Donde muerde la tregua·Episodio 11

El vapor que asienta

~5 min · 958 palabras

La vibración de la tubería se va apagando despacio contra el techo de piedra, hasta que en la estancia solo queda el ruido de una gota. Cae desde la comba del tubo de fundición, tibia y manchada de una baba de óxido que huele a herrumbre recién lavada, y resbala directa sobre la nuca de Eusebio Alvareda. No hay rebote. El cuerpo conserva esa docilidad espesa de la carne que todavía guarda el calor del almuerzo pero ha dejado de responder al sobresalto; la tela basta de su camisola absorbe el agua sucia en un círculo oscuro que crece al compás de pulsaciones que ya no existen. Darío sigue de rodillas. El basalto del suelo le muerde las rótulas a través de la lana húmeda de las calzas y siente en la planta del pie izquierdo ese calambre sordo que sube por el tendón cuando se pasa demasiado tiempo en cuclillas.

Tiene las manos vacías en el aire, con los pulgares agarrotados hacia dentro en un gesto idiota de defensa.

—Baja los brazos —dice Tarsio.

No hay furia ni prisa en su voz; suena raspada, deshilachada por el aire espeso que sube desde las grietas del suelo y deja una arenilla de azufre en el nacimiento de las muelas. Tarsio no se ha movido del muro de sillares. La hoja del cuchillo de Eusebio le roza el muslo y tiene los dedos de la mano izquierda manchados de una grasa vieja que deja cercos mates contra la roca cada vez que cambia el peso del cuerpo de una pierna a otra. Sus pies descalzos tocan casi el charco que mana del cuello de Eusebio, pero no retrocede. Se limita a mirarse la uña del índice, donde un padrastro le sangra una gota diminuta que se seca antes de resbalar.

—Se va a enfriar la manteca de la lucerna —murmura Darío. La lengua se le pega al paladar.

—Ya estaba rancia antes de que este idiota entrara.

Silencio.

El mortero de las juntas sisea por la presión y las vigas crujen medio milímetro bajo el peso de los pisos superiores. La gota vuelve a caer sobre la nuca de Eusebio. Darío baja las manos despacio y las apoya sobre los muslos; le tiemblan las piernas con ese espasmo involuntario que llega después de un golpe en seco. En la oreja derecha del muerto queda una mancha de tinta azul oscuro, de cuando Eusebio anotaba las fanegas de grano en el libro del descansillo. Sigue fresca bajo el vaho de la alcoba, a tres dedos del tajo que le abre la nuez.

Los dedos de Eusebio todavía se crispan una vez, un raspón ciego de las uñas contra el suelo, y luego nada.

Tarsio se agacha sin doblar la cintura, con un chasquido en la articulación de la cadera. Se pasa la manga por la frente para quitarse un sudor pastoso que brota de las losas y marea la vista. Mira el cadáver con fastidio, como quien mira un saco de grano que se ha rajado en mitad del corredor y obliga a barrer antes de seguir.

—Si la guardia mira por la rendija del dintel, va a creer que lo has degollado tú solo —dice Tarsio, arrancándose la costra del padrastro con la uña—. Y no van a preguntar si fue en legítima defensa o por una cuenta vieja. No preguntan nunca.

—Tú estabas aquí cuando cayó.

—Pues diles que estaba mirando. A ver a quién le importa.

◇

El aire se vuelve espeso como gachas crudas. La puerta no encaja en el quicio —jamás ha encajado desde el verano de las lluvias grandes, cuando el castaño se hinchó hasta trabar el marco— y por la rendija inferior entra una corriente que corta los tobillos. Darío se sienta en la piedra y cruza las piernas para protegerse los pies. Le duele el costado derecho, una punzada en las costillas flotantes donde Eusebio le metió el codo antes de doblarse.

No es una herida grave, solo una molestia constante al respirar.

Tarsio camina tres pasos hacia la mesa de pino. Hay allí un cuenco de loza con restos de gachas frías y una cuchara de estaño con el mango doblado. El hombre coge la cuchara, mira el fondo grisáceo donde la comida se ha cuajado y la deja en el mismo sitio, con la misma inclinación, sin probar bocado. Después se frota el puente de la nariz con el dorso de la mano. Los huesos de sus hombros forman dos aristas afiladas bajo el lienzo crudo de la camisa, gastada en los codos.

—Tu gente en los fosos estará esperando el relevo de la leña —dice Tarsio sin volverse—. El humo negro ya sube por los respiraderos del patio chico. Cuando el tiro se atora, la ceniza baja en remolinos y no deja ver a tres palmos.

—Siempre se atora cuando el viento vira al norte —responde Darío.

—Pues hoy vira al norte.

Sobre el jergón, junto al muslo de Tarsio, descansa el cuchillo de desollar. El cabo amarrado con alambre tiene ahora una costra brillante de sangre seca mezclada con polvo de basalto. La punta mellada apunta hacia el fogón apagado, donde un montón de virutas espera una lumbre que nadie va a encender.

Si el cuchillo hubiera llegado dos dedos más lejos, o si Eusebio hubiera conservado la fuerza de antes de que la tos de la mina le secara el pecho—

Tarsio baja la mano sin ruido.

Cierra los dedos alrededor del cabo de alambre. No limpia la hoja. La sopesa en la palma un instante, comprobando el peso torpe del hierro de matarife, y sin mirar a Darío ni añadir palabra, se la mete despacio entre los pliegues de la faja de cuero crudo.

Fin del Episodio 11 · de 12

El vapor que asienta

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