La cera que guarda los recuerdos
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El taller de Lucas era una estancia abovedada excavada en la propia roca viva, donde la temperatura se mantenía templada gracias a un hogar de leña de encina y calderos de cobre que despedían vapor de agua con salvia. En las repisas de castaño se acumulaban moldes de arcilla, panes de cera amarilla de tres inviernos atrás y tarros de cristal con mieles oscuras como el ámbar de los ríos del norte.
Celia se había quitado la capa y los guantes de montar. Con un delantal de lona atado a la cintura y las mangas recogidas, sostenía la rasqueta de acero templado mientras Lucas hacía girar el extractor manual de madera. El olor era denso, embriagador: una mezcla de miel de romero, propóleo amargo y esa fragancia resinosa que desprenden las colmenas silvestres cuando el calor del obrador ablanda las celdas.
—Esta colmena tiene cuarenta años —dijo Lucas, colocando un bastidor oscuro con esquinas reforzadas con cordel encerado—. La fundó el tío abuelo de Maya, el panadero viejo. Cada vez que raspas una capa de opérculo, la cera suelta el perfume del año en que fue trabajada. Esta huele a flores de saúco y a la lluvia del gran verano del setenta.
Celia deslizó la hoja con pulso firme. El borde de acero cortó la película cerosa con un crujido suave y continuo, similar al de una tijera abriendo un rollo de seda fina. Una gota dorada y espesa le cayó sobre el dorso de la mano. Sin pensarlo, se llevó el dedo a los labios.
El sabor le estalló en el paladar: no era solo dulce, era fresco, limpio, con un retrogusto a tierra mojada y manzanilla que le trajo de golpe la imagen del patio de su infancia, cuando su abuela le enseñaba a distinguir las hojas de menta entre las malas hierbas.
—Es increíble —admitió Celia en un susurro involuntario, mirando el panal con unos ojos que habían perdido toda su altivez—. En el herbario de la corte intentamos tres veces sintetizar un ungüento aislante con resinas de pino y grasa de ballena. Gastamos doscientos florines en crisoles de alquimia y lo único que obtuvimos fue una pasta negra que se cuarteaba al primer relente.
—Porque los alquimistas del rey quieren resultados antes de que la flor haya tenido tiempo de abrirse —dijo Lucas, colocándose frente a ella al otro lado de la mesa de desopercular—. Creen que la naturaleza es una sirvienta a la que se le dan órdenes a golpe de decreto. Las abejas no obedecen a quien alza la voz, sino a quien sabe quedarse quieto cuando todo tiembla. Tú solías entender eso, Celia. Antes de que te nombraran directora de los jardines y te pusieras esa faja de seda dorada.
Celia levantó la vista, herida por el reproche pero incapaz de apartar la mirada de sus ojos verdes.
—¿Crees que acepté la faja por vanidad, Lucas? —su voz bajó de tono, pero ganó una intensidad que hizo vibrar el aire del taller—. Cuando tú te fuiste al monte a vivir de tus ideales limpios, la cancillería quería talar los huertos comunales para construir cuarteles de caballería. Si no hubiera aceptado el cargo, si no me hubiera sentado en sus consejos aguantando las sonrisas burlonas de los letrados, hoy no quedaría ni un solo árbol de tilo en Montecanela.
Lucas dejó la espátula sobre el banco. La miró como si la viera de verdad por primera vez en cuatro años: vio las sombras moradas bajo sus ojos, el callo del pulgar forjado por el uso constante de las tijeras de podar y la determinación terca que siempre la había distinguido de las damas cortesanas.
—No sabía lo de los cuarteles —admitió él en voz baja, dando un paso alrededor de la mesa.
—No lo sabías porque decidiste no preguntar —respondió ella, aunque la acritud en su tono se había disuelto, dejando solo una fatiga acumulada de meses—. Es muy fácil ser puro y noble cuando no tienes que negociar con los que firman las órdenes de tala.
Una abeja rezagada que había entrado al taller atraída por el vapor de la miel se posó de pronto en el cuello de Celia, justo donde el lino de la camisa dejaba al descubierto la piel blanca y sensible de su clavícula. Celia contuvo la respiración, paralizada por el reflejo del aguijón.
—Quédate quieta —le susurró Lucas, colocándose a un palmo de ella. Su aliento cálido le rozó la mejilla. Con una lentitud infinita, Lucas deslizó el dedo índice bajo el cuerpo diminuto y rayado de la obrera, ofreciéndole su propia piel como puente—. Respira despacio. No la mires.
Celia sintió el roce de los dedos de Lucas contra el cuello. Tenía las yemas ásperas, curtidas por el viento y el propóleo, pero el contacto fue tan leve que se le erizó la espalda. Durante tres segundos se miraron a un palmo de distancia, y ni la helada ni los cuatro años de silencio cupieron en ese palmo.
La abeja trepó dócilmente por la uña de Lucas. Él la acercó a la ventana entreabierta para soltarla, pero la obrera no quiso salir: dio media vuelta en el alféizar y volvió zumbando hacia los panales. Lucas se quedó mirando el cielo del norte, que se había puesto de un verde sucio sobre los riscos.
—Ves —dijo él, con la voz ronca—. Solo hacía falta no moverse. —Luego bajó el tono—: Las obreras solo vuelven a casa a estas horas cuando viene granizo. Esta noche no bajas a la villa, Celia. Y tu cera, tampoco.
Fin del Episodio 2 · de 4
La cera que guarda los recuerdos
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