Cumbres borrascosas·Episodio 33

Capítulo XVII · II

~14 min · 2761 palabras

Más te valdría abrir la puerta, so...» —respondió él, aplicándome algún elegante epíteto que no me importa repetir.

—«No pienso inmiscuirme en el asunto —repliqué yo—. Entre y que le peguen un tiro, si le place. He cumplido con mi deber».

Con estas palabras cerré la ventana y volví a mi sitio junto al fuego; teniendo a mi disposición un caudal de hipocresía demasiado escaso para fingir inquietud alguna por el peligro que lo amenazaba. Earnshaw me maldijo furiosamente, afirmando que todavía amaba al villano y dedicándome toda suerte de ultrajes por el mezquino espíritu que manifestaba. Y yo, en el fondo de mi corazón (y la conciencia jamás me lo reprochó), pensé ¡qué bendición sería para él si Heathcliff lo librase de su miseria; y qué bendición para mí si enviase a Heathcliff a su debido aposento! Mientras permanecía sumida en tales reflexiones, la vidriera detrás de mí cayó rota contra el suelo de un golpe asestado por este último individuo, y su semblante sombrío miró funestamente a través de ella. Los barrotes estaban demasiado juntos para permitir el paso de sus hombros, y sonreí, regocijándome en mi ilusoria seguridad. Sus cabellos y sus ropas estaban blanqueados por la nieve, y sus afilados dientes caníbales, puestos al descubierto por el frío y la cólera, relucían en la oscuridad.

—«¡Isabella, déjame entrar o te haré arrepentirte!» —gruñó enseñando los dientes, como dice Joseph.

—«No puedo cometer un asesinato —respondí—. El señor Hindley monta guardia con un cuchillo y una pistola cargada».

—«Déjame entrar por la puerta de la cocina» —dijo él.

—«Hindley llegará antes que yo —contesté—; ¡y bien pobre es ese amor tuyo que no puede soportar una nevada! Se nos dejó en paz en nuestras camas mientras brillaba la luna estival, pero en cuanto regresa una ráfaga de invierno, ¡tienes que correr a buscar cobijo! Heathcliff, si yo fuera tú, iría a tenderme sobre su tumba y moriría como un perro fiel. El mundo sin duda ya no merece la pena de vivir en él, ¿verdad? Con tanta claridad me habías inculcado la idea de que Catherine era toda la dicha de tu vida, que no concibo cómo piensas sobrevivir a su pérdida».

—«¿Ahí está, verdad? —exclamó mi acompañante, abalanzándose hacia el hueco—. ¡Si logro sacar el brazo podré alcanzarlo!».

Me temo, Ellen, que me juzgarás verdaderamente malvada; pero no lo sabes todo, así que no juzgues. Jamás habría secundado ni auxiliado un atentado ni siquiera contra su vida por nada del mundo. Desear que muriera, tenía que desearlo; y por tanto me sentí espantosamente decepcionada y desarmada por el terror ante las consecuencias de mis palabras burlonas, cuando él se abalanzó sobre el arma de Earnshaw y se la arrebató del puño.

La carga explotó y la hoja, al saltar el resorte, se cerró contra la muñeca de su dueño. Heathcliff la arrancó por pura fuerza, rajando la carne a su paso, y se la guardó goteando en el bolsillo. Tomó luego una piedra, derribó la separación entre dos ventanas y saltó al interior. Su adversario había caído sin sentido por el dolor atroz y la hemorragia que manaba de una arteria o de una vena gruesa. El rufián lo pateó y pisoteó, y le golpeó la cabeza repetidas veces contra las losas, sujetándome con una mano entretanto para impedirme llamar a Joseph. Ejerció una abnegación sobrehumana al abstenerse de rematarlo por completo; pero quedándose sin aliento, finalmente desistió y arrastró el cuerpo al parecer inerte hasta el escaño. Allí arrancó la manga de la casaca de Earnshaw y vendó la herida con brutal rudeza, escupiendo y maldiciendo durante la faena tan enérgicamente como había pateado antes. Viéndome libre, no perdí tiempo en buscar al viejo sirviente; quien, habiendo comprendido por grados el sentido de mi apresurado relato, bajó a toda prisa, jadeando mientras descendía los peldaños de dos en dos.

—«¿Qué pasa ahora? ¿Qué pasa ahora?».

—«Pasa esto —tronó Heathcliff—: que tu amo está loco; y si dura un mes más, lo meteré en un manicomio. ¿Y cómo diablos se te ocurrió cerrarme el paso, perro desdentado? No te quedes ahí mascullando y balbuceando. Vamos, no pienso hacerle de enfermero. Limpia esa porquería; ¡y cuidado con las chispas de tu vela, que eso es más de la mitad aguardiente!».

—«¿Conque lo ha estado asesinando? —exclamó Joseph, alzando las manos y los ojos con espanto—. ¡Si jamás vi una estampa semejante! Quiera el Señor...».

Heathcliff le propinó un empujón que lo hizo caer de rodillas en mitad de la sangre y le arrojó un paño; pero en vez de ponerse a secarla, juntó las manos y comenzó una plegaria que me arrancó la risa por su extraña fraseología. Me hallaba en un estado de ánimo propicio a no espantarme por nada: de hecho, estaba tan temeraria como se muestran ciertos malhechores al pie del patíbulo.

—«¡Ah, me olvidaba de ti! —dijo el tirano—. Tú harás eso. ¡Abajo contigo! Conque conspiras con él contra mí, ¿verdad, víbora? ¡Toma, ese es un trabajo a la medida de tu calaña!».

Me sacudió hasta hacerme castañetear los dientes y me arrojó junto a Joseph, quien concluyó imperturbable sus súplicas y luego se levantó jurando que partiría hacia la Granja de inmediato. El señor Linton era magistrado, y aunque se le hubiesen muerto cincuenta esposas, habría de investigar esto. Tan terco se mostró en su resolución que Heathcliff juzgó conveniente arrancar de mis labios una recapitulación de lo acontecido; permaneciendo sobre mí, hinchado de malevolencia, mientras yo relataba a regañadientes lo ocurrido en respuesta a sus preguntas. Costó un gran trabajo convencer al viejo de que Heathcliff no había sido el agresor, en especial por mis respuestas arrancadas con tanta dificultad. No obstante, el señor Earnshaw no tardó en convencerle de que aún seguía con vida; Joseph se apresuró a administrarle una dosis de aguardiente, y con su auxilio su amo pronto recobró el movimiento y el conocimiento. Heathcliff, enterado de que su oponente ignoraba el trato recibido mientras yacía inconsciente, lo calificó de ebrio en delirio; y dijo que no daría mayor importancia a su atroz conducta, pero le aconsejaba irse a la cama. Para dicha mía nos dejó tras impartir este prudente consejo, y Hindley se tendió sobre las losas del hogar. Me retiré a mi habitación, maravillada de haber escapado con tanta facilidad.

Esta mañana, cuando bajé, cosa de media hora antes del mediodía, el señor Earnshaw se hallaba sentado junto al fuego, mortalmente enfermo; su genio maligno, casi tan enjuto y cadavérico, reposaba contra la chimenea. Ninguno parecía dispuesto a almorzar y, tras esperar a que todo se enfriase sobre la mesa, comencé sola. Nada me impidió comer con apetito, y experimenté una cierta sensación de satisfacción y superioridad cuando, a intervalos, dirigía una mirada hacia mis silenciosos compañeros y sentía el consuelo de una conciencia tranquila en mi interior. Después de haber terminado, me tomé la inusitada libertad de acercarme al fuego, rodeando el asiento de Earnshaw y arrodillándome en el rincón junto a él.

Heathcliff no miró en mi dirección, y alcé los ojos y contemplé sus facciones casi con tanta serenidad como si se hubiesen trocado en piedra. Su frente, que antaño me pareció tan varonil y que ahora juzgo tan diabólica, estaba ensombrecida por una densa nube; sus ojos de basilisco se hallaban casi apagados por el insomnio y el llanto, tal vez, pues las pestañas estaban húmedas; sus labios desprovistos de su mueca feroz y sellados en una expresión de indecible tristeza. De haber sido otro, me habría cubierto el rostro en presencia de semejante dolor. En su caso me regocijé; y, por innoble que parezca insultar a un enemigo caído, no podía desperdiciar la ocasión de clavarle un dardo: su debilidad era la única ocasión en que podía saborear el deleite de devolver agravio por agravio.

—¡Qué vergüenza, señorita! —interrumpí yo—. Cualquiera pensaría que jamás ha abierto una Biblia en su vida. Si Dios aflige a sus enemigos, de seguro eso debería bastarle. ¡Es a la vez ruin y presuntuoso añadir su tormento al de Él!

—Por lo común admito que lo sería, Ellen —prosiguió ella—; pero ¿qué desdicha impuesta a Heathcliff podría satisfacerme si no tengo mano en ella? Antes preferiría que sufriese menos, con tal de ser yo la causa de sus sufrimientos y que él supiese que yo era la causante. ¡Oh, le debo tanto! Sólo bajo una condición puedo aspirar a perdonarle: que pueda tomar ojo por ojo y diente por diente; devolver una punzada de agonía por cada punzada recibida; reducirlo a mi propio nivel. Puesto que fue el primero en agraviar, que sea el primero en implorar perdón; y entonces... bueno, entonces, Ellen, tal vez te mostraría cierta generosidad. Pero es enteramente imposible que jamás me vengue, y por tanto no puedo perdonarle. Hindley pidió un poco de agua, le alcancé un vaso y le pregunté cómo se encontraba.

—«No tan mal como desearía —respondió él—. Pero prescindiendo de mi brazo, ¡cada pulgada de mi cuerpo me duele como si hubiese combatido contra una legión de duendes!».

—«Sí, no es de extrañar —fue mi siguiente observación—. Catherine solía vanagloriarse de interponerse entre ti y el daño físico: quería decir que ciertas personas no se atreverían a lastimarte por temor a ofenderla a ella. ¡Menos mal que los difuntos no resucitan verdaderamente de sus tumbas, o anoche habría presenciado una escena repulsiva! ¿Acaso no estás magullado y cortado por el pecho y los hombros?».

—«No sabría decirlo —contestó—; pero ¿qué quieres decir? ¿Se atrevió a golpearme cuando estaba en el suelo?».

—«Te pisoteó, te pateó y te estrelló contra las losas —susurré—. Y se le hacía la boca agua por despedazarte con los dientes; porque sólo es medio hombre: ni tanto, y el resto es demonio».

El señor Earnshaw alzó la vista, al igual que yo, hacia el semblante de nuestro común enemigo; quien, absorto en su angustia, parecía insensible a cuanto le rodeaba: cuanto más tiempo permanecía allí, más claramente revelaban sus reflexiones su negrura a través de sus facciones.

—«¡Oh, si Dios me diera fuerzas para estrangularlo en mi postrera agonía, me iría al infierno con gozo! —gimió el hombre impaciente, forcejeando por levantarse y desplomándose de nuevo desesperado, convencido de su incapacidad para la lucha».

—«Vamos, ya basta con que haya asesinado a uno de vosotros —observé en voz alta—. En la Granja todos saben que tu hermana estaría viva hoy de no haber sido por el señor Heathcliff. Después de todo, es preferible ser odiado que amado por él. Cuando recuerdo lo felices que éramos... lo feliz que era Catherine antes de que él llegara, me dan ganas de maldecir aquel día».

Lo más probable es que Heathcliff reparase más en la verdad de lo dicho que en el espíritu de la persona que lo decía. Su atención se despertó, bien lo vi, pues sus ojos llovieron lágrimas entre las cenizas y aspiró el aliento en suspiros sofocantes. Lo miré de hito en hito y solté una carcajada burlona. Las ventanas nubladas del infierno relampaguearon un instante hacia mí; el demonio que habitualmente atisbaba por ellas, sin embargo, estaba tan apagado y anegado que no temí arriesgar otro rumor de mofa.

—«Levántate y quítate de mi vista» —dijo el doliente.

Conjeturé que pronunció aquellas palabras, al menos, aunque su voz apenas resultaba inteligible.

—«Le ruego me disculpe —repliqué—. Pero yo también amaba a Catherine; y su hermano necesita cuidados que, por su bien, pienso suministrarle. Ahora que ella ha muerto, la veo en Hindley: Hindley tiene exactamente sus mismos ojos, si no hubieses intentado vaciárselos dejándoselos negros y encarnados; y su...».

—«¡Levántate, idiota miserable, antes de que te aplaste a pisotones!» —gritó él, haciendo un ademán que me obligó a hacer otro.

—«Pero entonces —continué, disponiéndome a emprender la huida—, si la pobre Catherine se hubiese fiado de ti y hubiese asumido el ridículo, despreciable y degradante título de señora Heathcliff, ¡pronto habría ofrecido una estampa semejante! Ella no habría soportado tu abominable conducta con paciencia: su odio y su repugnancia habrían tenido que encontrar voz».

El respaldo del escaño y el cuerpo de Earnshaw se interponían entre él y yo; de modo que en lugar de intentar alcanzarme, arrebató un cuchillo de mesa y me lo arrojó a la cabeza. Me golpeó bajo la oreja y detuvo la frase que estaba pronunciando; mas, arrancándomelo, di un salto hacia la puerta y solté otra frase, que espero calara algo más hondo que su proyectil. El último vislumbre que alcancé de él fue una furiosa arremetida por su parte, frenada por el abrazo de su anfitrión; y ambos cayeron entrelazados sobre las losas del hogar. En mi huida por la cocina le ordené a Joseph que acudiera junto a su amo; derribé a Hareton, que colgaba una camada de cachorros del respaldo de una silla en el vano de la puerta; y, bienaventurada como un alma escapada del purgatorio, corrí, salté y volé colina abajo por el empinado camino; luego, abandonando sus curvas, crucé veloz en línea recta por el páramo, rodando por los taludes y vadeando ciénagas: precipitándome, en suma, hacia el fanal de luz de la Granja. Y de mejor gana me vería condenada a morar perpetuamente en las regiones infernales que a permanecer, siquiera por una sola noche, bajo el techo de Cumbres Borrascosas de nuevo.

Isabella cesó de hablar y bebió un sorbo de té; luego se levantó y, pidiéndome que le pusiera el sombrero y un gran chal que había traído, y haciendo oídos sordos a mis súplicas de que permaneciera una hora más, se subió a una silla, besó los retratos de Edgar y Catherine, me dedicó un saludo semejante y bajó al carruaje acompañada por Fanny, que aullaba loca de contento por haber recuperado a su dueña. Se alejó en coche para no volver a visitar jamás esta comarca; pero se estableció una correspondencia regular entre ella y mi amo cuando las cosas estuvieron más apaciguadas. Creo que su nueva morada se fijó en el sur, cerca de Londres; allí le nació un hijo unos pocos meses después de su fuga. Fue bautizado con el nombre de Linton y, desde el principio, ella lo describió como una criatura enfermiza y quejumbrosa.

El señor Heathcliff, encontrándose conmigo un día en la aldea, me preguntó dónde vivía ella. Me negué a decírselo. Observó que carecía de importancia, sólo que debía guardarse de acudir junto a su hermano: no viviría con él, aunque él mismo tuviese que mantenerla. Aunque yo no le proporcioné dato alguno, descubrió por medio de otros criados tanto su lugar de residencia como la existencia del niño. Con todo, no la importunó: por cuya indulgencia bien podía ella dar gracias a su aversión, supongo. A menudo preguntaba por el infante cuando me veía; y al oír su nombre sonreía con torva mueca y observaba: —Desean que lo odie a él también, ¿verdad?

—No creo que deseen que usted sepa nada sobre él —contesté.

—Pero me quedaré con él —dijo— cuando lo necesite. ¡Pueden contar con ello!

Afortunadamente su madre murió antes de que llegara el momento, unos trece años después del fallecimiento de Catherine, cuando Linton tenía doce o poco más.

Al día siguiente a la inesperada visita de Isabella no tuve ocasión de hablar con mi amo: rehuía la conversación y no estaba en condiciones de tratar nada. Cuando logré que me escuchase, vi que le complacía que su hermana hubiese abandonado a su marido, a quien aborrecía con una intensidad que la dulzura de su carácter apenas parecía consentir. Tan honda y sensible era su aversión que se abstenía de acudir a cualquier sitio donde fuese probable ver u oír hablar de Heathcliff. El dolor y aquel sentimiento aunados lo transformaron en un completo ermitaño: renunció a su cargo de magistrado, cesó incluso de asistir a la iglesia, evitó la aldea en toda ocasión y llevó una vida de absoluto retiro dentro de los confines de su parque y sus tierras; variada únicamente por solitarios paseos por los páramos y visitas a la tumba de su esposa, principalmente al atardecer o por la mañana temprano antes de que otros caminantes anduviesen fuera. Pero era demasiado bueno para ser profundamente desdichado por mucho tiempo. Él no pedía que el alma de Catherine lo persiguiese como un fantasma. El tiempo trajo consigo la resignación y una melancolía más dulce que el júbilo ordinario. Evocaba su recuerdo con ardiente y tierno amor, y con la esperanza puesta en el mundo mejor adonde no dudaba que ella había partido.

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