El picado de la garganta ciega
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Julian no apartó los dedos. Maya sostuvo la mirada durante dos pulsaciones sordas, sintiendo el calor espeso que se desprendía de las escamas del animal como si hubieran encendido un brasero de hierro en mitad de una bodega de salitre. El reptil resopló, y una bocanada de azufre frío les barrió los tobillos con la lentitud de una marea sucia. Bajo las botas de ambos crujía la paja húmeda, mezclada con el unto de buey rancio que todavía les engrasaba los nudillos y que ninguna cantidad de arena fina lograría limpiar antes del mediodía.
—La hebilla de abajo está floja —dijo ella, con una sequedad que pretendía ser profesional y no logró ser más que cansancio.
—No está floja. Cede porque el cuero tiene quince años, Soler.
—Pues apriétala antes de que Ordoño baje a cobrarnos los cuartos.
Julian tiró del correaje con un bufido seco. El cuero viejo crujió como huesos doblándose contra su voluntad. Una astilla de pino se le había clavado bajo la uña del pulgar derecho durante la brega en los establos, pero no intentó quitársela; se limitó a apoyar la palma tiznada sobre el costillar del reptil, dejando una marca opaca sobre la humedad terrosa de las escamas.
Dolió, pero no dijo nada.
Arriba, los portones de hierro que daban a la rampa de despegue rechinaron sobre sus goznes sin engrasar. El instructor Ordoño no se tomó la molestia de bajar las escaleras de caracol; se quedó en el descansillo de mampostería, envuelto en un capote pardo deshilachado por el cuello y mascando una hebra de corteza amarga que le teñía las comisuras de los labios de un gris ceniciento. El hombre observaba el foso con la paciencia mineral de quien ha visto a cuarenta promociones romperse los dientes contra el Desfiladero de las Grajas y ha olvidado ya los nombres de casi todas.
—Seis y dos minutos —anunció Ordoño desde la barandilla de hierro forjado, con una voz que rebotó en la bóveda con el peso hueco de una sentencia menor—. A las seis y cinco suelto el cerrojo de contrapeso. Si el bicho sigue rumiando paja cuando caiga el hierro, la intendencia os descuenta el arnés doble y dos semanas de rancho a partes iguales.
—Vamos —dijo Maya.
Sacó del bolsillo del jubón dos trozos de corteza amarga, arrugados y tiesos por la escarcha, y le tendió uno a Julian sin mirarle a la cara. El cadete lo tomó al vuelo con un gesto seco de los dedos negros de grasa. La resina les durmió la punta de la lengua casi al instante, convirtiendo la saliva en una pasta plomiza que ninguno de los dos se molestó en escupir. Empujaron al ceniciento por el pasadizo en pendiente hacia la luz lechosa del exterior. El reptil avanzaba a trompicones pesados, perezoso y terco, como si no fuera una montura de guerra sino un mueble monumental que dos sirvientes torpes intentaran mudar por una escalera estrecha.
La rampa este no era más que una lengua de pizarra volada sobre el abismo, una repisa tallada a pico y pala un siglo atrás donde el agua del deshielo había labrado canales diminutos que ahora brillaban como agujas bajo una costra traicionera de hielo fino. Más allá del borde no había paisaje: solo una niebla densa, blanca y estancada sobre la garganta ciega, como si el mundo se hubiera terminado justo al final de la piedra y los constructores de la fortaleza hubieran dejado el vacío sin terminar por falta de presupuesto.
Montaron.
El arnés doble era un artefacto tosco, diseñado en los años de la guerra septentrional por algún talabartero que detestaba la piedad con la misma devoción con que veneraba los remaches de bronce. Maya ocupó la posición delantera, encajando los muslos en las guardas de cuero endurecido; Julian se acomodó a su espalda, tan pegado a sus omóplatos que el arnés de pecho de él chocaba contra el anclaje dorsal de ella cada vez que la bestia tomaba aire. El mosquetón de seguridad de Julian —una pieza maciza de hierro forjado con tres estrías limadas a mano en el cierre— chasqueó con un golpe sordo al engancharse a la anilla de cáñamo alquitranado.
—Tienes el pie torcido en el estribo izquierdo —murmuró Julian contra la nuca de Maya, con la respiración entrecortada.
—Sé perfectamente cómo pongo los pies, Vane.
—Se te va a trabar el talón si viramos a sotavento.
—Si viramos a sotavento será porque tú te has empeñado en tirar de la brida corta antes de tiempo. Cierra la boca y respira hondo.
Julian no respondió. Se encogió dentro del cuello del jubón de lana basta, donde el vaho que expulsaba a borbotones ya empezaba a apelmazarse en cristales blancos sobre la tela áspera.
Ordoño bajó la palanca de desenganche con un golpe deliberado de su bota claveteada. No hubo toque de corneta ni arenga. Los manuales imperiales de la academia hablaban de juramentos sagrados y de la gloria del estandarte, pero la realidad de las cumbres siempre olía a manteca rancia, a correajes mohosos y a la indiferencia de los oficiales veteranos que solo pensaban en volver a la lumbre de la guardia antes de que se enfriara el caldero de habas.
El cerrojo cae. El contrapeso de granito se desploma en su pozo con un silbido estridente de cadenas herrumbrosas y la cancela de salida se abre de golpe hacia la niebla.
El ceniciento se lanza. No ruge ni busca impulso: simplemente embiste el aire con la furia ciega de una máquina de asedio desbocada. Las cuatro garras traseras patinan sobre la pizarra congelada con un chirrido que taladra los tímpanos. El hielo superficial estalla en esquirlas. Las lajas milenarias se astillan en pedazos afilados que repiquetean como metralla contra las grebas de cuero y vuelan hacia el vacío. El reptil da dos zancadas violentas y asimétricas buscando agarre en la roca viva, y de pronto la solidez de la rampa desaparece bajo su vientre escamado.
Caen.
El aire les arrebata el aliento en un zarpazo de hielo puro. Entran en la niebla como quien se arroja vestido a un pozo de cal blanca. La visibilidad desaparece por completo: no queda más que la cresta dorsal de la bestia, que despide un calor denso como el de una estufa de fundición, y la bruma que se desgarra a dos palmos de sus ojos. No hay cielo, ni fondo, ni noción de horizonte; solo un aullido ensordecedor que se cuela por las costuras del cuero y hiela el sudor en las sienes en cuestión de segundos.
Maya tira de la brida derecha para abrir la envergadura y frenar el descenso, pero el animal se sacude con un espasmo torpe. A su espalda, el corazón de Julian galopa con un ritmo desbocado, caótico, mientras el de ella intenta sostener una cadencia larga y pesada. La desalineación baja como una descarga eléctrica por los cinchos de cuero de ballena: el ala izquierda del dragón titubea, se pliega en un ángulo muerto con un chasquido sordo y la bestia entra de inmediato en una barrena vertical, girando sobre sí misma hacia las paredes invisibles del abismo.
—¡Sigue mi pulso! —grita Maya, tragándose una ráfaga de niebla que le abrasa la garganta como vidrio molido.
—¡Vas demasiado larga de rienda! —le devuelve Julian con la voz rota por el viento—. ¡Nos estás metiendo de cabeza contra la pared de pizarra!
—¡Suelta la traba auxiliar o nos estrellamos!
—¡Si suelto la traba perdemos la cola, idiota!
El ceniciento desciende en un picado incontrolable, dando bandazos que hacen rechinar los remaches del correaje contra las costillas de ambos jinetes. El viento huracanado les deforma las facciones y el vaho congelado se acumula en las pestañas hasta cegarlos a medias. Una pared colosal de granito negro y líquenes fosilizados emerge de golpe entre la niebla: la roca pasa rozando el borde de la membrana izquierda a menos de tres varas de distancia, desprendiendo cascotes y un olor acre a piedra machacada.
Maya clava los talones en los estribos dobles y echa todo el peso de su torso hacia atrás, estampándose contra el esternón de Julian con una violencia desesperada. El impacto le saca el aire de los pulmones a él y cruje contra el hierro de las hebillas.
—¡O metes el peso conmigo o nos rompemos los dientes contra la pared! —le grita Maya contra el pecho, con la mandíbula agarrotada y tragándose el viento helado.
Julian duda una fracción de segundo, pero cede. Afloja la rigidez de los hombros, encaja el ritmo de sus pulmones en el fuelle de la respiración de Maya y tira al unísono de la segunda brida. El ceniciento responde: la arritmia de su musculatura dorsal se aquieta, el ala izquierda se despliega con un chasquido de tendones templados y la bestia corta la niebla en un arco tenso, estabilizando el planeo a ras de las corrientes térmicas que rugen en el fondo de la garganta ciega.
Durante unos segundos, la calma parece imponerse al desastre. Solo se escucha el batir pesado de las membranas contra la masa de aire húmedo y el resoplido regular del reptil, que expulsa azufre caliente envolviéndoles las piernas entumecidas.
Maya suelta el aire despacio, sintiendo la saliva plomiza en el paladar.
—Ves cómo—
Una cizalladura térmica los golpea desde el fondo de la fosa sin el menor aviso.
Es un latigazo vertical y seco, como si una maza colosal hubiera golpeado el vientre del animal desde las profundidades del desfiladero. El ceniciento se encabrita en un ángulo imposible de noventa grados. El arnés doble se retuerce sobre el lomo escamado, chirriando en cada costura.
El mosquetón de seguridad de Julian recibe toda la violencia del giro. La pieza de hierro forjado, castigada por quince años de salitre y fatiga de campamento, cede con un estallido metálico que suena idéntico al disparo seco de una ballesta.
Julian sale despedido hacia el vacío.
La mano de Maya, guiada por un reflejo ciego antes de que la cabeza pueda procesar el quiebro, sale disparada hacia atrás y atrapa el cáñamo deshilachado que cuelga del anclaje auxiliar en el momento exacto en que la bota de Julian resbala del estribo. El tirón es brutal: los tendones de su hombro crujen y la cuerda áspera le muerde la piel a través del jubón empapado.
Julian queda colgando en la nada, suspendido sobre tres mil pies de niebla y peñascos invisibles. El viento sacude su cuerpo con violencia, mientras el peso muerto del cadete arrastra a Maya de costado contra el borde de la montura. Ella aprieta los dientes, con el antebrazo completamente entumecido por la escarcha y los músculos ardiendo en espasmos, sujetando la cuerda con los nudillos blancos sin saber si la próxima ráfaga terminará por arrancarle el brazo o despeñarlos a los dos hacia el fondo de las rocas.
Fin del Episodio 3 · de 4
El picado de la garganta ciega
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