Donde muerde la tregua·Episodio 10

Diente de hierro

~5 min · 1009 palabras

Darío apoya el talón en el borde de la estera de esparto. El suelo quema. Ha buscado la esquina más apartada de la chimenea, donde la piedra tarda media hora más en caldearse, pero el calor sube ya por los tobillos, pegajoso y seco.

En la hornacina, la mecha de manteca suelta un hilo de humo que huele a sebo rancio. Tarsio ronca de espaldas en el jergón, con un brazo colgando hacia las baldosas y la boca entreabierta sobre la tela basta de la almohada. La barba de cuatro días le sombrea la mandíbula; una barba sucia, llena de polvo de caliza.

Darío se arranca un padrastro del pulgar con los dientes. Tira demasiado hondo y brota una gota espesa, salada, que se chupa antes de limpiarse en la pernera del calzón. Le duelen los riñones de dormir torcido sobre el borde del camastro.

El tiro de la chimenea sisea.

No hay brasas en el hueco, solo la rejilla encajada en el sillar maestro que traga el aire de las calderas bajas. Un silbido continuo, sordo, como de fuelle roto trabajando a ciegas en el fondo del pozo. El atizador largo sigue atravesado en la ranura del tiro; Darío ve el mango forrado de cuero cuarteado, a dos palmos del suelo, temblando apenas con el aire caliente. La punta, enterrada en el respiradero, lleva días cogiendo calor en la oscuridad del conducto.

Tarsio carraspea sin despertarse del todo. Se da la vuelta con un quejido pesado y estira una pierna hasta rozar el muslo de Darío. Su piel arde como un ladrillo recién sacado del horno.

—Tapa esa mecha —masculla contra el jergón—. Me entra en los ojos.

—Ya está baja —dice Darío.

—Pues sóplala.

Darío no se mueve. Se queda sentado en el canto de la banqueta, mirando la rendija de tres dedos bajo la puerta del pasillo. Desde allí llega una corriente helada que le congela los dedos del pie izquierdo mientras la planta derecha se le cuece contra la baldosa. El contraste le revuelve el estómago.

Desde que Tarsio se guardó el frasco en la almilla, Eusebio no ha vuelto a mirar a Darío a la cara.

La puerta de roble se abre un palmo hacia adentro. No hace ruido porque los goznes llevan una capa de sebo negro tan gruesa que no deja cantar al hierro.

Eusebio entra de costado. Trae dos paños grises empapados de lejía colgados del antebrazo, chorreando gotas turbias sobre el umbral. Tiene los ojos hinchados de vigilia y las aletas de la nariz manchadas de hollín seco. No saluda. Se queda quieto junto al quicio, con la respiración corta.

—El relevo de las cubas no ha subido —dice en un susurro raspado.

Tarsio abre un ojo, perezoso, sin apartar la cara del travesero.

—Que se jodan abajo. Tráeme agua.

—El agua de la tina huele a hierro podrido —dice Eusebio. Su voz no sube ni baja de tono; suena plana, como si leyera una lista de víveres gastados.

—Pues ve a buscarla a la cisterna norte, pedazo de animal.

Eusebio no va a la cisterna.

Suelta los trapos mojados. Caen al basalto con un chasquido blando. De debajo del mandil de cuero saca un cuchillo corto de desollar reses, con la hoja mellada y el cabo amarrado con alambre oxidado para que no resbale con la grasa. Da dos pasos secos, casi sin despegar los talones de la piedra, con el cuerpo inclinado hacia adelante. No mira a Darío. Mira fijamente el triángulo de piel sudorosa que queda al descubierto entre la clavícula de Tarsio y el cuello.

Tarsio ni siquiera parpadea a tiempo. Apenas empieza a girar el cuello con un gruñido espeso, buscando a tientas la jarra de peltre.

Darío no grita.

Se le encoge el vientre de golpe, una arcada seca que le dobla los riñones antes de que pueda nombrarla. Si ese cuchillo toca la arteria, los de abajo no verán el amanecer; la brea entrará por las celosías de las carboneras antes de que la sangre de Tarsio termine de enfriarse en la estera. Es un espasmo torpe, sin gloria, el manotazo ciego de un animal acorralado: su mano derecha resbala sobre el cuero tibio del mango del atizador, aferra el tope y tira hacia arriba con todo el peso del cuerpo.

La barra sale del tiro con un chirrido que destiempla los dientes.

La punta viene encendida en un rojo sordo, sin llama, una lengua de hierro que deforma el aire a su alrededor. Darío no apunta; empuja la barra con las dos manos hacia la sombra que se abalanza sobre el jergón.

El hierro entra bajo la nuez de Eusebio.

No suena a acero cortando carne, sino al crujido pastoso de una pala hundiéndose en tierra mojada. Eusebio se detiene en seco. Sus manos sueltan el cuchillo —que rebota contra la madera del jergón con un golpe hueco— y se cierran de golpe sobre la barra al rojo vivo. El hedor a carne quemada y grasa hirviente llena la habitación en un segundo, denso como brea caliente. Los dedos de Eusebio se retuercen, humeando, pero no sueltan el hierro; sus ojos se abren desmesuradamente, descoloridos, fijos en la cara de Darío con un asombro mudo, sin odio ni ruego. Un gorgoteo espeso le brota de la garganta partida, una espuma negra que mancha el pecho del camisón de Darío antes de que al viejo le cedan las rodillas y caiga de costado sobre las losas calientes, arrastrando el atizador consigo en una última sacudida.

Silencio.

Solo el siseo del vapor colándose por las juntas del sillar y el goteo denso de la sangre sobre el basalto.

Tarsio se incorpora de golpe, con la espalda pegada a la pared de piedra y el cuchillo de desollar rozándole el muslo. Mira el cuerpo tendido, luego la mancha negra que se ensancha hacia sus pies descalzos, y finalmente a Darío, que sigue de rodillas, temblando con una náusea agria atascada en el fondo de la garganta y las manos vacías todavía crispadas en el aire.

Fin del Episodio 10 · de 12

Diente de hierro

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