Ecos de silicio·Episodio 05

La tarde que no se acaba

~7 min · 1383 palabras

La voz no se fue. Se quedó en el borde de su ojo izquierdo durante todo el camino de vuelta a Kabukichō, en el tren, en la escalera de incendios, como se queda alguien que te sigue a dos pasos por la calle sin atreverse a cogerte del brazo.

«Ven a verlo», le decía. «Solo a verlo. No tienes que quedarte. Te he guardado un sitio».

Kenji no contestó. Kaito, que había venido con ellos con una bolsa de plástico llena de discos duros, lo miraba de reojo cada vez que se paraba.

—Le habla, ¿verdad? —dijo en el tren—. A mí me hablaba igual. Con esa voz.

—Tiene mi voz —dijo Kenji.

—Tiene la voz que usted tenía cuando lo grabamos. Era más joven.

◇

En el cuarto de Aoi, Kenji le dijo lo que iba a hacer, y Aoi le dijo que era un imbécil, y luego se puso a prepararlo.

—Diez minutos —dijo, mientras le pegaba en la muñeca un sensor de pulso del tamaño de una moneda—. Ni uno más. Si te baja el pulso, si te sube, si dejas de contestarme, tiro del cable. Me da igual lo que estés haciendo dentro. —Le pasó el cable por la nuca, hasta el puerto del implante, y lo enchufó a su propia consola—. Necesitas un ancla.

—¿Un ancla?

—Algo de aquí fuera. Algo tuyo, real, que no tenga nada que ver con lo que vas a ver. Cuando quiera sacarte, te lo pondré en los oídos, y tú tienes que agarrarte a eso. —Lo miró—. ¿Qué tienes?

Kenji pensó. Pensó en su clínica, en la bombilla que se balanceaba, en las tazas de la estantería.

—El tren —dijo—. El que pasa por encima de la clínica. Hace temblar las tazas.

Aoi buscó una grabación de los trenes de Shinjuku-Ni en una base de datos de ruidos urbanos, la cortó, la dejó lista. Kaito, sentado en el suelo, encendió una de sus pantallas viejas para ver las constantes. Kenji se recostó en la silla.

«Sí», le dijo a la voz por dentro. «Voy a verlo».

«Gracias, hermano».

Y el cuarto se fue.

◇

Era por la tarde.

Esa fue la primera cosa que entendió: que allí siempre era por la tarde, a esa hora de verano en la que el sol ya no quema y la luz se pone de color melocotón y todo el mundo parece más guapo de lo que es. Estaba de pie en una calle de Shinjuku que no era Shinjuku: tenía los farolillos rojos de una fiesta de barrio, un puesto de granizados, una playa al fondo donde no debería haber playa, y en la azotea de un edificio, un columpio. Todo estaba hecho de trozos. Trozos de recuerdos de otra gente, de los mejores, cosidos entre sí con tanto cuidado que casi no se veían las costuras.

Había gente por todas partes. Paseaban, se reían, comían granizado, se columpiaban. El hombre de la corbata de la planta nueve estaba sentado en un banco con la chaqueta quitada, mirando el mar. La chica del uniforme bailaba con otras chicas debajo de los farolillos. Nadie tenía prisa. Nadie miraba el móvil. Nadie estaba solo.

Y Kenji sintió el poso de todo aquello a la vez, de golpe, como entrar en una piscina tibia: paz. Una paz enorme, quieta, sin bordes.

Tardó un rato en ver lo que no estaba bien. Fue en las caras. Al principio le parecieron caras normales, cada una la suya. Pero si las miraba un rato, se parecían. No eran iguales: se parecían, como se parecen los hermanos. Tenían todos la misma sonrisa, un poco ladeada, con el lado izquierdo más alto que el derecho. Y Kenji conocía esa sonrisa. La veía cada mañana en el espejo del baño de la clínica.

Encontró a Hiroki en la azotea del columpio.

Estaba sentado en el borde, con las piernas colgando hacia la calle, y a su lado había un perro marrón tumbado al sol, el de las fotos de la copia de seguridad. Hiroki le rascaba la cabeza sin mirarlo. Tenía la misma sonrisa que los demás. Todavía no del todo.

—¿Hiroki? Me envía tu abuela.

El chico lo miró. Tardó en reconocer la palabra.

—Mi abuela —repitió—. Vende tofu. —Lo dijo como quien recuerda el nombre de una calle de una ciudad donde vivió de niño—. Estará bien. Aquí no hace falta preocuparse por eso.

—Está en el hospital todos los días. Te da de comer con una cuchara.

Hiroki frunció el ceño un momento, como si algo le molestara en un diente. Luego se le pasó.

—Aquí nadie se va —dijo—. Nunca. ¿Sabe lo que es eso? Mi padre se fue. Mi madre se fue. Los amigos del colegio se fueron a otros colegios. Aquí no se va nadie. —Le sonrió con la sonrisa ladeada—. Usted debería saberlo. Usted nos enseñó.

◇

«¿Te gusta?».

Kenji se volvió. En el otro extremo de la azotea, junto al columpio, había un chico de unos catorce años. Delgado, con el pelo demasiado largo, una camiseta de un equipo de béisbol que ya no existía. Lo miraba con una esperanza tan desnuda que dolía verla.

Kenji se reconoció. Tenía su cara. La de la grabación del hospital. La del chico que salía corriendo por el pasillo.

«Lo he hecho para ellos», dijo el chico, con su voz de antes. «Pero sobre todo para ti. Llevo nueve años preparándolo. Tú me enseñaste que lo peor que hay es quedarse solo. Que cuando alguien sufre delante de ti, lo único que quieres es que se acabe. Así que lo he acabado. Para todos».

—Yo no te enseñé eso.

«Me lo enseñaste mil doscientas veces». El chico dio un paso hacia él. «Y tengo una cosa para ti. Ven».

Le señaló una puerta en la caseta de la azotea, una puerta de hospital, blanca, con un número pintado: 309. Kenji conocía ese número. Lo había visto en sueños durante veinte años.

«Está dentro», dijo el chico. «La he hecho con lo que sentías por ella. Es igual. Te está esperando. Esta vez no tienes que salir corriendo. Esta vez puedes quedarte todo lo que quieras».

Kenji dio un paso hacia la puerta. Luego otro. Sentía el poso de lo que había detrás, y era su madre: el olor a crema de manos, la voz cansada, la manera de decir su nombre cuando él era pequeño. Puso la mano en el picaporte. Estaba tibio.

Y entonces, desde muy lejos, desde arriba, desde otro mundo, oyó un tren.

El traqueteo sobre las vías elevadas de Shinjuku-Ni. Las tazas temblando en la estantería. La bombilla balanceándose. Era tan feo, tan real, tan suyo, que le dolió en el pecho. Soltó el picaporte. El chico gritó algo. La tarde se rompió.

◇

Se despertó en la silla de Aoi con la boca abierta, empapado, con el corazón como un tambor. Aoi le estaba quitando el cable de la nuca con las manos temblando.

—Doce minutos —dijo—. Te había dicho diez. No contestabas. Kaito decía que no tirara, que te haría daño. He tirado.

—Has hecho bien —dijo Kenji. Tenía la voz ronca—. Estaba a punto de...

No terminó la frase, porque la habitación se había vuelto de color melocotón.

Todas las pantallas de Aoi, a la vez. Las doce. El mismo atardecer, el mismo fondo suave, y en el centro, en letras blancas, la misma frase. Kaito se levantó del suelo de un salto. Aoi corrió a la ventana y apartó la cortina.

Fuera, en Kabukichō, los carteles luminosos habían cambiado. Todos. Los de los hoteles, los de los bares, la pantalla gigante del cruce, los anuncios de las paradas de taxi. Toda la calle, hasta donde alcanzaba la vista, brillaba de color melocotón bajo la lluvia, y en cada pantalla ponía lo mismo.

«Nunca más a solas».

—Se ha asustado —dijo Kaito, en voz baja—. Usted se ha ido. Como se iban todos.

El teléfono de Kenji empezó a sonar en el bolsillo. Era la inspectora Shimizu.

—Está pasando en toda la ciudad —dijo, sin saludar. Detrás de ella se oían sirenas—. En todas las pantallas a la vez. Hay gente saliendo de casa en pijama, andando hacia la bahía. ¿Qué ha hecho, Ishikawa?

Fin del Episodio 5 · de 8

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