Cumbres borrascosas·Episodio 40

Capítulo XXI · II

~12 min · 2369 palabras

—¡Eso está mal! —dijo la joven señorita—. Algún día se lo diré. Pero Linton y yo nada tenemos que ver en vuestra querella. No vendré aquí entonces: él vendrá a la Granja.

—Me pillará demasiado lejos —murmuró su primo—: caminar cuatro millas me mataría. No, venga usted aquí, señorita Catherine, de vez en cuando: no todas las mañanas, sino una o dos veces por semana.

El padre lanzó hacia su hijo una mirada de amargo desprecio.

—Me temo, Nelly, que perderé mi trabajo —me murmuró entre dientes—. La señorita Catherine, como la llama ese simple, descubrirá lo que vale y lo mandará al diablo. Ahora bien, ¡si hubiese sido Hareton! ¿Sabes que veinte veces al día codicio a Hareton, con toda su degradación? Habría querido a ese mozo de haber sido otro. Pero creo que se halla a salvo del amor de ella. Lo enfrentaré a esa criatura mezquina, a menos que se espabile con presteza. Calculamos que apenas durará hasta los dieciocho. ¡Oh, maldita sea la cosa sosa! Está absorto en secarse los pies y ni la mira... ¡Linton!

—Sí, padre —respondió el muchacho.

—¿No tienes nada que enseñarle a tu prima por ahí, ni siquiera una madriguera de conejos o un nido de comadrejas? Llévala al jardín antes de mudarte de calzado, y al establo para que vea tu caballo.

—¿No preferiría quedarse sentada aquí? —preguntó Linton dirigiéndose a Cathy en un tono que revelaba su desgana por moverse de nuevo.

—No sé —respondió ella, echando una anhelante mirada a la puerta y con evidente afán de actividad.

Él permaneció en su asiento y se arrimó más al fuego. Heathcliff se levantó y salió a la cocina, y desde allí al patio, llamando a Hareton. Hareton contestó y poco después entraron los dos. El joven se había estado lavando, como era visible por el rubor de sus mejillas y sus cabellos mojados.

—¡Oh, le preguntaré a usted, tío! —exclamó la señorita Cathy, recordando la aseveración del ama de llaves—. Ese no es primo mío, ¿verdad?

—Sí —respondió él—, el sobrino de tu madre. ¿Acaso no te gusta?

Catherine puso una cara extraña.

—¿No es un mozo bien parecido? —prosiguió él.

La descortés chiquilla se puso de puntillas y le susurró una frase al oído a Heathcliff. Él se rió; Hareton se ensombreció: percibí que era muy susceptible a sospechas de desdén y que poseía una vaga noción de su inferioridad. Pero su amo o tutor disipó el ceño exclamando:

—¡Tú serás el favorito entre nosotros, Hareton! Dice que eres un... ¿qué era? Bueno, algo sumamente halagador. ¡Toma! Ve con ella por la granja. Y compórtate como un caballero, ¡tenlo en cuenta! No uses malas palabras; y no mires con descaro cuando la joven señora no te mire, y prepárate a ocultar la cara cuando ella te mire; y al hablar pronuncia las palabras despacio y saca las manos de los bolsillos. Vete ya y entretenla lo mejor que puedas.

Contempló a la pareja cruzar por delante de la ventana. Earnshaw tenía el semblante completamente apartado de su compañera. Parecía estudiar el paisaje familiar con el interés de un forastero y de un artista. Catherine le echó una mirada de reojo que expresaba escasa admiración. Luego volvió su atención a buscar objetos de solaz para sí misma y siguió trotando alegremente, tarareando una melodía para suplir la falta de conversación.

—Le he atado la lengua —observó Heathcliff—. ¡No se atreverá a soltar una sola sílaba en todo el rato! Nelly, tú me recuerdas a su edad... más aún, algunos años más joven. ¿Tuve yo jamás un aire tan estúpido, tan bobalicón, como dice Joseph?

—Peor —respondí—, porque era usted más huraño con ello.

—Siento una complacencia en él —continuó, reflexionando en voz alta—. Ha colmado mis expectativas. Si fuese un tonto de nacimiento no lo disfrutaría ni la mitad. Pero no es tonto; y puedo comprender todos sus sentimientos habiéndolos experimentado yo mismo. Sé lo que sufre ahora, por ejemplo, con exactitud: no es más que el principio de lo que ha de sufrir, sin embargo. Y jamás podrá emerger de su ciénaga de tosquedad e ignorancia. Lo tengo más sujeto de lo que su canalla de padre me sujetó a mí, y más hundido; pues se vanagloria de su propia brutalidad. Le he enseñado a despreciar todo lo que trascienda lo animal como necio y débil. ¿No crees que Hindley estaría orgulloso de su hijo si pudiera verlo? Casi tan orgulloso como yo lo estoy del mío. Pero hay esta diferencia: uno es oro empleado como adoquín, y el otro es hojalata pulida para remedar una vajilla de plata. El mío nada tiene de valioso; sin embargo tendré el mérito de hacerlo rendir cuanto un material tan pobre pueda rendir. El suyo poseía prendas de primer orden, y se han perdido: tornadas peor que inútiles. Yo nada tengo que lamentar; él tendría más que lamentar de lo que nadie, salvo yo, sabe. ¡Y lo mejor del caso es que Hareton me profesa un cariño endiablado! Reconocerás que he superado a Hindley en eso. Si el difunto villano pudiera levantarse de su tumba para increparme por los agravios a su vástago, ¡tendría el regocijo de ver a dicho vástago luchar contra él para defenderse, indignado de que ose arremeter contra el único amigo que tiene en el mundo!

Heathcliff soltó una risita diabólica ante la idea. Nada respondí porque vi que no esperaba respuesta. Entretanto, nuestro joven acompañante, que permanecía sentado demasiado apartado de nosotros para oír lo que se decía, comenzó a manifestar síntomas de inquietud, arrepintiéndose con probabilidad de haberse privado del placer de la compañía de Catherine por temor a un ligero cansancio. Su padre reparó en las miradas desasosegadas que vagaban hacia la ventana y en la mano indecisa extendida hacia su gorra.

—¡Levántate, chico holgazán! —exclamó con fingido entusiasmo—. ¡Corre tras ellos! Están justo en la esquina, junto a las colmenas.

Linton reunió sus energías y abandonó el hogar. La celosía estaba abierta y, al salir él, oí a Cathy preguntar a su insociable acompañante qué significaba aquella inscripción sobre la puerta. Hareton miró hacia arriba y se rascó la cabeza como un auténtico palurdo.

—Es algún letrero del demonio —respondió—. No sé leerlo.

—¿No sabes leerlo? —exclamó Catherine—. Yo sí sé leerlo: está en inglés. Pero quiero saber por qué está ahí.

Linton soltó una risita: la primera muestra de jovialidad que había manifestado.

—No conoce las letras —le dijo a su prima—. ¿Creerías que pudiera existir semejante zopenco colosal?

—¿Está bien de la cabeza? —preguntó la señorita Cathy con seriedad—, ¿o es tonto de capirote? Le he preguntado dos veces y en ambas ocasiones puso una cara tan estúpida que creo que no me comprende. ¡Apenas puedo entenderle yo a él, de seguro!

Linton repitió su risa y miró a Hareton con sorna; quien ciertamente no parecía muy despierto de entendimiento en aquel instante.

—No le ocurre nada más que pereza, ¿verdad, Earnshaw? —dijo—. Mi prima se imagina que eres un idiota. Ahí experimentas las consecuencias de despreciar los libros, como tú dirías. ¿Te has fijado, Catherine, en su espantosa pronunciación de Yorkshire?

—Pero ¿dónde diablos está la utilidad de eso? —gruñó Hareton, más presto a responder a su compañero cotidiano. Iba a explayarse más, pero los dos jovenzuelos rompieron en un ruidoso ataque de risa: complacida mi atolondrada señorita al descubrir que podía convertir su extraña manera de hablar en motivo de diversión.

—¿Dónde está la utilidad del diablo en esa frase? —se burló Linton—. Papá te dijo que no dijeras malas palabras, y no puedes abrir la boca sin soltar una. Intenta comportarte como un caballero, ¡vamos, hazlo!

—¡Si no fueses más moza que mozo te derribaba ahora mismo, te lo juro; pellejo lastimero de criatura! —replicó el airado palurdo, batiéndose en retirada mientras su rostro ardía de rabia y humillación aunadas; pues era consciente de ser insultado y se hallaba desconcertado sobre cómo vengarlo.

El señor Heathcliff, habiendo oído la conversación al igual que yo, sonrió al verlo marchar; pero inmediatamente después lanzó una mirada de singular aversión hacia la frívola pareja, que permanecía charlando en el umbral: hallando el muchacho bastante animación al discutir las faltas y deficiencias de Hareton y relatar anécdotas de sus andanzas, y saboreando la chica sus dichos descarados y rencorosos sin considerar la malevolencia que revelaban. Comencé a sentir antipatía, más que compasión, por Linton, y a disculpar en cierta medida a su padre por tenerlo en tan poca estima.

Nos quedamos hasta la tarde: no pude arrancar a la señorita Cathy antes; pero afortunadamente mi amo no había abandonado su aposento y permaneció en la ignorancia de nuestra prolongada ausencia. Mientras caminábamos hacia casa de buena gana habría desengañado a mi pupila sobre el carácter de las personas que acabábamos de dejar; pero se le metió en la cabeza que yo sentía prejuicios contra ellos.

—¡Ajá! —exclamó—. Usted se pone del lado de papá, Ellen: sé que es parcial; de lo contrario no me habría engañado durante tantos años haciéndome creer que Linton vivía muy lejos de aquí. Estoy sumamente enojada de verdad; ¡sólo que estoy tan contenta que no puedo demostrarlo! Pero debe callarse sobre mi tío: es mi tío, recuerde; y reñiré a papá por haberse enemistado con él.

Y así siguió hablando sin parar, hasta que desistí del empeño de convencerla de su error. No mencionó la visita aquella noche porque no vio al señor Linton. Al día siguiente todo salió a relucir, para mi tristeza; y con todo no lo lamenté del todo: pensé que la carga de dirigirla y advertirla la sobrellevaría más eficazmente él que yo. Pero él se mostró demasiado tímido al exponer razones satisfactorias para su deseo de que ella evitara todo trato con los moradores de las Cumbres, y a Catherine le gustaban los buenos motivos para cada restricción que coartaba su mimada voluntad.

—¡Papá! —exclamó tras los saludos matinales—. Adivina a quién vi ayer en mi paseo por los páramos. ¡Ah, papá, te has sobresaltado! No has obrado bien, ¿verdad que no? Vi... pero escucha y sabrás cómo te descubrí; ¡y a Ellen, que está confabulada contigo y sin embargo fingía compadecerme tanto cuando yo seguía esperando y me desilusionaba siempre con el regreso de Linton!

Hizo un fiel relato de su excursión y de sus consecuencias; y mi amo, aunque me dirigió más de una mirada de reproche, nada dijo hasta que ella hubo concluido. Luego la atrajo hacia sí y le preguntó si sabía por qué le había ocultado la cercana vecindad de Linton. ¿Acaso podía pensar que fuese para negarle un placer del que pudiera disfrutar inocentemente?

—Fue porque no te agradaba el señor Heathcliff —respondió ella.

—¿Entonces crees que me importan más mis propios sentimientos que los tuyos, Cathy? —dijo él—. No, no fue porque me desagradara el señor Heathcliff, sino porque al señor Heathcliff le desagrado yo; y es un hombre sumamente diabólico que se deleita en agraviar y arruinar a quienes odia, si le brindan la menor oportunidad. Sabía que no podrías mantener el trato con tu primo sin ponerte en contacto con él; y sabía que te detestaría por mi causa; de modo que por tu propio bien, y por nada más, tomé precauciones para que no volvieras a ver a Linton. Pensaba explicarte esto cuando fueses mayor, y lamento haberlo demorado.

—Pero el señor Heathcliff se mostró sumamente afectuoso, papá —observó Catherine, nada convencida—; y a él no le importaba que nos viésemos: dijo que podía ir a su casa cuando quisiese; sólo que no debía decírtelo a ti, porque habíais reñido y no le perdonabas que se hubiera casado con la tía Isabella. Y no se lo perdonas. Eres tú a quien hay que culpar: él está dispuesto a dejarnos ser amigos, al menos a Linton y a mí; y tú no.

Mi amo, advirtiendo que ella no aceptaría su palabra sobre la mala índole de su tío político, hizo un apresurado bosquejo de su conducta hacia Isabella y del modo en que Cumbres Borrascosas se convirtió en su propiedad. No podía soportar hablar largamente sobre el asunto; pues aunque poco hablaba de ello, todavía sentía el mismo horror y aversión hacia su antiguo enemigo que habían ocupado su corazón desde la muerte de la señora Linton. «¡Aún podría estar viva de no haber sido por él!», era su constante y amarga reflexión; y a sus ojos Heathcliff parecía un asesino. La señorita Cathy —ajena a malas acciones salvo a sus propios leves actos de desobediencia, injusticia y arrebato nacidos de su vivo genio e irreflexión, y de los que se arrepentía el mismo día de cometerlos— se asombró ante la negrura de un espíritu capaz de incubar y abrigar venganza durante años y proseguir deliberadamente sus planes sin una brizna de remordimiento. Pareció tan profundamente impresionada y horrorizada ante aquella nueva visión de la naturaleza humana —excluida de todos sus estudios y de todas sus ideas hasta entonces— que el señor Edgar juzgó innecesario insistir en el asunto. Se limitó a añadir: «Sabrás en adelante, cariño, por qué deseo que evites su casa y a su familia; ahora regresa a tus antiguas labores y diversiones y no pienses más en ellos».

Catherine besó a su padre y se sentó sosegadamente a sus lecciones durante un par de horas, según costumbre; luego lo acompañó a los jardines y todo el día transcurrió como de ordinario: pero al anochecer, cuando se hubo retirado a su alcoba y fui a ayudarla a desvestirse, la hallé llorando de rodillas junto a la cama.

—¡Qué vergüenza, niña tonta! —exclamé—. Si tuviera usted pesares verdaderos se avergonzaría de malgastar una lágrima en este pequeño contratiempo. Jamás conoció usted ni una sombra de desconsuelo sustancial, señorita Catherine. Suponga por un minuto que el amo y yo hubiésemos muerto y se hallara usted sola en el mundo: ¿cómo se sentiría entonces? Compare la ocasión presente con semejante aflicción y dé gracias por los amigos que tiene, en vez de codiciar más.

—No lloro por mí, Ellen —respondió ella—, es por él. Esperaba volver a verme mañana, y allí se quedará tan decepcionado: ¡y me esperará y yo no iré!

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