La noche del vuelco
~8 min · 1557 palabras
Un hilo de cobre deshilachado colgando de una viga muerta. Una gota de condensación le tiembla en la punta sin decidirse a caer.
Darío mira la mancha sobre la madera. La miraba ya antes de que Tarsio apartara la mano, como si el cerco de manteca tibia hubiera existido siempre en esa mesa de pino carcomido, entre el plato hondo y la salera vacía. Afuera, en algún punto ciego del corredor donde la piedra rezuma un agua con olor a herrumbre, las calderas de vapor sueltan su pitido ronco; no es un golpe, es una vibración continua que sube por los tobillos, entumeciendo los tendones hasta que los talones arden contra el basalto helado. El frío no baja del techo: sube del piso y se mezcla con el vaho denso que se cuela por el resquicio de la puerta. Dos dedos de luz sucia. La madera no puede cerrarse por completo —nunca se cierra, la ley exige que el cerrojo permanezca desdentado y la rendija franca—, y al otro lado de la hoja, sentado sobre un cajón de embalaje desvencijado, la silueta de Eusebio Alvareda proyecta una joroba oscura contra la cal desconchada.
Eusebio tiene una costra reseca en el nudillo del pulgar y se la arranca con la uña, despacio, mirando al vacío.
El silencio entre Darío y Tarsio no es denso; es poroso, lleno de huecos donde el aire no circula. Tarsio exhala con el fuelle perezoso de los hombres que han comido demasiado y no tienen nada urgente que decir. Su jubón de paño pardo, manchado de sebo en los ojales y lustroso en las coderas por el roce de los bancos de guardia, exhala ese tufo agrio de grasa de vaca quemada que impregna hasta las junturas de los dientes. Lleva los párpados caídos, casi pegados, como si calculara el peso exacto de la grasa que se solidifica en el fondo de la escudilla. En la aspillera sin vidriar, el viento del desfiladero pega un respingo seco, un aletazo que desciende por el cañón de la chimenea y arroja al cuarto una cortina de hollín microscópico. Una llovizna negra y tibia que desciende sobre la mesa, sobre el pan de centeno endurecido, sobre las uñas cortas de Tarsio.
Ninguno de los dos pestañea.
—El viento viene del este —dice Tarsio sin levantar la vista—. Mañana el agua del aljibe sabrá a tierra cocida.
—Siempre sabe a tierra cocida —responde Darío. Su propia voz le suena extraña en la garganta reseca, raspada por los vapores amarillos que cada anochecer le tiñen la saliva de un ocre espeso y le dejan las sienes latiendo al compás de la caldera subterránea.
—No —replica el otro, acomodando el peso de los muslos en el escaño con un chasquido de correajes gastados—. La semana pasada sabía a cal viva. La prefiero con cal. Al menos limpia las tripas.
Tarsio se pasa la lengua por una muela cariada. Fuera, la caldera bufa de nuevo con un estertor húmedo.
Entonces mete la mano diestra en el forro interior de su pechera. Tarda. Sus dedos gruesos, con las cutículas partidas y sucias de hollín de fragua, tantean entre las costuras deshilachadas hasta dar con lo que busca. Lo saca despacio, sin ceremonia ni violencia, como el tratante que saca un recibo de pastos en una taberna caminera. Es una hoja de vitela doblada en tres partes, con los bordes sobados y una costra de cera roja aplastada en el pliegue central que ostenta la marca del hierro señorial. La cera tiene el tono turbio de la sangre que lleva horas secándose al aire. La deja sobre la mesa, justo encima del cerco grasiento que sus propios dedos habían marcado momentos antes.
En la cara visible, escrita con tinta de agallas de roble que el tiempo tornará verdosa, figura una sola línea: Darío de Val-Solana, libre de paso y fianza hasta las lindes del vado.
El papel no se mueve.
Darío mira las letras góticas, trazadas con una caligrafía burocrática que no tiembla. Conoce el peso de ese papel. Sabe que bastaría estirar dos dedos, deslizarlo bajo la manga de estameña y caminar hacia el portillo del foso antes de que las calderas escupan la purga de medianoche. Pero la cabeza no se le va a los caminos abiertos; desciende cuatro niveles por las escaleras de caracol, hasta las cocinas subterráneas y las galerías de carboneo donde trescientas personas respiran un aire que sabe a piedra calcinada, esperando el tintineo del caldero de pez que la guardia mantiene siempre tibio sobre las hornallas.
—Tómalo —dice Tarsio. No hay burla en su boca. Ni desprecio. Ni triunfo. Solo esa pesadez plana de quien ejecuta una tarea prescrita por una ordenanza redactada tres inviernos atrás—. Las postas están avisadas. En el vado de los Sauces hay una mula con albarda y dos pellejos de harina. Puedes estar en la costa antes de que cambie la luna.
Darío no alarga los dedos. Se pasa la lengua por el labio superior; está cuarteado, áspero como un trozo de corteza de abedul.
—¿Y las fosas? —pregunta Darío.
Tarsio se rasca la oreja con el canto de la mano. Una mota de caspa cae flotando sobre el salvoconducto.
—Las fosas no viajan —dice Tarsio, mirándolo por fin con esos ojos pequeños, acuosos, que parecen desprovistos de pestañas—. Las fosas se quedan donde están. Si tú no estás aquí para el censo del amanecer, el alguacil verterá la brea en los albañales comunales. Es el reglamento. Tú lo sabes, yo lo sé, y el capataz de las calderas lo tiene apuntado con tiza en el dintel de su tabuco. Pero tú serás libre. Tendrás la mula. Podrás mirar el mar.
Darío siente el frío subirle por las espinillas. Se aprieta las manos entre los muslos para calmar el temblor que le nace en las muñecas, una sacudida nerviosa que nada tiene que ver con el pánico y todo con el odio acumulado en los huesos. La piel del estómago se le encoge; le arde la laringe por la tos de azufre contenida.
Afuera, en el dintel, Eusebio se pone de pie con pesadez. El crujido de las suelas de cuero crudo contra el basalto resuena en la rendija de la puerta con la nitidez de una rama partiéndose en un bosque helado. El celador asoma la mitad de la cara por la abertura reglamentaria; sus dientes, teñidos de ese amarillo sucio por los vapores del foso, brillan tenuemente con la mecha de la lucerna.
—El relevo baja por la rampa —avisa Eusebio, sin mirar a Darío, mirando solo las botas de Tarsio—. Traen la salazón de la noche.
—Que esperen abajo —ordena Tarsio sin girar la cabeza—. No hemos terminado.
Eusebio no contesta. Vuelve a sentarse sobre el cajón; su sombra se proyecta de nuevo, estirada y rota por el marco abierto, cubriendo el ángulo donde la pared se junta con el piso. En esa esquina, el hollín ha formado una costra negra que parece terciopelo podrido.
Darío mueve el brazo izquierdo con cautela, buscando el borde interior de su manga. Allí, sujeto con una tira de lino crudo contra la parte interna del antebrazo, el frasco de vidrio verdoso le quema la piel con su redondez fría. Beleño negro macerado en alcohol de grano: el regalo de Eusebio. Dos gotas en la escudilla y el corazón de un buey como Tarsio dejaría de empujar antes del alba; y el chiquillo del molino amanecería vivo.
El papel sellado sigue ahí, entre los dos, sobre el cerco de grasa.
—No la quieres —constata Tarsio, y en su tono no hay enfado, sino una vaga fatiga, la misma con la que un herrero contempla una barra torcida que se niega a enderezarse bajo el martillo—. Eres terco como los de tu sangre. Mi hermano decía que a los Val-Solana había que quemarles la ropa vieja tres veces antes de que aceptaran ponerse una camisa limpia.
—Tu hermano murió ahogado en su propio vómito —dice Darío.
—Sí —admite Tarsio, frotándose la barbilla con un sonido de cerdas ásperas raspando cuero—. Pero la camisa que llevaba puesta era de buen lino.
El aire de la estancia huele a grasa fría y a piedra recalentada. Darío respira hondo; el pecho le duele, una punzada seca bajo el esternón que se clava cada vez que el aire entra con demasiada prisa. Intenta acomodar el brazo contra el costado para empujar el frasco más arriba, hacia el pliegue del codo, antes de que el relevo de la guardia entre en la cámara y la farsa deba continuar bajo la mirada de Eusebio.
Sus dedos están húmedos por el sudor frío. La badana del puño cede.
El frasco resbala.
No cae sobre la losa ni se desliza por los pliegues de su sayón. Cae hacia adelante, impulsado por el movimiento torpe de la muñeca, y el fondo de vidrio grueso golpea seco contra el borde desportillado del plato de peltre.
Cling.
El sonido es ridículamente limpio en medio del hedor a manteca y del bufido sordo de las calderas.
Tarsio baja la mirada hacia el estaño. El frasco de beleño rueda lentamente dos centímetros, dejando un rastro aceitoso sobre la película blanquecina de la grasa fría.
Ninguno de los dos se mueve. Al otro lado de la puerta, la suela de Eusebio raspa perezosa contra el basalto.
Fin del Episodio 8 · de 12
La noche del vuelco
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