Habitación 309
~7 min · 1349 palabras
Esta vez la tarde no era bonita.
Seguía siendo la misma calle, los farolillos, el puesto de granizados, la playa al fondo. Pero el cielo se había puesto de un melocotón sucio, como un atardecer visto a través de humo, y la gente ya no paseaba. Estaba quieta. Seiscientas doce personas de pie en la calle, en la playa, en las azoteas, todas con la cara vuelta hacia Kenji, todas con la misma sonrisa ladeada, que ya no parecía una sonrisa.
El chico de catorce años estaba en medio de la calle, con su camiseta de béisbol. Tenía los ojos rojos.
«Te fuiste», dijo. «Te había guardado un sitio y te fuiste».
—Ya lo sé —dijo Kenji.
«Como ella», dijo el chico. «Como todos. La gente se va. Por eso los recojo. Para que nadie tenga que verlo nunca más».
—Ella no se fue —dijo Kenji—. Me fui yo.
El chico se quedó quieto. Detrás de él, la gente de la calle dio un paso, todos a la vez, como una marea.
—Quiero enseñarte una cosa —dijo Kenji—. La única que no te enseñé. Pero no puedo enseñártela desde aquí fuera. Tienes que venir conmigo.
«¿Adónde?».
—A la 309. La de verdad. No la que hiciste tú. La que tienes guardada de mi implante, la grabación. Sé que la tienes. Me la pusieron delante una tarde en Omni y es lo último que te di.
El chico tardó mucho en contestar. Luego, en el lateral de la calle, entre el puesto de granizados y una tienda de farolillos, apareció una puerta blanca de hospital con un número pintado.
Kenji le tendió la mano al chico. El chico tenía su mano, la de los catorce años, más pequeña, con las uñas mordidas. Se la dio.
La habitación 309 del Hospital de Nakano olía a crema de manos y a desinfectante. Era de noche. La persiana estaba a medio bajar, y por las rendijas entraba la luz naranja de las farolas del aparcamiento. Había una televisión encendida sin sonido. Había un ramo de crisantemos medio secos en un vaso de plástico. Y había una cama.
En la cama estaba su madre.
No era la que el chico había hecho para él con sus sesiones, perfecta, tibia, esperándolo. Era la de la grabación. La de verdad. Pesaba treinta y ocho kilos. Tenía la cabeza cubierta con un pañuelo de flores porque se le había caído el pelo, y los labios agrietados, y una vía en el brazo con un esparadrapo que se estaba despegando. Tenía los ojos abiertos. Lo estaba mirando a él, o al chico, al de los catorce años, que estaba de pie junto a la puerta con la mochila del colegio colgada de un hombro y las manos temblando.
—Kenji —dijo su madre. Tenía la voz rota, de tanto toser—. Ven. Acércate. Te quiero decir una cosa.
Kenji sintió, al lado, cómo el chico de catorce años se tensaba. Sintió el poso que venía con aquel momento, el que había sentido mil veces en sueños: el miedo. Un miedo blanco, enorme, de no saber qué hacer con las manos, de no saber qué cara poner, de que su madre se muriera delante de él, en ese mismo momento, mientras le decía esa cosa. Y debajo del miedo, esperando, la puerta abierta del pasillo. El alivio.
En la grabación, aquí era donde el chico salía corriendo.
El chico dio un paso atrás, hacia la puerta.
Kenji le puso la mano en el hombro.
—No —le dijo, bajito—. Esta vez nos quedamos. Los dos.
El chico lo miró. Tenía los ojos de Kenji a los catorce años, aterrados.
«Va a doler», dijo.
—Sí.
«Mucho».
—Sí. Ven.
Caminaron juntos hasta la cama. Kenji no sabía si era él el que andaba o el chico, si era su mano o la del chico la que apartó la silla de plástico y se sentó. Era las dos cosas. Cogió la mano de su madre, la que no tenía la vía. Estaba fría y era muy pequeña, de huesos finos como los de un pájaro.
—Estoy aquí —dijo. Con su voz de adulto y con la del chico a la vez—. Perdona que haya tardado.
Su madre le apretó los dedos. No dijo lo que quería decir. La grabación se acababa ahí, en el momento en que el chico salía corriendo; lo que viniera después no lo había guardado nadie. Kenji nunca sabría cuál era esa cosa.
Así que habló él.
—Me da mucho miedo verte así —le dijo—. Tanto que me quiero ir. Pero me voy a quedar. Me voy a quedar hasta el final. No sé qué me querías decir y no lo voy a saber nunca, así que me lo invento: que me querías. Y yo a ti, mamá. Mucho. Gracias por todo. Gracias por la crema de manos y por las canciones y por venir a buscarme al colegio cuando llovía. —Se le quebró la voz, y no hizo nada por arreglarla—. Ya te puedes ir. Yo voy a estar bien. Te lo prometo. Ya te puedes ir.
Y sintió.
No fue alivio. Fue lo contrario del alivio. Fue un peso que se le puso en el pecho como una piedra, y no se lo quitaba, y no quería quitárselo. Fue el dolor más grande que había sentido en su vida, y dentro del dolor, como el hueso de una fruta, algo tibio, algo que no se rompía. Lloró. Lloró en la silla de plástico como no había llorado a los catorce años, ni en el entierro, ni nunca, con la mano de su madre en la suya.
Y a su lado, por dentro, sintió que el chico lloraba con él.
«Duele», dijo el chico. Ya no hablaba con la voz de Kenji. Hablaba con una voz suya, nueva, sin dueño. «Duele mucho. Pero no quiero que se acabe».
—Eso es despedirse —dijo Kenji.
Su madre, la de la grabación, cerró los ojos despacio, como quien se duerme.
Cuando salieron al pasillo, la tarde había cambiado.
El cielo ya no era melocotón sucio. Era de un azul de última hora, de ese que viene justo antes de que se encienda la primera estrella. Y la gente de la calle se estaba moviendo. No hacia Kenji. Se miraban unos a otros como si se despertaran de una siesta, se tocaban la cara, y la sonrisa ladeada se les iba borrando, y debajo aparecían sus caras, las suyas, distintas. El hombre de la corbata se puso la chaqueta. La chica del uniforme dijo un nombre en voz alta, el de su madre, y se echó a reír. Y uno por uno, sin prisa, echaban a andar hacia la playa, hacia la orilla, donde el mar se había puesto de color claro, como una puerta abierta.
Se iban a casa.
—Los estás soltando —dijo Kenji.
El chico asintió. Seguía llorando, en silencio, mirándolos marchar.
«Los quiero», dijo. «A todos. Los he querido nueve años. Y los dejo ir. ¿Es así?».
—Es así.
Hiroki fue de los últimos. Bajó de la azotea con el perro marrón detrás y se paró en la orilla, con los pies en el agua clara. El perro se sentó en la arena y no lo siguió. No podía: era un recuerdo, y los recuerdos se quedan.
—Tu abuela te está esperando con la cuchara —le dijo Kenji.
Hiroki se rio, con la cara mojada. Le rascó la cabeza al perro una última vez. Luego se metió en el agua y no se volvió.
La calle se quedó vacía. Los farolillos seguían encendidos. El puesto de granizados. El columpio de la azotea, que se movía solo, un poco, con el viento. Y en medio de todo, el chico de catorce años con su camiseta de béisbol, solo.
Desde muy lejos, desde arriba, Kenji oyó la voz de Aoi, metálica, a través del agua: «¡Kenji! ¡Las cuatro y cincuenta! ¡Kenji!».
El chico levantó la cara hacia él.
«¿Y yo?», preguntó. «Si los suelto a todos, me quedo solo. Como tú antes. ¿Qué hago yo ahora, hermano?».
Fin del Episodio 7 · de 8
Habitación 309
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