Drácula·Episodio 01

Diario de Jonathan Harker · I

~9 min · 1852 palabras

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3 de mayo. Bistritz.—Salí de Múnich a las 8:35 p. m. el 1 de mayo, y llegué a Viena temprano a la mañana siguiente; debí haber llegado a las 6:46, pero el tren venía con una hora de retraso. Budapest parece un lugar maravilloso, por lo que pude vislumbrar desde el tren y lo poco que alcancé a caminar por sus calles. Temía alejarme demasiado de la estación, ya que habíamos llegado tarde y saldríamos lo más puntuales posible. La impresión que tuve fue la de estar dejando Occidente y adentrándome en Oriente; el más occidental de los espléndidos puentes sobre el Danubio, que aquí tiene una anchura y profundidad admirables, nos introdujo entre las tradiciones del dominio turco.

Salimos a una hora bastante razonable y llegamos ya entrada la noche a Klausenburgh. Aquí me detuve a pasar la noche en el Hotel Royale. Cené, o más bien tomé una especie de cena, un pollo preparado de algún modo con pimiento rojo, que estaba muy sabroso pero daba mucha sed. (Nota: pedir la receta a Mina.) Le pregunté al camarero y me dijo que se llamaba «paprika hendl», y que, al ser un plato nacional, podría encontrarlo en cualquier parte a lo largo de los Cárpatos. Mis rudimentos de alemán me resultaron muy útiles aquí; de verdad, no sé cómo habría podido apañármelas sin ellos.

Como disponía de algún tiempo libre cuando estuve en Londres, había visitado el Museo Británico y hecho indagaciones entre los libros y mapas de la biblioteca acerca de Transilvania; se me había ocurrido que tener un conocimiento previo del país difícilmente dejaría de ser importante al tratar con un noble de esas tierras. Veo que el distrito que indicó queda en el extremo oriental del país, justo en las fronteras de tres Estados, Transilvania, Moldavia y Bucovina, en pleno corazón de los montes Cárpatos; una de las regiones más salvajes y menos conocidas de Europa. No pude dar con ningún mapa o trabajo que indicara la localidad exacta del castillo de Drácula, ya que todavía no hay mapas de este país comparables a los nuestros de la Cartografía Oficial; pero descubrí que Bistritz, la localidad postal nombrada por el conde Drácula, es un sitio bastante conocido. Anotaré aquí algunas de mis notas, pues tal vez refresquen mi memoria cuando comente mis viajes con Mina.

En la población de Transilvania hay cuatro nacionalidades distintas: los sajones en el sur, y mezclados con ellos los valacos, que son los descendientes de los dacios; los magiares en el oeste, y los székelys en el este y el norte. Voy a reunirme con estos últimos, que afirman ser descendientes de Atila y los hunos. Puede que así sea, pues cuando los magiares conquistaron el país en el siglo XI encontraron a los hunos asentados en él. Leí que toda superstición conocida en el mundo se halla concentrada en la herradura de los Cárpatos, como si fuera el centro de una especie de remolino imaginativo; de ser así, mi estancia puede resultar muy interesante. (Nota: debo preguntarle al conde todo al respecto.)

No dormí bien, aunque mi cama era bastante cómoda, pues tuve toda clase de sueños extraños. Hubo un perro aullando toda la noche bajo mi ventana, lo cual tal vez tuvo algo que ver; o quizás fue el pimentón, ya que tuve que beberme toda el agua de mi jarra y seguía teniendo sed. Hacia la mañana me dormí y me despertó unos golpes continuos en la puerta, así que supongo que entonces ya estaría durmiendo profundamente. Tomé para el desayuno más paprika, y una especie de gachas de harina de maíz que decían que era «mamaliga», y berenjena rellena de carne picada, un plato excelente que llaman «impletata». (Nota: pedir la receta de esto también.) Tuve que apresurar el desayuno, porque el tren salía poco antes de las ocho, o más bien debió haberlo hecho, pues tras correr a la estación a las 7:30 tuve que sentarme en el carruaje durante más de una hora antes de que comenzáramos a movernos. Me parece que cuanto más al este se va, más impuntuales son los trenes. ¿Cómo serán en China?

Durante todo el día pareció que serpenteábamos perezosamente por un país lleno de belleza de toda clase. A veces veíamos pueblecitos o castillos en la cima de colinas escarpadas, como los que se ven en los misales antiguos; a veces pasábamos junto a ríos y arroyos que, por el amplio margen pedregoso a cada lado, parecían estar sujetos a grandes crecidas. Hace falta mucha agua, y corriendo con fuerza, para barrer los márgenes exteriores de un cauce. En cada estación había grupos de personas, a veces multitudes, y con atuendos de lo más variado. Algunos eran exactamente iguales a los campesinos de mi tierra o a los que vi al cruzar Francia y Alemania, con chaquetas cortas, sombreros redondos y pantalones caseros; pero otros eran muy pintorescos. Las mujeres parecían bonitas, a menos que uno se acercara mucho, pero eran muy toscas de cintura. Llevaban todas unas mangas blancas abullonadas de una u otra clase, y la mayoría lucía grandes cinturones con un montón de tiras de algo que colgaba como los vestidos de un ballet, aunque por supuesto debajo llevaban enaguas. Las figuras más extrañas que vimos fueron los eslovacos, que eran más bárbaros que el resto, con sus grandes sombreros vaqueros, enormes pantalones bombachos de un blanco sucio, camisas de lino blanco y enormes y pesados cinturones de cuero, de casi un pie de ancho, tachonados de clavos de latón. Llevaban botas altas, con los pantalones metidos dentro, y el pelo largo y negro junto con espesos bigotes negros. Son muy pintorescos, pero no tienen un aspecto atrayente. En un teatro serían catalogados de inmediato como alguna vieja banda oriental de bandidos. Sin embargo, según me dicen, son muy inofensivos y bastante carentes de amor propio natural.

Era el lado oscuro del crepúsculo cuando llegamos a Bistritz, que es un lugar antiguo muy interesante. Al hallarse prácticamente en la frontera —ya que el desfiladero de Borgo conduce desde allí a Bucovina—, ha tenido una existencia muy tormentosa y sin duda muestra las cicatrices de ello. Hace cincuenta años tuvo lugar una serie de grandes incendios que causaron estragos terribles en cinco ocasiones distintas. Justo a principios del siglo XVII sufrió un asedio de tres semanas y perdió 13 000 habitantes, a cuyas bajas propias de la guerra se sumaron el hambre y la enfermedad.

El conde Drácula me había indicado que fuera al hotel Golden Krone, el cual descubrí, para mi gran alegría, que era completamente antiguo, pues por supuesto quería ver todo lo posible de las costumbres del país. Evidentemente se me esperaba, porque al acercarme a la puerta me encontré con una mujer mayor de aspecto alegre con el vestido campesino habitual: ropa interior blanca con un delantal doble largo, delantero y trasero, de tela de color que se ajustaba casi con demasiada apretura para el decoro. Cuando me acerqué, hizo una reverencia y dijo: «¿El herr inglés?». —Sí —dije—, Jonathan Harker. Ella sonrió y le dio un recado a un hombre mayor en mangas de camisa blancas, que la había seguido hasta la puerta. Él se fue, pero regresó inmediatamente con una carta:

«Mi querido amigo.—Bienvenido a los Cárpatos. Le espero con impaciencia. Duerma bien esta noche. A las tres de mañana saldrá la diligencia hacia Bucovina; se le ha reservado una plaza en ella. En el desfiladero de Borgo mi carruaje le aguardará y le traerá hasta mí. Confío en que su viaje desde Londres haya sido feliz y que disfrute de su estancia en mi hermosa tierra.

«Su amigo,

«DRÁCULA».

4 de mayo.—Descubrí que mi anfitrión había recibido una carta del conde en la que le ordenaba asegurarme el mejor asiento en la diligencia; pero al hacerle preguntas sobre los detalles, se mostró un tanto reservado y fingió no entender mi alemán. Esto no podía ser verdad, porque hasta entonces lo había entendido a la perfección; al menos, había respondido a mis preguntas exactamente como si así fuera. Él y su mujer, la anciana que me había recibido, se miraron con una expresión asustada. Balbució que el dinero había sido enviado en una carta y que eso era todo lo que sabía. Cuando le pregunté si conocía al conde Drácula y podía decirme algo de su castillo, tanto él como su mujer se santiguaron y, diciendo que no sabían absolutamente nada, se negaron rotundamente a seguir hablando. Faltaba muy poco para la hora de salida, así que no tuve tiempo de preguntar a nadie más, pues todo aquello era muy misterioso y nada reconfortante.

Justo antes de marcharme, la anciana subió a mi habitación y dijo de un modo muy histérico:

—¿Tiene que irse? ¡Oh! Joven herr, ¿tiene que irse? Estaba en un estado de tal excitación que parecía haber perdido el dominio del alemán que sabía, mezclándolo todo con otra lengua que yo no conocía en absoluto. Solo pude seguirla haciéndole muchas preguntas. Cuando le dije que tenía que marcharme de inmediato y que iba ocupado en asuntos importantes, volvió a preguntar:

—¿Sabe qué día es? Contesté que era el cuatro de mayo. Ella sacudió la cabeza mientras decía de nuevo:

—¡Oh, sí! ¡Eso lo sé! ¡Sé eso, pero sabe qué día es? Ante mi respuesta de que no comprendía, continuó:

—Es la víspera de san Jorge. ¿No sabe que esta noche, cuando el reloj marque la medianoche, todas las fuerzas malignas del mundo tendrán plena libertad de acción? ¿Sabe a dónde va y a qué se enfrenta? Se hallaba en un desconsuelo tan evidente que intenté consolarla, pero sin resultado. Finalmente se arrodilló y me suplicó que no fuera; que al menos esperara un día o dos antes de partir. Todo aquello era de lo más ridículo, pero yo no me sentía tranquilo. Sin embargo, había asuntos que atender, y no podía permitir que nada interfiriera en ellos. Por tanto, intenté levantarla y le dije, con la mayor seriedad posible, que se lo agradecía, pero que mi deber era imperativo y tenía que marcharme. Entonces ella se levantó, se secó los ojos y, tomando un crucifijo del cuello, me lo ofreció. No supo qué hacer, pues, como miembro de la Iglesia anglicana, me han enseñado a considerar tales cosas hasta cierto punto idolátricas, y sin embargo parecía muy descortés rechazar a una anciana con tan buenas intenciones y en semejante estado de ánimo. Supongo que vio la duda en mi rostro, porque me puso el rosario al cuello y dijo: «Por el bien de su madre», y salió de la habitación. Estoy escribiendo esta parte del diario mientras espero la diligencia, que, por supuesto, va con retraso; y el crucifijo sigue en mi cuello. No sé si es el miedo de la anciana, o las numerosas tradiciones fantasmas de este lugar, o el crucifijo en sí, pero no tengo el ánimo tan tranquilo como de costumbre. Si este cuaderno llega alguna vez a manos de Mina antes que yo, que le lleve mi adiós. ¡Ya llega la diligencia!

Fin del Episodio 1 · de 80

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