Tres dedos de sebo
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Eusebio carraspea en el descansillo cada dos minutos. Es una tos cavernosa, con un silbido de flema sulfurosa que Darío ya sabe cuándo va a romper antes de que empiece.
Bajo la paja prensada del jergón, la punta de hierro sigue tibia de haber estado entre sus dedos. Darío retira la mano despacio, cuidando de no rozar el lienzo basto con las uñas para no provocar ese siseo seco que la piedra desnuda multiplica. El calor sube desde las losas inferiores como un vaho invisible y terco que le cuece las plantas de los pies; a la altura de la nuca, en cambio, la aspillera sin vidrio escupe un aire gélido que le encoge los tendones del cuello. El cuerpo no sabe qué hacer: pudrirse por abajo o aterirse por arriba. Apoya la espalda contra el muro. El basalto rezuma una baba fría de salitre que le cala la camisa de cáñamo. Se pasa la lengua por los molares; la ceniza flota en filamentos microscópicos y cruje entre los dientes con la aspereza exacta de la arena masticada por descuido en la playa.
La puerta no está cerrada. Jamás lo está.
Apenas tres dedos de vano, lo bastante para que la luz grasienta del pasillo dibuje una vara amarilla sobre el suelo y para que se escuche el arrastrar de las suelas de Eusebio Alvareda.
Tarsio desabrocha las correas de cuero endurecido de sus grebas sin mirarlo, dejando que el olor agrio a sebo y sudor rancio ocupe el espacio entre los dos.
No hay prisa en sus dedos. Son dedos chatos, con las uñas partidas y teñidas de un negro mineral que ya no sale con agua ni con ceniza batida. Tarsio afloja primero la hebilla superior, la que muerde la pantorrilla hinchada, y el cuero emite un chasquido viscoso al despegarse de la lana sudada de las calzas. Hay algo humillante en la calma con la que un hombre se despoja de su armadura en la misma alcoba donde duerme su enemigo. No desenvaina. No revisa los rincones. No busca el trozo de hierro que Darío acaba de ocultar a cuatro palmos de sus rodillas. Simplemente respira por la boca, con ese silbido ronco de los hombres que han pasado diez inviernos aspirando las fumarolas de las calderas. El odio pierde filo cuando el hombre que degolló a tus primos tiene juanetes y resuella al doblar el lomo.
Un golpe seco. El hierro de la primera greba cae sobre la piedra viva con un estruendo mate que hace vibrar el plato de peltre abandonado en la mesa.
—Eusebio —dice Tarsio sin levantar la cabeza, con la voz pastosa de quien lleva medio turno tragando carbón en las troneras altas.
La rendija de la puerta se oscurece. La silueta encorvada del celador se planta en el hueco, proyectando una mancha deforme sobre el lecho.
—Diga, señor.
—Dile a los de abajo que no echen más orujo a las lucernas. Huele a perro quemado.
—No queda aceite limpio, señor. Hasta el jueves no sube la recua del valle.
Tarsio se pasa el dorso de la mano por la frente, arrastrando una mancha de tizne que le cruza la ceja canosa hasta la sien. Mira la puerta entreabierta, luego sus manos, luego el suelo.
—Pues que no enciendan nada —masculla el viejo, tirando de la segunda correa con un tirón torpe que le hace arquear los riñones—. Que se queden a oscuras. Total, para lo que hay que ver.
Eusebio duda. Sus ojos, dos cuencas hundidas rodeadas por la máscara ocre del vapor, resbalan sobre Darío, que permanece inmóvil en el jergón con las palmas apoyadas en los muslos. Hay un cálculo callado en esa mirada: el recuento de un siervo que mide los días que faltan para que la pez hirviendo caiga sobre el foso donde duermen sus propios parientes si el muchacho comete una estupidez. Eusebio asiente con una inclinación casi imperceptible y se retira, devolviendo al suelo la franja de luz mantecosa.
Silencio.
El siseo de las tuberías de vapor recorre el mortero entre los sillares de basalto, regular como el fuelle de una fragua sepultada. A Darío le pica con rabia el pliegue del codo, pero no se rasca. No mueve un dedo. Mantiene los ojos fijos en la hebilla rota de la bota de Tarsio. Si pestañea, teme que el tiempo retroceda a la fuerza hasta la tarde de agosto en que las carretas de Val-Solana ardían en la ribera con ese hedor dulce a grano calcinado y carne de mula.
El salitre, la ceniza, la espera. No por prudencia. Por puro agotamiento de los huesos.
—El pan de hoy traía tierra —dice Tarsio de pronto. Sin enfado; con la queja monótona de un jornalero que mira una nube seca.
—Siempre trae tierra —responde Darío. Su propia voz le suena áspera, raspada por la calina, como si las cuerdas vocales tuvieran la misma herrumbre que mancha los cerrojos.
—Antes no traía tanta.
—Antes molían con piedra de río. Ahora usan basalto suelto de las escombreras.
Tarsio suelta un bufido que podría ser una risa o el simple desalojo de aire caliente de sus pulmones cascados. Se inclina hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas desnudas, cubiertas de vello grisáceo y costras blancas que tiran de la carne. La camisa de lienzo le cuelga sobre el vientre fofo, manchada de aureolas amarillas de sudor viejo bajo los sobacos. Huele a hombre que lleva tres semanas sin lavarse porque el agua dulce se reserva para las calderas.
—¿Sigue tibia el agua del lebrillo? —pregunta Tarsio, tirando de la bota izquierda hasta que una uña encarnada le arranca un gruñido entre los dientes.
Darío mira el fondo del cuenco de barro cocido sobre el banco. Hay una película grasienta de ceniza flotando en la superficie estancada.
—Está fría.
Tarsio se frota el empeine inflamado con dos dedos renegridos.
—Tráela igual.
Fin del Episodio 2 · de 12
Tres dedos de sebo
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