Donde muerde la tregua·Episodio 04

El silbido de la junta

~5 min · 1075 palabras

El hollín flota a media altura en el cuarto, una arenilla caliente que cruje entre los molares cada vez que Darío traga saliva.

Lleva un buen rato raspando la ceniza de la corteza del pan con la uña para masticarla y engañar al estómago. No queda agua en el jarro de peltre abollado, solo un sedimento tibio con regusto a cobre que le raspa el fondo de la garganta sin aliviar la sed. Sigue sentado en el borde del jergón de lino áspero. Los talones le arden contra las losas del suelo, pero el relente de la noche se cuela por la aspillera sin vidriar y le deja los dedos de los pies entumecidos. Es al recostar la nuca contra la piedra húmeda cuando el zumbido de fondo cambia. Ya no es la vibración sorda de las calderas que hace tintinear los platos de estaño mal fregados sobre la repisa. Es algo más agudo.

Un siseo fino como un alambre tensado al límite.

Viene de la junta del zócalo, donde el mortero terroso se cuartea bajo la presión. Respirar en estos dormitorios subterráneos siempre ha sido una condena lenta —la flema estancada en los pulmones, el regusto a azufre y el sebo quemado de las lucernas que tizna las bóvedas—, pero ese silbido trae consigo un vaho blanco, sofocante, cargado de hedor a sentina y aguas muertas. En algún punto de las galerías bajas, el sistema de purga de las letrinas de la tropa está colapsando bajo el reflujo de las calderas centrales. Darío se pone en pie. La piedra ardiente le castiga la planta de los pies descalzos. Al fondo de la estancia, en el dintel de la puerta que la ordenanza prohíbe cerrar con pestillo, la silueta torcida de Eusebio Alvareda vela recostada contra la jamba, envuelta en una manta gris que apesta a humedad.

—Se ha trabado la derivación del pozo negro —dice Eusebio sin mirarlo, rascándose la muñeca sucia con la uña astillada del pulgar—. Huele a perro hervido desde el foso hasta las almenas. Si esa junta revienta, el caldo nos va a llegar a las corvas antes de que cante el gallo.

—¿Dónde está el celador? —pregunta Darío, notando cómo la laringe le arde al forzar la voz sobre el zumbido.

—Abajo. Buscando la llave de paso o cagándose en los muertos de alguien. Con Tarsio nunca se sabe la diferencia. —El viejo cambia el peso de un pie al otro; las rodillas le crujen como ramas secas bajo el paño burdo del calzón—. Oiga, don Darío, si le queda una hebra de cáñamo o un trozo de alambre de atar las mantas, guárdemelo. Se me ha rajado la talonera de la alpargata izquierda y con este piso hirviendo voy pisando brasas.

—No tengo alambre, Eusebio.

—Bueno. Ya le meteré una tira de trapo viejo.

Un golpe seco, profundo como un puñetazo en el vientre de la montaña, sacude los cimientos del dormitorio. No es roca quebrándose: es el ariete hidráulico, ese empuje ciego del agua caliente que busca por dónde romper cuando los conductos se estrangulan con el sarro. Tres niveles más abajo, en las galerías ciegas donde los trescientos siervos de Val-Solana duermen amontonados sobre esteras podridas, las cañerías corren pegadas a los techos de madera húmeda. Si el vapor revienta las letrinas superiores, la pez y el agua hirviendo bajarán en cascada por los aliviaderos directos hacia sus fosas. Darío no espera a calzarse; empuja la hoja de la puerta y echa a correr por el caracol de basalto siguiendo el rastro del humo agrio.

◇

El pasadizo de servicio de las letrinas es una garganta de niebla espesa donde apenas se distinguen las sombras de los arcos. El aire, saturado de vapor sulfuroso y grasa de calafatear quemada, quema al entrar en la boca y obliga a tragar en seco entre arcadas. En el centro de la galería, envuelto en una nube hirviente que sale a chorros por las holguras del émbolo principal, Tarsio Marento forcejea contra la válvula de descarga. Lleva la casaca desabrochada, el torso empapado en sudor grisáceo y los dedos cubiertos de una costra negra de sebo y herrumbre con la que mancha todo lo que toca; sus botas resbalan en el limo grasiento de las baldosas pulidas por el hollín.

—¡Aparta, carajo! —ruge Tarsio al oír los pasos de Darío, con la voz destrozada por el aire ardiente—. ¡El vástago está clavado! ¡Se ha soldado con el tártaro!

La válvula silba con un aullido tan agudo que hace vibrar los dientes en las mandíbulas, una queja metálica que amenaza con despedazar la fundición de plomo de un momento a otro.

—¡Se va a llevar por delante las galerías de abajo! —grita Darío, ahogado por el vapor mientras se mete en la humareda.

Tarsio suelta un bufido que termina en una tos seca, espesa; escupe una flema oscura sobre el basalto antes de clavar sus ojos enrojecidos en los de Darío.

—¡Pues agarra la barra de una puta vez o nos escaldamos los dos!

La tubería gime.

La palanca de purga, un fierro macizo de dos varas recubierto de costras de orín y salitre, vibra con una violencia salvaje y chupa el calor del pozo ciego hasta ponerse al rojo en la base. Darío mete las manos desnudas junto a las de su captor. El hierro le abrasa las palmas en un chispazo de dolor puro que le hace apretar la mandíbula hasta oír crujir los molares; el olor a pellejo chamuscado sube de inmediato entre los dos hombres. Empujan hacia abajo con todo el peso de sus cuerpos, hombro con hombro, las respiraciones entrecortadas fundiéndose en la misma nube fétida. En la torsión desesperada para vencer la resistencia del metal agarrotado, el antebrazo desnudo de Darío choca contra el antebrazo sudoroso de Tarsio; el calor derrite la película de grasa y sudor que los separa y la piel de uno se queda pegada a la del otro, ardiendo al unísono contra el hierro en tensión. Ninguno de los dos cede ni se aparta un solo milímetro mientras el silbido de la junta amenaza con arrancarles los tímpanos.

El metal cede de golpe con un estallido cavernoso. La palanca baja una pulgada a costa de la piel de ambos, y el vapor revienta hacia los desagües en un torrente ciego que los tira de rodillas contra el fango, pegados por las quemaduras y tragando juntos el mismo aire abrasado.

Fin del Episodio 4 · de 12

El silbido de la junta

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