Donde muerde la tregua·Episodio 09

El mortero cede

~9 min · 1742 palabras

Tres días llevaba el agua estancada en el peltre, con dos hojas secas de menta pudriéndose en la superficie. En el borde verdoso del metal todavía quedaba la marca opaca de un pulgar que ya no tenía nombre.

La suela de Eusebio raspa perezosa contra el basalto del rellano, un roce seco y desganado, como si allá afuera el hombre midiera la vigilia en milímetros de cuero gastado. Ninguno de los dos se mueve dentro de la alcoba. Darío mantiene el peso cargado sobre el talón derecho para no asentar la planta entera en la juntura donde la roca exhala su vaho tibio; quema, una quemazón sorda y persistente que trepa despacio por el tendón, mientras el empeine izquierdo se le queda lívido bajo la corriente helada que se cuela por la aspillera abierta. La piedra vive en esa discordia (un lado cuece la carne, el otro la entumece hasta la gangrena) y entre ambos extremos no cabe pacto alguno. Tarsio permanece de pie junto al jergón desgreñado, la camisa de franela burda abierta sobre el pecho, respirando no como respira quien va a descargar un golpe, sino como quien aguarda el chasquido final de un cable de cobre que lleva semanas estirándose de más.

La rendija de tres dedos en la puerta deja pasar una franja de claridad cetrina, apenas alimentada por el candil de grasa de carnero que cuelga en el dintel. No hay tranca. Nunca hubo tranca, porque el silencio compartido entre dos hombres que se desprecian solo es lícito si un tercero puede atestiguar que el aire sigue entrando en los pulmones de ambos. Darío se rasca con el pulgar una postilla reseca en el nudillo.

Tarsio coge el frasco con dos dedos. Le quita el tapón de cera con la uña, se lo acerca a la nariz y lo aparta enseguida, como quien huele leche cortada.

—Beleño —dice—. Del que guarda la enfermería para los que no van a llegar a la primavera.

Darío no contesta. Si dice un nombre, el chiquillo del molino amanece colgado de la cercha; si no lo dice, el que amanece colgado es él.

Tarsio vuelve a tapar el frasco y se lo guarda en la almilla, junto al salvoconducto que Darío no ha querido coger. No pregunta nada. Eso es lo peor: que no pregunte.

—Tienes hollín en la ceja —dice Tarsio.

Darío no alza la vista.

—Y tú en la lengua.

Un intercambio que no compra nada. La nada, la cal, la fatiga. Las palabras caen sobre la estera de esparto húmeda como tornillos arrojados a un foso de lodo. ¿Cuánto tarda un hombre en olvidar el sabor de una manzana que no haya sido frotada con salmuera para quitarle el moho de las bodegas? Darío traga saliva; la garganta es un conducto estrecho forrado de lija fina, y los molares le rechinan con una arenilla invisible que nunca termina de desprenderse de las encías. La fiebre de las cinco de la tarde no se ha extinguido del todo: late todavía detrás de sus sienes, tibia y densa, tiñéndole la raíz de los dientes de ese poso ocre que ningún cepillo de crin consigue arrancar.

El siseo de las calderas bajo el suelo, que durante horas fue solo un ronquido de fondo parecido al paso de un convoy de carretas por una ciénaga distante, muda de tono. Primero es una vibración en las uñas de los pies; después, una queja metálica, aguda, como si un clavo enorme estuviera siendo arrancado de una viga de hierro con una tenaza sin afilar.

Se detiene.

El silencio que sigue no tiene nada de pacífico: es la pausa del aire antes de que una ola reviente contra un muelle carcomido por el salitre. Tarsio da medio paso hacia el vano de la puerta, la rodilla derecha crujiéndole con la aspereza de una bisagra vieja. En la penumbra, sus ojos parecen dos hendiduras grises sin fondo, habituados a no parpadear para que el humo del sebo no los irrite.

El olor a azufre se vuelve espeso como brea cuando las compuertas de purga del sótano caen con estruendo de chatarra.

El estrépito sacude las hiladas de basalto. No es un temblor de tierra, sino el colapso mecánico de una garganta que ya no puede retener el hervor: un golpe sordo, de planchas de hierro batiendo contra el suelo empedrado, seguido de un bufido que arranca el mortero seco de las comisuras entre sillar y sillar. Una nube blanca y caliente, con tufillo a huevo podrido y grasa animal requemada, brota de las junturas de los zócalos, hinchando el aire como un fuelle desquiciado. El mortero se desmorona en cascotes menudos que rebotan contra las pantorrillas de Darío. Polvo grisáceo. Ceniza que no arde pero asfixia, posándose en las pestañas como nieve sucia.

Darío se apoya en el muro para no perder el equilibrio; la pared está tan caliente que retira los dedos de golpe, dejándose en el basalto una pátina de sudor y calima que se evapora al instante. Allá abajo, en las galerías ciegas de los fosos de combustión, trescientas personas respiran esa misma nube sin compuerta que las separe del vapor ciego.

—Las calderas tres y cinco —musita Tarsio, y su voz, por primera vez en toda la noche, pierde el barniz de la insolencia para sonar como una chapa oxidada que vibra al viento—. La válvula de alivio se ha ido abajo.

—Si no abren los registros de tiro, la pez de los pozos va a derramarse hacia las fosas —dice Darío, y se interrumpe porque el aire caliente le muerde la garganta como un puñado de agujas—. Los van a ahogar a todos.

—Nadie abre un registro a estas horas. Sabes cómo funciona esto.

Silencio.

Cuando la piedra se quiebra, no busca a los culpables: aplasta al que está debajo. Darío lo sabe. Lo sabe desde que vio las primeras grietas capilares dibujarse en los dinteles de la cocina baja, hace tres lunas, mientras los muchachos de la servidumbre cargaban cestos de carbón menudo con las muñecas llagadas por la salmuera. El derrumbe nunca avisa con fanfarrias; empieza siempre con una arenilla fina que cae en silencio dentro de un plato de sopa, hasta que la clave del arco cede y la montaña recupera su peso original sobre las costillas de los vivos.

—Eusebio —llama Tarsio hacia la rendija, sin levantar el tono, con esa economía de saliva propia de los hombres que han visto arder demasiados depósitos de mineral.

El celador no responde con voz, sino con la bota. La madera de la puerta cede dos palmos al empuje de su hombro nudoso, revelando el corredor exterior, donde el vaho sulfuroso ya forma una niebla lechosa que borra el arranque de los peldaños. En la diestra de Tarsio aparece, sin que Darío haya llegado a distinguir de qué rincón del entarimado la ha arrancado, una tizona estrecha y mellada, desnuda de vaina, con la hoja manchada por estrías pardas de herrumbre vieja.

—Al foso no baja nadie sin hierro —dice Tarsio, mirándole la clavícula a Darío, no a los ojos (siempre mira el lugar donde el golpe resultaría definitivo)—. Y tú vienes delante.

—No tengo botas.

—Camina sobre las uñas si te place.

◇

El pasillo bajo de calderas no es un corredor: es el intestino de una bestia que lleva tres siglos digiriendo escombros y agua estancada. Las paredes rezuman un fango viscoso que huele a herrumbre fresca y a orina de rata; las tuberías de plomo grapadas a la bóveda gotean una condensación hirviente que pica en los hombros desnudos como chispas de fragua.

Darío camina descalzo. Cada paso sobre el basalto húmedo es un cálculo mezquino: evitar las lajas que vibran con el tránsito subterráneo del vapor para no abrasarse la piel viva, esquivar las esquirlas de mortero fracturado que crujen como huesos tiernos bajo el arco del pie. Una astilla de pedernal le abre una incisión limpia en el pulpejo del dedo gordo; no aparta el pie, solo aprieta los dientes hasta que las muelas le duelen más que la herida. La sangre en la piedra caliente huele a estaño viejo, a cable quemado, a herramienta dejada al sol.

Detrás, el paso de Tarsio es pesado, regular, casi perezoso. La tizona desenvainada cuelga de sus dedos con una familiaridad obscena, la punta rozando las piedras del suelo cada cuatro zancadas con un chasquido rítmico que parece el péndulo de un reloj que lleva años detenido.

Una bocanada de vapor blanco surge de una grieta en la solera, envolviéndolos hasta las rodillas. La visibilidad no pasa de una vara.

Un haz de luz amarilla —aceitosa, temblorosa, filtrada a través de un cristal ahumado— corta la niebla a la altura del pecho. Eusebio aguarda plantado en el recodo del túnel, la linterna de señales alzada en la mano izquierda y la espalda apoyada contra el muro cóncavo del distribuidor.

El celador no se aparta ni abre la boca. Escupe un hilo negro de saliva espesa entre dos sillares y baja apenas el fanal para mirarles los pies.

El vidrio del candil tiembla con el pulso cansado del viejo guardia, proyectando círculos concéntricos de hollín sobre el pecho descubierto de Darío y sobre el filo cobrizo del arma. Ninguno de los tres respira con la boca cerrada. El vapor sube, espeso como manteca, buscando las junturas de la carne.

Bajo las plantas desnudas de Darío, el basalto sigue templándose, implacable, hasta que ya no queda un solo rincón frío donde apoyar el peso.

—Los registros están al fondo, a la izquierda —dice Eusebio—. Nadie los ha tocado desde el sitio.

Darío los encuentra a tientas: tres volantes de hierro soldados por el sarro. Tarsio deja la tizona en el suelo sin que nadie se lo pida y pone las manos junto a las suyas, como la noche de la válvula; la quemadura vieja del antebrazo se les vuelve a abrir a los dos. El primer volante cede al cuarto tirón; el segundo, al décimo; el tercero no se mueve hasta que Tarsio mete la tizona entre los radios y hace palanca con todo el peso del cuerpo.

El vapor se va por el tiro con un rugido de animal suelto. Abajo, en las galerías de carboneo, nadie sabrá nunca quién abrió los registros. En el recodo, Eusebio baja el fanal y mira a Tarsio como se mira a un hombre que ha dejado de servir para algo.

Fin del Episodio 9 · de 12

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