Capítulo IX · III
~7 min · 1404 palabras
Al bajar algo más tarde de lo acostumbrado, vi por los rayos de sol que atravesaban las rendijas de los postigos a la señorita Catherine todavía sentada junto a la chimenea. La puerta de la casa estaba entornada también; entraba claridad por sus ventanas abiertas; Hindley había salido de su aposento y se hallaba ante el fogón, ojeroso y soñoliento.
—¿Qué te ocurre, Cathy? —le decía cuando entré—; tienes el aire tan lastimoso como un cachorro medio ahogado. ¿Por qué estás tan mojada y lívida, niña?
—Me he calado —respondió con desgana—, y tengo frío: eso es todo.
—¡Oh, qué perversa es! —exclamé, advirtiendo que el amo se hallaba razonablemente sobrio—. Se empapó en el aguacero de anoche y ahí se ha pasado la noche entera en vela sin que hubiera modo de moverla de su sitio.
El señor Earnshaw nos miró con pasmo. «¿La noche entera? —repitió—. ¿Qué la retuvo levantada? No el miedo a los truenos, de seguro: amainaron hace muchas horas».
Ninguna de las dos deseaba mentar la ausencia de Heathcliff mientras pudiésemos encubrirla; de suerte que contesté que ignoraba qué capricho le dio de trasnochar; y ella guardó silencio. La mañana se presentaba fresca y grata; abrí la celosía y al punto la estancia se inundó de balsámicos aromas del huerto; pero Catherine me increpó desabrida: «¡Ellen, cierra la ventana, que me muero de frío!». Y sus dientes castañeteaban mientras se apretaba más contra las ascuas casi apagadas.
—Está enferma —dijo Hindley, tomándole el pulso—; presumo que por eso no quiso acostarse. ¡Maldita sea, no quiero lidiar con más achaques en esta casa! ¿Qué te llevó a salir bajo la lluvia?
—¡Corriendo tras los mozos, como siempre! —graznó Joseph, aprovechando nuestra vacilación para meter su viperina lengua—. ¡Si yo estuviera en su pellejo, amo, les cerraba las puertas en las narices a todos ellos, nobles y plebeyos! Jamás se ausenta usted un día sin que ese gato de Linton venga rondando por aquí; y la señorita Nelly, ¡menuda pájara!, se pasa la tarde vigilando en la cocina; y en cuanto usted entra por una puerta, él sale por la otra; ¡y luego nuestra gran dama sale a cortejar por su cuenta! ¡Bonita compostura: corretear por los rastrojos pasadas las doce de la noche con ese demonio de gitano asilvestrado de Heathcliff! Creen que yo estoy ciego, ¡pero no lo estoy, ni por asomo! Vi al joven Linton ir y venir, y la vi a usted —dirigiéndose a mí—, ¡bruja descastada y holgazana!, correr a atrancar la cancela en cuanto oyó el trote del rocín del amo resonar por la calzada.
—¡Silencio, fisgón! —gritó Catherine—; ¡guárdate tus insolencias en mi presencia! Edgar Linton vino ayer por casualidad, Hindley; y fui yo quien le conminó a marcharse, porque sabía que no te agradaría encontrarte con él en semejante estado.
—Mientes, Cathy, sin duda alguna —repuso su hermano—, ¡y eres una zopenca redomada! Pero dejemos a Linton por ahora: dime, ¿no estuviste con Heathcliff anoche? Habla con la verdad. No temas causarle daño: aunque le aborrezco tanto como siempre, me hizo un señalado favor no ha mucho que hace a mi conciencia remisa a romperle la crisma. Para evitarlo, le pondré de patitas en la calle esta misma mañana; y una vez se haya ido, os aconsejo a todos andaros con pies de plomo: ¡tendré más humor para vosotros!
—Jamás vi a Heathcliff anoche —contestó Catherine, rompiendo a sollozar amargamente—; y si le echas a la calle, me iré con él. Pero acaso jamás tengas ocasión de hacerlo: acaso se haya marchado para siempre. —Aquí se deshizo en un duelo incontenible y el resto de sus palabras se tornaron ininteligibles.
Hindley descargó sobre ella un torrente de ultrajes despectivos y le conminó a subir a su estancia al instante si no quería llorar con motivo. La obligué a obedecer; y jamás olvidaré la escena que escenificó al alcanzar su aposento: me aterrorizó. Creyera que perdía el juicio y rogué a Joseph que corriese en busca del médico. Resultó ser el principio del delirio: el señor Kenneth, en cuanto la examinó, la declaró gravemente enferma; padecía fiebres cerebrales. Le practicó sangrías y me ordenó alimentarla a base de suero y gachas claras, velando celosamente para que no se arrojase escaleras abajo o por la ventana; y luego partió, pues harto tenía que atender en la parroquia, donde dos o tres millas mediaban ordinariamente entre caserío y caserío.
Aunque no puedo presumir de haber sido una enfermera complaciente, y Joseph y el amo andaban lejos de ser mejores, y aun cuando nuestra enferma resultaba tan impertinente y testaruda como la peor enferma pudiera serlo, salió airosa del lance. La anciana señora de Linton nos dispensó no pocas visitas, en verdad, poniendo las cosas en orden y reprendiéndonos y mandándonos a todos; y cuando Catherine convaleció, porfió en trasladarla a la Granja de los Tordos: auxilio por el cual le quedamos sumamente agradecidos. Mas la pobre dama tuvo motivos para lamentar su caridad: su marido y ella contrajeron las mismas fiebres y fallecieron con escasos días de intervalo.
Nuestra señorita retornó con nosotros más insolente, apasionada y altiva que nunca. Nada se había vuelto a saber de Heathcliff desde la velada de la tempestad; y un día tuve la desdicha, al haberme provocado en demasía, de achacarle a ella la culpa de su desaparición: a quien en rigor pertenecía, como bien sabía en su fuero interno. Desde aquella fecha, durante varios meses, cesó en todo trato conmigo, salvo en lo tocante al servicio estricto de criada. Joseph cayó también bajo anatema: él tenía que decir lo que sentía y sermoneaba a la joven cual si fuese una chicuela; y ella se tenía ya por mujer hecha y derecha y señora nuestra, juzgando que su reciente dolencia le confería fueros para ser tratada con acatamiento. El facultativo había advertido que no soportaba contrariedades; debía salirse con la suya; y reputaba poco menos que por homicidio que alguien osase oponerse a sus designios. Del señor Earnshaw y de sus comensales se mantuvo apartada; y advertido por Kenneth y por los amagos de ataques que a menudo coronaban sus arrebatos de cólera, su hermano le concedía cuanto tenía a bien exigir, evitando agriar su encendido genio. Mostrábase harto complaciente con sus caprichos; no por afecto, sino por vanidad: ansiaba con ardor verla honrar a la estirpe mediante un ventajoso enlace con los Linton, y mientras le dejase en paz a él, ¡podía pisotearnos como a siervos si le placía! Edgar Linton, como tantos otros antes y después de él, estaba ciegamente fascinado: y se creyó el mortal más afortunado del orbe el día en que la condujo ante el altar de la capilla de Gimmerton, tres años después del fallecimiento de sus padres.
Muy en contra de mi voluntad fui persuadida a abandonar Cumbres Borrascosas para acompañarla aquí. El pequeño Hareton contaba casi cinco años y yo acababa de empezar a enseñarle las primeras letras. Tuvimos una triste despedida, mas las lágrimas de Catherine tuvieron más fuerza que las nuestras. Al negarme yo a partir y ver que sus ruegos no me conmovían, acudió lamentándose ante su esposo y su hermano. El primero me ofreció un salario magnífico; el segundo me conminó a hacer el hatillo: no quería mujeres en su morada, adujo, ahora que no había ama; y en cuanto a Hareton, el vicario se encargaría de él a su debido tiempo. De modo que no me quedó más arbitrio que acatar lo mandado. Dije al amo que se deshacía de cuantos eran decentes solo para precipitarse a la ruina con mayor celeridad; besé a Hareton, le dije adiós; ¡y desde entonces ha sido un extraño para mí, resultando harto triste colegir que sin duda ha olvidado por entero a Ellen Dean y que ella fue antaño más que el mundo entero para él y él para ella!
En este punto del relato del ama de llaves acertó a posar la mirada en el reloj sobre la chimenea, y se pasmó al advertir que el minutero señalaba la una y media. No quiso consentir en quedarse un segundo más: a decir verdad, yo mismo me sentía dispuesto a aplazar la continuación de su relato. Y ahora que se ha retirado a descansar y que he cavilado durante otra hora o dos, cobraré arrestos para recogerse también, no obstante el pesado embotamiento de cabeza y miembros.
Fin del Episodio 17 · de 61
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