El azufre en la cisterna
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Darío se anuda la jareta del sayón antes de pisar el corredor. El aire de la galería no corre; se queda aplastado contra el suelo de basalto, recalentado desde las herrerías inferiores con ese olor pastoso a manteca de carnero quemada que no se va ni frotando la ropa con vinagre. A través de la rendija del batiente sale el ronquido de Tarsio: un resuello húmedo y pesado, de hombre que duerme con la boca abierta y las costillas pegadas a la tarima.
El centinela de guardia en el descansillo ni se mueve. Tiene los dedos metidos entre los muslos y la barbilla enterrada en la lana picada de la esclavina. Solo se oye el crujido de la banqueta de pino cuando carga el peso sobre la otra nalga.
Darío sigue pegado al muro.
Las losas le cuecen las plantas de los pies descalzos mientras el frío de la madrugada, que cae por las aspilleras sin postigo, le deja los nudillos grises y secos. En el primer quiebro del pasadizo se rasca la encía con el pulgar. El sarro sabe a hierro viejo. Escupe hacia la canaleta lateral una hebra de saliva espesa que tarda en resbalar.
El vientre le da un latigazo sordo.
Se detiene con la espalda pegada al basalto hasta que el retortijón afloja. De la bóveda cae una gota pesada que le acierta en la comisura de la boca; sabe a cal muerta y salitre. En el bolsillo solo lleva dos tiras de lino tiznado y unas hojas secas de arrayán vueltas polvo. No sirven para el hedor de las letrinas, pero sigue desmenuzándolas entre el índice y el pulgar por pura inercia, hasta que las yemas se le quedan verdes.
El recodo del pilón de lavado rezuma humedad fría. Las calderas bufan detrás del tabique con un siseo bajo, continuo, que tapa cualquier rumor de las galerías altas. El caño de plomo echa un chorro ralo sobre la artesa de piedra y levanta un cerco de espuma con vaho sulfuroso. Darío mete las manos en el agua helada y se lava los ojos a manotazos. El mordisco del frío le deja la piel tirante.
—Te vas a quedar tonto si metes la cabeza ahí a oscuras —dice Eusebio desde el rincón de las cubas.
El viejo tarda en asomar. Viene cargado de hombros bajo una capa de sarga tiesa de roña, arrastrando las suelas con un crujido de rodillas desgastadas. Se limpia la nariz con el dorso de la manopla. Trae una costra abierta en el nudillo del dedo medio.
—No hay jabón —dice Darío.
—Se acabó el martes —Eusebio escupe a la ceniza del suelo—. Queda un pedazo de sebo rancio en el cubo, pero te despellejará.
—Me da igual.
—Traje salmuera limpia para Fabián. Las piernas ya le olían a carne podrida.
—¿Pudo masticar?
—Miga remojada. Tiene las encías negras como moras.
—Dile que no se acerque a los del carbón.
—Díselo tú cuando te toque bajar la leña.
Ninguno dice nada durante medio minuto. El caño de plomo sigue golpeando la artesa. Eusebio acorta la distancia, con un aliento de rábano crudo que sale por la boca entreabierta. Mantiene el codo izquierdo apretado contra el costillar, rígido bajo la sarga, como si aguantara una gallina viva entre las telas.
Darío quiere retroceder medio paso, pero el borde de la pila le da en los muslos.
—Estate quieto —masculla Eusebio.
Le clava la mano libre en el hombro con un tirón seco y le mete la otra por la bocamanga del sayón. Darío siente el contacto liso y helado de un frasco de vidrio gordo, apenas del tamaño de un pulgar, untado de un aceite que apesta a beleño marchito y polvo de sótano. Intenta apartar el brazo, pero el viejo le retuerce la muñeca contra el plomo hasta hacerle crujir los tendones.
Pesa poco. Menos que una nuez.
—Guárdalo en la faja —le sisea el viejo al oído—. Mételo ahí dentro o te parto los dos dedos chicos ahora mismo.
—Estás loco, Eusebio —Darío apenas puede sacar aire—. Si Tarsio nota el olor en el cuenco, no me matará solo a mí. Sabes bien lo que van a echar por las letrinas.
—No va a notar una mierda. La sopa de nabos viene negra de la pimienta brava que echa el cocinero para tapar el lodo de la escarcha. No lo va a notar hasta que la lengua se le ponga de corcho.
—No lo voy a hacer.
—Lo vas a hacer.
Eusebio le aprieta los dedos renegridos bajo la mandíbula, empujando la piel contra el hueso.
—Si mañana por la noche no vacías el frasco en su plato —susurra el viejo, con los ojos clavados en los suyos—, el chiquillo del molino amanece ahorcado de la cercha.
Suelta la tela de golpe. Da dos pasos hacia atrás en la negrura del pasillo, con las botas resbalando en la ceniza mojada, y se pierde en el recodo.
Darío se queda solo junto al agua. El frasco le quema la palma con un frío espeso.
Fin del Episodio 6 · de 12
El azufre en la cisterna
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