Un solo pulso en la tormenta
~8 min · 1552 palabras
Maya tira con el cuerpo entero. La cuerda de cáñamo crudo resbala y se clava contra el cuero cuarteado de los guantes. Huele a la grasa de buey rancia que dieron de mala gana a los cinchos antes del alba y al tufo sulfuroso, frío y metálico, que el reptil expulsa por los ollares cada vez que pierde sustentación en el vacío.
El ala izquierda flamea. Se pliega a medias, torpe y desacompasada, como una vela a la que se le rompiera la driza mayor en mitad de una tormenta de aguanieve.
—¡Julian! —grita ella, aunque el vendaval de la garganta le mete las palabras de vuelta en la garganta.
Julian no responde con frases enteras. Da un tirón ciego hacia arriba. Tiene el rostro manchado de aguanieve sucia; la corteza amarga que masca para no vaciarse la cabeza le mancha las comisuras de los labios de un pardo renegrido. Patea el aire buscando un punto de apoyo que no existe sobre tres mil pies de aire helado. El mosquetón quebrado, con sus tres estrías limadas a mano golpeando en falso contra el arnés de pecho, tintinea con un chasquido histérico a cada convulsión del descenso.
—El estribo —dice él, o más bien lo escupe entre dientes—. ¡Baja el estribo, Soler!
Maya no piensa.
Desliza la bota izquierda medio palmo hacia el flanco ardiente del animal. El lomo del ceniciento hierve bajo la aspereza de sus escamas terrosas, una mole húmeda que desprende un vaho caliente como una plancha de herrería abandonada en la nieve, en contraste salvaje con el frío que le cuaja a ella las pestañas y le endurece el cuello del jubón de lana basta. Maya destraba la correa con el talón y empuja el lazo de cuero hacia el abismo.
Julian lo atrapa al vuelo con la diestra —la misma mano que arrastra esa astilla de pino bajo la uña del pulgar desde la madrugada— y trepa a pulso limpio, jadeando con la furia sorda de quien se niega a engordar el inventario de bajas del claustro. Sube a trompicones, sin la menor sombra de la postura gallarda que mandan las láminas del mariscal Gault, reptando sobre el espinazo hasta encajar las rodillas con un golpe seco detrás de ella.
El dragón cabecea.
La montaña se les echa encima. Las lajas de pizarra de las paredes de la garganta ciega pasan a menos de diez varas, grises, pulidas por siglos de ventiscas y chorreando carámbanos que estallan con un zumbido seco al paso de las alas.
—Respira —dice Julian contra su nuca.
Su aliento es un golpe tibio de resina mascada y fatiga.
—Cállate y agarra la traba izquierda —replica ella, aunque le tiemblan las muñecas con una vibración que no logra apagar.
—Si no entramos juntos, esa membrana no abre, Maya. Nos estampamos contra el pretil bajo.
Tenía razón, por supuesto —los cronistas de la academia siempre omiten en sus pergaminos la mezquina humillación de depender por completo de la persona a la que juraste superar en el escalafón—. Durante tres años se habían disputado cada décima de la lista con miradas torvas en el comedor y empujones disimulados en la armería; ahora, el peso de Julian contra sus omóplatos era la única ancla que impedía que la gravedad borrara sus nombres de la pizarra.
El ala izquierda sigue muerta, arrastrada por el torbellino de la cola, y el cielo da una vuelta de campana hacia el gris de las rocas.
—Tres —cuenta Maya en voz alta.
—Dos —sigue él.
Cierran la distancia. El pecho de Julian presiona la espalda de Maya a través de las capas de paño basto y cuero engrasado. Ella aguanta el aire, fija la mirada en el anillo de ajuste de la correa y espera a que el compás de respiración de Julian coincida con el suyo.
Es un segundo idiota, casi ridículo.
Inhalan.
El aire entra cortante, como si tragaran esquirlas de vidrio molido en una taberna de paso.
Y jalan al unísono de la traba de cuero que comanda la membrana.
Un chasquido tremendo restalla en el desfiladero, idéntico al estampido de un fardo de lienzos que se desgarra al caer de una carreta. El ala izquierda se extiende de golpe, tensando las costillas cartilaginosas. El reptil se arquea, frena la caída libre con una sacudida que hace crujir cada unión del arnés y remonta el abismo a escasos metros del pedregal del fondo.
Una bandada de grajas negras revuelve la niebla a su alrededor, chillando y dispersándose en la penumbra del fondo de la garganta.
Maya suelta el aire despacio. Las pestañas le pesan, cuajadas de gotas microscópicas que se han vuelto escarcha dura.
—Eso estuvo... —empieza Julian, pero la frase se le deshilacha en una tos seca.
—Ni una palabra —corta ella, enderezando la montura hacia la abertura que da al patio de armas.
—Solo iba a decir que la hebilla de tu jubón me ha dejado un moratón en las costillas.
—Te lo mereces.
—Probablemente.
El silencio de las alturas no se parece al silencio de las habitaciones cerradas. En las alturas, como bien sabían los escribas viejos que pasaban la vida anotando muertes en registros que nadie volvía a abrir, el silencio no es la ausencia de sonido, sino el zumbido constante del viento que borra cualquier pensamiento que no sirva para seguir vivo cinco minutos más.
Volaban ahora en un planeo largo y tenso sobre el valle de las Agujas. El reptil mantenía las alas fijas, planeando sobre las corrientes térmicas que subían de las calderas de los hornos de la fortaleza. Su lomo, caliente y terroso, subía y bajaba con un compás que ya no amenazaba con volcarlos.
Maya miró hacia abajo. Las murallas de la Academia no eran más grandes que el dibujo minucioso de una fortificación en el margen de un códice de instrucción: muros grises manchados de salitre, tejas oscuras y el patio principal cubierto por una costra pálida de hielo matinal.
En los barracones, las cuadrillas estarían partiendo el pan duro con las manos y maldiciendo la leña húmeda. Era una certeza banal, pero la devolvía a la tierra con más fuerza que cualquier maniobra.
Ganar ya no consistía en llegar antes que nadie, sino en tocar tierra sin haber dejado caer a quien venía contigo.
El mariscal Gault había llenado volúmenes enteros con sesudas teorías sobre la gloria individual y la supremacía de la línea de frente, pero Gault no había tenido que sostener a un rival colgando de tres dedos sobre un mar de rocas puntiagudas mientras su montura se iba de costado. Las derrotas de los hombres no suelen registrarse por sus causas verdaderas; se anotan con tinta de agallas sobre vitela limpia: rotura de cabo, fallo de estribo, pérdida de altura. Nada se dice de la madera podrida de los agarres, ni del frío en los nudillos, ni de la estupidez de pretender volar en solitario cuando la cuerda mide apenas dos palmos.
—Estamos perdiendo sustentación a estribor —dijo Julian detrás de ella, con tono calmo, casi burocrático, mientras se recolocaba el cuello del jubón para frenar el aire helado.
—Lo sé. Apoya peso en el estribo derecho. Despacio.
Julian obedeció sin discutir. Era un milagro mayor que el despegue mismo.
—La entrada va a ser sucia —murmuró él—. Hay escarcha en la rampa de guardia.
—Sujétate a mi cinturón. Y no me tires del arnés de nuevo o te arrojo al foso yo misma.
—Tomo nota.
El descenso final es un relámpago de piedra y nieve.
Bajan en picado hacia el pretil norte del patio de armas. El reptil ceniciento repliega las membranas a cincuenta varas del suelo, convirtiéndose en un dardo pesado que corta la bruma.
Abajo, la silueta solitaria del instructor Ordoño destaca junto al muro de pizarra, inmóvil como una gárgola de intendencia con su capote de fieltro pardo cruzado sobre el pecho. No levanta los brazos. No da señales de guía. Solo mira, con la mandíbula trabajando perezosa sobre su habitual trozo de corteza.
El suelo sube a su encuentro a una velocidad enloquecida.
—¡Ahora! —grita Maya.
Las cuatro garras traseras de la bestia impactan contra las lajas de pizarra congelada. El sonido es un crujido seco y cortante, una detonación de piedra astillándose que hace saltar fragmentos negros y chispas frías en todas direcciones.
El reptil no frena: derrapa de lado, con el vientre aplanado contra el suelo empedrado, levantando una polvareda de nieve vieja y barro podrido. El chirrido del hueso y las garras contra la roca reverbera en las galerías desiertas del claustro.
Julian se aferra a la cincha delantera con los nudillos blancos. Maya hunde los talones en las trabas de cuero, aguantando el embate centrífugo que amenaza con arrancarlos de la montura y lanzarlos contra la baranda exterior.
El reptil frena en seco contra el pretil del patio de armas con un chirrido de piedra que resuena en las arcadas. Al fondo, junto al muro, el instructor Ordoño pasa una bayeta húmeda sobre la pizarra y borra dos nombres sin mirarlos. Julian descabalga primero, tambaleándose apenas sobre los adoquines cubiertos de hielo, y le extiende a Maya su petaca de latón todavía tibia.
—Quedamos cuatro en la lista —dice él—. Bebe antes de que se entere de que seguimos enteros.
Fin del Episodio 4 · de 4
Un solo pulso en la tormenta
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