La pizarra y el segundo puesto
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El tablón de pino albar colgaba del muro este del claustro desde hacía tanto tiempo que las galerías de carcoma en su borde inferior formaban un mapa minucioso de derrotas olvidadas. Había sobrevivido a tres inundaciones del río bajo y a dos maestres de armas que juraron modernizar la escuela, pero la madera seguía allí, combada por la humedad de las cumbres y sujeta por dos clavos de forja que lloraban óxido cada vez que llovía hacia el norte. En la última línea trazada con tiza de yeso, el trazo firme del escribano no dejaba margen para la piedad: Julian Vane, noventa y cuatro enteros con cinco décimas; Maya Soler, noventa y cuatro enteros justos.
Medio punto.
Maya se frotó el índice de la mano diestra contra el muslo de su pantalón de instrucción. Tenía manchas de tinta en las cutículas que no se quitaban ni raspando con arena de río, herencia de la guardia de medianoche en la que había transcrito cuatro legajos de cartografía solo para mantener los ojos abiertos. El segundo lugar no es una derrota limpia; es un recordatorio constante de que alguien respira el aire exacto que tú querías.
—Si miras la madera con tanta saña, vas a terminar por encenderla —dijo Julian a su espalda, con ese tono que sonaba a patio de armas y a ropa limpia tendida en un huerto al mediodía.
Ella no se giró de inmediato. Prefirió contemplar la mota de polvo que caía despacio entre la cifra del noventa y cuatro y el marco desportillado.
—Huele a sebo rancio —contestó Maya.
—Es la avena del desayuno. La cocinera insiste en que la grasa de ternera conserva el calor en las tripas hasta la campana mayor. A mí me parece que sabe a bota vieja hervida.
—Hablo del tablón, Julian.
—Ah. El tablón huele a muerto, como siempre. ¿Te sobró pan?
Maya metió la mano en la faltriquera de su jubón y sacó un mendrugo duro como un canto rodado, partido de mala manera con los nudillos porque en la mesa nadie había encontrado el cuchillo de cortar la hogaza. Se lo tendió sin mirarlo. Julian lo aceptó con una reverencia corta, ceremoniosa, que resultaba ridícula en un muchacho con las rodilleras deshilachadas y una brizna de paja seca enganchada en la trenza del pelo.
—Tu generosidad entrará en las crónicas, Soler.
—Cállate y mastica.
Eran los inventarios de las cosas perdidas lo que a ella le pesaba en las corvas —la corrección de tiro con viento cruzado en el desfiladero de las Grajas donde erró por dos pulgadas; la declinación magnética en las tablas de mareas que él memorizó una noche antes; la carrera de fondo sobre la pedriza en la que ella resbaló con una raíz de aliso—. Medio punto repartido en seis meses de madrugadas grises. Julian comía el pan con una calma ofensiva, apoyando la espalda en la sillería de granito donde siglos de novicios habían frotado los hombros hasta dejar la roca suave como el lomo de una trucha.
—Ordoño ha bajado a las jaulas con tres cubos de grasa —comentó Julian con la boca medio llena—. Si nos toca el ceniciento, vas a desear haber quedado tercera. Los terceros al menos van a los lagartos de carga, que no intentan arrancarte las muelas para comprobar si son de plata.
—El ceniciento no va a vincular con ninguno de los dos —dijo ella, aunque los dedos se le cerraron sobre el cinturón de cuero viejo, que crujió como huesos secos al doblarse—. Ese bicho lleva dos levas comiendo carneros enteros y escupiendo las correas. No quiere jinetes. Quiere que lo dejen dormir.
—Todos queremos que nos dejen dormir, Maya. Pero aquí estamos.
El foso de vinculación se abría al vacío como una herida en la cornisa del risco, pavimentado con grandes lajas de pizarra gris que el hielo de la madrugada había vuelto resbaladizas y traicioneras. El agua de las nieves perpetuas bajaba por la pared del fondo a través de canales diminutos que el tiempo había labrado pacientemente en la peña viva, murmurando con un rumor seco, casi metálico. El aire allí olía a piedra empapada, a orines de bestia y a ese tufo penetrante a grasa de buey rancia con la que los mozos impermeabilizaban los cinchos de pecho y las retrancas para que no se pudrieran con el sudor del vuelo.
El instructor Ordoño esperaba junto a la verja de bronce, de pie sobre las lajas con la solidez de un mojón de camino. Tenía un pedazo de cuero entre los dientes y pasaba una piedra de afilar por la punta de su vara de fresno, con un chirrido acompasado que ponía los dientes ásperos a los doce aspirantes formados en hilera.
—El que vacile un paso se va al fondo con las cabras —dijo Ordoño sin levantar la vista de la piedra—. Y el que intente engañar a la vara con ademanes de esgrima de salón, le parto la caña en las costillas yo mismo. Esto no es el baile de la cosecha. Aquí se viene a pedir un peso, y las bestias saben distinguir a un arriero de un fardo de paja.
Maya respiró hondo. El vaho le salía a borbotones espesos de la boca, tan blanco y denso que por un instante le empañó las pestañas y se le congeló en el borde basto del cuello del jubón de lana. A su lado, Julian ajustaba la hebilla de su hombrera con un dedo morado por la escarcha. Tenía la mandíbula apretada, aunque intentaba sonreír hacia el vacío del valle como si alguien hubiera corrido una cortina y el abismo fuera solo un jardín descuidado.
La campana de hierro de la torre mayor dobló una vez. Un sonido sordo, aplastado por la cerrazón de la niebla.
El portón de rejas del foso cede. El estruendo del cerrojo de hierro al correrse corta el murmullo del agua. Nadie respira.
De la penumbra del túnel surge una masa densa, del color de la ceniza húmeda que queda en los hogares tras tres días de lluvia. El gran reptil ceniciento no baja la rampa con la cautela de las bestias jóvenes: se desliza. Sus cuatro garras traseras muerden las lajas de pizarra congelada con un crujido seco y cortante, astillando los bordes de la piedra en esquirlas que saltan contra las polainas de los novicios. Trae la niebla pegada a los flancos, pero de las escamas dorsales —terrosas, agrietadas como la corteza de una encina centenaria— emana una resolana viva, un calor muscular pesado y denso, semejante al que despide una estufa de hierro colado en una habitación cerrada.
Dos bufidos lentos barren el suelo del foso. Huele a azufre frío y a pasto podrido.
Ordoño levanta su vara. Los doce aprendices alzan las suyas al unísono, varas de abedul pulidas con ceniza, rematadas en anillas de latón que tintinean con el pulso nervioso de doce brazos en tensión. Es la llamada ritual, la que los manuales de la academia prescriben desde la dinastía de las Nieves —un compás que imita el batir de las alas de una garza real en las junqueras—.
El ceniciento se detiene. Gira la testuz lentamente, con ese desdén antiguo de los seres que ya veían la montaña antes de que los hombres aprendieran a encender fuego con pedernal. No mira las varas. No escucha el latón. Pasa de largo frente al tercero de la fila, frente al quinto, haciendo crujir las lajas bajo un tonelaje que parece aplastar el aire.
Llega ante Julian y Maya.
Julian alza la vara media pulgada más, la postura perfecta de los manuales de caballería. Maya mantiene la suya baja, con la muñeca rígida y el pulgar aferrado a la fibra de la madera hasta que la uña se le pone blanca. Si el animal decidiera abrir las fauces ahora, no habría tiempo ni para—
El reptil no ruge. Planta su garra delantera izquierda, ancha como un escudo de trinchera y armada de uñas negras curvadas, directamente sobre la puntera de las botas de cuero encerado de Maya, clavándola contra la pizarra sin romper el hueso pero aprisionándola contra el suelo como a una estaca. Al mismo instante, con una deliberación pesada que hace temblar la grava del patio, deja caer la garra derecha sobre las botas de Julian.
El chasquido metálico del mosquetón de seguridad de la vara de Julian golpeando contra su propio arnés de pecho rompe el silencio del foso.
Nadie se mueve.
El animal agacha el lomo, exhalando una bocanada tibia que derrite la escarcha de los jubones de ambos en una fracción de segundo, y se echa sobre las lajas, aplastando los pies de los dos cadetes bajo el peso descomunal de sus brazuelos.
Ordoño se queda inmóvil con la piedra de afilar suspendida en el aire. Mira al ceniciento. Mira a Julian. Mira a Maya, cuya bota cruje bajo la presión sorda del lagarto.
—Maldita sea mi estampa —masculla el instructor, y la voz le sale ronca, sin sombra alguna de la liturgia imperial.
Da media vuelta, camina despacio hacia el muro del fondo donde cuelgan las guarniciones de servicio y descuelga de los dos ganchos de hierro el arnés doble de cuero reforzado, con sus cuatro correajes cruzados y sus argollas gemelas para dos jinetes de quilla, que llevaba quince años acumulando telarañas en la sombra.
Fin del Episodio 1 · de 4
La pizarra y el segundo puesto
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