Picaduras y confesiones a medianoche
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Hacia las once de la noche, el temporal golpeó la cabaña con la fuerza de un ariete. El granizo repicaba con furia contra las tejas de pizarra y el viento del norte hacía vibrar los postigos de roble con un gemido grave. Dentro, el fuego de la chimenea mantenía en ebullición la caldera de cobre donde tres libras de cera de opérculo se fundían lentamente al baño maría, filtradas a través de lienzos de crin para eliminar cualquier impureza.
Lucas estaba sentado junto a la mesa con el brazo extendido sobre un paño limpio. Durante el traslado del último caldero caliente, una chispa de carbón y una picadura tardía de una avispa de brezo le habían inflamado la muñeca derecha, tiñéndole la piel de un rojo vivo y tenso.
—Deja de apretar el puño, bruto —le ordenó Celia, sentándose en el taburete frente a él con un cuenco de cerámica esmaltada—. Si tensas los tendones, el veneno se expande más rápido.
Con la yema de los dedos aplicó una cataplasma fría de hojas de llantén machacadas con aceite de caléndula. El contacto fresco hizo que Lucas soltara un suspiro entrecortado. Celia sostuvo su muñeca con ambas manos, envolviéndola despacio con una venda de hilo fino que llevaba en su morral. La cercanía obligaba a sus rodillas a rozarse bajo la mesa de pino.
—Tienes manos de cirujana —dijo él en voz baja, mirándola mientras ella ajustaba el nudo con precisión impecable.
—Tengo manos de alguien que ha tenido que curar demasiados esquejes partidos por el viento —respondió Celia sin levantar la vista, concentrada en el vendaje—. ¿Por qué te fuiste de la villa, Lucas? Aquella mañana de mayo ni siquiera recogiste tus cuadernos de dibujo de la biblioteca. Simplemente desapareciste colina arriba como si Montecanela estuviera apestada.
Lucas apoyó la espalda contra el muro de piedra. El resplandor dorado del caldero de cera bañaba su perfil en sombras cálidas.
—El canciller De la Riva vino a verme al taller de apicultura —confesó él, con una sombra de amargura en la voz—. Me ofreció una bolsa de cien monedas de plata por entregarle la jalea de las celdas reales de las abejas de sol. Quería usarla como tónico de juventud para las damas de la corte en la capital. Cuando le expliqué que para sacar esa jalea había que aplastar a las reinas y que eso condenaría a muerte a las colmenas ancestrales del valle, se rio en mi cara.
Celia levantó la cabeza, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—Me dijo que las abejas eran propiedad de la corona —continuó Lucas—, y que si no cooperaba voluntariamente, enviaría a los alguaciles a embargar los panales. Por eso subí aquí. En estos riscos no hay caminos para sus carruajes, y mis obreras saben cómo defenderse de los extraños. Preferí vivir como un ermitaño antes que ver cómo convertían este oficio en un capricho de salón.
—El silencio de esta cabaña pesa menos que todas las discusiones educadas del consejo botánico. Debiste decírmelo, Lucas. Yo creí que te habías marchado porque ya no soportabas tenerme cerca.
Lucas inclinó la cabeza hacia delante, acortando la distancia entre los dos hasta que sus frentes casi se rozaron. La venda ya estaba terminada, pero ninguno de los dos retiró las manos.
—Nunca me marché por ti, Celia —dijo él en voz muy baja—. Me marché porque sabía que si me quedaba en la corte te pediría que lo dejaras todo para huir conmigo, y tú habías nacido para salvar los jardines de este valle, no para esconderte entre las piedras.
—Tal vez deberías habérmelo preguntado —susurró ella.
El silencio que siguió no necesitó de palabras. Afuera, la ventisca aullaba entre los riscos, pero dentro del taller el aire olía a miel templada, cera derretida y llantén fresco. Lucas levantó su mano vendada y con el dorso de los dedos acarició suavemente la mejilla de Celia, retirándole un mechón de pelo oscuro que le caía sobre la sien.
Celia cerró los ojos y se apoyó en la caricia. Durante cuatro años se había repetido que la soledad era el precio del cargo, que una directora no podía permitirse echar de menos a nadie. En el calor de aquella cabaña, frente al único hombre que conocía todas sus flaquezas, el argumento dejó de sostenerse.
—La cera ya está en su punto —dijo Lucas al cabo de unos minutos, señalando el caldero, que soltaba un vaho dorado y traslúcido—. Tres libras exactas. Y ni una pizca agria.
Celia abrió los ojos para responder, pero un resplandor rojo, abajo en el valle, se le adelantó: en la torre del invernadero sur ardía el farol de alarma, el que el viejo Martín solo encendía cuando el termómetro bajaba de cero. La ventisca cerraba la senda hasta el alba, y treinta vidrieras rotas esperaban una cera que todavía humeaba en el caldero.
Fin del Episodio 3 · de 4
Picaduras y confesiones a medianoche
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