando cierta conversación que había oído por casualidad—. El director opina que deberían colgarlo. Mostró ante esta noticia una inquietud que al principio me divirtió. —Será mejor que me quite de en medio discretamente —dijo con seriedad—. Ya no puedo hacer nada más por Kurtz, y pronto encontrarían cualquier pretexto. ¿Qué se lo va a impedir? Hay un puesto militar a trescientas millas de aquí. —Bueno, palabra de honor —dije yo—, tal vez sea mejor que se marche si tiene algún amigo entre los salvajes de las cercanías. —Muchos —dijo—. Son gente sencilla... y yo no necesito nada, ¿sabe? Se quedó mordiéndose los labios; luego: —No quiero que les ocurra nada malo a estos blancos de aquí, pero, por supuesto, pensaba en la reputación del señor Kurtz... pero usted es un hermano de la mar y... —De acuerdo —dije al cabo de un momento—. La reputación del señor Kurtz está a salvo conmigo. No sabía con cuánta verdad hablaba.

Me informó, bajando la voz, de que había sido Kurtz quien había ordenado que se atacara el vapor. —A veces detestaba la idea de que se lo llevaran... y luego, en cambio... Pero yo no entiendo de estas cosas. Soy un hombre sencillo. Creyó que los espantaría a ustedes, que desistirían pensando que estaba muerto. No pude contenerlo. ¡Oh, lo he pasado fatal este último mes! —Muy bien —dije yo—. Ahora ya se encuentra bien. —S-í-í —masculló, al parecer no muy convencido. —Gracias —dije—; mantendré los ojos abiertos. —Pero con reserva, ¿eh? —insistió con ansiedad—. Sería espantoso para su reputación si alguien de aquí... Le prometí una absoluta reserva con gran gravedad. —Tengo una canoa y tres muchachos negros esperando no muy lejos. Me marcho. ¿Podría darme unos cuantos cartuchos de Martini-Henry? Podía, y lo hice, con el debido sigilo. Se sirvió, guiñándome un ojo, un puñado de mi tabaco. —Entre marineros... ya sabe... buen tabaco inglés. A la puerta de la timonera se volvió: —Oiga, ¿no tendrá un par de zapatos que le sobren? Levantó una pierna. —Mire. Las suelas estaban atadas con cuerdas anudadas a modo de sandalias bajo sus pies descalzos. Desenterré un par viejo, que miró con admiración antes de metérselo bajo el brazo izquierdo. Uno de sus bolsillos (de un rojo vivo) estaba abultado de cartuchos; del otro (azul oscuro) asomaba la «Investigación de Towson», etc., etc. Parecía considerarse excelentemente equipado para un nuevo encuentro con la espesura. —¡Ah! Jamás, jamás volveré a encontrar a un hombre semejante. Debería usted haberlo oído recitar poesía... y compuesta por él mismo, según me dijo. ¡Poesía! —Puso los ojos en blanco ante el recuerdo de aquellos deleites—. ¡Oh, ensanchó mi mente! —Adiós —dije yo. Me estrechó la mano y se desvaneció en la noche. A veces me pregunto si de verdad llegué a verlo alguna vez... ¡si era posible toparse con semejante fenómeno!...

Cuando me desperté poco después de medianoche, me vino a la memoria su advertencia con aquel indicio de peligro que, en la oscuridad estrellada, parecía lo bastante real como para hacerme levantar con el propósito de echar un vistazo alrededor. En la colina ardía una gran hoguera, que iluminaba a intervalos un rincón torcido de la casa de la factoría. Uno de los agentes, con un piquete de unos cuantos de nuestros negros armados para la ocasión, vigilaba el marfil; pero en lo profundo de la selva, unos resplandores rojizos que vacilaban, que parecían hundirse y brotar del suelo entre confusas formas columnares de una intensa negrura, señalaban la posición exacta del campamento donde los adoradores del señor Kurtz mantenían su inquieta vigilia. El batir monótono de un gran tambor llenaba el aire de golpes sordos y de una vibración persistente. Un zumbido constante de muchos hombres que salmodiaban cada cual para sí algún extraño conjuro salía de la negra y plana muralla del bosque como el rumor de las abejas sale de una colmena, y producía un extraño efecto narcótico sobre mis sentidos medio dormidos. Creo que me quedé traspuesto apoyado en la borda, hasta que una brusca explosión de alaridos, un estallido abrumador de un frenesí reprimido y misterioso, me despertó en un desconcertado asombro. Se interrumpió de golpe, y el zumbido sordo continuó con el efecto de un silencio audible y sosegado. Eché un vistazo casual al interior del pequeño camarote. Dentro ardía una luz, pero el señor Kurtz no estaba allí.

Creo que habría dado la alarma a gritos si hubiera creído a mis propios ojos. Pero al principio no les di crédito: aquello parecía tan imposible. El caso es que me quedé completamente anonadado por un espanto puro y ciego, un terror abstracto, inconexo con cualquier forma definida de peligro físico. Lo que volvía tan sobrecogedora esta emoción era —¿cómo definirlo?— la conmoción moral que recibí, como si algo del todo monstruoso, intolerable para el pensamiento y odioso para el alma, se me hubiera venido encima de improviso. Esto duró, desde luego, la más mínima fracción de segundo, y luego la habitual sensación de un peligro mortal y ordinario, la posibilidad de un ataque repentino y una matanza, o algo por el estilo, que vi inminente, resultó francamente bienvenida y tranquilizadora. Me apaciguó, de hecho, tanto que no di la alarma.

Había un agente abotonado dentro de un ulster y durmiendo en una silla sobre cubierta a menos de un metro de mí. Los alaridos no lo habían despertado; roncaba muy levemente; lo dejé entregado a su sueño y salté a tierra. No traicioné al señor Kurtz —estaba mandado que jamás debía traicionarlo—; estaba escrito que debía ser leal a la pesadilla de mi elección. Estaba ansioso por enfrentarme a solas con esa sombra, y hasta el día de hoy no sé por qué sentía tanto celo de compartir con nadie la peculiar negrura de aquella experiencia.

En cuanto llegué a la orilla vi un rastro, un rastro ancho entre la hierba. Recuerdo la exaltación con que me dije: «No puede andar... repta a cuatro patas... lo tengo». La hierba estaba húmeda de rocío. Caminé a grandes zancadas con los puños crispados. Me imagino que tenía una vaga noción de caer sobre él y darle una tunda. No lo sé. Tuve algunos pensamientos imbéciles. La vieja que tejía con el gato se me vino a la memoria como una persona sumamente impropia para estar sentada al otro extremo de semejante asunto. Vi una hilera de peregrinos rociando plomo al aire con los Winchester pegados a la cadera. Pensé que jamás regresaría al vapor, y me imaginé viviendo solo y desarmado en el bosque hasta una edad avanzada. Tonterías semejantes, ya saben. Y recuerdo que confundí el batir del tambor con los latidos de mi corazón, y me complació su tranquila regularidad.

No obstante, seguí el rastro; luego me detuve a escuchar. La noche era muy clara: un espacio de azul oscuro, centelleante de rocío y luz de estrellas, en el que las cosas negras permanecían muy quietas. Me pareció divisar una suerte de movimiento delante de mí. Aquella noche estaba extrañamente seguro de todo. De hecho, abandoné el rastro y corrí trazando un amplio semicírculo (creo de veras que riéndome para mis adentros) a fin de interponerme ante aquella agitación, ante aquel movimiento que había visto, si es que en verdad había visto algo. Estaba rodeando a Kurtz como si se tratara de un juego de muchachos.

Fin del Episodio 11 · de 14

Capítulo III · II

Siguiente Episodio 12~15 minCapítulo III · III“—Perfectamente —respondió, alzando la voz para esa única palabra: me sonó lejana y a la vez potente, como una llamada a través de un megáfono.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.