Plato de peltre
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El polvo volcánico se pega a los pliegues de la badana en cada pisada. En el arranque de la escalera de caracol, una cuchara de madera partida por el lomo yace arrinconada contra el zócalo, medio cubierta por una costra de serrín pálido que el tiro de aire dispersa hacia los respiraderos.
Darío sube con el frasco de beleño encajado en el hueco entre el pulgar y el índice. El vidrio conserva una frialdad terca, sellado con un tapón de cera que huele a resina vieja y vinagre. Atrás queda el estanque de los niveles bajos; ahora cada peldaño de basalto transmite a los talones la vibración sorda de las calderas subterráneas, ese rumor de vapor comprimido que zumba entre las junturas del mortero y no deja de sonar en todo el día. Por los tragaluces se cuela un aire cortante que entumece los dedos.
En el descansillo del piso medio se detiene un instante a tomar aire. No pasa nada. Una rata gris cruza despacio entre dos canastas de mimbre deshechas, roe una tira de lino manchada de salmuera y se mete por una hendidura sin prisas. Darío apoya la espalda contra la piedra húmeda y siente la costra de salitre raspar la lana del sayón. Se pasa la lengua por el labio inferior y nota la grieta en carne viva que lleva tres días molestándole al masticar. La vida en el bastión no se mide por horas, sino por la lentitud con que cierran las heridas pequeñas.
El corredor que lleva a la cámara está en penumbra, alumbrado por una lucerna baja de sebo que humea grasa de carnero. Junto al vano, Eusebio Alvareda descansa la espalda en la jamba, con la bota izquierda apoyada sobre el talón para no cargar el juanete. Mastica una brizna seca de arrayán con un chasquido rítmico de la quijada. La puerta de roble sigue entornada tres dedos y deja escapar un vaho tibio y espeso.
—El caldero de abajo está casi frío —dice Eusebio sin mirarlo.
—Traigo lo que había en la repisa —contesta Darío, sosteniendo la escudilla con la mano derecha mientras la izquierda se cierra en torno al frasco bajo el sayón.
—Queda poco tocino. Mucha agua y cuatro nabos duros como cantos de río.
—Para cenar sobra.
—Si tú lo dices.
Eusebio escupe la brizna de arrayán hacia el rincón del zaguán.
—El señor ha estado llamando hace un cuarto de hora. No sé qué buscaba. Revolvió los cofres y luego se tiró en el jergón como un fardo de leña mojada.
—Estará cansado.
—Todos estamos cansados, muchacho. Unos más que otros.
Eusebio se aparta medio palmo de la jamba con desgana, arrastrando la suela para dejarle hueco.
La piedra bajo los pies sigue tibia.
Darío empuja la tabla con el codo. Los goznes, saturados de hollín y manteca rancia, no chirrían. La estancia flota en una penumbra espesa, atemperada apenas por el rescoldo grisáceo de un brasero de hierro colado. Tarsio Marento está sentado en el borde de una banqueta de pino, con las piernas abiertas y los codos apoyados en las rodillas. Lleva la camisa desanudada sobre el pecho huesudo, donde el sudor apelmaza un vello ralo y canoso. Sus botas de montar, manchadas de barro seco que se va soltando en terrones menudos, yacen tumbadas junto al jergón. Tiene los hombros caídos y el cuello flácido, con la piel enrojecida por el aire sulfuroso que sube de los conductos.
Darío avanza hasta la mesa baja y apoya la escudilla. El plato es de peltre basto, opaco por los fregados con arena, con una muesca profunda en el labio metálico. El caldo cae con un chapoteo lánguido, sin vapor: un líquido turbio donde flotan rodajas de nabo pálidas y dos ojos de grasa amarillenta. Bajo el pliegue de la manga, el pulgar de Darío tantea el precinto de cera. Basta presionar la uña en el reborde, quebrar el sello y verter dos gotas espesas mientras la grasa aún no se endurece del todo. No habrá forcejeo ni alboroto; solo una modorra pesada, un sueño hondo y un corazón que antes del alba dejará de empujar la sangre.
Darío mantiene la mano quieta dentro del sayón. El vidrio del frasco le muerde la yema con un frío terco, ajeno al calor sofocante del brasero. En el silencio del cuarto solo se oye el fuelle fatigado de los pulmones de Tarsio, un silbido áspero que se interrumpe con un carraspeo seco. Huele a calcetines sudados, a grasa fría y a ceniza mojada. El pulgar de Darío resbala por el cuello del vidrio sin levantar el sello. Deja la mano quieta en el bolsillo, cerrada en un puño que empieza a doler por la tensión de los tendones.
Tarsio se frota la cara con las dos palmas, raspando la barba rala de varios días. Suelta un bostezo y luego clava la vista en la escudilla.
—Huele a nabo helado —murmura.
—Es lo que han cocido —dice Darío.
—Todo sabe a piedra en este agujero. Hasta el agua del pozo tiene gusto a azufre.
—El pozo está hondo.
—Demasiado hondo.
Tarsio estira el brazo hacia un envoltorio de lino sucio que descansa junto a la lucerna. Sus dedos, entumecidos por el reuma, desenvuelven con torpeza un pedazo de queso de cabra curado al humo, reseco y veteado de ceniza.
En los bordes del caldo empieza a formarse una nata blanca.
—Come tú primero —dice Tarsio, empujando el pedazo de queso hacia el borde de la mesa con los nudillos—. Traes las mejillas hundidas.
El trozo de queso se detiene junto a la escudilla de peltre. La grasa del caldo ya se ha enfriado por completo, convertida en una película mate pegada al metal. Darío mira la mano de Tarsio regresar a su regazo y dejar sobre la madera una marca grasienta que tarda en secarse. Afuera, por debajo de los tablones del piso, el vapor sigue bufando entre las hendiduras con su quejido sordo, indiferente a los dos hombres sentados en la penumbra.
Fin del Episodio 7 · de 12
Plato de peltre
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