Grasa de buey y cinchas cruzadas
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A las cuatro de la madrugada, los establos subterráneos no pertenecían a los hombres ni a las crónicas gloriosas, sino a la condensación del agua sobre la piedra y al hedor espeso de la manteca animal. Era un aire pesado, casi masticable, donde el sebo rancio de buey —hervido semanas atrás en cubas de cobre para impermeabilizar los correajes— se mezclaba con el aliento a piedra quemada y azufre frío que subía desde los respiraderos de los fosos.
Julian Vane estaba sentado sobre una banqueta coja de abeto, intentando pasar una lezna de zapatero a través de una cincha que parecía tener la consistencia del roble fosilizado.
Tenía las puntas de los dedos negras de tinta vieja —un residuo terco de los exámenes de balística que ni el jabón de ceniza lograba borrar— y la respiración le salía en bocanadas blancas que se disolvían contra el farol de latón.
Maya Soler empujó el portón de tablas carcomidas con la cadera. Llevaba en brazos un caldero abollado con grasa tibia y dos estropajos de esparto que olían a humedad de bodega.
—Llegas tarde —dijo Julian sin levantar la vista del cuero.
—El encargado de intendencia estaba borracho y la puerta del almacén tenía el cerrojo echado. Podrías haber venido a ayudar en vez de quedarte aquí mirándote las uñas.
—Alguien tenía que separar las hebillas de hierro de las de bronce antes de que la herrumbre las soldara para siempre. De nada.
Maya dejó caer el caldero sobre el suelo de lajas con un golpe sordo. Una salpicadura pardusca manchó la puntera de la bota de Julian.
Él la miró.
Ella no pidió disculpas.
—El arnés tiene quince años —dijo Maya, arrodillándose junto al fardo de cuero que Ordoño había dejado caer la tarde anterior como quien arroja un perro muerto al zaguán—. Si tiramos con fuerza de la cincha del pecho, se va a quebrar como una corteza de pino.
—No si la empapas en grasa antes de tensar.
—Si la empapo en grasa resbalará sobre las argollas en cuanto el animal cabecee.
—No resbala —rebatió Julian, y su voz adquirió ese tono medido, exasperantemente pulcro, con el que solía recitar los manuales de maniobra—. El cuero de buey absorbe el sebo hasta el núcleo. Pierde fricción en la superficie durante media hora y luego recupera el agarre. Está en el tratado del mariscal Gault.
—Gault montaba caballos percherones en el valle, Vane. No bestias de tres toneladas que sudan vapor hirviendo.
Julian tiró de la correa con un chasquido seco. El cuero viejo crujió como si alguien partiera un puñado de ramas secas en el fondo de una cueva.
—¿Tienes el trapo o vas a seguir dando conferencias?
Maya le arrojó el pedazo de esparto más deshilachado. Julian lo atrapó en el aire, frunció el ceño ante la pringue amarillenta que le cubrió la palma de la mano y, sin decir palabra, comenzó a frotar la pechera del correaje doble con movimientos circulares y metódicos. Había una torpeza evidente en sus muñecas, desacostumbradas al trabajo de cuadra; Julian pertenecía a las salas de mapas con braseros de carbón y pupitres de caoba, donde los errores se borraban con raspador de asta y las manos olían a limón seco.
Maya, en cambio, hundió los dedos desnudos directamente en el caldero. La grasa estaba tibia, viscosa y olía a matadero, pero no vaciló al extenderla sobre las costuras gruesas, buscando con el pulgar las grietas donde el tiempo había debilitado el cáñamo.
Trabajaron diez minutos sin hablar.
El único sonido era el frotar áspero del esparto, el goteo rítmico de una filtración de agua en la pared norte y, de vez en cuando, el rumor profundo que llegaba desde el box del fondo: una exhalación pesada, densa, que hacía vibrar las tablas del tabique como si un fuelle de fragua respirara bajo tierra.
—Tu padre sigue mandando cartas al rector —soltó Maya de pronto, con la vista fija en una hebilla de doble púa.
Julian detuvo el trapo. La miró de reojo.
—Mi padre escribe cartas a todo el mundo. Es diplomático. Es lo que hace la gente cuando no sabe usar las manos.
—Dicen que pidió que revisaran el cómputo de las décimas.
—Mi padre puede pedir la luna en un plato de plata si le place. El rector le contestó que las marcas de tiza en la pizarra no se borran por decreto ministerial.
Maya tiró de una de las correas cruzadas con más fuerza de la necesaria.
—Habríamos evitado esto si hubieras errado la última pregunta sobre la densidad del aire en las cumbres.
—Habrías tenido el primer puesto sola —concedió Julian, volviendo al frotado—. Pero la respuesta era tres cuartos de atmósfera a cuatro mil varas. No iba a mentir solo para hacerte la vida más sencilla.
—Siempre tan considerado.
—Es una maldición familiar.
Una sombra larga y quebrada cayó sobre ellos desde el corredor de acceso. La luz de una tea osciló contra el techo abovedado, proyectando figuras grotescas sobre los muros de sillar.
El instructor Ordoño se detuvo al borde del foso, apoyado en su vara de fresno como un pastor que vigila ovejas tercas. Llevaba el capote de paño pardo sin abotonar y un jarro de hojalata humeante en la mano izquierda. No parecía haber dormido; en realidad, nadie en la academia recordaba haber visto jamás a Ordoño con los ojos del todo cerrados.
—A las seis tienen que probarlo sobre la bestia —dijo con esa voz arenosa que sonaba a guijarros rodando por un torrente—. Si el arnés cede en la rampa, no me molestaré en recoger los pedazos. La intendencia cobra cinco reales por cada hebilla perdida.
—El cuero está rígido en los pasadores, instructor —señaló Julian, poniéndose en pie con cierta rigidez marcial—. Necesitará al menos dos días de aceite de pata de buey antes de admitir tensión de vuelo.
Ordoño dio un sorbo a su jarro, chasqueó la lengua y escupió una brizna de infusión al suelo.
—Nadie aprende a ceder con discursos solemnes; se aprende compartiendo un trapo mugriento con quien juraste odiar.
Dio media vuelta sin esperar réplica. Sus pasos de bota herrada resonaron por el pasillo de piedra hasta perderse en el patio superior.
Silencio.
Julian miró el trapo pringoso que sostenía en la mano derecha, luego miró a Maya, que seguía arrodillada sobre la paja sucia con las mangas del jubón arremangadas hasta los codos.
—Es un hombre encantador —murmuró él.
—Cállate y toma la otra punta.
El interior del box era más amplio que las celdas comunes, pero la presencia del reptil ceniciento lo reducía a un callejón sin salida. La bestia yacía sobre un lecho de grava volcánica y ceniza prensada, con la cola replegada contra los costados como un cabo de amarra grueso y nudoso.
No dormía.
Los ojos del dragón —dos hendiduras de un amarillo apagado, como monedas de cobre enterradas en barro— siguieron a los dos cadetes desde el momento en que descorrieron el cerrojo de hierro. De sus ollares brotaba un vaho tibio, cargado de un olor mineral punzante que recordaba al pedernal recién golpeado.
—Entra tú primero —dijo Maya en voz baja, sosteniendo el fardo del arnés doble sobre los hombros.
—¿Por qué yo?
—Porque tienes noventa y cuatro enteros con cinco décimas. Haz valer la teoría.
—La teoría dice que las hembras cenicientas atacan primero al que muestra el perfil izquierdo. Camina tú.
Maya soltó un bufido que condensó el frío entre ambos y dio el primer paso. El suelo de lajas heladas crujió bajo sus suelas. El reptil no se levantó, pero sus escamas dorsales, húmedas por la niebla que se colaba por los tragaluces altos, se erizaron con un roce seco, metálico, semejante al arrastre de cotas de malla en un baúl de campaña.
Al acercarse, el frío de la madrugada retrocedió de golpe. La bestia desprendía un calor denso y sordo, similar al que irradia una estufa de fundición horas después de que se hayan consumido los leños.
—Pasa la cincha inferior por debajo del esternón —susurró Julian, situándose al otro flanco del reptil—. Yo recogeré la anilla desde este lado.
Maya se inclinó, esquivando una pata delantera cuyas garras se aferraban a las grietas de la piedra con una fuerza ciega. El aire alrededor del costado del animal quemaba ligeramente en los labios; el vaho que salía de la boca de Maya subía en espirales rápidas y se congelaba de inmediato en sus pestañas y en el cuello áspero de su jubón.
—No alcanzo —masculló ella, estirando el brazo entre los pliegues de la piel coriácea—. El correaje es demasiado corto o la bestia ha engordado desde que archivaron este trasto.
—Pásamela por debajo del pliegue del ala. Ahí la holgura es mayor.
—Si toco el nacimiento del ala va a sacudir la quilla, Vane. Nos va a aplastar contra la pared.
—Pásala.
El reptil emitió un gruñido bajo, un retumbo cavernoso que no nació en su garganta sino en el fondo de sus costillas. Movió la cabeza, pesada como un bloque de granito mal tallado.
Con un movimiento torpe y pesado, la bestia empujó con la masa roma de su hocico el hombro de Julian. No fue un ataque; fue un empellón ciego, como el de un buey viejo que se sacude un tábano en el establo.
Julian perdió el equilibrio sobre la grava suelta y tropezó de lado, cayendo de golpe contra el costado de Maya. Sus costillas chocaron contra el hombro de ella con un golpe seco que le arrancó el aire.
—¡Cuidado! —protestó Maya entre dientes, tratando de no perder pie.
Antes de que pudieran separarse, el morro del animal volvió a presionar, encajonándolos contra las vigas maestras del tabique de abeto, cerrando el espacio hasta no dejar entre ellos más que una rendija de aire viciado. En medio del forcejeo por no caer bajo las patas de la bestia, las manos de ambos se cerraron sobre la misma correa: un tramo grueso de cuero impregnado de sebo rancio y orlado por una hebilla de bronce verdoso.
Julian vaciló.
La piel de los dedos de Maya estaba helada y cubierta de grasa grisácea; la de él ardía por el esfuerzo de sostener el peso conjunto. Sus nudillos quedaron trabados sobre la cincha tensa.
Afuera, la campana de la torre mayor tocó el primer toque de maitines, llamando a la oración que ninguno de los dos pensaba rezar.
Julian apretó los dedos sobre el cuero húmedo, clavando las uñas en el borde reseco de la cincha, y no retiró la mano.
Fin del Episodio 2 · de 4
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