Á un Ángel · 15
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Hasta aquí la historia es bien sencilla... Lo novelesco empieza ahora... y consiste en un solo hecho, que ustedes explicarán como gusten... pues yo me lo explico á mi modo, y acaso esté en un error! Al mes de alejarse de mi ciudad la tribu zíngara, se supo por la prensa que en las asperezas de la sierra de los Castros habían descubierto unos pastores el cuerpo de una mujer muy joven, cuyas señas inequívocas coincidían con las de mi gitanilla. El cuerpo había sido enterrado á bastante profundidad, pero venteado por los perros y desenterrado prontamente, dió á la justicia indicios de que se hallaba sobre la pista de un horrendo crimen. Se inició el procedimiento sin resultado alguno, porque los de la errante tribu estuvieron conformes en declarar que la gitanilla había huído separándose de ellos, y que ellos no se habían acercado ni á veinte leguas de la sierra de los Castros. La muerte de la gitanilla fué un negro misterio más, de tantos como no desentraña la justicia nunca. Sólo yo creí ver claro en el lance... Acordéme de las palabras que Cervantes pone en boca del gitano viejo: «Libres y exentos vivimos de la amarga pestilencia de los celos; nosotros somos los jueces y verdugos de nuestras esposas y amigas; con la misma facilidad las matamos y las enterramos por las montañas y desiertos, como si fuesen animales nocivos; no hay pariente que las vengue, ni padres que nos pidan su muerte...»
El encaje roto
Convidada á la boda de Micaelita Aránguiz con Bernardo de Meneses, y no habiendo podido asistir, grande fué mi sorpresa cuando supe al día siguiente—la ceremonia debía verificarse á las diez de la noche en casa de la novia—que ésta, al pie del mismo altar, al preguntarle el Obispo de San Juan de Acre si recibía á Bernardo por esposo, soltó un no claro y enérgico; y como reiterada con extrañeza la pregunta se repitiese la negativa, el novio, después de arrostrar un cuarto de hora la situación más ridícula del mundo, tuvo que retirarse, deshaciéndose la reunión y el enlace á la vez.
No son inauditos casos tales, y solemos leerlos en los periódicos; pero ocurren entre gente de clase humilde, de muy modesto estado, en esferas donde las conveniencias sociales no embarazan la manifestación franca y espontánea del sentimiento y de la voluntad.
Lo peculiar de la escena provocada por Micaelita, era el medio ambiente en que se desarrolló. Parecíame ver el cuadro, y no podía consolarme de no haberlo contemplado por mis propios ojos. Figurábame el salón atestado, la escogida concurrencia, las señoras vestidas de seda y terciopelo, con collares de pedrería, al brazo la mantilla blanca para tocársela en el momento de la ceremonia; los hombres con resplandecientes placas ó luciendo veneras de Ordenes militares en el delantero del frac; la madre de la novia, ricamente prendida, atareada, solícita, de grupo en grupo, recibiendo felicitaciones; las hermanitas, conmovidas, muy monas, de rosa la mayor, de azul la menor, ostentando los brazaletes de turquesas, regalo del cuñado futuro; el Obispo que ha de bendecir la boda, alternando grave y afablemente, sonriendo, dignándose soltar chanzas urbanas ó discretos elogios, mientras allá en el fondo se adivina el misterio del oratorio revestido de flores, una inundación de rosas blancas, desde el suelo hasta la cupulilla, donde convergen radios de rosas y de lilas como la nieve, sobre rama verde, artísticamente dispuesta; y en el altar, la efigie de la Virgen protectora de la aristocrática mansión, semioculta por una cortina de azahar, el contenido de un departamento lleno de azahar que envió de Valencia el riquísimo propietario Aránguiz, tío y padrino de la novia, que no vino en persona por viejo y achacoso—detalles que corren de boca en boca, calculándose la magnífica herencia que corresponderá á Micaelita, una esperanza más de ventura para el matrimonio, el cual irá á Valencia á pasar su luna de miel.—En un grupo de hombres me representaba al novio, algo nervioso, ligeramente pálido, mordiéndose el bigote sin querer, inclinando la cabeza para contestar á las delicadas bromas y á las frases halagüeñas que le dirigen...
Y por último, veía aparecer en el marco de la puerta que da á las habitaciones interiores una especie de aparición, la novia, cuyas facciones apenas se divisan bajo la nubecilla del tul, y que pasa haciendo crujir la seda de su traje, mientras en su pelo brilla como sembrado de rocío la roca antigua del aderezo nupcial... Y ya la ceremonia se organiza, la pareja avanza conducida por los padrinos, la cándida figura se arrodilla al lado de la esbelta y airosa del novio... Apíñase en primer término la familia, buscando buen sitio para ver amigos y curiosos, y entre el silencio y la respetuosa atención de los circunstantes... el Obispo formula una interrogación, á la cual responde un no seco como un disparo, rotundo como una bala. Y—siempre con la imaginación—notaba el movimiento del novio, que se revuelve herido; el ímpetu de la madre, que se lanza para proteger y amparar á su hija, la insistencia del Obispo, forma de su asombro, el estremecimiento del concurso, el ansia de la pregunta transmitida en un segundo: «¿Qué pasa? ¿Qué hay? ¿La novia se ha puesto mala? ¿Que dice no? Imposible... ¿Pero es seguro? ¡Qué episodio!...»
Todo esto, dentro de la vida social, constituye un terrible drama. Y en el caso de Micaelita, al par que drama, fué logogrifo. Nunca llegó á saberse de cierto la causa de la súbita negativa.
Micaelita se limitaba á decir que había cambiado de opinión y que era bien libre y dueña de volverse atrás, aunque fuese al pie del ara, mientras el sí no partiese de sus labios. Los íntimos de la casa se devanaban los sesos, emitiendo suposiciones inverosímiles. Lo indudable era que todos vieron, hasta el momento fatal, a los novios satisfechos y amarteladísimos; y las amiguitas que entraron á admirar á la novia engalanada, minutos antes del escándalo, referían que estaba loca de contento, y tan ilusionada y satisfecha que no se cambiaría por nadie. Datos eran estos para obscurecer más el extraño enigma que por largo tiempo dió pábulo á la murmuración, irritada con el misterio y dispuesta á explicarlo desfavorablemente.
A los tres años,—cuando ya casi nadie iba acordándose del sucedido de las bodas de Micaelita, me la encontré en un balneario de moda donde su madre tomaba las aguas. No hay cosa que facilite las relaciones como la vida de balneario, y la señorita de Aránguiz se hizo tan íntima mía, que una tarde, paseando hacia la iglesia, me reveló su secreto, afirmando que me permite divulgarlo, en la seguridad de que explicación tan sencilla no será creída por nadie.
—Fué la cosa más tonta... De puro tonta no quise decirla; la gente siempre atribuye los sucesos á causas profundas y trascendentales, sin reparar de que á veces nuestro destino lo fijan las niñerías, las pequeñeces más pequeñas... Pero son pequeñeces que significan algo, y para ciertas personas significan demasiado. Verá usted lo que pasó; y no concibo que no se enterase nadie, porque el caso ocurrió allí mismo, delante de todos; sólo que no se fijaron, porque fué, realmente, un decir Jesús.
Ya sabe usted que mi boda con Bernardo de Meneses parecía reunir todas las condiciones y garantías de felicidad. Además, confieso que mi novio me gustaba mucho, más que ningún hombre de los que conocía y conozco; creo que estaba enamorada de él. Lo único que sentía era no poder estudiar su carácter: algunas personas le juzgaban violento; pero yo le veía siempre cortés, deferente, blando como un guante, y recelaba que adoptase apariencias destinadas á engañarme y á encubrir una fiera y avinagrada condición. Maldecía yo mil veces la sujeción de la mujer soltera, para la cual es un imposible seguir los pasos á su novio, ahondar la realidad y obtener informes leales, sinceros hasta la crudeza—los únicos que me tranquilizarían. Intenté someter á varias pruebas á Bernardo, y salió bien de ellas; su conducta fué tan correcta, que llegué á creer que podía fiarle sin temor alguno mi porvenir y mi dicha.
Llegó el día de la boda. A pesar de la natural emoción, al vestirme el traje blanco reparé una vez más en el soberbio volante de encaje que lo adornaba, y era regalo de mi novio. Había pertenecido á su familia aquel viejo Alenzón auténtico, de una tercia de ancho—una maravilla—de un dibujo exquisito, perfectamente conservado, digno del escaparate de un museo. Bernardo me lo había regalado, encareciendo su valor, lo cual llegó á impacientarme, pues por mucho que el encaje valiese, mi futuro debía suponer que era poco para mí.
En aquel momento solemne, al verlo realzado por el denso raso del vestido, me pareció que la delicadísima labor significaba una promesa de ventura, y que su tejido tan frágil y á la vez tan resistente prendía en sutiles mallas dos corazones. Este sueño me fascinaba cuando eché á andar hacia el salón, en cuya puerta me esperaba mi novio. Al precipitarme para saludarle llena de alegría, por última vez antes de pertenecerle en alma y cuerpo, el encaje se enganchó en un hierro de la puerta, con tan mala suerte, que al quererme soltar oí el ruido peculiar del desgarrón, y pude ver que un girón del magnífico adorno colgaba sobre la falda. Sólo que también vi otra cosa: la cara de Bernardo, contraída y desfigurada por el enojo más vivo; sus pupilas chispeantes, su boca entreabierta ya para proferir la reconvención y la injuria... No llegó á tanto, porque se encontró rodeado de gente; pero en aquel instante fugaz se alzó un telón y detrás apareció desnuda un alma.
Debí de inmutarme; por fortuna, el tul de mi velo me cubría el rostro. En mi interior algo crujía y se despedazaba, y el júbilo con que atravesé el umbral del salón se cambió en horror profundo. Bernardo se me aparecía siempre con aquella expresión de ira, dureza y menosprecio que acababa de sorprender en su rostro; esta convicción se apoderó de mí, y con ella vino otra: la de que no podía, la de que no quería entregarme á tal hombre, ni entonces, ni jamás... Y, sin embargo, fui acercándome al altar, me arrodillé, escuché las exhortaciones del Obispo... Pero cuando me preguntaron, la verdad me saltó á los labios, impetuosa, terrible...
Aquel no brotaba sin proponérmelo; me lo decía á mí propia... ¡para que lo oyesen todos!
—¿Y por qué no declaró usted el verdadero motivo, cuando tantos comentarios se hicieron?
—Lo repito: por su misma sencillez... No se hubiesen convencido jamás. Preferí dejar creer que había razones de esas que llaman serias...
Martina
Hija única de cariñosos padres que la habían criado con blandura, sin un regaño ni un castigo, Martina fué la alegría del honrado hogar donde nació y creció. Cuando se puso de largo, la gente empezó á decir que era bonita, y la madre, llena de inocente vanidad, se esmeró en componerla y adornarla para que resaltase su hermosura virginal y fresca. En el teatro, en los bailes, en el paseo de las tardes de invierno y de las veraniegas noches, Martina, vestida al pico de la moda y con atavíos siempre finos y graciosos, gustaba y rayaba en primera línea entre las señoritas de Marineda. Se alababa también su juicio, su viveza, su agrado, que no era coquetismo, y su alegría, tan natural como el canto en las aves. Una atmósfera de simpatía dulcificaba su vivir. Creía que todos eran buenos, porque todos le hablaban con benevolencia en los ojos y mieles en la boca. Se sentía feliz, pero se prometía para lo futuro dichas mayores, más ricas y profundas, que debían empezar el día en que se enamorase. Ninguno de los caballeretes que revoloteaban en torno de Martina atraídos por la juventud y la buena cara, unidas á no despreciable hacienda, mereció que la muchacha fijase en él las grandes y rientes pupilas arriba de un minuto. Y en ese minuto, más que las prendas y seducciones del caballerete, solía ver Martina sus defectillos, chanceándose luego acerca de ellos con las amigas. Chanzas inofensivas, en que las vírgenes, con malicioso candor, hacen la anatomía de sus pretendientes, obedeciendo á ese instinto de hostilidad burlona que caracteriza el primer período de la juventud.
Así pasaron tres ó cuatro inviernos; en Marineda empezó á susurrarse que Martina era delicada de gusto, que picaba alto y que encontrar su media naranja le sería difícil.
Sin embargo, al aparecer en la ciudad el capitán de artillería Lorenzo Mendoza, conocióse que Martina había recibido plomo en el ala. Lorenzo Mendoza venía de Madrid: era apuesto, cortés, reservado, serio, más bien un poco triste, aunque en sociedad se esforzaba por aparecer ameno y expansivo; su vestir y modales revelaban el hábito de un trato escogido y de un respeto á sí mismo que no degeneraba en fatuidad ni en afectación; sin que presumiese de buen mozo, era en extremo simpática su cara morena, de obscura barba y facciones expresivas. Con todo esto, hay más de lo necesario para sorber el seso á una niña provinciana, hasta sin pretenderlo, como en efecto no lo pretendía Mendoza al principio. Las bromas de los compañeros, la fama de picar alto de Martina y también sus atractivos y gracias, su belleza en plena florescencia entonces, impulsaron á Mendoza á acercársele, á preferir su conversación y, poco á poco, á cortejarla.
El pintor que quisiese trazar una personificación de la dicha pudo tomar á Martina por modelo en aquella época deliciosa en que creía sentir que su sangre circulaba como río de néctar y su corazón se iluminaba como ardiente rubí en la perpetua fiesta de sus esperanzas divinas.
Al ocupar Lorenzo la silla libre al lado de la muchacha, ésta se ponía alternativamente roja y pálida: sus oídos zumbaban, brillaban sus ojos, enfriábanse sus manos de emoción; y á las primeras palabras del capitán, un gozo embriagador fijaba en la boca de Martina una sonrisa como de éxtasis.
Rara vez dejan de provocar envidia estas felicidades, y más cuando no se ocultan, como no ocultaba la suya Martina, que no veía razón para esconder un sentimiento puro y legítimo. Si no fué la envidia, fué la curiosidad la que escudriñó el pasado de Mendoza, como se registra una casa para encontrar un arma oculta y herir con ella. Y averiguóse sin gran esfuerzo—porque casi todo se sabe, aunque se sepa truncado y sin ilación lógica,—que Mendoza, al venirse, había cortado una de esas historias pasionales, borrascosas, largas, complicadas, un imposible adorado y funesto, de esos lazos que obligan á huir á los confines del mundo y que, elásticos á medida de la ausencia, no siempre se rompen por mucho que se estiren. Con la falta de penetración que caracteriza al vulgo, opinaban los curiosos de Marineda que Mendoza habría olvidado inmediatamente á su tirana, la cual, sobre costarle desazones y amarguras sin cuento, ni era niña ni hermosa. Al lado de aquel capullo, de aquella Martina cándida y radiante como un amanecer y que llevaba en sus lindas manos un caudal, ¿qué podía echar de menos el bizarro capitán de artillería?
Así y todo, almas caritativas se deleitaron en enterar de la historia vieja al padre de Martina, seguros de que él, solícito é inquieto, á su hija se lo había de contar. No se equivocaban: una noche, en el paseo del terraplén, á la hora en que la salitrosa brisa del mar refresca el rostro y vigoriza el ánimo, y en que la música militar, sonora y vibrante, cubre la voz y sólo permite el cuchicheo íntimo y dulce de los enamorados, Martina preguntó lealmente, y Lorenzo contestó turbado y sombrío... ¿Quién se lo había dicho?... Tonterías. Eran cosas pasadas, bien pasadas; muertas y bien muertas. Mendoza no comprendía ni por qué las recordaba nadie ni á santo de qué las sacaba á relucir Martina... Y ella, alzando los ojos llenos de lágrimas y relucientes de pasión, sonriendo de aquel modo extático, olvidando el lugar donde se encontraba, murmuró hondamente: «No me he de casar con otro sino contigo, y me parece justo saber si hay algo que lo estorbe». Conmovido, sin darse cuenta de lo que hacía, Mendoza se inclinó, y buscando disimuladamente la mano de la muchacha, y estrechándola con apretón furtivo entre el remolino de los paseantes, que encubre tales expansiones, la murmuró al oído:
Fin del Episodio 20 · de 25
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