Cuentos de amor·Episodio 18

Á un Ángel · 13

~14 min · 2741 palabras

La gitana no se inmutó en apariencia, pero yo noté en sus ojos algo que parecía la sombra de un abismo; y fijándolos de nuevo en Santiago, que estaba á caballo ya, articuló despacio, con indiferencia atroz y en voz ronca:

—¿No quieres buenaventuras, jermoso? Pues toma mardisiones... Premita Dios... Premita Dios... ¡que vayas montao y vuelvas tendío!

Yo no sé con qué tono pudo decirlo la malvada, que nos quedamos de hielo. Leoncio, en especial, como adoraba en su hermano, se demudó un poco y avanzó hacia la gitana en actitud amenazadora; los perros, que conocen tan perfectamente las intenciones de sus amos, se abalanzaron ladrando con furia; uno de ellos hincó los dientes en la pierna desnuda de la mujer, que dió un chillido. Esto bastó para que Leoncio y yo, y todos, incluso Santiago, nos distrajésemos de la maldición y pensásemos únicamente en salvar á la bruja moza, en riesgo inminente de ser destrozada por la jauría. Contenidos los perros, cuando volvimos la cabeza, la gitana ya no parecía por allí; sin duda se había puesto en cobro, aunque nadie supo por donde.

Al llegar aquí de su narración Gustavo, me hirió de súbito un recuerdo.

—Espere usted, espere usted... —murmuré recapacitando—. Creo que conozco el final de la historia... Cuando usted nombró á los Mayoral, empezó á trabajar mi cabeza... El nombre me sonaba... Tengo idea de que conozco á los dos hermanos, y ya voy reconstruyendo su figura... Leoncio, vivo, moreno, delgado; Santiago, rubio y algo más grueso... ¿Fué en esa cacería donde?...

—Donde Leoncio, creyendo disparar á un corzo, mató á Santiago de un balazo en la cabeza —respondió lentamente Gustavo, cruzando las manos con involuntaria angustia—. Santiago volvió tendido... Perdí á la vez mis dos amigos; porque el matador, si no enloqueció de repente, como pasa en las novelas y en las comedias, quedó en un estado de perturbación y de alelamiento que fué creciendo cada día; y quizás por olvidar cortos instantes la horrible escena, se entregó —él que era tan formalillo que hasta le embromábamos— á mil excesos, acabando así de idiotizarse. ¿Después de saber esta coincidencia, extrañará usted que me agrade poco sentarme á una mesa de trece? Por más que quiero dominarme, se me conoce el miedo... ¡El miedo, sí; hay que llamar á las cosas por su nombre!

—¿Y volvió á parecer la gitana? —pregunté con curiosidad.

—¡La gitana! ¡Quién sabe adónde vuelan esas cornejas agoreras! —exclamó Gustavo sombríamente—. Los de esa casta no tienen poso ni paradero... Como dice Cervantes, á su ligereza no la impiden grillos, ni la detienen barrancos, ni la contrastan paredes... Cuando velábamos al pobre Santiago, y tratábamos de impedir que se suicidase el desesperado Leoncio, ya la bruja debía de estar entre breñas, camino de Huelva ó de Portugal.

La bicha

Han leído ustedes á Selgas?—preguntó la discreta viuda, cerrando su abanico antiguo de vernis Martín, una de esas joyas que para todo sirven, excepto para abanicarse.—¿Han leído á Selgas?

Los que formábamos peñita en la estufa, huyendo de los sofocados y atestados salones, movimos la cabeza. ¿Selgas? Un autor á quien, como suele decirse, «le ha pasado el sol por la puerta»... Nombre casi borrado ya...

—Pues era ingenioso —declaró la viudita— y á mí me divertía muchísimo... En no sé qué libro suyo —las citas exactas allá para los sabiondos— sienta una teoría sustanciosa, no crean ustedes. A propósito del sistema parlamentario, que le fastidiaba mucho, dice que mientras nadie se queja de lo que no escoge, todo el mundo rabia con lo que escogió; que rara vez nos mostramos descontentos de nuestros padres ni de nuestros hijos, pero que de los cónyuges y de los criados siempre hay algo malo que contar. ¿Verdad que es gracioso? Sólo que en ese capítulo de la elección conyugal, le faltó distinguir... Se le olvidó decir que sólo los hombres eligen, mientras las mujeres toman lo que se presenta... Y el caso es que la elección conyugal confirma la teoría de Selgas: los hombres, que escogen amplia y libremente, son los que escogen peor.

Esta afirmación de la viuda levantó un turbión de humorísticas protestas entre el elemento masculino de la peñita.

—No hay que amontonarse —exclamó la señora intrépidamente—. Los hombres que aciertan, aciertan como el consabido de la fábula... Y si no... á la prueba. Todos los jueves que nos reunamos aquí —en este rincón, á la sombra de estos pandanos tan colosales, cerca de esta fuente tan bonita con la luz eléctrica— me ofrezco á contarles á ustedes una historia de elección conyugal masculina... que les parecerá increíble. Empezaremos ahora mismo... Ahí va la de hoy.

Cuando perdí á mi marido, tuve que vivir varios años en una capital de provincia, desenredando asuntos de mucho interés para mí y para mis hijos. Ya saben ustedes que no soy huraña, y pasado el luto, aproveché las contadas ocasiones de ver gente que se ofrecían allí. Había una Sociedad de recreo que daba en Carnaval dos ó tres bailes de máscaras, y me gustaba ir á sentarme en un palco, acompañada de varias amigas y amigos de los que solían hacerme tertulia, y divertirme en remirar los disfraces caprichosos, la animación y las bromas que se corrían abajo, en el hervidero de la sala. Eran bailes en que se mezclaban el señorío y la mesocracia con bastantes familias artesanas, sin que se conociesen mucho las diferencias entre estas clases sociales—porque las artesanas de M** se visten, peinan y prenden con gusto, son guapas y tienen aire fino.—La Junta directiva sólo excluía rigurosamente á las mujeres notoriamente indignas; y figúrense ustedes el espanto de la concurrencia cuando, la noche del lunes de Carnaval, empezó á esparcirse la voz de que estaba en el baile, enmascarada y del brazo de un socio, la célebre Natalia, por otro nombre La Bicha (la Culebra*); la daban este apodo por su fama de mala y engañadora, ó, según otros, porque tenía la cabeza pequeñita, la tez morena aceitunada y el pelo casi azulado de puro negro; señas de cuya exactitud pudimos cerciorarnos todos, como verán ustedes.

Al saberse la noticia, justamente se hallaba en mi palco el presidente de la Sociedad, señor viudo, acaudalado y respetable, padre de una niña preciosa que yo me llevaba á casa por las tardes á jugar con la chiquilla mía. Sobrecogido y turbado, el presidente se agitaba en el asiento, haciendo coraje, como suele decirse, para bajar á cumplir su deber de expulsar á la intrusa. Comprenderán ustedes que no existe deber más penoso: ir á darle en público un bofetón á una mujer... ¡sea quien sea! Todos seguíamos con los ojos á la máscara sospechosa, y la indignación fermentaba. Abandonada desde el primer run-run por el socio que la introdujo y que se dió prisa á desaparecer; asaltada por unos cuantos mozalbetes, que la asaetaban con insolentes pullas y dicharachos; aislada á la vez en un espacio libre—porque todas las demás mujeres se apartaban—la Culebra, apretando contra el rostro su antifaz, recogiendo los pliegues de su manto de beata, como para ocultarse, permanecía apoyada en una columna de las que sostienen los palcos, en actitud de fiera á quien acosan. Por fin, el presidente se decidió, y, tomando precipitadamente el sombrero, salió al pasillo; pronto le vimos aparecer en el salón y dirigirse á donde estaba la Culebra. A las frases secas y rápidas, cual latigazos, del presidente, los mozalbetes se desviaron, dejando sola á la mujer; y ésta, con un movimiento de soberbia que remedaba la dignidad, revolviéndose bajo el ultraje, se arrancó de súbito la careta de raso negro, echó atrás el manto, y descubierta la cabeza, erguido el cuello, rechispeantes los ojos, miró, retó, fulminó al presidente primero, después, circularmente, á todo el concurso, á las señoras, á las señoritas, que volvían la cara ruborizándose, á los hombres que cuchicheaban y se reían... Y despacio, sin bajar la frente, pasó por entre la multitud apiñada que se estremecía á su contacto, y todavía, desde la puerta, volviéndose, disparó el venablo de sus pupilas (¡qué mirada aquella, Dios mío!) al presidente, que accionaba entre un círculo de individuos de la Directiva y de señores que le felicitaban por su acción... Minutos después, muy exaltado, volvía al palco el buen señor, y al acompañarme, á la salida, todavía hablaba del descoco de la pájara, refiriéndonos, con el recato posible, su vida y milagros, capaces, ciertamente, de poner colorada á una estatua de piedra.

A la vuelta de cinco meses; cuando á las frioleras diversiones del Carnaval reemplazan los idílicos goces de las giras y de las campestres romerías,—empezó á susurrarse en M** que el presidente de la Sociedad Centro de Amigos, el honrado y formal don Mariano Subleiras, con sus cincuenta del pico, su viudez y su niña encantadora, pasaba á segundas nupcias... ¿Ya han adivinado ustedes con quién?... ¡Con la propia Natalia, la Bicha*, la prójima echada del baile!—Al oirlo, sepan ustedes que no lo puse en duda ni un momento. Dirán ustedes que soy pesimista... Digan lo que quieran, ¡El caso es que yo, en seguida, creí firmemente que era gran verdad eso que á todos les parecía el colmo de lo absurdo!—¿Pero no se acuerda usted?—me objetaban.—Pero si fué él mismo quien la puso de patitas...—Pues por eso, cabalmente por eso—contestaba yo, dejándoles con la boca de un palmo. Al fin, tanto me calentaron la cabeza con la boda dichosa, que entre el deseo de complacer y la lástima que me infundía la pequeña, aquella rubita monísima, amenazada de madrastra semejante, me decidí á meterme donde no me llamaban y á hacer á don Mariano el siempre inoportuno regalo del buen consejo... Le llamé á capítulo, le prediqué un sermón que ni un padre capuchino; estuve elocuente, les aseguro que sí... Y me puse muy hueca cuando al terminar mi plática, don Mariano, al parecer conmovido, murmuró aplicando el pico del pañuelo á los ojos:—Prometo á usted que no me casaré con la Natalia...

—¿Y al poco tiempo se casó? —interrogaron con malicia los de la peña.

—No, señores... No se casó al poco tiempo... ¡Cuando me empeñaba una palabra inquebrantable... estaba ya casado... secretamente!

Hubo en el grupo exclamaciones, risas, comentarios, y Ramiro Nozales, que la echaba de observador, pronunció con énfasis:

—¡Qué humano es eso!

—Lo que á mí me preocupó mucho entonces—prosiguió la señora—fué averiguar cómo se las había compuesto la lagarta para hacer presa en don Mariano. Su móvil era patente: una venganza que eriza el pelo... Pero, ¿de qué medios se había valido? Cuando fué expulsada del baile, don Mariano sólo la conocía de vista y por su lamentable reputación... Excitada mi curiosidad, en que entraba tanto interés por la pobre niña, pude averiguar algo... ¡Algo que también va usted á decir que es muy humano, amigo Nozales, porque conozco su escuela de usted!... Parece que la Bicha se presentó en casa de don Mariano días después de la expulsión, y bañada en lágrimas, y con hartos desmayos y suspiros, le pidió reparación del ultraje; reparación... ¿cómo diré yo?, una reparación privada, una palabra benévola, una excusa, algo que la consolase, porque desde aquel episodio se sentía enferma, abatida y á punto de muerte... «De otra persona, mire usted, no me hubiese importado; pero de usted... vamos, de usted... un señor tan digno, un señor tan virtuoso...», dicen que silbaba la Culebra, empezando insensiblemente á enroscarse... De aquí al vasito de agua, á contar una larga historia, á ser escuchada y compadecida, visitada después, á enlazar con el primer anillo, á deslizarse, á abrazar ya con las roscas flexibles el pecho, la cabeza y el cuerpo todo... el camino ni es largo ni difícil, y en cuatro meses y medio lo anduvo la Bicha... hasta llegar á la iglesia.—Al año siguiente, la noche del lunes de Carnaval, don Mariano y su señora ocupaban el palco fronterizo al mío... Fué la primera vez que aparecieron juntos en público. Después, ya nunca vimos solo á don Mariano; á ella, sí. Contaban que su mujer le mandaba de tal suerte, que, al salir de casa, le dejaba encerrado...

—¿Y la niña? —preguntó Nozales con afán triste.

—¡Ah! —suspiró la señora—. La niña... me han escrito de allá que murió tísica!...

Sangre del brazo

El lunes de Pascua de Resurrección, con un sol esplendente y un aire tibio y perfumado, que provocaba impaciencias y fervorines primaverales en los retoños frescos de los árboles y en los senderos que deseaban florecer y donde á las últimas violetas descoloridas hacían competencia las primeras campánulas blancas y las margaritas de rosado cerco,—unieron sus destinos en la capilla del restaurado castillo señorial la linda heredera de la noble casa y estados de Abencerraje, con el apuesto y galán marquesito de Alcalá de los Hidalgos.

Todo sonreía en aquella boda, lo mismo la naturaleza que el porvenir de los desposados. Al cuadro de su juventud, del amor del novio, que revelaban mil finezas y extremos, y á la cándida belleza de la novia, servían de marco de oro y rosas la cuantiosa hacienda, la ilustre cuna, el respeto y cariño de la buena gente campesina, y hasta la venturosa circunstancia de verse enlazadas por ella, ante el cielo y ante el mundo, las dos casas más ricas y nobles de la provincia, las que la representaban en la historia nacional.

A la puerta de la capilla aguardaba el coche familiar que había de conducir á los esposos á la estación del camino de hierro. Iban á emprender uno de esos viajes que son la realidad de un sueño divino: Italia y sus ciudades-museos; Suiza y sus lagos, trozos de la bóveda azul del firmamento caídos sobre la nieve; Alemania con sus ríos, en que las ondinas nadan al rayo de la luna; después el Oriente, Grecia, Constantinopla, y, por último, el invierno en París, entre los prestigios del lujo y la magia de la refinadísima civilización; París con sus fiestas y sus elegancias exquisitas, sus nidos de coquetería y de molicie para la dicha renovada... La perspectiva de tantos días risueños y venturosos; más que todo la del amor puro, noble, legítimo, constante regocijo y secreta y dulce efusión del alma, hacía latir de gozo el corazón de la novia, de la rubia y tierna María de las Azucenas, cuando el coche arrancó al trote largo de los cuatro fogosos caballos que lo arrastraban, llevándosela á ella, al que ya era su dueño, y á la doncella, Luisilla, aldeana viva y fiel, elegida y designada para, acompañar y servir á María durante el viaje...

Por espacio de algunos meses fueron llegando al castillo faustas nuevas de los novios. Aun cuando la escondida aldea de Abencerraje distaba tanto de esas lejanas tierras por donde ellos paseaban la ufanía de su felicidad, por mil no sospechados conductos—cartas, sueltos de periódicos, referencias de otros viajeros, de cónsules, de amigos, de desconocidos quizás—en Abencerraje se sabía confusamente que el viaje era feliz, alegre, fecundo en incidentes gratos, y que marido y mujer disfrutaban de salud y contento. Corrió así el verano, pasóse el otoño, y se averiguó que, cumpliendo estrictamente el programa, se encontraban ya en la capital de la república francesa los marqueses, divertidos, festejados, girando en el torbellino del placer. Hacia Febrero ó Marzo se habló de que la recién casada sufría una grave enfermedad, pero casi se supo al mismo tiempo el mal y la mejoría. Y pocas semanas después, el lunes de Pascua de Resurrección, á la caída de una tarde admirable por lo serena, cuando las últimas violetas descoloridas exhalaban su delicado aroma y los árboles desabrochaban su flor de primavera, el país vió asombrado que el coche familiar regresaba de la estación con mucho repique de cascabeles, y las gentes, que se asomaban curiosas á las puertas de las cabañas, no divisaron dentro del coche más que á María de las Azucenas, tan descolorida como las últimas violetas de los senderos, y á Luisilla, sentada á su lado, también desmejorada y amarillenta, sosteniendo en el hombro la fatigada cabeza de su señora; ambas mudas, ambas tristes, ambas con la huella del padecimiento en el rostro.—Y ni aquel día, ni los siguientes, ni nunca más, asomó el Marqués de Alcalá en el castillo de su mujer, ni por la comarca siquiera, y María y Luisilla vivieron solas, siempre juntas, más que como ama y criada, como hermanas amantísimas é inseparables.

Fin del Episodio 18 · de 25

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