El apicultor que no se despidió·Episodio 01

El humo de tomillo en los brezales

~5 min · 952 palabras

La cuesta de los brezales no perdonaba los vestidos de paño fino ni las botas de hebilla pulida. Celia se recogió la falda carmesí sobre las enaguas de lino, maldiciendo por tercera vez en dos leguas cada guijarro del sendero. En la espalda cargaba un morral de cuero con frascos de tintura vegetal y un escoplo de latón, y en el pecho, una urgencia que le aceleraba el pulso más que la pendiente: los barómetros del invernadero municipal marcaban una caída en picado de la presión y el viento traía ese regusto a metal congelado que anticipaba las grandes heladas de diciembre.

Al doblar la última curva sobre el cantil de pizarra, el mundo pareció aquietarse de golpe. Frente a ella se abría una vaguada tapizada de brezo morado donde se alineaban doce colmenas de paja trenzada y tejas de pizarra. El zumbido de las abejas de sol no era un rumor agresivo; sonaba como el murmullo de un violonchelo afinado en la distancia, un acorde grave y luminoso que vibraba en el tuétano de la hierba.

Junto a la cabaña de piedra seca, un hombre alto de hombros anchos y cabello castaño revuelto atizaba un fuelle de cuero de cabra. Un humo espeso y aromático, cargado de tomillo silvestre y agujas de pino seco, flotaba en torno a sus manos desnudas.

—No des un paso más allá del mojón de caliza, Celia —dijo Lucas sin girar la cabeza—. A mis obreras no les gusta el olor a jabón de lavanda de la villa baja, y hoy están ocupadas sellando la miel tardía.

Celia se detuvo, apoyando una mano en la rodilla para recuperar el aliento. Apretó los dientes con una mezcla de fastidio y alivio.

—Cuatro años sin verte y sigues saludando como si fueras un tejón cascarrabias, Lucas —replicó ella, alisándose con una mano temblorosa un mechón rebelde de pelo negro—. Si he subido hasta este nido de águilas no es para admirar tu humo, sino porque necesito tres libras de cera de opérculo solar antes de que se ponga el sol.

Lucas dejó el ahumador sobre una laja de piedra y se volvió despacio. Vestía una túnica de lino grueso sin mangas, salpicada de pequeñas manchas de propóleo dorado, y en el antebrazo izquierdo lucía dos picaduras rojas que no parecían molestarle en lo más mínimo. Sus ojos verdes, del mismo tono que el musgo de los robles viejos, la recorrieron con una calma exasperante.

—La cera solar no se vende por libras como las coles en el mercado del concejo —dijo él, cruzándose de brazos—. Es la reserva de abrigo para mis núcleos durante el invierno. Si abro los bastidores ahora para complacer un capricho del gremio de botánicos, el frío entrará en las celdas y la mitad del enjambre morirá antes de enero.

—No es un capricho, idiota —espetó Celia, dando dos pasos adelante sin importarle el zumbido que se intensificaba a su alrededor—. El temporal de granizo del martes rajó las treinta vidrieras del ala sur del invernadero. Dentro están los esquejes de adormidera blanca y genciana de roca que trajimos de la expedición a las cumbres. Si no impermeabilizo las junturas de plomo antes de que baje la helada esta noche, el dispensario municipal se quedará sin analgésicos para los partos y las fiebres de todo el invierno.

Lucas la observó en silencio. La furia en la voz de Celia era real; conocía esa vehemencia desde los días en que ambos compartían el pupitre de aprendices en el jardín botánico de la corte, antes de que él decidiera marcharse a las alturas harto de los compromisos de conveniencia.

—Quien sube a la montaña buscando cera con prisa solo encuentra picaduras y humo en los ojos. Si de verdad quieres esa cera, vas a tener que ganártela con tus propias manos. Ponte el velo de cáñamo y ven a sostener el ahumador.

◇

Celia tomó el velo sin pestañear. La tela rústica le picaba en el cuello, pero no pronunció una sola queja. Se acercó a la colmena número cuatro, donde las abejas de lomo dorado entraban y salían como chispas encendidas en la penumbra dorada del atardecer.

—Aplica tres soplos suaves por la piquera —le indicó Lucas, colocándose a su lado tan cerca que Celia pudo percibir el calor de su piel, ese olor limpio a cera virgen, corteza de cedro y resina caliente—. No hagas movimientos bruscos. Las abejas leen el miedo en el temblor de los hombros.

—No tengo miedo —mintió ella, apretando el fuelle con dedos firmes.

Lucas sonrió de medio lado, una sonrisa breve y cómplice que Celia recordaba demasiado bien. Con un cuchillo de asta de ciervo despegó con cuidado el primer marco de madera. Al exponer el panal a la luz del poniente, un resplandor ámbar iluminó el rostro de ambos: las celdillas perfectas destilaban una miel tan transparente y densa que parecía oro fundido.

—Míralo bien, Celia —susurró Lucas, sosteniendo el cuadro con una mano mientras con la otra señalaba las celdillas—. Esta no es cera común. Es la memoria de las flores que abrieron en primavera, antes de que el mundo se llenara de aranceles y decretos. Y tiene sus reglas: en el caldero de quien miente no se funde, se agria. Si la quieres, esta noche, en el taller, vas a tener que contarme la verdad.

Celia miró el panal y luego las manos de Lucas, cubiertas de pequeñas cicatrices. Había subido preparada para regatear, incluso para suplicar. No para la verdad. Porque la verdad empezaba por la faja de seda dorada que llevaba doblada en el fondo del morral: la que le había dado la misma cancillería de la que Lucas había huido.

Fin del Episodio 1 · de 4

El humo de tomillo en los brezales

Siguiente Episodio 2~5 minLa cera que guarda los recuerdos“Las abejas no obedecen a quien alza la voz, sino a quien sabe quedarse quieto cuando todo tiembla.”Seguir leyendo
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