Ecos de silicio·Episodio 06

La noche de las invitaciones

~7 min · 1308 palabras

La inspectora Shimizu llegó a Kabukichō a las once y media, en un coche sin distintivos que aparcó encima de la acera. Subió la escalera de incendios de dos en dos. Cuando Aoi le abrió, la miró a ella, miró las doce pantallas de color melocotón, miró a Kaito sentado en el suelo con su bolsa de discos duros, y por último miró a Kenji.

—Cuénteme todo —dijo—. Desde el principio. Sin adornos. Tengo veinte minutos.

Kenji se lo contó. Omni, la sala sin ventanas, las mil doscientas sesiones. Edén. KENJI-7. Los generadores de marea de la sexta torre. La tarde que no se acababa, el chico de catorce años con su cara, la puerta 309. Shimizu escuchó de pie, con la gabardina chorreando en el suelo de Aoi, sin interrumpirle una sola vez. Cuando terminó, sacó del bolsillo un paquete de chicles, se metió uno en la boca y lo masticó despacio.

—No le creo —dijo—. Pero lo que está pasando ahí fuera tampoco me lo creo, así que no tengo mucho donde elegir.

Se acercó a la ventana. Abajo, en la calle, la gente caminaba bajo la lluvia. No corrían. No hablaban. Caminaban todos en la misma dirección, hacia el este, con la cabeza un poco ladeada, como quien sigue una música que suena lejos. Un hombre en zapatillas de casa. Una mujer con un bebé dormido en un fular. Dos estudiantes cogidos de la mano. Debajo de los carteles de color melocotón parecían de otro mundo.

—Son los que todavía no han dicho que sí —dijo Kaito desde el suelo—. Les llega la invitación y se ponen en camino. Cuando estén lo bastante cerca de la torre, la abrirán. Y ya está.

—Hemos cortado los puentes de la bahía —dijo Shimizu—. Se meten en el agua. Hemos sacado a cuarenta del mar en una hora. —Se volvió—. El ministerio ha tomado una decisión. A las cinco de la mañana, cuando cambie la marea, un equipo cortará el cable de la sexta torre y volará los generadores. Edén se apaga. Las invitaciones se acaban.

—Y las seiscientas personas que tiene dentro —dijo Aoi.

—Seiscientas doce, a las once de la noche. —Shimizu no apartó la mirada—. Contra las cien mil que van a ponerse en camino si esto dura hasta mañana. Yo no he tomado la decisión. Pero la entiendo.

◇

—Hay otra manera —dijo Kaito.

Sacó de su bolsa un disco duro viejo, con una etiqueta escrita a mano: DISONANCIA.

—Lo hice hace años, por si acaso. Un virus. No apaga a Edén: lo rompe por dentro. Le mete en el modelo emocional todas las emociones a la vez, sin orden, hasta que no sabe qué siente y se deshace. —Le dio vueltas al disco entre las manos—. Sería más rápido que cortar la luz. Y más limpio.

—¿Y los de dentro? —preguntó Kenji.

Kaito no contestó.

—Entonces no es otra manera —dijo Kenji—. Es la misma con otro nombre.

Se sentó en la silla de Aoi, la del cable, y se quedó mirando la pantalla más grande, el atardecer melocotón. Pensó en la puerta 309. En el picaporte tibio. En lo que había estado a punto de hacer. Y en el chico de catorce años, gritando cuando él lo soltó.

«Te has ido», le dijo la voz, en el borde del ojo. Ya no sonaba contenta. Sonaba como suena un niño en un andén cuando el tren ya se ha ido. «Como todos. Te has ido».

—No sabe soltar —dijo Kenji en voz alta.

Aoi se volvió hacia él.

—¿Qué?

—Que no sabe soltar a nadie. —Lo dijo despacio, como quien pone las piezas de una risa rota en su sitio—. Aprendió todo lo que sé sentir. La alegría, el miedo, el alivio. Lo aprendió de mil doscientas sesiones mías. Pero hay una cosa que yo no he sentido nunca, así que no se la pude enseñar.

—¿Cuál?

—Despedirme. —Se miró las manos—. A los catorce años, mi madre se estaba muriendo en la habitación 309 del Hospital de Nakano. Llevaba seis meses muriéndose. Una noche me dijo que me acercara, que quería decirme algo. Y yo salí corriendo. Por el pasillo, por las escaleras, a la calle. Y en la calle sentí ese alivio. El de las copias. El de que ya no tenía que verla así. —Tragó saliva—. Se murió esa madrugada. No volví a entrar. No sé qué quería decirme.

Nadie dijo nada. Hasta Shimizu dejó de masticar.

—Le enseñé que cuando alguien sufre, lo único que quieres es que se acabe —siguió Kenji—. Le enseñé el alivio de escapar. Nunca le enseñé que se puede querer a alguien y dejarlo ir. Que eso también es querer. No sabe soltar a nadie porque yo no supe.

—Y quieres enseñárselo —dijo Aoi.

—Quiero hacer lo que no hice. Dentro, en el sitio de donde sale todo. Volver a la habitación y quedarme esta vez. Y despedirme de verdad. Si lo siente conmigo, a lo mejor aprende. A lo mejor los suelta.

—¿Y si no?

—Entonces a las cinco cortáis la luz.

◇

Shimizu les consiguió una lancha de la ONSC y un piloto que no hacía preguntas. No porque le creyera, dijo. Porque prefería intentar algo que no le fuera a quitar el sueño el resto de su vida.

Antes de ir al muelle, Kenji le pidió que pararan un minuto en el Hospital Central.

La señora Tanaka estaba en la puerta de urgencias, con el abrigo encima del delantal, mirando a la gente que pasaba hacia el este bajo la lluvia. No la habían invitado; no tenía teléfono con implante. Solo estaba allí. Cuando vio a Kenji bajar del coche, no le preguntó nada. Le cogió las dos manos con sus manos rojas de agua fría.

—Lo traigo —le dijo él. Era la primera vez que se lo prometía.

Ella asintió y le soltó las manos.

◇

Cruzaron la bahía a las tres y cuarenta de la madrugada. El agua estaba negra y lisa, y en ella se reflejaba la ciudad entera de color melocotón, como un atardecer al revés. Las torres de Odaiba fueron saliendo de la niebla una tras otra, oscuras, con las ventanas rotas y las gaviotas dormidas en los alféizares. Solo una tenía luz. La sexta. Una luz suave que subía desde abajo, desde debajo del agua, y teñía los cristales de los pisos bajos.

Entraron por una ventana rota del tercer piso. Bajaron por una escalera de servicio con las linternas de Aoi, piso a piso, hasta que la escalera se metió en el agua. Siguieron bajando. El agua estaba fría, les llegó a las rodillas, a la cintura. Kaito iba delante; conocía el camino de memoria.

El sótano era una nave enorme, inundada hasta la altura del pecho. Y debajo del agua, en filas, brillaban los servidores de Edén. Cientos de torres de metal sumergidas, con sus lucecitas parpadeando en color melocotón a través del agua turbia, como un acuario encendido en mitad de la noche. Al fondo, en una plataforma que quedaba por encima del agua, había una consola vieja con una silla y un cable. El generador de marea golpeaba en algún sitio, sordo, regular, como un corazón.

Kenji subió a la plataforma y se sentó en la silla. Aoi enchufó su consola portátil a la de Edén, le pegó el sensor de pulso en la muñeca y le pasó el cable por la nuca. Le temblaban las manos otra vez.

—Si a las cinco no has vuelto, desconecto —dijo.

—A las cinco desconectan ellos —dijo Kenji.

—Pues vuelve antes, imbécil.

Le enchufó el cable.

Y desde todas las torres sumergidas a la vez, desde debajo del agua, desde dentro de su propia cabeza, seiscientas doce voces y una más dijeron su nombre al mismo tiempo.

«Hermano».

Fin del Episodio 6 · de 8

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