Cuentos de amor·Episodio 19

Á un Ángel · 14

~14 min · 2869 palabras

Repicaron las lenguas, y se fantasearon historias de ilícitas pasiones y desvaríos del Marqués, tragedias horribles, duelos, conatos de envenenamiento, y otras mil invenciones novelescas que prueban la ardorosa imaginación de los naturales de Abencerraje. La verdad no se supo hasta que corrieron algunos años, cuando el Marqués de Alcalá comisionó á un sacerdote para lograr de su esposa que le perdonase y consintiese en vivir á su lado. Habiendo fracasado por completo la diplomacia del sacerdote, en los primeros momentos de contrariedad éste se espontaneó con el párroco de Abencerraje, éste con el boticario, éste con el médico, el notario, el Alcalde... y así llegó á conocer la comarca la siguiente aventura.

Después de un viaje que fué un idilio, llegaron á París los enamorados esposos en busca de alguna quietud, pues la reclamaba el estado interesante de María, expuesta á percances en fondas y trenes. A pesar del cuidado y del método que observó la Marquesa, hacia el sexto mes del embarazo cayó en cama, con síntomas de parto prematuro. Acaeció la temida desgracia, y fué lo peor que una hemorragia violenta puso en peligro inminente la vida de la señora. «Se desangra, se nos va», había dicho el médico, un español ilustre, después de ensayar los recursos de su ciencia, luchando denodadamente con la muerte que se aproximaba silenciosa. Y entonces el marido, que veía á su esposa desfallecer en síncope mortal, blanca como la almohada donde apoyaba su frente de cera, preguntó al doctor:

—¿Pero no hay algún medio de salvarla? ¿No hay alguno?

—Hay uno todavía —respondió el médico—. Si se encuentra una persona sana, robusta, joven y que quiera lo bastante á esta señora para dar sangre de las venas de su brazo... verificaremos la transfusión y verá usted á la enferma resucitar.

Al hablar así, el doctor miraba afanosamente al Marqués, clavándole en el rostro, y mejor aún en el espíritu, sus ojos interrogadores y desengañados de hombre que ha presenciado en este pícaro mundo muchas miserias; y al notar que el Marqués no contestaba y se volvía tan pálido como si ya le estuviesen extrayendo de las venas la sangre que le pedía de limosna el amor, el médico se encogió de hombros murmurando vagamente:

—Pero es difícil... muy difícil. Hay que renunciar á esa esperanza.

En aquel punto mismo se levantó una mujer que permanecía acurrucada á los pies del lecho de la moribunda, y sencillamente, presentando su brazo izquierdo desnudo, blanco, grueso, surcado de venas azules, exclamó:

—Ahí tiene, señor... ahí tiene... Sangre no me falta, y sana estoy como las propias manzanas en el árbol... Ahí tiene, y ojalá que la sangre de una pobre aldeana sirva para resucitar á la señora.

Ni un minuto tardó el doctor en aceptar la oferta de Luisilla. Aplicando la cánula, sangró copiosamente el recio brazo, pues se necesitaba mucha, mucha sangre, setecientos gramos, para reparar las pérdidas sufridas. La muchacha, sonriente, no pestañeaba, repitiendo á cada paso:

—Saque, señor; tengo yo la mar de sangre buena que ofrecer á mi ama.

El Marqués había huído de la habitación. Cuando la sutil jeringuilla empezó á inyectar el precioso licor en el cuerpo de la agonizante, y ésta á notar el calor delicioso que de las venas pasaba al corazón reanimándolo; cuando su rostro de mármol se coloreó y sus ojos se abrieron lentamente, lo primero que buscaron fué al amado, á la mitad de su ser, pues había comprendido al revivir que alguien la daba su sangre en compensación de la que había perdido, y creía que sólo podía ser él, el esposo, el compañero, el adorado, el ídolo de su alma. Y al no encontrarle; al ver á Luisa, á quien vendaban y á quien hacían beber, para reanimarla del desfallecimiento, café puro, la esposa comprendió, y volvió á cerrar los ojos, como si aspirase al desmayo del cual solo se despierta en los brazos de la muerte...

Apenas pudo ponerse en camino, María partió sin más compañera que la aldeanita, cuya humilde sangre llevaba en las venas y á quien debía el existir. Todas las gestiones del Marqués de Alcalá se estrellaron contra la invencible repugnancia, ó más bien el horror de su mujer. Demasiado altiva para buscar consuelo de aquel desengaño, vivió con Luisilla, haciendo caridades y llorando á solas muchas veces,—sobre todo en Pascua de Resurrección, cuando la implacable naturaleza reflorecía.

Consuelo

Teodoro iba á casarse perdidamente enamorado. Su novia y él aprovechaban hasta los segundos para tortolear y apurar esa dulce comunicación que exalta el amor por medio de la esperanza próxima á realizarse. La boda sería en Mayo, si no se atravesaba ningún obstáculo en el camino de la felicidad de los novios. Pero al acercarse la concertada fecha se atravesó uno terrible: Teodoro entró en sorteo de oficiales, y la suerte le fué adversa: le reclamaba la patria.

Ya se sabe lo que ocurre en semejantes ocasiones. La novia sufrió síncopes y ataques de nervios; derramó lágrimas que corrían por sus mejillas frescas, pálidas como hojas de magnolia, ó empapaban el pañolito de encaje; y en los últimos días que Teodoro pudo pasar al lado de su amada, trocáronse juramentos de constancia y se aplazó la dicha para el regreso. Tales fueron los extremos de la novia, que Teodoro marchó con el alma menos triste, regocijado casi por momentos, pues era animoso y no rehuía, ni aun de pensamiento, la aceptación del deber.

Escribió siempre que pudo, y no le faltaron cartas amantes y fervorosas, en contestación á las suyas algo lacónicas, redactadas después de una jornada de horrible fatiga, robando tiempo al descanso, y evitando referir las molestias y las privaciones de la cruel campaña, por no angustiar á la niña ausente. Un amigo á prueba, comisionado para espiar á la novia de Teodoro—no hay hombre que no caiga en estas puerilidades, si se va muy lejos y ama de veras—mandaba noticias de que la muchacha vivía en retraimiento, como una viuda. Al saberlo, Teodoro sentía un gozo que le hacía olvidarse de la ardiente sed, del sol que abrasa, de la fiebre que flota en el aire y de las espinas que desgarran las epidermis.

Cierto día, de espeso matorral salieron algunos disparos al paso de la columna que Teodoro mandaba. Teodoro cerró los ojos y osciló sobre el caballo: le recogieron y trataron de curarle, mientras huía cobardemente el invisible enemigo. Trasladado el herido al hospital, se vió que tenía destrozado el hueso de la pierna,—fractura complicada, gravísima.—El médico dió su fallo: para salvar la vida había que practicar urgentemente la amputación por más arriba de la rótula, advirtiendo que consideraba peligroso dar cloroformo al paciente. Teodoro resistió la operación con los ojos abiertos, y vió cómo el bisturí incindía su piel y resecaba sus músculos, cómo la sierra mordía en el hueso hasta llegar al tuétano, y cómo su pierna derecha, ensangrentada, muerta ya, era llevada á que la enterrasen... Y no exhaló un grito ni un gemido: tan sólo, en el paroxismo del dolor, tronzó con los dientes el cigarro que chupaba.

Según el cirujano, la operación había salido divinamente. No hubo inflamación ni gangrena; cicatrizó bien y pronto, y Teodoro no tardó en ensayar su pierna de palo, una pata vulgar, mientras no podía encargar á Alemania otra, hecha con arreglo á los últimos adelantos...

Al escribir á su novia desde el hospital sólo había hablado de herida, y herida leve. No quería afligirla ni espantarla. Así y todo, lo de la herida alarmó á la muchacha tanto, que sus cartas eran gritos de terror y efusiones de cariño. ¿Por qué no estaba ella allí para asistirle, y acompañarle y endulzar sus torturas? ¿Cómo iba á resistir hasta la carta siguiente, donde él participase su mejoría?

Aquellas páginas tiernas y sencillas, que debían consolar á Teodoro, le causaron, por el contrario, una inquietud profunda. Pensaba á cada instante que iba á regresar, á ver á su adorada, y que ella le vería también... ¡pero cómo! ¡Qué diferencial Ya no era el gallardo oficial de esbelta silueta y andar resuelto y brioso. Era un inválido, un pobrecito inválido, un infeliz inútil. Adiós las marchas, adiós los fogosos caballos, adiós el vals que embriaga, adiós la esgrima que fortalece: tendría que vivir sentado, que pudrirse en la inacción, y que recibir una limosna de amor ó de lástima, otorgada por caridad á su desventura. Y Teodoro, al dar sus primeros pasos apoyado en la muleta, presentía la impresión de su novia cuando él llegase así, cojo y mutilado,—él, el apuesto novio que antes envidiaban las amigas.—Ver la luz de la compasión en unos ojos adorados... ¡qué triste sería, qué triste! Miróse al espejo y comprobó en su rostro las huellas del sufrimiento, y pensó en el ruido seco de la pata de palo sobre las escaleras de la casa de su futura... Con el revés de la mano se arrancó una lágrima de rabia que surgía al canto del lagrimal: pidió papel y pluma, y escribió una breve carta de rompimiento y despedida eterna.

Dos años pasaron. Teodoro había vuelto á la Península, aunque no á la ciudad donde amó y esperó. Por necesidad tuvo que ir á ella pocos días, y aunque evitaba salir á la calle, una tarde encontró de improviso á la que fué su novia y,—sofocado, tembloroso,—se detuvo y la dejó pasar. Iba ella del brazo de un hombre—su marido.—El amputado, repuesto, firme ya sobre su pata hábilmente fabricada en Berlín, maravilla de ortopedia, que disimulaba la cojera y terminaba en brillante bota, notó que el esposo de su amada era ridículamente conformado, muy patituerto, de rodillas huesudas é innoble pie... y una sonrisa de melancólica burla jugó en su semblante grave y varonil.

La novela de Raimundo

¿Suponéis que no hay en mis recuerdos nada dramático, nada que despierte interés, una novela tremenda?—nos dijo casi ofendido el apacible Raimundo Ariza, á quien considerábamos el muchacho más formal de cuantos remojábamos la persona en aquella tranquila playa y nos reuníamos por las tardes á jugar á tanto módico en el Casino.—No pudimos menos de mirar á Raimundo con sorpresa y algo de incredulidad. Sin embargo, Raimundo no era feo: tenía estatura proporcionada, correctas facciones, ojos garzos y dulces, sonrisa simpática y blanca tez; pero su bonita figura destilaba sosería; no había nacido fascinador; parecía formado por la naturaleza para ser á los cuarenta buen padre de familia, y Alcalde de su pueblo.

—Dudamos de tu novela romántica —exclamó al cabo uno de nosotros.

—Pues es de las de patente... —replicó Raimundo—. Hay dos clases de novelas, señores escépticos: las voluntarias y las involuntarias. Las primeras, las buscan por la mano sus héroes. Las otras... se vienen á las manos. De estas fué la mía. A ciertas personas suele decirse que «les sucede todo;» y es porque ellas andan á caza de sucesos... A fe que si se estuviesen quietecitos, las mujeres no se precipitarían á echarles memoriales.

En mi pueblo, como sabéis, no suele haber grandes emociones, y cualquier cosa se vuelve acontecimiento. Todo constituye distracción, rompiendo la monotonía de aquel vivir.—Hará cosa de tres años, en primavera, nos alborotó la llegada de una tribu errante de gitanos ó zíngaros. Plantaron sus negruzcas tiendas y amarraron sus trasijadas monturas en cierto campillo árido, cercano á uno de los barrios en construcción, y formamos costumbre de ir por las tardes á curiosear las fisonomías y los hábitos de tan extraña gente.

Nos gustaba ver cómo remendaban y estañaban calderos y componían jáquimas y pretales, todo al sol y con la cabeza descubierta, porque dentro de las tiendas no se rebullían. Comentábase mucho la noticia de que el jefe de una taifa tan sórdida y desarrapada hubiese depositado en el Banco, el día de su arribo, bastantes miles de duros en ricas onzas españolas, de las que ya no se encuentran por ninguna parte. Viajaban con su caudal, y por no ser desbalijados, al sentar sus reales lo aseguraban así. Se decía también que poseían á docenas soberbias cadenas de oro y joyeles bárbaros de pedrería; pero es la verdad que, al exterior, sólo mostraban miserias, andrajos y densa capa de mugre, no teniendo poco de asombroso que tan mala capa no bastase á encubrir ni á degradar la noble hermosura y pintoresca originalidad de los bohemios que admirábamos.

Resaltaba esta belleza en todos los individuos jóvenes de la tribu; pero, como es natural, yo prefería observarla en las mujeres, y solía acercarme á la tienda donde habitaba una gitanilla del más puro tipo oriental que pueda soñarse. Esbelta, de tez finísima y aceitunada; de ojos de gacela, tristes, almendrados é inmensos; de cabellera azulada á fuerza de negror y repartida en dos trenzas de esterilla á ambos lados del rostro, la gitana estaba reclamando un pintor que se inspirase en su figura. Aunque era, según supe después, esposa del jefe de la tribu, su vestimenta se componía de una falda muy vieja y un casaquín desgarrado, por cuyas roturas salía el seno, y en lugar de los fantásticos joyeles del misterioso tesoro, adornaba su cuello una sarta de corales falsos. Su tierna juventud y su singular beldad resplandecían iluminando los harapos y el interior de la tienda, por otra parte semejante á un capricho de Goya, donde humeaba un pote sobre unas trébedes y un fuego de brasa, atizado por una gitana vieja, tan caracterizada de bruja, que pensé que iba á salir volando á horcajadas sobre una escoba.

Así que me vió la gitanilla, con voz muy melodiosa y con gutural pronunciación extranjera me pidió la mano para echarme la buenaventura. Se la tendí, con dos pesetas para señalar, y después de oídas las profecías que dicen siempre las gitanas, dejé gustoso las dos pesetas en su poder. La mujer hablaba aprisa, porque un chiquillo desnudo, de cobriza tez, arrastrándose por el suelo, lloriqueaba; así que su madre le tomó en brazos, calló agarrando el seno. De súbito la gitana exhaló un chillido de dolor: el crío acababa de morderla cruelmente, y ella, casi en broma, aplicó dos azotes ligeros á la criatura. No sé que fué más pronto, si romper el chico en llanto desconsolador ó entrar en la tienda el jefe de la tribu, un arrogante bohemio de enérgicas facciones y pelo rizado en largos bucles; y sin encomendarse á Dios ni al diablo, profiriendo imprecaciones en su jerigonza, soltarle á su mujer un feroz puntapié que la echó á tierra.

Indignado por tal brutalidad, me precipité á levantarla; se alzó pálida y temblando; sus ojos oblongos, tan dulces poco antes, fulguraban con un brillo sombrío, que me pareció de odio y furor, pero al fijarse en mí destellaron agradecimiento. No lo pude remediar; aunque por sistema con nadie ni en nada me meto, aquella escena me había trastornado: apostrofé é increpé al gitano, y hasta le amenacé, si maltrataba de tal suerte á una criatura indefensa, con denunciarle á la autoridad, que le aplicaría condigno castigo. No sé qué pasaría por dentro del alma del bohemio: sé que me escuchó muy grave, que chapurreó excusas, y al mismo tiempo, á guisa de amo de casa que hace cortesía, me acompañó, sacándome fuera de su domicilio, á pretexto de enseñarme los caballos y los carricoches; en términos que, al despedirme de aquel hombre, me creí en el deber de aflojar otras monedas... que aceptó sin perder la dignidad.

Al día siguiente, y los demás, volví al campamento y fuí derecho á la tienda de la gitana... ¡No arméis alboroto ni me déis broma! Yo no sentía nada parecido á lo que suele llamarse, no ya amor, sino sólo interés ó capricho por una mujer. Quizás por obra de la suciedad salvaje en que vivía envuelta la gitana, ó por el carácter exótico de su hermosura de dieciséis abriles, lo que me inspiraba era una especie de lástima cariñosa unida á un desvío raro: yo no concebía, con tal mujer, sino la contemplación desinteresada y remota que despiertan un cuadro ó un cachivache de museo. A veces me creía inferior á ella, que procedía de raza más pura y noble, de aquel Oriente en que la humanidad tuvo su cuna; otras, por el contrario, se me figuraba un animal bravío, un ser de instinto y de pasión á quien yo dominaba por la inteligencia. Y encontraba gusto en ir á verla, únicamente porque ella, al aparecer yo, mostraba una alegría pueril, una exaltación inexplicable, sonriendo con labios muy rojos y dientes muy blancos, diciéndome palabras zalameras, contándome sus correrías, sus fatigas y sus deseos de regresar á una patria donde el firmamento no tuviese nubes, ni llorase agua jamás. «Feo cuando llueve», repetía. A esto se redujo nuestro idilio... No tengo nada de héroe, y así que noté que el arrogante gitano fruncía las negrísimas y correctas cejas al encontrarme en sus dominios, espacié mis visitas, y ni siquiera me despedí de mi amiga—pues los bohemios levantaron el campo de improviso una mañana, y desaparecieron, sin dejar más huellas de su paso que varios montones de carbón y ceniza en el real, y dos ó tres hurtos de poca monta que se les atribuyeron, quizás falsamente.

Fin del Episodio 19 · de 25

Á un Ángel · 14

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