Cumbres borrascosas·Episodio 34

Capítulo XVII · III

~8 min · 1530 palabras

Y poseía asimismo consuelos y afectos terrenales. Durante unos pocos días, ya lo dije, pareció desentenderse de la endeble sucesora de la difunta: aquella frialdad se derritió tan rápido como la nieve en abril, y antes de que la diminuta criatura pudiese balbucear una palabra o tambalear un paso blandía un cetro de déspota en su corazón. Recibió el nombre de Catherine; pero él jamás la llamó por su nombre entero, del mismo modo que jamás había abreviado el de la primera Catherine: probablemente porque Heathcliff acostumbraba hacerlo. La pequeña siempre fue Cathy: aquello suponía para él una distinción respecto a la madre y, sin embargo, un lazo con ella; y su apego nacía de su relación con ella mucho más que de ser suya propia.

Solía establecer una comparación entre él e Hindley Earnshaw y devanarme los sesos intentando explicar satisfactoriamente por qué su conducta fue tan opuesta en circunstancias parecidas. Ambos habían sido maridos afectuosos y ambos estaban apegados a sus hijos; y no alcanzaba a comprender por qué no habrían de seguir el mismo camino, para bien o para mal. Pero pensaba para mis adentros: Hindley, con la cabeza al parecer más fuerte, ha demostrado ser lamentablemente el hombre peor y más débil. Cuando su nave encalló, el capitán abandonó su puesto; y la tripulación, en vez de intentar salvarla, se precipitó en el motín y la confusión, no dejando esperanza para su desventurado bajel. Linton, por el contrario, desplegó el verdadero valor de un alma leal y fiel: confió en Dios, y Dios lo consoló. Uno esperó y el otro desesperó: eligieron sus propios destinos y con toda justicia fueron condenados a soportarlos. Pero usted no querrá oír mis moralejas, señor Lockwood; juzgará tan bien como yo todas estas cosas: al menos creerá que puede, y eso es lo mismo. El fin de Earnshaw fue el que cabía esperar; siguió de cerca al de su hermana: apenas mediaron seis meses entre ambos. Nosotros, en la Granja, jamás obtuvimos un relato muy sucinto del estado que lo precedió; cuanto llegué a saber lo averigüé con ocasión de acudir a ayudar en los preparativos del sepelio. El señor Kenneth vino a anunciar el suceso a mi amo.

—Bueno, Nelly —dijo entrando a caballo en el patio una mañana, demasiado temprano para no alarmarme con el instantáneo presentimiento de malas noticias—, ahora nos toca a usted y a mí vestirnos de luto. ¿Quién cree que se nos ha escapado ahora?

—¿Quién? —pregunté sobresaltada.

—¡Vamos, adivine! —repuso él, descabalgando y colgando la brida en un gancho junto a la puerta—. Y súbase la punta del delantal: estoy seguro de que lo necesitará.

—No será el señor Heathcliff, seguramente —exclamé.

—¡Cómo! ¿Habría lágrimas para él? —dijo el médico—. No, Heathcliff es un mozo recio: hoy tiene un aspecto rozagante. Acabo de verlo. Está recuperando carnes a ojos vistas desde que perdió a su media naranja.

—¿Quién es entonces, señor Kenneth? —repetí con impaciencia.

—¡Hindley Earnshaw! Su viejo amigo Hindley —respondió—, y mi compadre calavera, aunque ha sido demasiado desenfrenado para mí desde hace mucho. ¡Ya está! Dije que haríamos brotar agua. ¡Pero anímese! Murió fiel a su carácter: borracho como una cuba. ¡Pobre muchacho! Yo también lo lamento. No puede uno evitar echar de menos a un antiguo compañero, aunque tuviese las peores mañas imaginables y me haya jugado más de una mala pasada. Apenas tenía veintisiete años, al parecer; esa es su misma edad: ¿quién habría pensado que nacisteis en el mismo año?

Confieso que este golpe fue más duro para mí que la conmoción por la muerte de la señora Linton: antiguos lazos flotaban en torno a mi corazón; me senté en el porche y lloré como por un pariente consanguíneo, rogando al señor Kenneth que buscase a otro criado para presentarse ante el amo. No podía evitar darle vueltas a la pregunta: «¿Habrá habido juego limpio con él?». Hiciese lo que hiciese, aquella idea no dejaba de atosigarme: resultaba tan penosamente pertinaz que resolví pedir permiso para ir a Cumbres Borrascosas y colaborar en los últimos deberes hacia el difunto. El señor Linton se mostró sumamente reacio a consentir, pero abogué con elocuencia por la condición de desamparo en que yacía; y dije que mi antiguo amo y hermano de crianza tenía derecho a mis servicios con tanta fuerza como él mismo. Además, le recordé que el niño Hareton era sobrino de su esposa y, a falta de deudos más cercanos, él debía actuar como su tutor; y debía y tenía que averiguar cómo había quedado la hacienda y revisar los asuntos de su cuñado. No se hallaba él en condiciones de atender tales materias entonces, pero me indicó que hablase con su abogado, y al fin me permitió marchar. Su letrado había sido también el de Earnshaw: acudí a la aldea y le pedí que me acompañase. Sacudió la cabeza y aconsejó dejar en paz a Heathcliff, afirmando que, si se supiese la verdad, se descubriría que Hareton no era poco más que un mendigo.

—Su padre murió endeudado —dijo—; toda la propiedad está hipotecada, y la única posibilidad para el heredero natural es darle la oportunidad de despertar algún afecto en el corazón del acreedor, para que se incline a tratarlo con benevolencia.

Cuando llegué a las Cumbres expliqué que había venido a velar por que todo se llevara a cabo con decencia; y Joseph, que parecía bastante afligido, manifestó satisfacción por mi presencia. El señor Heathcliff dijo que no advertía que hiciese falta mi concurso; pero que podía quedarme y ordenar las disposiciones del entierro si me placía.

—En rigor —observó—, el cuerpo de ese insensato debería ser enterrado en una encrucijada de caminos, sin ceremonia de ninguna clase. Da la casualidad de que lo dejé diez minutos ayer por la tarde, ¡y en ese intervalo atrancó las dos puertas de la casa contra mí y se pasó la noche emborrachándose hasta morir deliberadamente! Forzamos la entrada esta mañana porque lo oíamos resoplar como un caballo; y allí estaba, tendido sobre el escaño: ni desollándolo ni arrancándole el cuero cabelludo lo habrían despertado. Mandé llamar a Kenneth y vino, pero no antes de que la bestia se hubiese convertido en carroña: estaba a la vez muerto, frío y tieso; ¡de modo que convendrá usted en que era inútil armar más revuelo por él!

El viejo sirviente confirmó esta declaración, mas murmuró:

—¡Más le valiera haber ido él mismo a buscar al médico! Yo habría cuidado del amo mejor que él... y no estaba muerto cuando me marché, ¡nada de eso!

Insistí en que el funeral fuese respetable. El señor Heathcliff dijo que podía salirme con la mía en eso también: sólo que me rogaba recordar que el dinero para todo el asunto salía de su bolsillo. Mantuvo un porte duro y despreocupado, indicativo ni de júbilo ni de pesadumbre: si acaso revelaba algo, era una satisfacción férrea ante una faena difícil ejecutada con éxito. Advertí una vez, en verdad, algo parecido al triunfo en su semblante: fue justo cuando la gente sacaba el ataúd de la casa. Tuvo la hipocresía de representar el papel de doliente; y antes de seguir el cortejo con Hareton, alzó al desventurado niño sobre la mesa y murmuró con singular fruición: «¡Ahora, mi buen muchacho, eres mío! ¡Y ya veremos si un árbol no crece tan torcido como otro con el mismo viento que lo retuerza!». La inocente criatura se complació con aquellas palabras: jugó con las patillas de Heathcliff y le acarició la mejilla; pero yo adiviné su significado y observé con acritud: —Ese niño debe regresar conmigo a la Granja de los Tordos, señor. ¡No hay nada en el mundo que le pertenezca menos a usted que él!

—¿Acaso lo dice Linton? —inquirió él.

—Por supuesto... me ha ordenado que me lo lleve —respondí.

—Bueno —dijo el canalla—, no discutiremos el asunto ahora; pero tengo el capricho de probar mi mano en la crianza de un chiquillo; de modo que insinúe a su amo que habré de reemplazar el lugar de este con el mío si intenta llevárselo. No me comprometo a dejar marchar a Hareton sin disputa; ¡pero esté bien segura de que haré venir al otro! Recuerde decírselo.

Esta advertencia bastó para atarnos las manos. Repetí su sustancia a mi regreso; y Edgar Linton, poco interesado al principio, no volvió a hablar de intervenir. No me consta que hubiese podido conseguir nada de provecho por muy dispuesto que hubiera estado.

El huésped era ahora el amo de Cumbres Borrascosas: mantenía la firme posesión y demostró al procurador —quien a su vez se lo demostró al señor Linton— que Earnshaw había hipotecado cada vara de tierra que poseía a cambio de dinero en efectivo para alimentar su manía por el juego; y él, Heathcliff, era el acreedor hipotecario. De ese modo Hareton, que debería ser ahora el primer caballero de la comarca, quedó reducido a un estado de completa dependencia del enemigo acérrimo de su padre; y vive en su propia casa como un sirviente, privado del beneficio de un jornal: del todo incapaz de reclamar justicia por su desamparo y por ignorar que ha sido despojado.

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