Manteca y trapo limpio
~7 min · 1340 palabras
Un plato de estaño con tres marcas de dientes en el borde. Nadie recuerda ya de quién fue esa boca.
El aire del aposento no termina nunca de aclararse. Sube desde las junturas del piso, entre las losas de basalto que queman las plantas descalzas mientras una corriente gélida, bajando desde la aspillera abierta al desfiladero, corta los tobillos como una guadaña de agua. Es siempre el mismo choque: arriba el invierno que no afloja, abajo las calderas que no duermen. Darío camina sobre ese filo térmico arrastrando los talones, con los dedos engatillados por el frío y la piel del empeine enrojecida por el suelo recalentado. Lleva en la mano izquierda un cuenco de barro cocido donde la grasa de buey, densa y grisácea como una cera vieja, despide un tufo rancio que se pega a la lengua antes de rozar la boca.
Tarsio está sentado al borde del jergón, doblado hacia adelante, con los codos clavados en las rodillas y la cabeza colgando entre los hombros. Huele a fango cocido y a lana húmeda. Toda la mitad derecha de su espalda es una sola placa violácea donde las ampollas del vapor han empezado a reventar solas, soltando un suero espeso que se mezcla con el hollín adherido al vello. Respira despacio. Cada vez que el fuelle de sus costillas se expande, la piel tirante cruje con un sonido húmedo, como de tripa de salchicha al secarse al sol.
Darío no se apresura.
El barro del foso se le ha secado entre los dedos formando costras duras que le tiran de los nudillos, pero no se las quita. Hunde dos dedos en el cuenco. La manteca cede con una resistencia elástica, fría en la superficie y apenas tibia en el fondo, despidiendo ese hedor agrio que solo tienen los animales sacrificados en invierno cuando ya no queda pasto limpio. Al apoyarla sobre la carne viva de Tarsio, el otro no grita; solo emite un chasquido sordo con la lengua contra el paladar, una vibración seca que sube por la columna vertebral y se pierde en la nuca.
—Está fría —dice Tarsio sin levantar la cara.
—Es lo que hay en la artesa.
—Huele a cuadra podrida.
—Es buey. Si quieres aceite de flores, pídeselo al celador.
Tarsio suelta un bufido que levanta una mota de ceniza del cobertor de lana áspera. No replica. Tiene una costra partida en el lóbulo de la oreja que supura un hilo transparente, y los dientes, manchados de ese tono amarillento que deja el aire de las galerías bajas, muerden en vacío con un ritmo cansino, masticando la nada.
Darío extiende la grasa con la palma abierta, trazando círculos lentos sobre el omóplato. La piel quemada está tan caliente que la manteca se licua casi al instante, escurriéndose en hilos grasientos hacia el nacimiento de los riñones. Bajo la capa brillante de la pringue, los relieves óseos se dibujan con una claridad obscena: la escápula sobresale como un ala rota y, justo encima, la clavícula que soldó torcida hace dos inviernos forma un nudo nudoso, un bulto calcáreo del tamaño de una nuez moscada que nunca volvió a alinearse con el esternón.
Bastaría cerrar el puño. Apoyar el talón de la mano sobre esa protuberancia y dejar caer el peso del cuerpo con un golpe seco hacia abajo, hacia la piedra.
Un chasquido limpio. El grito se ahogaría en el trapo antes de cruzar la rendija.
Pero Darío solo sigue untando. Los dedos suben por el tendón del cuello, descienden por el relieve del hombro, miden el grosor de la carne inflamada sin ejercer más fuerza que la de una brocha sobre una tabla vieja. Al tacto, el músculo tiembla de puro agotamiento bajo la supuración tibia, un temblor menudo y continuo que no tiene nada de fiero.
—El lino —murmura Tarsio. La voz le sale pastosa, arrastrada por la lengua pesada—. Pásale el trapo por la axila. Escurre.
—Si aprieto ahí, te levanto la piel suelta.
—Pásalo igual.
Darío coge una tira de cáñamo deshilachado que Eusebio dejó sobre el arcón antes de retirarse al umbral. No es lino noble; es la arpillera basta que usan para envolver los panes de sal, lavada tantas veces en agua de azufre que ha perdido todo color y parece la piel de una anguila seca. Pasa la tela con cuidado, limpiando el excedente de sebo rancio que amenaza con manchar la almohada. En el pasillo exterior, a través del hueco reglamentario de tres dedos que la puerta entreabierta deja libre hacia las losas frías, se escucha el roce metálico de la bota de Eusebio contra el dintel. El guardia no mira hacia adentro. Tiene la espalda apoyada contra el marco y se limpia las uñas con la punta de un clavo torcido, tarareando una melodía de siega que nadie canta en las provincias del norte desde hace quince años.
La manteca tarda casi una hora en enfriarse sobre la carne viva.
En la repisa de basalto la lucerna de mecha corta chisporrotea, alimentada con el mismo aceite residual que usan para engrasar los vástagos de las bombas de achique. El olor es denso, mineral, una mezcla de herrumbre y grasa animal que impregna el lino y se mete debajo de las uñas de Darío con una persistencia casi geológica. Se sienta en una banqueta de tres patas, sintiendo cómo el cansancio del foso le baja por los muslos en calambres sordos. Le arden las muñecas. La rozadura que se hizo contra el hierro de la válvula escuece con una pulsación rítmica, viva, como si tuviera un reloj diminuto cosido bajo la carne.
Tarsio ha dejado caer los brazos a los costados de la yacija. Los dedos de su mano derecha rozan el suelo de piedra, inmóviles, manchados de tizne en los pliegues de los nudillos.
—Mañana hay que bajar otra vez —dice Darío al vacío del cuarto, mirando cómo la mecha forma un hongo de carbón en la punta—. La junta del tubo tres sigue perdiendo. El vapor se va a comer el mortero de la base antes del deshielo.
Silencio.
El siseo cavernoso de las calderas vibra a través de los muros como una marea subterránea que nunca baja del todo. Es un sonido que no entra por las orejas, sino por las suelas de las botas y los huesos de la pelvis; un zumbido tibio que hace temblar la lámina de grasa en el fondo del plato de estaño abandonado sobre la banqueta.
—Tarsio.
Ninguna respuesta. Solo el roce pesado de la respiración que cambia de marcha, espesándose, bajando al fondo de la tráquea con un gorgoteo áspero de flema y azufre. Tarsio ha vencido la frente hacia un lado, aplastando la mejilla izquierda contra la funda de crin basta que sirve de cabezal. La boca le queda abierta, floja, dejando ver la hilera inferior de dientes mellados y un hilo de saliva espesa que busca la tela gris.
Un ronquido bronco, seco como el arrastre de una pala sobre grava, rompe la monotonía del vapor.
Darío se queda con el trapo sucio colgando entre los dedos manchados de sebo. Mira la nuca descubierta, el remolino de pelo oscuro pegoteado por el sudor frío y la manteca, la curva de las vértebras que suben hacia el cráneo expuestas como nudillos en un puño cerrado. Un antebrazo cruzado sobre esa garganta sin fuelle. Dos minutos de pataleo ciego contra la lana basta, nada más, y la deuda quedaría zanjada antes de que el vapor vuelva a silbar en las troneras.
No se mueve.
Se limpia los pulgares en el dobladillo de su propia túnica, despacio, quitándose la grasa fría hasta que la tela queda translúcida y brillante bajo la luz roja de la lucerna.
Afuera, en el corredor, Eusebio cambia el peso de una pierna a otra con un chasquido de cuero húmedo. Luego, nada más que el silbido de las tuberías enterradas en la roca, empujando la niebla hacia arriba, como si la tierra entera estuviera roncando con la boca abierta.
Fin del Episodio 5 · de 12
Manteca y trapo limpio
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