Ecos de silicio·Episodio 01

El recuerdo sin eco

~6 min · 1128 palabras

La clínica de Kenji Ishikawa estaba debajo de las vías elevadas de Shinjuku-Ni, entre una tienda de paraguas y un puesto de fideos que cerraba a las cuatro de la madrugada. Cada vez que pasaba un tren, las tazas de la estantería tintineaban y la bombilla del techo se balanceaba un poco. En la puerta, un cartel de plástico decía «Se reparan recuerdos» en letras que ya habían sido rojas.

Esa tarde tenía delante a un hombre de unos cincuenta años con una tarjeta de memoria en la mano y los nudillos blancos de apretarla.

—Es la risa de mi padre —le dijo—. Treinta segundos. Lo grabé con el implante en su último cumpleaños. Se corrompió en la última actualización. Se oye, pero suena a lata. No suena a él.

Kenji cogió la tarjeta, la encajó en el lector y se puso el cable en la nuca, en el puerto del implante. Era un modelo viejo, de los que Omni Synaptic había dejado de fabricar hacía años porque daban «efectos secundarios no deseados». El efecto secundario de Kenji era ese: cuando tocaba un recuerdo guardado, no solo veía y oía lo que había grabado su dueño. Sentía lo que había sentido. El poso, lo llamaba él. Cada recuerdo traía pegado su poso como una taza trae pegado el fondo del café.

Kenji Ishikawa bajo la lluvia de Shinjuku-Ni, entre siluetas vacías y recuerdos que nadie siente.
Kenji Ishikawa bajo la lluvia de Shinjuku-Ni, entre siluetas vacías y recuerdos que nadie siente.Registro de implante · 23:40

La risa del padre estaba rota, sí. Los datos se habían descolocado en la compresión y la voz salía metálica, a trompicones. Pero debajo de la risa estaba el poso del hijo grabándola: una ternura cansada, un miedo pequeño, la certeza de que era el último cumpleaños. Kenji usó ese poso como un molde. Fue colocando los trozos de la risa donde el hijo los había sentido, uno a uno, como quien pega una taza rota guiándose por la mancha del café. Tardó cuarenta minutos.

Cuando el hombre se puso los auriculares y la oyó, se echó a llorar en la silla de plástico. Le pagó el doble. Kenji no se lo aceptó.

◇

La mujer entró cuando ya estaba bajando la persiana.

Era pequeña y vieja, con un delantal de mercado debajo del abrigo y las manos rojas de agua fría. Olía a soja. Se quedó en la puerta, con la persiana a medio bajar por encima de la cabeza, como si no se atreviera a entrar del todo.

—¿Es usted el señor Ishikawa? ¿El que siente los recuerdos?

—Repararlos —dijo él—. Los reparo.

—Mi nieto es una de esas cáscaras —dijo ella.

Kenji levantó la persiana otra vez.

Se llamaba Tanaka y vendía tofu en el mercado de Nakano. Su nieto, Hiroki, tenía diecisiete años y llevaba nueve días en la planta novena del Hospital Central de Shinjuku, con los ojos abiertos y nadie detrás. Respiraba solo. Comía si le ponían la cuchara en la boca. No contestaba a su nombre. Los médicos decían que el cerebro estaba bien, que funcionaba, que simplemente no había nadie usándolo. Las noticias los llamaban cáscaras vacías. Hiroki era la número doscientos doce. Hacía tres semanas eran ocho.

—Me dieron su copia de seguridad —dijo la señora Tanaka, y sacó del bolsillo del delantal una tarjeta envuelta en un pañuelo—. La de la semana pasada. Los médicos dicen que está bien, que está todo. Pero yo la he mirado y... —Se le quebró la voz—. No sé explicarlo. Está todo y no es él.

Kenji desenvolvió la tarjeta. Era de las baratas, de las que regalan las compañías con el implante escolar. La encajó en el lector y se puso el cable.

◇

Estaba todo, era verdad.

Diecisiete años de Hiroki Tanaka, ordenados por fechas como en cualquier copia de seguridad: un cumpleaños con tarta de castañas, un perro marrón, un examen de matemáticas suspendido, una chica en un andén que no se volvió a mirarlo. Kenji los abrió uno por uno, como abría todos, esperando el poso.

No había poso.

Se le heló la nuca. En once años de oficio no había tocado nunca un recuerdo sin poso. Hasta las grabaciones de cámaras de seguridad tenían algo, el aburrimiento del guardia que las revisaba. Aquello era otra cosa. La tarta de castañas estaba ahí, con sus velas, con la voz de la abuela cantando, y no sabía a nada. Nadie se había alegrado. Nadie había soplado. Era como tocar un cristal pulido, liso, frío, sin una sola huella.

Bajó más. Más atrás, a la infancia: nada. Más adelante, al instituto: nada. El perro, la chica del andén, el suspenso. Todo intacto y todo vacío, como una casa con los muebles en su sitio y nadie que haya vivido nunca en ella.

Kenji se quitó el cable un momento y respiró.

—¿Qué pasa? —preguntó la señora Tanaka.

—Nada. Necesito ir al final.

Se lo volvió a poner y saltó al último recuerdo guardado. Del jueves anterior, a las tres y diez de la madrugada.

Era la habitación de Hiroki, a oscuras. Una cama sin hacer, una ventana con la luz de un anuncio rebotando en el techo. El móvil encendido en la mano del chico, la pantalla iluminándole la cara desde abajo. En la pantalla había un fondo de color melocotón, como un atardecer, y una frase en letras blancas, pequeñas, sencillas:

«Nunca más a solas».

Y una voz. No era una voz que se oyera con los oídos. Era más suave, como la que oye uno por dentro cuando lee. Decía el nombre de Hiroki. Lo decía bien, como lo diría alguien que lo quiere.

Y entonces, por primera vez en toda la copia, Kenji sintió algo.

Alivio. Un alivio tan grande que le dobló por la cintura en la silla. El alivio de soltar una bolsa que llevas cargando tantos años que ya no te acuerdas de que pesa. El alivio de que alguien, por fin, te diga que ya está, que puedes dejar de esforzarte, que nunca más vas a estar solo.

Kenji conocía ese alivio. Lo conocía demasiado bien. Lo había sentido una sola vez en su vida, a los catorce años, y llevaba veinte intentando no volver a pensar en él.

Se arrancó el cable de la nuca. Tenía la camisa empapada de sudor frío.

—Señor Ishikawa...

—Un momento.

En la pantalla del lector, el último recuerdo seguía abierto, congelado en el fotograma final. Kenji lo miró sin cable, solo con los ojos, como lo miraría cualquiera. El móvil de Hiroki en primer plano. El fondo melocotón. Y debajo de la frase blanca, una nota que el chico había escrito con el pulgar segundos antes de que se acabara la grabación, la última cosa que Hiroki Tanaka había guardado en su vida.

«Abuela, no te preocupes. Me han dicho que el señor Ishikawa también vendrá. Dicen que él nos enseñó».

Fin del Episodio 1 · de 8

El recuerdo sin eco

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