Donde muerde la tregua·Episodio 01

La sal del lino

~6 min · 1129 palabras

Una aguja de coser clavada en la juntura de dos losas de basalto. El hilo de cáñamo cuelga hacia la penumbra del suelo, tieso de sebo, sin ningún nudo en la punta.

El lino del camisón nupcial raspa contra las costillas magulladas mientras Darío firma las capitulaciones con los dedos rígidos por el frío que entra por la aspillera. No es una prenda concebida para la piedad ni para la noche tibia: es una túnica de cáñamo basto blanqueada con lejía de ceniza en los lavaderos del foso, tiesa como corteza de abedul, que huele al agua estancada de los depósitos inferiores y a manteca agria. Cada bocanada de aire hincha el tórax y la tela muerde la carne violácea donde los guardias descargaron las culatas dos tardes atrás (nadie redacta un pacto de sangre sin asegurarse de que una de las partes apenas pueda sostener el aire en los pulmones). Por debajo del suelo de piedra corre el siseo cavernoso e ininterrumpido de las calderas de vapor, filtrándose a través de las juntas de mortero agrietado con un calor sofocante que le abrasa las plantas descalzas, mientras la corriente que baja de la sierra por el vano sin vidriar le va congelando los tobillos y la punta de las orejas. El fuego abajo. La escarcha arriba. El cuerpo suspendido en una grieta térmica que no concede tregua.

La pluma no quiere morder el pliego.

Eusebio Alvareda remueve la arenilla del secante con la uña del pulgar, una uña renegrida por el cardenillo y la tinta de agallas que deja un rastro grisáceo sobre la vitela. El viejo no tiene prisa; mastica despacio un pedazo de corteza de centeno que cruje ruidosamente contra sus muelas carcomidas, dejando caer sobre el contrato motas microscópicas de ceniza volcánica que flotan suspendidas en el aire de la sala capitular desde el amanecer. Todo en esta fortaleza tiene esa costra de polvo pardo que rechina entre los dientes al masticar el pan, que empaña el brillo mate de los platos de estaño mal fregados y se pega a las pestañas como una arenisca viva.

—El carnero de la cena olía a orina —dice Eusebio con voz plana, soplando la ceniza del papel sin mirar a nadie—. Le dije al despensero que las reses que pastan junto a las fumarolas no sirven para salar. La carne coge gusto a azufre y luego no hay vinagre que le quite la peste.

Darío no contesta. Se frota la muñeca izquierda con los dedos entumecidos, buscando el calor que no llega. Una gota de tinta espesa ha quedado suspendida de la punta metálica, negándose a caer.

—Firma al pie de la cláusula de dote —añade el escribano, señalando un párrafo tachonado de cifras donde el nombre de Val-Solana queda reducido a un inventario de molinos secos y servidumbres de paso—. O firma donde quieras. Al final da igual dónde pongas el nombre; el hierro ya está en la fragua.

Tarsio Marento permanece de pie junto a la lucerna de hierro forjado, tan cerca que el vaho de su aliento se mezcla con la humareda rancia del sebo quemado. No viste galas de desposado ni jubón limpio: lleva el coleto de cuero endurecido por el sudor de las galerías bajas, con los pulgares manchados de grasa mineral que dejan manchas oscuras y circulares sobre el borde de la mesa cada vez que cambia el peso de una pierna a la otra. Tarsio observa el temblor de la mano de Darío con esa paciencia inerte de los que han pasado media vida esperando que el agua rompa una compuerta. No hay desprecio en sus facciones gruesas, surcadas por estrías terrosas de hollín en torno a los lagrimales; hay algo peor: la indiferencia del cantero que mide un bloque de granito para ver por dónde va a partirlo de un solo golpe de maza.

—Un juramento sobre piedra mojada dura lo que tarda el basalto en chupar la grasa —dice Tarsio. La voz le sale rasposa, como si tuviera virutas de hierro en la garganta.

Nadie responde.

Darío apoya la pluma y firma. El trazo de la D inicial queda quebrado por un espasmo de los músculos intercostales, una línea vacilante que parece el perfil de una cordillera derrumbándose sobre el margen. Si levantara la vista para mirar el perfil obtuso de Tarsio, si dijera una sola palabra que no estuviera prescrita por el ceremonial de la cancillería… Pero no lo hace. El frío, el salitre, el óxido. No por orgullo ni por cobardía: por la costumbre animal de aguantar el golpe cuando ya viene en camino. Suelta la caña sobre la mesa. La madera manchada de tinta rueda dos dedos y se detiene contra el borde del tintero.

◇

El dormitorio huele a vapor viejo y a humedad retenida en los sillares. En un rincón, sobre una repisa carcomida, descansa un tazón de barro con infusión de menta fría donde flotan tres hojas marchitas que nadie ha retirado desde hace semanas; el agua tiene un cerco verdoso pegado al borde y una fina película de polvo volcánico que brilla bajo la claridad cenicienta que se filtra por la tronera. Darío se sienta en el borde del jergón de paja, apoyando las manos sobre las rodillas para aliviar el peso del tronco sobre las costillas. Cada vez que respira hondo, el lino le arranca una queja sorda a la piel en carne viva.

Abajo, en las entrañas de la roca, una válvula de escape libera presión con un aullido metálico que hace vibrar el mortero de las esquinas y levanta una pelusa de cal blanca que cae lentamente sobre su camisón. Se rasca la comisura reseca del labio inferior hasta arrancarse una costra diminuta; el sabor a cobre le llena la boca. El lecho nupcial es una tarima estrecha encajada entre dos muros ciegos, vestida con sábanas ásperas que conservan la frialdad de una cueva a pesar de que el piso de basalto bajo sus talones sigue ardiendo como una plancha de herrería.

Hace tres horas que el cortejo se dispersó sin música ni vino.

Darío alarga el brazo para apartar la colcha. Solo se oye el crujido de la ceniza entre sus propias muelas, residuo del mendrugo reseco que Eusebio le puso en la palma antes de empujarlo por la escalera de caracol. Se inclina despacio, sujetándose el costado con la mano izquierda para que el tirón de las magulladuras no le corte el aliento.

Al doblar la sábana hacia el lado vacío del jergón, los nudillos de Darío tropiezan con el cabo de hueso de la lezna que dejó escondida en el dobladillo.

Saca la herramienta, comprueba con la yema del pulgar la aspereza roma de la punta y la vuelve a deslizar bajo la paja.

Fin del Episodio 1 · de 12

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