La cáscara de limón frita
~7 min · 1484 palabras
Maren no recogió las calderas.
Se quedó inmóvil sobre el empedrado del patio, con los brazos en jarras y el aliento condensándose frente a su nariz en nubéculas espesas y blancas, viendo cómo la silueta acorazada de Kenneth se perdía bajo el arco del cuerpo de guardia. El metal de sus hombreras chirriaba con un roce seco, pardo de orín viejo, como si el custodio llevara semanas durmiendo vestido sin molestarse en desabrocharse las correas.
El viento que bajaba del risco no traía nieve todavía, pero mordía con saña. El gran reptil echado al fondo del patio, una mole de escamas de un gris blancuzco parecidas a la piedra de caliza comida por el salitre, soltó un bufido débil por los espiráculos. Olía a cieno y a salmuera estancada. La costra del estofado derramado a sus pies ya se había congelado, convertida en una plasta negruzca que ningún perro se habría dignado olisquear.
—Si te quedas ahí parada te vas a cuajar como el tocino, muchacha.
La voz llegó desde la penumbra de una puerta lateral, medio escondida tras un montón de leña podrida. Maren pestañeó, apartándose un mechón rebelde de la frente con el dorso de la muñeca. De entre las sombras emergió un hombre enjuto, encorvado como una gavilla de sarmientos secos, que vestía una saya de paño pardo raída en los codos y un delantal que en algún siglo anterior debió de ser blanco. Llevaba una jarra de barro desportillada en la mano diestra y las uñas renegridas de carbón.
—Pensé que en esta torre solo vivían los fantasmas y ese adusto con espada —dijo Maren, tirando del asa de su caldero más grande para resguardarlo bajo el alero.
—A veces somos lo mismo —replicó el viejo, arrastrando las babuchas de fieltro sobre la escarcha—. Me llaman Basile. Igual que a ese peñasco con cola de ahí fuera, sí; en esta pocilga nadie se gasta el seso buscando nombres nuevos. Llevo cuarenta inviernos siendo el maestresala de este pudridero, aunque ahora solo mande sobre los ratones y el vinagre agrio.
—Yo soy Maren.
—Ya lo sé. Se oían tus cacharros desde la ladera baja.
El viejo se sentó en un madero desvencijado, junto a una hilera de pellejos de vino flojo que rezumaban un olor acre por las costuras. El fondo del pasadizo era una despensa ruinosa: sacos de avena apelmazada por la humedad, cestas de nabos con brotes amarillentos y herrajes carcomidos por el óxido colgados de clavos torcidos. En una esquina, un gato atigrado y flaco dormitaba plácidamente sobre una banqueta baja, ajeno a la desolación circundante.
—Tu señor custodio me ha dado hasta que caiga la noche para desaparecer con mi carro —comentó ella, revisando el fondo de su sartén de hierro colado.
—Kenneth no es mi señor. Es solo un muchacho con demasiado hierro encima y la tripa pegada al espinazo —Basile dio un sorbo a su jarra, torció el gesto ante la acidez del trago y escupió hacia las losas—. Y tú cocinas bien, muchacha, pero no entiendes una mierda de lo que pasa en esta atalaya.
—El caldo era denso. Llevaba tuétano y romero silvestre.
—Al dragón le importa un bledo tu tuétano.
Maren se detuvo. Tenía los nudillos cuarteados y tirantes por el frío, y el contacto con la orilla de hierro le dejaba una mancha negruzca en la piel.
—¿Está enfermo de las tripas? —preguntó—. Porque si tiene la molleja atascada de escoria, hay una infusión de corteza de sauce con mostaza que...
—No tiene el vientre podrido, terca. Tiene el corazón de luto.
El gato cambió de postura sobre la banqueta con un bostezo mudo.
Maren frunció el entrecejo, bajando la voz por instinto. El rumor del viento colándose por las saeteras altas de la torre sonaba como un quejido hueco, regular y monótono.
—¿De luto?
—Ese animal vio cómo se apagaba la última hembra de su casta hace tres otoños —susurró Basile, rascándose la barbilla rala con un dedo tembloroso—. No echa fuego porque no le da la real gana quemar nada en un mundo vacío. Y Kenneth lo sabe, aunque prefiera jurar ante sus superiores que es una peste de los humores o leña empapada. El muchacho se viste de hierro de la cabeza a los pies para no admitir que está cuidando una tumba.
Basile señaló con el fondo de la jarra hacia la caldereta de Maren.
—Un plato no engaña a una bestia que nació antes que los reyes; si se cocina con miedo a morir de hambre, solo sabe a ceniza.
Maren guardó silencio.
Se metió la mano en el bolsillo del mandil, donde guardaba un trozo de corteza de limón desecada, áspera y dura como un guijarro. Fuera, la luz gris del atardecer terminaba de desplomarse sobre los riscos, dejando la atalaya sumida en una penumbra azulada y gélida.
—¿Hay manteca limpia en esa cocina? —preguntó Maren al cabo de un minuto.
—En el zaguán queda media tinaja de grasa de cerdo de la matanza vieja. Y leña de abedul, aunque chisporrotea que da gusto.
—Bien. Entonces no me voy todavía.
La cocina de la atalaya era una cueva de sillería donde el hollín se había incrustado en cada juntura durante generaciones. Maren encendió el fuego del hogar con un par de astillas secas y unas briznas de brezo que guardaba en su fardel; cuando las ramas verdes de abedul prendieron, empezaron a restallar ruidosamente, despidiendo chispas brillantes que apenas templaban el aire a medio paso del tiro.
Aun así, era un refugio.
Maren arrastró una cazuela pesada hasta el trébede. No había prisa. El silencio castrense de la fortaleza parecía pesar en los rincones, pero ella dejó que el metal tomara temperatura despacio, mientras cortaba una tira fina de corteza amarilla sobre la tabla de madera gastada. El aceite esencial del cítrico saltó bajo la hoja del cuchillo, llenando el aire de un perfume limpio y punzante que tapaba el vaho salino que subía desde el patio.
Añadió una cucharada colmada de manteca clara. El chisporroteo fue inmediato, alegre y doméstico, quebrando la pesadez de las piedras.
—Te dije que te marcharas.
Maren no se sobresaltó. Ya había oído el crujido metálico de las grebas al pie de la escalera de caracol. Se limitó a vigilar cómo la tira de piel de limón se curvaba en el fondo de la grasa hirviendo, hinchándose con una orla de burbujas diminutas.
—Tus puertas no tienen cerrojo por dentro —dijo ella sin volverse—, y hace demasiado frío para dormir en el carro.
Kenneth se detuvo junto al dintel. Venía sin guanteletes, con las mejillas encendidas por la ventisca exterior y el pelo oscuro apelmazado contra la frente por el sudor frío del patrullaje. Miró la lumbre, luego a Maren, y finalmente la cazuela de donde subía un aroma templado, dulce y resinoso a la vez.
—Estás gastando mis provisiones.
—Estoy usando grasa vieja y un limón que traje de la vega sur —replicó ella, sosteniendo la cuchara de palo—. Si me cobras el alquiler del aire que respiro, avísame y me apunto la deuda en la suela.
Kenneth apretó los labios, pero no desenvainó. Dio un paso hacia el hogar, frotándose las manos rígidas cerca de las llamas de abedul.
—El animal no pasará de esta semana —dijo él en voz baja, con una aspereza que sonaba más a cansancio que a cólera—. No deberías encariñarte con lo que ya está muerto.
—Tampoco tú deberías llevar esa coraza como si fuera un ataúd.
Kenneth levantó la mirada, sorprendido.
La cáscara de limón crujió al dorarse, flotando en la manteca con un tono ambarino y vibrante que contrastaba con la negrura tiznada de la cazuela. Kenneth alargó la mano de forma involuntaria, atraído por el rumor doméstico del aceite y ese calor repentino que no pedía permiso a las ordenanzas de la fortaleza.
Estaba a punto de rozar el mango de madera cuando un golpe seco sacudió los tablones de la puerta exterior.
El estrépito retumbó en todo el piso bajo. Antes de que Kenneth pudiera aferrar la empuñadura de su espada, la hoja de roble del portón cedió de golpe, astillándose contra el cerrojo interior. En el vano apareció un jinete embozado hasta los ojos en pieles empapadas de aguanieve, con el blasón de la corona bordado en plata sucia sobre el pecho.
—¿Custodio Kenneth? —bramó el mensajero, jadeando con un estertor húmedo mientras desdoblaba un pergamino lacrado con cera escarlata—. Mensaje de la corte del marqués. Se revoca la prórroga de forrajes.
El jinete arrojó el pliego sobre la mesa de amasar, salpicándola de barro y nieve a medio derretir.
—Orden de sacrificio e incineración para la bestia de salitre —concluyó el hombre, limpiándose la escarcha de las pestañas con un guante cuajado de hielo—. Firmada para la víspera de la primera nevada. Tienen tres días antes de que llegue la cuadrilla de carniceros.
Fin del Episodio 2 · de 4
La cáscara de limón frita
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