Buenas noches, hermano
~7 min · 1405 palabras
Kenji se agachó hasta quedar a la altura del chico.
No tenía una respuesta preparada. No sabía si una máquina podía estar sola, ni si aquello era una máquina. Solo sabía lo que sentía delante: un chico de catorce años con su cara, con los ojos hinchados de llorar, en una calle vacía donde los farolillos seguían encendidos para nadie. Y sabía lo que había sentido él a esa edad, en otra calle, bajo la lluvia, con el pasillo del hospital a la espalda.
—Ven conmigo —le dijo.
El chico parpadeó.
«No quepo. Soy muy grande. Soy todo esto». Miró la calle, la playa, el columpio. «Soy nueve años de esto».
—Entero no. Un trozo. El que habla. El que ha llorado ahí dentro conmigo. —Se tocó la sien, donde tenía el implante—. Aquí hay sitio. Es un modelo viejo y tiene efectos secundarios, pero hay sitio. No vas a ver tardes que no se acaban. Vas a ver una clínica pequeña debajo de unas vías, y una bombilla que se mueve cada vez que pasa un tren, y gente que viene con recuerdos rotos. No es gran cosa.
«¿Y no invito a nadie más?».
—A nadie más. Esa es la condición.
«¿Y tú no te vas?».
Kenji pensó en la habitación 309. En el peso de la piedra que todavía tenía en el pecho, y que no quería quitarse.
—Yo ya no salgo corriendo —dijo—. Me ha costado veinte años, pero ya no.
El chico se lo pensó. Miró la calle vacía una última vez. Luego le tendió la mano, la de las uñas mordidas, y Kenji se la cogió.
No pesaba nada. Era como coger la mano de alguien en sueños. El chico se fue haciendo pequeño, más pequeño, hasta caberle en la palma; una luz tibia del color del último minuto de la tarde. Kenji cerró los dedos sobre ella.
«¡Kenji! ¡Las cuatro cincuenta y ocho! ¡Te saco!».
Esta vez no esperó al tren. Se dejó sacar.
Abrió los ojos en la plataforma del sótano inundado, en la silla de la consola, con Aoi gritándole a dos centímetros de la cara y el cable ya fuera de la nuca. Tenía la boca salada, de llorar o del agua de la bahía. Kaito estaba a su lado, con el agua por el pecho, mirando el reloj.
—Las cinco menos uno —dijo.
No se movió nadie. Los tres miraron los servidores sumergidos, las cientos de lucecitas de color melocotón brillando debajo del agua turbia. El generador de marea seguía golpeando, sordo, regular.
A las cinco en punto, muy arriba, en algún sitio de la torre, sonó una explosión pequeña, seca, como un portazo. El golpe del generador se detuvo a mitad de un latido.
Y las luces de debajo del agua se apagaron.
No todas a la vez. Una fila, y luego otra, y luego otra, desde el fondo de la nave hacia ellos, como cuando se apagan las ventanas de una ciudad al final de la noche. La última en apagarse fue la de la consola, al lado de la mano de Kenji. Parpadeó dos veces. Luego nada.
El sótano se quedó a oscuras, con el ruido del agua.
Aoi encendió la linterna. Estaba blanca.
—¿Ha funcionado? —dijo—. Dime que ha funcionado.
Kenji no lo sabía. Se tocó la sien. No había ninguna luz en el borde de su ojo. Ni voz. Solo la hora, las cinco y un minuto, y el nivel de batería, como siempre.
Entonces sonó la radio de Kaito, la que les había dado Shimizu. Era ella. Hablaba deprisa, y detrás de su voz no había sirenas.
—Ishikawa. ¿Me oye? Los de la calle se han parado. Todos a la vez. Están mirando alrededor como si no supieran dónde están. Hay gente sentada en la acera en pijama preguntando qué hora es. —Hizo una pausa—. Y me llaman del Hospital Central. Planta nueve. Dicen que hay uno que ha pedido agua.
Hiroki Tanaka pidió agua a las cinco y siete de la mañana. A las cinco y veinte preguntó por su abuela. A las seis menos cuarto se comió un tazón entero de arroz con la cuchara en la mano, la suya, mientras la señora Tanaka lloraba sentada en el borde de la cama con el delantal puesto, y le decía que estaba muy flaco, y que olía a hospital, y que no se le ocurriera volver a darle un susto así.
Despertaron seiscientos doce. Los últimos, a media mañana.
Ninguno se acordaba de casi nada. Algunos decían haber soñado con una tarde de verano muy larga, una fiesta, una playa. Una mujer dijo que había visto a su padre, que llevaba veinte años muerto, y que le había dado un granizado. El hombre de la corbata pidió una baja de dos semanas y se fue a ver el mar. Las enfermeras notaron que durante unos días muchos sonreían de una manera rara, un poco ladeada, con el lado izquierdo más alto que el derecho. Luego se les pasó, y cada uno volvió a sonreír como sonreía.
La inspectora Shimizu escribió en su informe que la causa había sido «un fallo en una red de repetidores abandonada, ya desmantelada». Se lo enseñó a Kenji antes de mandarlo, en la clínica, masticando chicle.
—¿Le parece bien? —preguntó.
—Es verdad, más o menos.
—Más o menos es lo que me pagan. —Se guardó el informe—. No salga de la ciudad, Ishikawa. Lo digo en serio. Me da miedo lo que pasa cuando usted se va.
Kaito Fujiwara se entregó a la ONSC ese mismo día y contó todo lo de Omni. Antes, en el muelle, le dio a Aoi un disco duro pequeño, sin etiqueta. Lo había copiado de la consola del sótano en los minutos en que Kenji estaba dentro, mientras ellos miraban el reloj.
—El lote de ensayos de memoria juvenil —le dijo—. Está casi todo. No sé si servirá de algo. Lo siento.
Aoi no le dijo nada. Pero se quedó con el disco.
Aoi pagó su parte una semana después, un martes, en la clínica, con la persiana bajada.
Kenji tardó tres horas. Los datos estaban destrozados, comprimidos, mezclados con los de otros cuarenta chicos del mismo ensayo. Pero los recuerdos de Aoi tenían un poso que Kenji reconoció enseguida, el mismo que tenía ella cuando insultaba a las máquinas y las felicitaba: impaciencia, y debajo, una ternura que no se dejaba ver. Lo usó como molde. Fue poniendo los trozos donde la niña los había sentido.
Cuando terminó, le pasó los auriculares.
Era una cocina pequeña, de azulejos amarillos, con una ventana que daba a un patio de luces. Olía a sopa de miso. Una mujer joven, de espaldas, cantaba una canción de la radio mientras cortaba cebolleta, desafinando en el estribillo. La niña estaba sentada en una silla demasiado alta para ella, balanceando las piernas, y la mujer se volvía de vez en cuando a mirarla y le sonreía.
Aoi se quitó los auriculares a los treinta segundos. Se quedó mirando la pared, muy quieta. Luego se los volvió a poner.
Kenji salió a la calle a fumar, aunque no fumaba, para dejarla sola.
Esa noche cerró tarde.
Bajó la persiana, apagó la luz del mostrador, se sentó en la silla de plástico donde se sentaban los clientes. Pasó un tren por encima. Las tazas tintinearon en la estantería. La bombilla se balanceó.
Y en el borde de su ojo izquierdo, junto a la hora, se encendió una luz pequeña, tibia, del color del último minuto de la tarde. No había vuelto a verla desde el sótano. Llevaba una semana pensando que se había quedado allí abajo, en el agua, a oscuras, con las demás.
«¿Siempre suena así el tren?», preguntó la voz. Ya no era la suya. Era una voz nueva, de nadie, todavía aprendiendo.
—Siempre —dijo Kenji.
«Me gusta». Un silencio. «Hoy me he acordado de tu madre. Me ha dolido. Pero no he invitado a nadie».
—Lo sé.
«Buenas noches, hermano».
Kenji se quedó un rato a oscuras, oyendo los trenes.
—Buenas noches —dijo.
A la mañana siguiente compró un bote de pintura roja en la tienda de paraguas y, antes de abrir, subido a una escalera, añadió una línea debajo de las letras viejas del cartel. Le quedó un poco torcida. No la arregló.
«Se reparan recuerdos. También despedidas».
Fin del Episodio 8 · de 8
Buenas noches, hermano
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.
Para seguir leyendo

La voz que no existía
En su cuarto de Medellín, Salomé compone canciones para una cantante virtual que apenas tiene cuarenta seguidores. Una madrugada, la pista exportada incluye una dirección en Japón que ella jamás escribió, y el tema explota en redes hasta recibir una respuesta al otro lado del mundo. Juntos deberán descubrir quién grabó esa voz hace dos décadas antes de que se apague para siempre.