La miel de diciembre
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Descendieron de los riscos al despuntar el alba, cuando las primeras luces de color lila y oro se filtraban entre los picos nevados de Montecanela. El frío en el valle bajo era tan cortante que cada respiración levantaba una nubecilla blanca como humo de pólvora vieja. Lucas cargaba sobre los hombros el caldero de cobre herméticamente sellado con paños de lino encerado, cuidando cada pisada sobre el fango helado, mientras Celia abría camino con paso firme por los callejones empedrados hacia las verjas de los jardines del sur.
El gran invernadero municipal parecía un navío encallado en la niebla del río. Sus tres cúpulas de hierro forjado y cristal vibraban bajo el azote del viento helado, y a través de las treinta vidrieras fracturadas se escuchaba el silbido siniestro de la corriente amenazando los bancales de plantas tiernas.
—Llegas justo a tiempo, Celia —gritó el viejo jardinero Martín, que intentaba cubrir los esquejes con mantas de arpillera deshilachada entre toses y temblores—. El termómetro de mercurio de la pared este marca un grado bajo cero. Si no cerramos esas rendijas en media hora, la escarcha quemará los brotes de genciana y adormidera antes de que salga el sol.
—No se va a quemar nada, Martín —respondió Celia con una seguridad rotunda que contagió de inmediato al equipo de doce hortelanos congregados en la nave central—. Traigan los hornillos de carbón vegetal, los trapos limpios y las espátulas de latón. Tenemos la cera de los riscos altos.
Lucas dejó el caldero sobre un soporte de hierro forjado. La cera, mantenida a la temperatura justa sobre las brasas bajas de un brasero portátil, fluía con la consistencia de la miel espesa. Con una espátula ancha, Lucas tomó una porción dorada y la aplicó en la primera grieta del parteluz exterior sin derramar una gota. Celia, al otro lado del cristal, alisaba el reborde con una cuchilla caliente y dejaba la junta sellada en una sola línea continua y limpia.
Trabajaron sin descanso durante tres horas febriles, sin cruzar reproches ni perder un segundo, moviéndose al unísono como si llevaran diez años haciendo exactamente lo mismo frente a los embates del invierno. El calor de la cera fundida se solidificaba al instante en contacto con el vidrio gélido, formando un cordón impermeable y aromático que despedía un sutil perfume a tomillo, manzanilla silvestre y sol de montaña.
—Ninguna helada puede quebrar un cristal cuando las manos que lo sellan trabajan al mismo compás. Mira cómo asienta, Lucas. Ni el vendaval más duro va a mover esta lámina.
—Lo sé —dijo él a través del cristal translúcido, sonriéndole mientras limpiaba el exceso de cera con el pulgar curtido—. Es lo que tiene trabajar con cera de abejas libres: sabe aguantar el peso del invierno sin partirse jamás.
A las ocho de la mañana, cuando el primer sol de diciembre iluminó las cúpulas de hierro, la última rendija quedó sellada. Dentro del invernadero, la temperatura subió de golpe a doce grados. Los brotes de genciana, salvados de la escarcha, empezaron a levantar las hojas bajo la luz del amanecer y llenaron las tres naves de un olor tibio a tierra mojada.
El alcalde de Montecanela y dos regidores del concejo llegaron al invernadero poco antes del mediodía, acompañados por Maya, que traía una canasta de mimbre colmada de hogazas calientes de su panadería para reconfortar a los trabajadores.
—Señorita Celia —dijo el alcalde, contemplando maravillado las vidrieras reparadas que brillaban como joyas de ámbar bajo el sol de invierno—. Los vecinos ya temían que tuviéramos que cerrar el dispensario este invierno y comprar medicinas a precio de usura a los tratantes del sur. El concejo ha aprobado por unanimidad una partida de quinientos reales para la compra de esta cera y la restauración completa del colmenar comunal.
Celia miró a Lucas, que permanecía en un segundo plano junto a la puerta de hierro con las manos en los bolsillos y la camisa manchada de propóleo y harina de abeto.
—El mérito no es mío, señor alcalde —declaró Celia con voz clara y solemne ante todos los presentes—. Es del maestro apícola Lucas Arnau. Y si el concejo desea asegurar el futuro de estos jardines y de la salud del pueblo, propongo que se cree la plaza de Custodio Mayor de los Colmenares del Valle, con sede permanente en los brezales y en el invernadero sur.
Los regidores asintieron con entusiasmo, mientras los jardineros aplaudían ruidosamente golpeando los mangos de las azadas contra el suelo de losas. Lucas miró a Celia con una mezcla de desconcierto y ternura que hizo sonreír a Maya desde la puerta.
—Acepto el nombramiento —dijo Lucas, dando un paso adelante y estrechando con fuerza la mano del alcalde—, con una sola condición: que la directora de botánica tenga la obligación reglamentaria de subir a los riscos una vez por semana a supervisar la miel y comprobar los bastidores.
—El deber es el deber, señor custodio —replicó Celia con una sonrisa traviesa que le iluminó la mirada oscura—. Tendré que acostumbrarme a las picaduras y al humo de tomillo.
Sentados en el banco de piedra del jardín botánico bajo el sol templado del mediodía, compartieron una hogaza caliente de espelta untada con la miel dorada de la última cosecha. En el silencio dulce de Montecanela, el invierno acababa de comenzar, pero entre los dos la primavera ya no era una estación lejana.
Fin del Episodio 4 · de 4
La miel de diciembre
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El secreto de la harina dorada
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