Donde muerde la tregua·Episodio 03

Miga con ceniza

~4 min · 816 palabras

La bandeja toca el estaño de la mesa con un golpe seco. La comida ya viene tibia de las cocinas bajas; en este piso el suelo exhala vaho desde las calderas de vapor, pero a la altura de los tobillos entra por la aspillera un aire fino que hiela el cuero de las botas.

Darío parte el pedazo de pan con las dos manos. Tiene una ampolla reventada en la base del pulgar derecho, una llaga viva con el borde blanquecino que escuece con el roce de la corteza dura. Apoya los codos en la mesa grasienta, donde los cuencos viejos han dejado cercos oscuros. En la manga del sayo le queda todavía una costra de sebo de la víspera.

Eusebio Alvareda deja caer una bolsita de salitre junto al plato. Tiene los dedos renegridos de grasa de torno, de esa que no sale ni frotando con ceniza en el pilón, y se rasca el cuello donde el roce de la lana basta le ha levantado ronchas por la salmuera.

—Está verde por dentro —dice Eusebio. Se pasa el dorso de la muñeca por la comisura de la boca—. La leña de las marismas vino empapada y los hornos viejos no tiraron en toda la noche.

—Tiene piedras —dice Darío. Nota una esquirla dura entre los dientes, la saca con la punta de la lengua y la deja en el borde del estaño—. Podías haberlo mirado antes de subir.

—Haber bajado tú al foso. El cojo estaba repartiendo a golpes con el cazo de hierro y no tiene paciencia para escoger.

—Dile que el próximo saco lo pasen por la criba.

—Díselo tú cuando baje el humo.

Darío no contesta. Mastica despacio la miga correosa, sintiendo la arenilla chirriar contra el esmalte de las muelas. Eusebio no se marcha; se queda recostado contra el marco de piedra, mirando una mancha de humedad en la pared y cambiando el peso de un pie al otro para despegarse las calzas sudadas de los muslos.

Abajo, en las galerías de carboneo, alguien canta a media voz una copla de siega, desafinada, la misma que las mujeres de Val-Solana cantaban en agosto mientras ataban las gavillas. Darío deja de masticar para oírla. No llega al segundo verso: un golpe de cazo contra una olla la corta en seco, y después solo queda el siseo de las calderas, que no se cansa nunca y no se calla por nadie. Eusebio también la ha oído; Darío lo sabe porque ha dejado de cambiar el peso de un pie al otro. Ninguno de los dos dice nada. En la fortaleza, nombrar el valle en voz alta cuesta un día de ración.

◇

La puerta nunca cierra del todo. Quedan siempre cuatro dedos de rendija por donde se cuela el resuello del celador que monta guardia en el descansillo y el golpe sordo de la contera de la pica contra las losas cuando el soldado cambia de postura para no dormirse. Tarsio Marento empuja la tabla con el hombro, sin usar las manos. Trae el jubón salpicado de barro seco y un olor agrio a caballo y a vinagre.

Se detiene junto a la mesa con los guantes de montar todavía puestos. Da dos golpes secos con los nudillos sobre el tablero y hace saltar la bolsita de lino.

—Huele a perro mojado aquí arriba —dice. No mira a Darío; mira la aspillera estrecha, donde la niebla de la tarde borra el perfil de los riscos—. Te mandé quemar bayas de enebro en el brasero del rellano.

—No quedan bayas abajo —dice Darío sin levantarse de la banqueta. Los riñones le duelen de llevar tres horas sentado sobre la tabla pelada—. Solo trajeron ramas de pino verde. Se apagan solas y hacen humo.

—Pues aguanta el humo.

—Ya lo aguanto.

Tarsio baja la vista hacia el pan partido sobre el estaño. Con dos dedos enguantados levanta la corteza superior, mira la masa blancuzca con desgana y la deja caer. La arenilla salta sobre el plato con un chasquido menudo. Abajo, en las entrañas de la roca, el latido sordo de las calderas hace vibrar levemente los clavos del entarimado.

—Cómetelo todo —dice Tarsio, dándose la vuelta hacia la rendija de la puerta—. No quiero quejas de los guardias diciendo que aquí sobra comida mientras abajo racionan la manteca.

Sale sin cerrar.

Darío espera a que el crujido de las botas con herrajes se apague en el caracol de la escalera. Solo cuando el aire vuelve a quedar quieto —apenas el silbido continuo del vapor en las junturas y el carraspeo del centinela afuera—, alarga los dedos hacia la hogaza. Levanta la corteza quemada que Tarsio acaba de tocar. En el centro del pan, donde debería estar la miga tierna, hay un hueco tiznado de ceniza. Y en el fondo, marcadas a carbón con trazo grueso y apresurado, tres palabras: «Antes del hielo».

Fin del Episodio 3 · de 12

Miga con ceniza

Siguiente Episodio 4~6 minEl silbido de la junta“La palanca baja una pulgada a costa de la piel de ambos”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.