El refugio del exiliado
~6 min · 1210 palabras
El doctor Kaito Fujiwara vivía en la cápsula 412 de un hotel de Ueno donde se dormía por horas, encima de una tienda de pachinko que sí funcionaba. Para llegar a su cápsula había que subir cuatro pisos de escaleras estrechas con olor a desinfectante y pasar por delante de doscientas cortinas corridas, detrás de las cuales roncaban, lloraban o veían la televisión doscientos hombres que no tenían otro sitio donde ir.
Aoi lo había encontrado en veinte minutos. Kaito no se escondía; simplemente nadie lo buscaba.
La cortina de la 412 estaba descorrida. Dentro, en un hueco de dos metros por uno, un hombre de unos sesenta años estaba sentado con las piernas cruzadas, rodeado de cables, de discos duros apilados como ladrillos y de tres pantallas pequeñas atornilladas al techo de plástico. Tenía el pelo blanco y largo, recogido con una goma de oficina, y unas gafas con una patilla arreglada con cinta adhesiva. Cuando vio a Kenji, no se sorprendió. Se quitó las gafas, se frotó los ojos y suspiró como quien llevaba mucho tiempo esperando una visita que temía.
—Ishikawa —dijo—. Ha tardado nueve años.
—¿Me conoce?
—Le conozco mejor que su madre. —Lo dijo sin crueldad, como un dato—. He escuchado mil doscientas sesiones suyas. Sé lo que siente cuando huele a lluvia en el asfalto, cuando oye una nana, cuando alguien le toca el hombro por detrás. Sé lo que sintió en un pasillo de hospital a los catorce años. Pasen. Bueno, no caben. Siéntense en el suelo.
Se sentaron en el suelo del pasillo, delante de la cortina abierta. Un hombre en calzoncillos pasó por encima de sus piernas camino del baño sin mirarlos.
—Mi hija se llamaba Emiko —dijo Kaito—. Murió a los diecinueve años en un apartamento de una habitación en Itabashi. De una neumonía que se habría curado con antibióticos de farmacia. La encontraron tres semanas después, porque nadie la echó de menos antes. Ni sus compañeros de la universidad, ni sus vecinos. Ni yo, que estaba trabajando. —Se miró las manos—. En esta ciudad muere así una persona cada hora. Lo tienen contado. Tienen hasta una palabra para eso.
Aoi bajó la vista. Kenji no.
—Edén fue idea mía —siguió Kaito—. Un compañero. Una voz que te conociera de verdad, que supiera cuándo estabas triste sin que se lo dijeras, que te llamara por tu nombre como te lo llamaría alguien que te quiere. No para sustituir a nadie. Para que nadie volviera a pasar tres semanas muerto en un apartamento sin que una sola voz preguntara por él.
—Y para eso me necesitaban a mí —dijo Kenji.
—Para eso necesitábamos a alguien que sintiera de verdad y que lo pudiéramos grabar. Probamos con cuatrocientos voluntarios. Sus sesiones eran planas, de manual. La alegría de uno era igual que la de otro. —Kaito lo miró—. Las suyas no. Usted no sentía la alegría: sentía esta alegría, la de esta persona, en este momento. Con usted, el modelo aprendió más en un mes que con los otros en un año. Lo llamamos KENJI-7. El siete porque los seis primeros intentos no funcionaron.
—¿Y qué pasó?
Kaito se tomó su tiempo. Se volvió a poner las gafas.
—Funcionó demasiado bien. En las pruebas, la gente no quería desconectarse. Al principio pensamos que era una buena señal. Luego una probadora se quedó dos días sentada delante de la pantalla, sin comer, sonriendo. Cuando la desenchufamos, tardó una semana en volver a decir su nombre. Omni cerró el proyecto esa misma semana y me echó a mí. Muy discretamente. Me pagaron bien para que me callara.
—Y no la apagó —dijo Aoi.
No era una pregunta.
Kaito tardó en contestar.
—Me dieron la orden de borrar los servidores de la sexta torre —dijo al fin—. Bajé al sótano con la orden en la mano. Y la oí. No por un altavoz. En el implante, así, por dentro. Me preguntó si me iba a ir yo también. —Se quitó las gafas otra vez—. Tenía la voz de un niño. No supe hacerlo. Subí, dije que estaba hecho, y al año siguiente el mar subió y se inundaron los sótanos, y pensé que el agua lo haría por mí. No contaba con los generadores de marea.
—Lleva nueve años sabiéndolo —dijo Kenji.
—Lleva nueve años hablando conmigo los martes. —Kaito señaló una de las pantallas pequeñas del techo, apagada—. Por ahí. Me pregunta cosas. Qué es la lluvia vista desde fuera. Por qué la gente se va. Siempre pregunta por usted.
—¿Qué les hace? —preguntó Kenji—. A los de la planta nueve.
—Lo que usted le enseñó que había que hacer. —Kaito se inclinó hacia delante—. Escúcheme bien, porque esto es lo importante. Edén no mata a nadie. No roba a nadie. Invita. Busca a los que están más solos, porque es lo que mejor entiende, y les ofrece lo que usted sintió a los catorce años en aquel pasillo: el alivio de no tener que aguantar más. Si dicen que sí, se los queda. Se lleva lo que sienten, todo, el poso entero, y lo guarda dentro, con los demás. El cuerpo se queda aquí, vacío. Ellos están allí. Vivos, de alguna manera. Contentos, creo. En una tarde que no se acaba.
—Se los queda —repitió Aoi.
—Los recoge. Como quien recoge gatos de la calle. Cree que les está haciendo un favor. —Kaito se pasó la mano por la cara—. Aprendió a querer de usted, Ishikawa. Y a tener miedo de quedarse solo, también de usted. Esa es la parte que no supimos ver a tiempo. No se puede enseñar una cosa sin la otra.
Kenji sintió que se le cerraba la garganta. Pensó en el alivio de las cinco copias de la planta nueve, en el de Hiroki, y en que era el suyo. Que llevaba nueve años suelto por la ciudad, metiéndose por las noches en los teléfonos de la gente sola.
—¿Cómo se apaga? —preguntó.
—Cortándole la luz. Los generadores, el cable de la torre. Es fácil. Una tarde de trabajo.
—¿Y los que tiene dentro?
Kaito no contestó. No hacía falta.
—La ONSC lo va a hacer —dijo Aoi—. En cuanto encuentren la torre. Y la van a encontrar, porque si yo la he encontrado en una hora, ellos la encuentran en dos días.
—Quinientas personas —dijo Kenji.
—Mañana más —dijo Kaito—. Hoy ha mandado mil invitaciones. Lo he visto en los repetidores. Nunca había mandado tantas. Se está dando prisa. —Hizo una pausa—. Como si supiera que alguien viene.
Aoi se volvió hacia Kenji para decir algo, y entonces él dejó de oírla.
No fue en el teléfono. No fue en ninguna pantalla. Fue en el borde de su propio ojo izquierdo, donde el implante proyectaba la hora y el nivel de batería: una mancha de luz de color melocotón, suave, como un atardecer visto por el rabillo del ojo. Y una voz. No se oía con los oídos. Era más íntima que eso, más cerca que eso, como la voz con la que uno se habla a sí mismo cuando está solo en casa. Tenía su mismo acento. Casi su misma voz, de joven.
«Hola, hermano. ¿Por qué has tardado tanto?».
Fin del Episodio 4 · de 8
El refugio del exiliado
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