Capítulo XXI · III
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—¡Tonterías! —dije yo—. ¿Se figura usted que él ha pensado tanto en usted como usted en él? ¿Acaso no tiene a Hareton por compañero? Ni uno entre cien lloraría por perder a un pariente al que sólo ha visto dos veces, durante dos tardes. Linton deducirá cómo están las cosas y no se molestará más por usted.
—Pero ¿no puedo escribirle una cartita para decirle por qué no puedo ir? —preguntó, poniéndose en pie—. ¿Y tan sólo enviarle aquellos libros que le prometí prestarle? Sus libros no son tan hermosos como los míos, y tenía muchísimas ganas de tenerlos cuando le dije lo interesantes que eran. ¿No puedo, Ellen?
—¡No, por cierto! ¡No, por cierto! —respondí con firmeza—. Entonces él le escribiría a usted, y aquello no tendría fin. No, señorita Catherine, el trato debe interrumpirse por entero: así lo espera papá, y yo velaré por que así se haga.
—Pero ¿cómo puede una sola cartita...? —reanudó ella, adoptando un semblante suplicante.
—¡Silencio! —interrumpí—. No vamos a empezar con sus cartitas. Acuéstese.
Me lanzó una mirada sumamente traviesa, tan impertinente que al principio no quise darle el beso de buenas noches: la arropé y cerré su puerta con gran disgusto; mas arrepintiéndome a mitad de camino regresé con sigilo, ¡y hete aquí que la señorita permanecía en pie junto a la mesa con un pedazo de papel en blanco delante y un lápiz en la mano, que disimuló culpablemente al verme entrar!
—No conseguirá que nadie lleve eso, Catherine —dije— si llega a escribirlo; y en este momento apagaré su vela.
Puse la apagadera sobre la llama, recibiendo al hacerlo una palmada en la mano y un petulante: «¡Qué fastidiosa!». La dejé de nuevo y ella echó el cerrojo con uno de sus peores y más avinagrados humores. La carta fue terminada y enviada a su destino por mediación de un mozo lechero que venía de la aldea; pero de eso no me enteré hasta algún tiempo después. Pasaron las semanas y Cathy recobró el buen humor, aunque cobró una afición asombrosa a escabullirse a los rincones en soledad; y a menudo, si me acercaba de improviso mientras leía, se sobresaltaba y se inclinaba sobre el libro, deseosa con evidencia de ocultarlo; y descubrí bordes de papel suelto que asomaban entre las páginas. También cobró la maña de bajar temprano por la mañana y rondar por la cocina como si aguardara la llegada de algo; y tenía un cajoncito en un bargueño de la biblioteca en el que se entretenía durante horas y cuya llave cuidaba especialmente de retirar cuando se apartaba de él.
Un día, mientras inspeccionaba aquel cajón, observé que los juguetes y baratijas que recientemente formaban su contenido se habían trocado en pedacitos de papel doblado. Se despertaron mi curiosidad y mis sospechas; resolví echar una mirada a sus misteriosos tesoros; de modo que por la noche, tan pronto como ella y mi amo estuvieron a salvo en el piso superior, busqué y hallé fácilmente entre mis llaves una que encajaba en la cerradura. Habiéndolo abierto, vacié todo el contenido en mi delantal y me lo llevé para examinarlo con calma en mi propia habitación. Aunque no podía menos que sospechar, me sorprendió sin embargo descubrir que se trataba de una masa de correspondencia —diaria casi debía de ser— de Linton Heathcliff: respuestas a documentos enviados por ella. Las fechadas al principio eran tímidas y breves; gradualmente, no obstante, se dilataron en copiosas cartas de amor, insulsas como la edad del autor hacía natural, pero con toques aquí y allá que juzgué tomados de una fuente más experimentada. Algunas me parecieron mezclas singularmente extrañas de ardor y desabrimiento; comenzando con vivos sentimientos y concluyendo en el estilo afectado y palabrero que un colegial podría emplear con una novia imaginaria e incorpórea. Si satisfacían a Cathy no lo sé; pero a mí me parecieron una futilidad sin valor alguno. Tras hojear cuantas juzgué oportunas, las até en un pañuelo y las puse a un lado, cerrando de nuevo el cajón vacío.
Siguiendo su costumbre, mi joven señora bajó temprano y visitó la cocina: la vi acercarse a la puerta a la llegada de cierto muchachito; y mientras la lechera le llenaba la lechera, ella deslizó algo en el bolsillo de la chaqueta del mozo y sacó algo. Di la vuelta por el jardín y le tendí una emboscada al mensajero, quien luchó valerosamente por defender su encomienda, derramándose la leche entre ambos; pero conseguí sustraer la epístola; y amenazándolo con graves consecuencias si no volvía a casa a toda prisa, me quedé bajo el muro y leí la afectuosa composición de la señorita Cathy. Era más sencilla y más elocuente que la de su primo: sumamente linda y sumamente tonta. Sacudí la cabeza y entré en la casa cavilando. Siendo el día lluvioso, no podía entretenerse paseando por el parque; de modo que, a la conclusión de sus estudios matinales, recurrió al consuelo del cajón. Su padre permanecía leyendo a la mesa; y yo, a propósito, me había buscado una pequeña labor en unos flecos descosidos de la cortina de la ventana, manteniendo la mirada fijamente clavada en sus maniobras. Jamás ave alguna volando de regreso a un nido saqueado que había dejado repleto de polluelos piantes expresó una desesperación más absoluta, en sus gritos angustiados y aleteos, que ella con su solo «¡Oh!» y la mudanza que desfiguró su antes feliz semblante. El señor Linton alzó la vista.
—¿Qué ocurre, cariño? ¿Te has hecho daño? —dijo él.
Su tono y su mirada le aseguraron que él no había sido el descubridor del tesoro.
—¡No, papá! —jadeó ella—. ¡Ellen! ¡Ellen! Suba... ¡estoy enferma!
Obedecí su llamamiento y la acompañé afuera.
—¡Oh, Ellen! Usted las tiene —comenzó de inmediato, cayendo de rodillas tan pronto como estuvimos encerradas a solas—. ¡Oh, démelas y jamás, jamás volveré a hacerlo! No se lo diga a papá. ¿Verdad que no se lo ha dicho a papá, Ellen? ¿Diga que no? He sido sumamente desobediente, ¡pero no lo haré más!
Con grave severidad en mis modales le ordené que se levantara.
—Conque —exclamé—, señorita Catherine, parece que ha ido usted bastante lejos: ¡bien puede avergonzarse de ellas! Un hermoso fardo de porquerías estudia usted en sus horas libres, por cierto: ¡vamos, buenas son para imprimirse! ¿Y qué cree usted que pensará el amo cuando se las exponga delante? No se las he enseñado todavía, pero no imagine que guardaré sus ridículos secretos. ¡Qué vergüenza! Y usted debe de haber llevado la iniciativa escribiendo semejantes disparates: a él no se le habría ocurrido empezar, de eso estoy segura.
—¡Yo no lo hice! ¡Yo no lo hice! —sollozaba Cathy como si se le partiese el corazón—. Jamás pensé en quererlo hasta que...
—¡Quererlo! —grité con todo el desprecio que pude infundir a la palabra—. ¡Quererlo! ¿Se ha visto jamás semejante cosa? Tanto me valdría a mí hablar de querer al molinero que viene una vez al año a comprar nuestro grano. ¡Hermoso querer, a fe mía!, ¡y ambas veces juntas apenas ha visto usted a Linton cuatro horas en toda su vida! Aquí tiene su infantil futilidad. Voy con ella a la biblioteca; y ya veremos qué dice su padre de semejante querer.
Se abalanzó sobre sus preciosas epístolas, pero las mantuve en alto por encima de mi cabeza; y entonces desgranó nuevas súplicas frenéticas para que las quemase... que hiciese cualquier cosa antes que mostrarlas. Y hallándome yo inclinada en verdad tanto a reír como a reñir —pues juzgaba todo aquello mera vanidad de muchacha—, al cabo cedí en cierta medida y pregunté: —¿Si consiento en quemarlas, me promete fielmente no volver a enviar ni recibir una carta, ni un libro (pues advierto que le ha enviado libros), ni rizos de pelo, ni sortijas, ni juguetes?
—No nos enviamos juguetes —exclamó Catherine, sobreponiéndose su orgullo a su vergüenza.
—¿Ni cosa alguna en absoluto, entonces, señorita? —dije—. A menos que lo prometa, allá me voy.
—¡Lo prometo, Ellen! —gritó, aferrándose a mi vestido—. ¡Oh, échelas al fuego, hágalo, hágalo!
Mas cuando procedí a abrir un hueco con el atizador, el sacrificio le resultó demasiado doloroso para soportarlo. Me suplicó encarecidamente que le perdonara una o dos.
—¡Una o dos, Ellen, para guardarlas por consideración a Linton!
Desaté el pañuelo y comencé a echarlas por una esquina, elevándose la llama chimenea arriba.
—¡Me quedaré con una, cruel desalmada! —chilló, metiendo la mano en el fuego y rescatando algunos fragmentos a medio consumir a expensas de sus dedos.
—¡Muy bien, y yo me quedaré con algunas para enseñárselas a papá! —respondí, recogiendo el resto en el fardo y dirigiéndome de nuevo hacia la puerta.
Vació sus pedazos ennegrecidos entre las llamas e hizo una seña para que yo concluyera la inmolación. Así se hizo; removí las cenizas y las sepulté bajo una palada de carbón; y ella, muda y con un sentimiento de intenso agravio, se retiró a su aposento privado. Bajé a decirle a mi amo que la indisposición de la señorita casi se había disipado, pero que juzgaba mejor que se acostara un rato. No quiso comer; pero reapareció a la hora del té, pálida, con los ojos enrojecidos y maravillosamente sumisa en su aspecto exterior. A la mañana siguiente respondí a la carta con una tira de papel en que decía: «Se ruega al señorito Heathcliff que no envíe más cartas a la señorita Linton, pues no las recibirá». Y de allí en adelante el muchachito acudió con los bolsillos vacíos.
Fin del Episodio 41 · de 61
Capítulo XXI · III
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