El crujido del abedul verde
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El portón de la barbacana se cerró con un estampido que hizo vibrar el hollín acumulado en las vigas del techo. Fuera, el mensajero no esperó a que el cerrojo cayera del todo: el chasquido de los látigos y el crujido apresurado de los patines sobre la nieve sucia indicaron que la comitiva del marqués prefería arriesgarse al desfiladero antes que pasar una sola noche bajo la sombra del bastión.
El aire se enfrió en cuestión de segundos. No de esa forma paulatina en que declina la tarde, sino con la violencia seca de un pozo al que se le retira la tapa.
Kenneth se quedó de pie junto al vano, con el pergamino sellado aún en la mano enguantada. La cera roja del lacre se había quebrado limpia en tres fragmentos que cayeron sobre las losas como cáscaras de nuez.
—Tiene que ser una broma de la cancillería —dijo Maren, sin soltar la cuchara de palo. El vapor del caldo oscuro sobre el fuego apenas lograba elevarse dos palmos antes de disolverse en el aire gélido—. Tres días. Ni siquiera da tiempo a que la salmuera penetre en los costillares viejos.
—Los carniceros de la corte no usan salmuera, Maren. Traen ganchos de despiece y trineos planos con paja para no manchar la nieve del camino real —replicó Kenneth. Su voz sonaba plana, despojada de cualquier inflexión, con esa aspereza gastada de quien lleva años esperando una mala noticia y solo siente alivio cuando por fin llega—. El marqués no paga grano para alimentar un horno que lleva tres inviernos apagado.
—No está apagado. Está triste.
Kenneth soltó una risa seca, un bufido que le empañó la barba rala de vaho blanquecino.
—Una distinción fascinante para un pellejo que en setenta y dos horas valdrá su peso en sebo para botas.
Maren ignoró la pulla y se inclinó sobre la sartén de hierro colado que descansaba en la trinchera lateral del fogón. Dejó caer un puñado generoso de romero seco y una tira fina de corteza de limón; la manteca rancia, que hasta hacía un momento dormitaba en un charco blancuzco, protestó con un chisporroteo breve y amargo, despidiendo ese aroma penetrante y resinoso que se pegaba al paladar. Con los nudillos agrietados por el sabañón, trituró una pizca de sal gorda directamente entre las palmas, sintiendo los granos duros morderle la piel antes de precipitarse sobre la grasa.
—El viejo Basile dice que si la molleja no huele a casa, la ceniza se le apelmaza por dentro —murmuró ella, más para sí que para el custodio.
—El viejo Basile lleva cuarenta años bebiendo vinagre de manzana destilado y confunde las estaciones. Recoge tus calderos.
—¿Qué?
—He dicho que recojas.
Kenneth arrojó el pergamino sobre la mesa de despiece y avanzó hacia el corredor que daba al patio de armas. Sus botas pesadas, con las suelas tachonadas de hierro, chasquearon contra la escarcha fina que ya empezaba a reptar desde las saeteras.
—La ventisca está taponando los respiraderos del adarve —dijo él, sin volverse—. El último trineo de víveres sale hacia el valle antes de que el paso del Cardo quede sepultado. Vas a subir en él.
—Tengo un contrato de arrendamiento.
—Tienes un papel mojado en un bolsillo roto. Y fuera hay treinta grados bajo cero.
El patio de armas era un embudo de piedra y viento blanco.
La nieve no caía en copos amables, sino en dardos horizontales que entraban zumbando por las saeteras ciegas de la atalaya, acumulándose en los rincones en dunas de salitre y polvo helado. En el centro, encajado entre los dos contrafuertes de sillería que sostenían las chimeneas basales, el dragón Basile parecía menos una criatura viva que un afloramiento de pizarra gris abandonado a la intemperie.
Su respiración apenas era perceptible: un silbido ronco, salino y rancio, que exhalaba por los espiráculos nasales sin fuerza suficiente para fundir la nieve acumulada en sus belfos. Sobre sus costados, las escamas de salitre —que en los grabados del maestresala brillaban con reflejos de peltre pulido— estaban cubiertas por una costra blancuzca, dura y áspera como el pedernal.
Junto al foso de alimentación, el viejo maestresala intentaba avivar un brasero con leña de abedul verde. Los leños, húmedos de savia congelada, crujían con detonaciones secas y escupían chispas perezosas que morían antes de tocar las losas.
—No va a prender, muchacho —farfulló el anciano, frotándose la nariz enrojecida con la manga de un jubón raído—. Esta madera solo sabe llorar humo. Si le echas más, lo ahogas.
Kenneth ignoró la advertencia. Descargó un haz de ramas sobre el fuego moribundo con un golpe sordo, haciendo saltar una nube de ceniza agria.
—Prenderá porque tiene que calentar los conductos del piso bajo —escupió el custodio, arrodillándose en la nieve para soplar con rabia sobre las ascuas cubiertas de musgo—. Si las chimeneas se hielan por dentro, el agua de las cisternas reventará los muros antes de que termine la semana.
—No calienta porque está verde, cabezota —dijo Maren, apareciendo tras él. Llevaba en los brazos una caldera de cobre mellada, cuyo fondo tiznado desprendía el vapor tibio del caldo con cáscara frita—. Y tú estás más verde que la leña si crees que la piedra come astillas.
Kenneth se puso en pie de golpe. La diferencia de estatura la obligó a levantar la barbilla, pero no dio un paso atrás. Tenía las mejillas encendidas por el fogón de la cocina y una mancha de grasa tibia cuajada en la solapa del mandil de cuero.
—¿Sigues aquí?
—El trineo está atado a la cancela exterior, Kenneth. Uno de los mancebos está intentando calzarle un patín con una cuña de roble. Tienen para media hora por lo menos.
—Pues vas y te sientas en él. Te tapas con las mantas de borra y esperas.
—Se me congelan los pies si me siento.
—Te aguantas.
—Esas mantas huelen a orina de hurón.
—Son mantas de campaña, no sábanas de encaje. Sube al trineo, Maren.
—No.
Un golpe seco de viento sacudió las vigas del adarve. Por una de las troneras altas, un tapón de nieve cedió y se precipitó al patio con un crujido apagado, cubriendo la cola inmóvil del dragón bajo medio pie de hielo pulverizado.
La bestia ni siquiera se estremeció.
Maren dejó la caldera sobre la repisa de piedra más cercana, protegiéndola del viento con su propio cuerpo. Se sacó del bolsillo un trapo mugriento, empapado en manteca tibia y salitre, con el que había estado limpiando las asas de cobre para que el metal helado no se le pegara a los dedos desnudos.
—Mírale los ojos —dijo ella, señalando con la barbilla hacia el morro escamoso de Basile—. Ni siquiera parpadea cuando el abedul revienta. No está dormido. Se está rindiendo porque en esta torre no hay nada vivo a lo que arrimarse.
—Es una bestia de salitre, no un niño huérfano —rugió Kenneth, perdiendo por fin esa máscara de oficial pragmático que llevaba puesta desde el amanecer—. ¿Crees que eres la primera que llega con un cucharón y una sonrisa a intentar salvarlo? ¡Hace tres años que enterramos a la hembra en la fosa del risco! Yo mismo bajé con las cadenas a sellar la cueva para que las alimañas no le comieran los ojos. Vi cómo se le apagaba el buche a este animal día tras día, semana tras semana, mientras las chimeneas se enfriaban y la guarnición desertaba porque el granito se volvía hielo puro.
—¿Y tu respuesta fue prohibir que la gente cante?
—¡Mi respuesta fue mantener la disciplina en un puesto fronterizo que a nadie le importa!
—Tu respuesta fue morirte con él, pero de pie.
El silencio que siguió fue más espeso que la nevada.
Kenneth apretó las mandíbulas con tanta fuerza que los músculos de las sienes le latieron bajo la capucha de lana basta. Dio un paso hacia ella, con la mano crispada sobre la correa del arnés de transporte que colgaba a un lado de la barandilla.
—No tienes ni la menor idea de lo que cuesta sostener este lugar.
—Guardar el duelo no es proteger la memoria, Kenneth; es obligar a los que quedan vivos a congelarse contigo.
El custodio abrió la boca para replicar, lívido, pero Maren no le dio tiempo. Con un movimiento rápido y exasperado, le arrojó el trapo pringado de manteca y sal directo al pecho. La tela húmeda y tibia golpeó el cuero endurecido de su coraza con un chasquido fofo, dejando una mancha oscura y grasienta justo sobre el emblema borrado de la fortaleza.
—¡Límpiate eso y deja de dar órdenes a los que todavía tenemos pulso! —le espetó ella.
—¡Maldita seas, campesina insolente! —estalló él, arrancándose el trapo con furia y tirándolo contra las losas—. ¡Si tanto te gusta la carroña, quédate a ver cómo lo despiezan! ¡Pero no me pidas que finja que tus sopas de corteza amarga van a devolverle la sangre a una piedra muerta!
Las palabras de Kenneth resonaron contra los muros de sillería con un eco brutal.
Y entonces, el patio enmudeció.
Bajo la costra blancuzca de escarcha que cubría el costillar del dragón, sonó algo.
No fue un rugido. No fue un quejido.
Fue un chasquido hueco, seco y vítreo, como el de una tinaja de barro cocido que se resquebraja bajo el peso de un lago congelado. Un sonido que vino desde lo más profundo del pecho de Basile, seco como la muerte de una rama.
Maren se giró de golpe.
Las enormes pupilas doradas del dragón, que durante días habían mantenido un rescoldo lechoso y vago tras sus párpados semicerrados, parpadearon una sola vez.
La luz se extinguió en ellas.
Un velo blanco, espeso y mate como la salmuera rancia, cubrió las córneas de la criatura. Su cabeza cayó pesadamente hacia delante, hundiéndose en la nieve acumulada del patio con un golpe sordo que sacudió los calderos de cobre.
Una vaharada de frío absoluto brotó de sus fauces abiertas, congelando al instante las gotas de caldo de la repisa.
Kenneth se quedó inmóvil.
El viento aulló en las saeteras, triunfante, mientras la escarcha terminaba de devorar la última escama gris del espinazo.
Fin del Episodio 3 · de 4
El crujido del abedul verde
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