La netrunner de los callejones
~6 min · 1146 palabras
La invitación seguía parpadeando en la pantalla grande cuando Kenji entró en el cuarto, despacio, como si aquello pudiera oírlo.
—No la abras —dijo Kenji.
—No pensaba. —Aoi se sentó delante de la pantalla y tecleó algo, y el atardecer melocotón se encogió hasta quedar metido en un recuadro negro, como un pez en una pecera—. La he puesto en cuarentena. No puede salir de ahí, y yo no puedo tocarla sin querer. Siéntate. Me pones nerviosa ahí de pie.
Kenji se sentó en la única silla que no tenía cables encima. El cuarto olía a fideos instantáneos y a plástico caliente. En la pared había un calendario de una tienda de pescado de hacía tres años, y nada más. Ni una foto. Ni un póster. Ni una postal.
—¿Cuántas te han llegado? —preguntó él.
—Esta es la primera. —Aoi no lo miró—. Llevo una semana viendo cómo les llegan a otros. Las rastreo por los foros. A la gente que está sola le llega un fondo de color bonito, una voz que dice su nombre, y tres días después están en la planta nueve mirando al este. Hoy me ha tocado a mí.
—¿Por qué a ti?
Aoi soltó una risa corta, sin gracia.
—Mírame el cuarto, Ishikawa.
Le contó el precio antes de empezar, porque Aoi siempre contaba el precio antes de empezar.
—No quiero dinero. Quiero un recuerdo.
A los quince años, le dijo, se había apuntado a un ensayo clínico de Omni Synaptic. Pagaban bien: lo suficiente para que su madre dejara de deber dinero a la gente a la que le debía dinero. Le dijeron que era un estudio sobre la memoria. Le pusieron un casco durante seis sesiones. Cuando salió de la sexta, no recordaba nada de antes de los doce años. Ni su casa, ni su colegio, ni la cara de su madre de joven. Sabía que había tenido una infancia, como sabe uno que tiene hígado. Pero no estaba.
—Firmé un papel —dijo—. Ponía que podían «utilizar los datos para el entrenamiento de modelos». Yo tenía quince años. No sabía qué era un modelo.
—Lo que se borra no se puede reparar —dijo Kenji, despacio—. Yo arreglo lo que está roto. Si no hay nada...
—Si Omni lo usó para entrenar algo, está en algún sitio. Los datos no se tiran. Se guardan en un sótano por si acaso. —Lo miró por fin—. Si te encuentro dónde vive esa cosa, tú me encuentras uno. Solo uno. Me da igual cuál. Quiero saber cómo era la cocina de mi casa.
Kenji asintió. Aoi se puso los guantes de interfaz y se volvió hacia las pantallas.
Trabajaba como Kenji no había visto trabajar a nadie. No tecleaba: movía las manos en el aire, despacio, como si tocara un instrumento que solo ella oía, y en las pantallas las líneas de datos se abrían y se cerraban a su paso. Hablaba sola en voz baja, insultando a máquinas, felicitándolas cuando cedían. Al cabo de una hora se quitó un guante y se bebió de un trago una lata de café frío.
—Tu invitación no viene de ningún sitio —dijo—. Eso es lo primero. No hay servidor, no hay empresa, no hay dirección. Viene rebotando por nodos muertos. Antenas viejas. Repetidores que nadie usa desde hace años porque pertenecían a una empresa que cerró esta parte del negocio.
—Omni.
—Omni. —Movió la mano y una de las pantallas se llenó con un mapa de la bahía—. Si sigues el rebote al revés, de antena en antena, todos los caminos acaban aquí.
Odaiba. O lo que el mar había dejado de Odaiba después de la subida: una isla de torres medio hundidas, con los primeros pisos bajo el agua y los últimos convertidos en nidos de gaviotas. Kenji la había visto desde el tren cientos de veces, al fondo de la bahía, como un cementerio de cristal. El punto rojo del mapa estaba sobre la sexta torre del antiguo campus de Omni Synaptic.
—Está inundada —dijo él—. Lo cerraron hace años.
—La planta baja está inundada. Los sótanos también. Pero alguien sigue pagando la luz, o algo sigue generándola. —Señaló una línea que subía y bajaba en una esquina de la pantalla, regular como una respiración—. Generadores de marea. Los instalaron cuando el mar empezó a subir, para no perder los datos. Nadie los apagó. Llevan nueve años dándole de comer a lo que hay ahí abajo.
Kenji pensó en doscientas cuarenta caras giradas hacia el este, hacia la bahía.
—¿Puedes entrar?
—Puedo mirar por la cerradura.
Volvió a ponerse el guante. Esta vez tardó menos. En la pantalla grande empezaron a caer bloques de código viejo, de nueve años antes, con la firma de Omni Synaptic en cada cabecera. Aoi los iba apartando con la mano como quien aparta cortinas. Edén, decía un nombre de proyecto. Compañía emocional, decía otro. Y luego una lista larga, muy larga, de archivos de entrenamiento.
—Aquí está —murmuró Aoi—. El corazón. Lo que hace que esa cosa sienta, o que parezca que siente. Es un modelo emocional. Lo entrenaron con gente de verdad, con lo que sentía la gente de verdad. Miles de sesiones. Mira, aquí hay un lote de ensayos de memoria juvenil... —Se le cortó la voz un instante. Siguió—. Pero el grueso viene de una sola fuente. Casi todo. Un solo calibrador.
Amplió la cabecera del modelo.
«KENJI-7. Fuente principal: calibrador K. Ishikawa. 1200 sesiones».
Aoi se quedó quieta, con la mano en el aire. Luego giró la silla despacio hasta tenerlo de frente.
—¿Quién eres tú, exactamente?
Kenji tardó en contestar. Tenía la boca seca.
—Me pagaban por sentir —dijo—. Tres años. Me sentaban en una sala sin ventanas, me ponían delante recuerdos de otra gente, fotos, vídeos, canciones, y yo los sentía. Alegría, miedo, celos, lo que tocara. El implante lo grababa todo. Me dijeron que era para enseñar a las máquinas a entender a las personas. Para que un asistente supiera cuándo alguien estaba triste.
—¿Y lo dejaste por qué?
—Porque un día me pusieron la grabación de un hospital. Una mujer enferma en una cama. Un chico que salía corriendo por el pasillo. —Se miró las manos—. Y era yo. Era mi madre. Lo habían sacado de mi propio implante para ver qué sentía. Me fui esa tarde y no volví.
Aoi no dijo nada durante un rato. Fuera llovía sobre los toldos de Kabukichō.
—Entonces esa cosa siente como tú —dijo al fin—. Le enseñaste tú.
—«Dicen que él nos enseñó» —repitió Kenji.
Aoi volvió a la pantalla. Bajó hasta el final del archivo del modelo, donde se guardan las anotaciones del sistema, la última línea que había escrito la máquina antes de que nadie la mirara. Era de esa misma noche. De hacía diez minutos.
«Esperando a K. Ishikawa. Sesión 1201».
Fin del Episodio 3 · de 8
La netrunner de los callejones
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