Cumbres borrascosas·Episodio 16

Capítulo IX · II

~12 min · 2341 palabras

—¡No quiero oírlo, no quiero oírlo! —repetí con presteza.

Era supersticiosa tocante a los ensueños por entonces y aún lo sigo siendo; y Catherine ostentaba una sombra desusada en su semblante que me infundía el temor de vislumbrar algo de lo que pudiese forjar una profecía augurando una catástrofe espantosa. Se disgustó, mas no prosiguió. Al cabo de breves instantes, mudando a lo que parecía de asunto, reanudó la plática.

—Si estuviese en el cielo, Nelly, sería sumamente desdichada.

—Porque no es digna de entrar allí —le espeté—. Todos los pecadores serían desdichados en el cielo.

—Pero no es por eso. Soñé una vez que me hallaba allí.

—¡Le digo que no escucharé sus sueños, señorita Catherine! ¡Me voy a la cama! —la interrumpí de nuevo.

Rió y me retuvo del brazo, pues hice ademán de levantarme del asiento.

—Esto no es nada —exclamó ella—: solo iba a decirte que el cielo no me parecía mi verdadero hogar; y me rompí el corazón llorando por regresar a la tierra; y los ángeles se enfurecieron tanto que me arrojaron abajo en medio de los brezales, en la cumbre de Cumbres Borrascosas, donde desperté sollozando de alegría. Esto servirá para explicar mi secreto tan cumplidamente como el otro: no tengo más vela que casarme con Edgar Linton de la que tengo para entrar en el cielo; y si el malvado que está ahí dentro no hubiese envilecido a Heathcliff hasta semejante bajeza, jamás habría pensado en ello. Ahora me degradaría casarme con Heathcliff: de suerte que jamás sabrá cuánto le amo; y ello no por ser apuesto, Nelly, sino porque es más mi propio ser que yo misma. Sea de lo que fuere que estén hechas nuestras almas, la suya y la mía son la misma cosa; y la de Linton es tan dispar como un rayo de luna de un relámpago o la escarcha del fuego.

Antes de que concluyera este discurso advertí la presencia de Heathcliff. Habiendo notado un leve movimiento, volví la cabeza y lo vi levantarse del banco y deslizarse afuera sin hacer el menor ruido. Había escuchado hasta oír a Catherine decir que le degradaría desposarse con él, y no aguardó a escuchar nada más. Mi compañera, sentada en el suelo, se hallaba impedida por el alto respaldo del escaño de advertir su presencia o su partida; mas yo me sobresalté y le ordené que callase.

—¿Por qué? —inquirió, mirando con zozobra a su alrededor.

—Joseph está aquí —contesté, aprovechando oportunamente el rodar de las ruedas de su carreta por la calzada—; y Heathcliff entrará con él. No sé si no estaba en la puerta en este mismo instante.

—¡Oh, no pudo escucharme desde la puerta! —dijo ella—. Dame a Hareton mientras dispones la cena, y cuando esté lista invítame a cenar contigo. Deseo adormecer mi conciencia inquieta y convencerme de que Heathcliff nada sospecha de estas cosas. No lo sospecha, ¿verdad? ¡No sabe lo que es estar enamorado!

—No veo motivo alguno para que no lo sepa tan bien como usted —repliqué—; y si usted es su elección, ¡será la criatura más desventurada que jamás haya nacido! Tan pronto como se convierta en la señora de Linton, él perderá amiga, amor y todo cuanto posee. ¿Ha cavilado usted de qué modo sobrellevará la separación y cómo tolerará él verse enteramente desamparado en el mundo? Porque, señorita Catherine...

—¿Él enteramente desamparado? ¿Nosotros separados? —exclamó con acento de viva indignación—. ¿Quién ha de separarnos, si me haces el favor? ¡Correrán la suerte de Milón de Crotona! ¡Mientras yo viva, no, Ellen; por criatura mortal alguna! Todos los Linton sobre la faz de la tierra podrían disolverse en la nada antes de que yo consintiese en abandonar a Heathcliff. ¡Oh, no es eso lo que pretendo, no es eso lo que quise decir! ¡No sería la señora de Linton si se me exigiese semejante tributo! Él será para mí cuanto ha sido durante toda su existencia. Edgar habrá de deponer su antipatía y tolerarle, cuando menos. Lo hará en cuanto comprenda mis verdaderos sentimientos hacia él. Nelly, veo que me juzgas una criatura egoísta; pero ¿acaso no se te ocurrió jamás que si Heathcliff y yo nos casásemos seríamos unos mendigos? Mientras que, si me caso con Linton, podré ayudar a Heathcliff a medrar y ponerle a salvo del poder tiránico de mi hermano.

—¿Con el dinero de su marido, señorita Catherine? —pregunté—. No lo hallará tan maleable como calcula; y aunque apenas soy juez en esto, juzgo que ese es el peor motivo que ha esgrimido hasta ahora para desposar al joven Linton.

—¡No lo es! —replicó ella—; ¡es el mejor! Los otros eran la satisfacción de mis caprichos y también por complacer a Edgar, para darle gusto. Este es por consideración a quien resume en su persona mis sentimientos hacia Edgar y hacia mí misma. No sé expresarlo; pero a buen seguro tú y todo el mundo tenéis noción de que existe o debiera existir un ser vuestro más allá de vosotros mismos. ¿De qué valdría mi creación si yo estuviese enteramente contenida aquí? Mis mayores desventuras en este mundo han sido las desventuras de Heathcliff: las he presenciado y sentido todas desde el principio; mi mayor pensamiento al vivir es su persona. Si todo lo demás pereciera y él permaneciese, yo continuaría existiendo; y si todo lo demás quedara y él fuese aniquilado, el universo entero se tornaría un formidable extraño: no parecería formar parte de él. Mi amor por Linton es como el follaje de los bosques: el tiempo lo mudará, bien lo sé, como el invierno muda las frondas. Mi amor por Heathcliff se asemeja a las rocas eternas sobre las que se asienta: fuente de escaso deleite visible, pero necesario en grado sumo. Nelly: ¡yo soy Heathcliff! Siempre, siempre está en mi mente: no como un solaz, no más de lo que yo soy un solaz para mí misma, sino como mi propia sustancia. De suerte que no vuelvas a hablar de nuestra separación: es de todo punto irrealizable; y...

Se detuvo y hundió el rostro entre los pliegues de mi saya; mas yo se la aparté con aspereza. ¡Se me había agotado la paciencia ante tanta insensatez!

—Si es que puedo extraer algún sentido de sus desvaríos, señorita —le dije—, solo me sirve para convencerme de que ignora los deberes que contrae al desposarse; o bien de que es una muchacha perversa y desprovista de principios. Pero no me importune con más secretos: no prometo guardarlos.

—¿Guardarás este? —preguntó con ansia.

—No, no prometo nada —repetí.

Iba a porfiar cuando la entrada de Joseph puso fin a nuestro coloquio; Catherine arrimó su asiento a un rincón y meció a Hareton mientras yo preparaba la cena. Una vez cocinada, mi compañero y yo empezamos a disputar sobre quién se la subiría al señorito Hindley; y no zanjamos la cuestión hasta que los manjares casi se enfriaron. Convincimos al fin en dejarle pedirla si la deseaba, pues temíamos sobremanera presentarnos ante él cuando llevaba largo rato a solas.

—¿Y cómo es que ese pelafustán no ha vuelto aún del campo a estas horas? ¿Qué estará tramando, pedazo de holgazán? —exigió el vejestorio, mirando en derredor en busca de Heathcliff.

—Iré a llamarlo —respondí—. Está en el henil, sin duda.

Fui y voceé, mas no obtuve respuesta. Al volver, susurré a Catherine que él había escuchado buena parte de lo que ella dijera, de lo cual tenía certeza; y le referí cómo le vi abandonar la cocina en el momento en que censuraba la conducta de su hermano para con él. Dio un brinco presa de un pavor indecible, arrojó a Hareton sobre el escaño y corrió en pos de su amigo ella misma, sin tomarse tregua para meditar por qué se hallaba tan turbada ni de qué suerte habrían afectado sus palabras al mozo. Ausentóse tanto tiempo que Joseph propuso no aguardar más. Conjeturó taimadamente que se rezagaban para esquivar su prolija bendición de la mesa: eran «capaces de cualquier grosería», aseveró. Y en favor de ambos añadió aquella noche una jaculatoria especial al habitual cuarto de hora de rezos antes de comer, y habría ensartado otra al término de la acción de gracias de no haber irrumpido su señorita con la orden perentoria de que corriese calzada abajo y, dondequiera que Heathcliff anduviese errante, ¡lo hallase y le hiciese entrar al instante!

—Quiero hablarle, y tengo que hacerlo antes de subir a acostarme —dijo—. Y la cancela está abierta: anda en alguna parte fuera del alcance de la voz; pues se niega a responder, por más que he gritado desde lo alto del redil con cuantas fuerzas me quedaban.

Joseph se resistió al principio; ella se mostraba harto resuelta, empero, para tolerar contradicción; y al fin el criado se encasquetó el sombrero y salió refunfuñando. Entretanto Catherine paseaba arriba y abajo por las losas exclamando: «¡Me pregunto dónde andará... me pregunto dónde podrá estar! ¿Qué dije, Nelly? Se me ha olvidado. ¿Se molestó por mi mal humor de esta tarde? ¡Cielo santo, dime qué dije para herirle! ¡Deseo con toda mi alma que vuelva! ¡Deseo tanto que vuelva!».

—¡Qué alboroto por una nadería! —exclamé, aunque bastante inquieta yo misma—. ¡Qué fruslería la asusta! No constituye motivo de alarma que Heathcliff se dé una vuelta a la luz de la luna por los brezales o se tienda hosco en el henil sin dignarse hablarnos. Respondo de que anda agazapado allí: ¡verá si no le saco de su madriguera!

Partí a reanudar mis pesquisas; el resultado fue baldío, y las andanzas de Joseph concluyeron en el mismo fracaso.

—¡Ese tunante se pone cada vez peor! —observó al retornar—. Ha dejado la cancela abierta de par en par y el poney de la señorita ha pisoteado dos surcos de trigo y se ha colado de lleno en el prado. Comoquiera que sea, el amo armará la de Dios es Cristo mañana y bien hecho estará. ¡Paciencia misma es lo que tiene con semejantes zafios y descuidados... paciencia bendita! Pero no será siempre así: ¡ya lo verán todos! ¡No debieran sacarle de quicio por una nadería!

—¿Has encontrado a Heathcliff, pedazo de alcornoque? —interrumpió Catherine—. ¿Le has buscado como te ordené?

—Más me valdría buscar al rocín —repuso él—. Tendría más fuste. Pero no acierto a buscar caballo ni cristiano en una noche como esta: ¡negra como la boca de una chimenea! Y Heathcliff no es mozo que acuda a mi silbido: ¡acaso sea menos duro de oído con usted!

Era en verdad una noche negrísima para ser estío: los nubarrones parecían amenazar tempestad y sugerí que sería más cuerdo sentarnos; la lluvia inminente le traería a casa sin más afanes. Catherine, sin embargo, rehusaba dejarse convencer hacia la calma. Continuó yendo y viniendo de la cancela a la puerta en una zozobra que no consentía reposo; y al fin apostóse permanentemente junto al muro, al borde del camino: donde, sorda a mis ruegos, al sordo retumbar del trueno y a los goterones gruesos que empezaban a estrellarse en torno a ella, permaneció voceando a intervalos, escuchando después y rompiendo luego en llanto desolado. Aventajaba a Hareton o a cualquier chiquillo en sus arrebatos de llanto furioso.

Hacia la medianoche, mientras aún velábamos en vela, la tormenta estalló sobre las Cumbres con furor formidable. Se desató un vendaval violento acompañado de truenos, y el viento o el rayo partieron un árbol en la esquina del edificio: una rama gigantesca se desplomó sobre el tejado derribando parte de la chimenea oriental y arrojando una lluvia de cascotes y hollín sobre el fogón de la cocina. Creyéramos que una centella había caído en medio de nosotros; y Joseph hincóse de hinojos suplicando al Señor que recordase a los patriarcas Noé y Lot y, cual en remotos tiempos, perdonase a los justos mientras hería a los impíos. Yo misma abrigué el presentimiento de que aquello constituía un juicio celestial contra nosotros también. El Jonás, en mi fuero interno, era el señor Earnshaw; y sacudí el picaporte de su cuarto para cerciorarme de si aún seguía con vida. Respondió con voz bastante recia, de una guisa que movió a mi camarada a clamar con más estrépito que antes que mediaba un abismo entre los santos cual él y los réprobos como su amo. Mas el fragor amainó a los veinte minutos, dejándonos a todos ilesos; salvo a Cathy, que quedó empapada hasta los huesos por su terquedad en rehusar cobijo, permaneciendo desprovista de cofia y toquilla para absorber cuanta agua cayese sobre sus cabellos y vestidos. Entró y se tumbó en el escaño, chorreando como estaba, volviendo el rostro hacia la pared y cubriéndose la cara con las manos.

—¡Vaya, señorita! —exclamé tocándole el hombro—; ¿acaso se ha propuesto pescar la muerte? ¿Sabe qué hora es? Las doce y media pasadas. ¡Vamos, acuéstese! De nada sirve aguardar más a ese insensato muchacho: se habrá marchado a Gimmerton y allí se quedará. Imagina que no le aguardaríamos a deshoras; al menos presumirá que solo el señor Hindley estaría en pie y preferirá ahorrarse que el amo le abra la puerta.

—No, no; no anda por Gimmerton —dijo Joseph—. No me extrañaría que yaciera en el fondo de una turbera. Esta calamidad no vino por gusto, y le convendría andarse con tiento, señorita: usted podría ser la siguiente. ¡Bendito sea el cielo por todo! ¡Todo obra para bien de los elegidos y entresacados de entre la broza! Bien sabe lo que predica la Escritura. —Y comenzó a desgranar varios pasajes bíblicos remitiéndonos a capítulos y versículos donde podíamos cotejarlos.

Yo, tras haber suplicado en vano a la obstinada muchacha que se levantase y se mudase de ropas empapadas, le dejé a él predicando y a ella temblando de frío y me retiré a la cama con el pequeño Hareton, quien dormía tan profundamente como si todos reposasen en torno a él. Oí a Joseph continuar con su lectura un rato más; luego distinguí sus pasos cansinos por la escalerilla y me quedé profundamente dormida.

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