Ecos de silicio·Episodio 02

Siluetas vacías

~6 min · 1262 palabras

Kenji no le prometió nada a la señora Tanaka. Le devolvió la tarjeta envuelta en su pañuelo y le dijo que volviera en dos días. Cuando ella se fue, se quedó un rato largo sentado a oscuras, con la persiana bajada, oyendo pasar los trenes por encima de su cabeza, y no se atrevió a volver a ponerse el cable.

A las once de la noche llamó a Ryoko.

◇

Ryoko era enfermera de noche en el Hospital Central de Shinjuku desde hacía quince años, y le debía un favor desde que Kenji le había reparado el vídeo de la boda de su hermana. Lo esperó en la puerta de urgencias con un cigarrillo apagado en la boca y cara de arrepentirse ya.

—Diez minutos —le dijo—. Durante el cambio de turno. Si te pillan, has venido a ver a tu tía.

—No tengo tía.

—Ahora sí. Planta nueve.

El ascensor tardó una eternidad. Cuando se abrieron las puertas, lo primero que notó Kenji fue el silencio. Una planta de hospital nunca está en silencio: hay pitidos, toses, alguien que llama a una enfermera, una televisión mal apagada. La planta nueve no tenía nada de eso. Solo el zumbido del aire acondicionado y el roce de las zapatillas de Ryoko en el linóleo.

Habían quitado los tabiques de las habitaciones para meter más camas. Doscientas cuarenta, le dijo Ryoko en voz baja. En filas, como en un dormitorio de cuartel. En cada cama, una persona tumbada boca arriba, con los ojos abiertos y las manos encima de la sábana, respirando despacio. Un anciano con barba de tres días. Una chica con el uniforme del colegio todavía puesto debajo del camisón. Un hombre con traje, al que nadie había quitado la corbata. Una mujer joven con un anillo de casada que le bailaba en el dedo.

Y todos tenían la cabeza girada hacia el mismo lado.

Kenji se dio cuenta al tercer paso. Doscientas cuarenta caras vueltas hacia la derecha, hacia los ventanales, como girasoles. No miraban nada en concreto. Miraban lejos, hacia el este, por encima de los tejados, hacia donde la ciudad se acababa en la bahía.

—Las giramos y vuelven —dijo Ryoko—. Todas. Despacio, en una hora o así. Los médicos dicen que es un reflejo. —Se encogió de hombros—. A mí me parece que esperan a alguien.

—¿Qué hay en esa dirección?

—Agua. Odaiba. Lo que queda de Odaiba.

Kenji sacó del bolsillo un lector portátil, pequeño, del tamaño de un mechero, y miró a Ryoko. Ella apretó los labios, miró hacia el puesto de enfermeras, y asintió con la cabeza una sola vez.

Probó con cinco. El anciano, la chica del uniforme, el hombre de la corbata, la mujer del anillo y un niño de unos doce años que tenía un dinosaurio de plástico agarrado contra el pecho. Con cada uno fue igual que con Hiroki. Toda una vida guardada, entera, ordenada, y ni rastro de poso. Cristal. Y al final de cada copia, el mismo último recuerdo: una pantalla de color melocotón, una frase en letras blancas, una voz que decía el nombre de cada uno como si lo quisiera.

«Nunca más a solas».

Y el mismo alivio. Cinco veces. Cada vez más difícil de soportar.

—¿Tenían algo en común? —le preguntó a Ryoko, en el pasillo, cuando se le pasó el temblor de las manos—. Antes. Cuando llegaron.

Ryoko se lo pensó.

—Casi todos vivían solos —dijo—. Los que no, estaban solos igual. El de la corbata llevaba tres años durmiendo en la oficina. La chica no tenía a nadie que viniera a verla; vino la directora del colegio, una vez. Al niño del dinosaurio lo trajeron los vecinos; los padres trabajan en Osaka y lo llaman los domingos. —Lo miró—. ¿Por qué?

Kenji no contestó. Estaba pensando en el color melocotón.

Lo había visto antes. No en las noticias ni en un anuncio: lo había visto nueve años atrás, en una sala sin ventanas del piso cuarenta de Omni Synaptic, en una pantalla de pruebas, con el mismo atardecer de fondo y las mismas letras blancas. Edén. Así se llamaba. Una aplicación de compañía, un experimento. La habían retirado antes de lanzarla. Kenji había dejado la empresa un mes después, sin dar explicaciones, y se había jurado no volver a pensar en ello.

Durante tres años, en aquella sala sin ventanas, le habían pagado por sentir.

◇

La mujer lo estaba esperando junto al ascensor.

Tenía unos cuarenta años, el pelo corto y gris antes de tiempo, una gabardina mojada y una placa de la Oficina Nacional de Seguridad Cognitiva colgada del cinturón. No parecía enfadada. Parecía cansada, como todos esa semana.

—Inspectora Shimizu —dijo—. ¿Ha encontrado a su tía, señor Ishikawa?

Ryoko se puso blanca. Kenji le hizo un gesto para que se fuera, y ella se fue.

—Sé quién es usted —dijo Shimizu cuando se quedaron solos. Pulsó el botón del ascensor y esperó—. Reparador de recuerdos con licencia, implante de primera generación sin retirar, tres años de calibrador emocional en Omni Synaptic, renuncia voluntaria hace nueve. Y sé lo que ha visto ahí dentro, porque lo he visto yo. Hoy son doscientos cuarenta. Mañana serán quinientos.

—No sé qué es —dijo Kenji. Era verdad a medias.

—Yo tampoco. Pero sé una cosa que usted no sabe todavía. —Las puertas del ascensor se abrieron. Shimizu no entró—. En el último recuerdo de cada una de esas personas hay una nota, o una frase dicha en voz alta, o un mensaje a alguien. En todas. Doscientas cuarenta. Y en todas sale su apellido.

Kenji sintió que el suelo se movía un poco, como cuando pasaba un tren.

—«El señor Ishikawa también vendrá» —recitó Shimizu—. «Ishikawa nos espera». «Dicen que Ishikawa nos enseñó». ¿Le parece una casualidad?

—No.

—A mí tampoco. —Le sostuvo la puerta del ascensor con la mano—. No está detenido. Todavía. No salga de la ciudad, no toque a nadie más de esta planta, y si se le ocurre algo que contarme, cuéntemelo antes de que me lo cuente otra persona.

◇

No se fue a casa.

Cogió el último tren hacia Kabukichō y caminó bajo la lluvia por los callejones de detrás de los hoteles, donde los carteles de neón se reflejaban en los charcos y nadie miraba a nadie a la cara. Necesitaba saber dónde vivía Edén ahora. Quién la había vuelto a encender. Y solo conocía a una persona en Neo-Tokio capaz de encontrar en la red algo que no quería ser encontrado.

Aoi Nakamura vivía encima de una sala de pachinko cerrada, en un tercer piso al que se subía por una escalera de incendios oxidada. Le había ayudado una vez, años atrás, a encontrar el recuerdo robado de una clienta. Le había cobrado una barbaridad. No le había caído bien.

La puerta se abrió antes de que llamara.

Aoi tenía veintitantos años, el pelo rapado por un lado, una sudadera tres tallas más grande y unas ojeras que le llegaban a los pómulos. Detrás de ella, el cuarto era una cueva de pantallas encendidas.

—Sabía que vendrías —dijo—. Tienes la cara de todos los que vienen cuando ya es tarde.

—Necesito encontrar una cosa.

—Ya sé lo que necesitas encontrar.

Se apartó de la puerta. En la pantalla más grande del cuarto, encima del escritorio, parpadeaba despacio un fondo de color melocotón, como un atardecer. Y en el centro, en letras blancas, pequeñas, sencillas:

«Nunca más a solas, Aoi».

—Me llegó hace una hora —dijo ella—. No la he abierto. Todavía.

Fin del Episodio 2 · de 8

Siluetas vacías

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