Donde muerde la tregua·Episodio 12

El rescoldo y la escarcha

~8 min · 1571 palabras

Una cuchara de estaño doblada en ángulo recto, abandonada sobre un resalte de piedra donde el mortero se deshace en escamas grises. Nadie recuerda quién la torció ni para qué, pero sigue allí, recibiendo la misma película de grasa fría que cubre los goznes.

Amanece con un gris blancuzco sobre el basalto exterior y una taza de achicoria caliente humea entre las manos cuarteadas de Darío. Afuera no hay pájaros, solo ese tono de leche agria que la niebla adquiere cuando se pega a los cortes de la roca y no deja adivinar dónde termina el muro y dónde empieza el despeñadero. El calor sube a ráfagas perezosas desde los intersticios del piso, un aliento mineral que no alcanza a disipar la escarcha acumulada en la base de la aspillera; Darío aprieta la loza astillada contra las palmas secas, sintiendo el picor familiar de los sabañones que despiertan con el cambio repentino de temperatura. En el fondo oscuro del cuenco flotan dos trozos leñosos de raíz que se niegan a hundirse, girando despacio cada vez que él ladea los dedos para evitar que el vapor le empañe los ojos.

Huele a sebo rancio y a lana húmeda.

El cuchillo de desollar que Tarsio guardó anoche bajo el cuero de la faja no ha vuelto a sonar, pero su presencia deforma la postura del hombre al dormir, inclinándole el torso hacia el costado derecho como si la hoja pesara más que la carne misma. Tarsio duerme con la boca entreabierta, mostrando la línea parduzca de las encías que el aire bajo va tiñendo de ocre con los meses, mientras un hilillo de saliva seca le dibuja una costra blanquecina en la comisura. No hay violencia en su respiración; es un resuello espeso, de fuelle con cuero viejo, interrumpido de tanto en tanto por un chasquido seco en la garganta. A tres pasos de la yacija, la puerta conserva el vano de dos dedos prescrito por la costumbre, y en esa rendija se dibuja la puntera de la bota del celador nuevo, un muchacho de la tropa que todavía no ha aprendido a no mirar, inmóvil contra las losas del descansillo, vigilando que el aire siga circulando entre los vivos.

¿Cuánto tarda una voz en perderse cuando el cuarto no tiene eco? Darío mira la nuca rapada de su esposo y piensa que mañana, o quizá hace tres inviernos, ese mismo hombre sostenía un compás de carpintero con una delicadeza que no parecía suya. Había algo en la curva de sus omoplatos —esa forma de doblarse sobre sí mismo como si temiera golpear el techo abovedado— que desarmaba cualquier tentativa de cólera. La rabia es un lujo que exige calorías, y en la fortaleza las calorías se miden en tajadas de tocino rancio que se disuelven en agua turbia antes de que el estómago alcance a registrar su paso. El frío, el azufre, la costumbre. No por odio. No por sumisión. Por puro cansancio mineral.

Nadie habla antes del tercer repique.

El muchacho empuja la hoja de madera apenas una pulgada con el regatón de la pica, sin asomar la cara, dejando sobre el umbral una tablilla de abeto con dos pellas de manteca y un puñado de sal gorda envuelto en papel basto. Sus dedos, tiznados de carbonilla hasta los nudillos, dejan dos manchas oscuras y aceitosas en la fibra clara de la madera antes de retirarse.

—El tiro de la chimenea este está atascado de nuevo —dice el celador hacia el vacío del corredor, con esa voz pastosa de quien no ha tragado saliva en horas—. Bajará humo negro a mediodía si no limpian el registro.

Darío no levanta la cabeza de la taza.

—Hay salmuera en el foso dos —responde, con la garganta áspera por la sequedad constante del basalto—. Que la suban antes de que el vapor caliente las cubas.

—No queda salmuera limpia. Solo posos.

—Pues con los posos.

El celador no replica. Cambia el peso del cuerpo de un pie al otro; el cuero reseco de sus polainas cruje como corteza de pino quebrándose bajo la escarcha. Por un momento, el silencio entre los tres hombres se vuelve espeso, no por tensión manifiesta, sino por esa monotonía gris que se adhiere a los muros y que convierte cualquier palabra en un esfuerzo innecesario de la mandíbula. Se rasca la oreja por debajo de la cofia de lana, bosteza sin taparse y se apoya de nuevo contra la jamba.

◇

Tarsio abre los ojos sin sobresalto, como quien emerge de un pozo poco profundo sin haber descansado en el fondo. Se pasa la mano por el cuello áspero, frotándose una picadura o una rojez que le arde bajo la barba crecida de varios días, y se incorpora despacio, arrastrando las piernas hacia el borde del jergón. Los talones descalzos le tocan las piedras calientes del piso y exhala un silbido breve entre los dientes, buscando a tientas la faja de badana que ha dejado caer al suelo durante el sopor de la madrugada. El cuchillo cae con un golpe sordo sobre el fieltro gastado de la estera.

Ninguno de los dos mira el cuchillo.

El rescoldo en el brasero de hierro fundido agoniza bajo una costra de ceniza pálida que Darío remueve con un trozo de alambre recocido, levantando una columna exigua de humo que huele a carbón de encina y a mineral viejo. En estas estancias cavadas a pico, donde la roca suda humedad por las mañanas y quema las plantas desnudas al atardecer, cualquier gesto de reconciliación parecería una impostura obscena. Tarsio se inclina hacia el calor residual, extendiendo los dedos nudosos que conservan el tinte amarillento de la pez y el hollín; sus hombros tocan casi el sayo de Darío, apenas separados por el ancho de un palmo de aire tibio y enrarecido.

—El celador cree que te cortaré el cuello mientras me das la espalda —dice Tarsio, con un tono neutro, casi desganado, mientras sopla las brasas para avivar una brizna rojiza que titila entre el polvo.

Darío sostiene la taza entre las piernas, mirando fijamente cómo las motas de ceniza caen sobre la superficie oscura del líquido amargo.

—El celador no cree nada —murmura Darío, rascándose la cicatriz seca del antebrazo con la uña del pulgar—. Solo espera que no manchemos las baldosas antes de su relevo. La paz no es el perdón; es sentarse a la misma lumbre sabiendo exactamente cuánto cuesta el silencio.

Tarsio arquea una ceja desvaída, la mirada perdida en el latido bermejo del rescoldo.

—Cuesta trescientas bocas comiendo salvado —dice.

Y ni un grano más.

Tarsio saca del bolsillo de la almilla un trozo de pan endurecido, tan reseco que parece un canto rodado recogido del torrente. Lo parte contra el muslo con un chasquido seco y le tiende la mitad mayor a Darío sin mirarle a la cara, sosteniéndolo en el aire hasta que Darío lo toma para no prolongar el gesto. La miga sabe a polvo y a levadura pasada, una textura terrosa que raspa el paladar y exige dos sorbos largos de achicoria para desleírse en la garganta. Comen en silencio, con la única compañía del siseo que sube de las junturas de la cal, ese silbido subterráneo de agua hirviente que parece recordarles que la montaña entera está hueca por dentro y que cualquier paso en falso los precipitaría a las calderas.

(Hubo una época en que el pan se amasaba con anís y harina de flor en las cocinas bajas de Solana, pero Darío ya no está seguro de si aquello ocurrió de verdad o si lo leyó en uno de los infolios desguazados que los celadores usaban para encender las estufas durante el primer sitio). El tiempo en la roca no avanza; se ensancha hacia los lados como una mancha de grasa sobre un trapo de lino. Uno cree que pasan los meses porque las uñas crecen y se quiebran contra los cantos vivos de la piedra, pero las mañanas son siempre idénticas a sí mismas: la misma niebla lechosa en la aspillera, la misma taza templada entre los nudillos agarrotados, la misma respiración pesada al otro lado de la tarima.

Tarsio se agacha para recoger las botas de cuero encerado que descansan junto al arcón de pino. El cuero está rígido por la humedad nocturna, combado por el uso y las marchas sobre grava volcánica, y le cuesta meter el empeine; suelta un bufido sordo, tirando de las orejetas de lona mientras los nudillos se le ponen blancos por el esfuerzo. Darío se levanta sin prisa del asiento bajo, sintiendo el crujido en la articulación de la rodilla izquierda, ese dolor seco que empeora siempre antes de la lluvia o del deshielo. Da cuatro pasos lentos sobre el basalto caldeado.

Darío abre la aspillera sin vidriar, deja que el aire helado le entumezca los dedos y se sienta en el jergón a esperar que Tarsio termine de calzarse las botas.

El viento que se cuela por la abertura trae consigo el olor a piedra lavada y una nevisca tan fina que parece sal suspendida sobre el vacío. En el resalte exterior, la cuchara de estaño torcida sigue inmóvil bajo el gris del cielo, cubierta ya por una costra delgada de escarcha que borra sus contornos hasta hacerla parecer un diente roto arrancado a la muralla. ¿Hacia dónde mira el metal cuando ya no refleja la luz de ninguna vela?

Fin del Episodio 12 · de 12

El rescoldo y la escarcha

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